San Martín vivo

¡Viva la Patria!, es el primer pensamiento que me viene a la mente cuando evoco la figura de José de San Martín. Es el libertador de América que nos indica el camino a seguir, lejos del bronce y los fatuos homenajes. Un hombre que liberó a tres naciones y en la cima de su prestigio y poder, volvió al llano para ser un ciudadano comprometido desde la reflexión y la acción, si la tierra que lo vio nacer, lo necesitaba.

Las publicaciones sobre el prócer son innumerables, desde la clásica biografía de Bartolomé Mitre hasta las obras contemporáneas que relatan su vida en los aspectos más íntimos. En particular, la que más me identifica es la que escribió Norberto Galasso, pero tengo devoción por la primera semblanza del gran hombre que leí, sacada de la biblioteca pública de mi querida Firmat: “San Martín Vivo”, escrita por José Luis Busaniche.

El historiador santafesino no es lo suficientemente reconocido en proporción a los aportes que ha realizado a la historiografía nacional. Abogado y fecundo traductor, realizó en su relativa corta existencia obras magnificas, como su inconclusa “Historia Argentina”, fundamental para comprender el panorama del Litoral después del 25 de mayo de 1810. Asimismo, hay que destacar libros como “Estanislao López y el Federalismo del Litoral” y “Estampas del Pasado”, que es una erudita recopilación de documentos sobre nuestra historia, entre otras muchas elaboraciones de interés. 

El José San Martín que nos muestra es aquel personaje al que nada humano le era ajeno, con sus odios y amores, pletórico de contradicciones. Un oficial del ejército español nacido en 1778 en el Virreynato del Río de la Plata, que a los seis años vuelve a España y que reaparece en su tierra en 1812, de la mano de las logias, para enfrentar el poder tiránico de un Imperio que se derrumbaba. Su lucha, vale aclarar, no era contra la península liberal de las Juntas de Cádiz, nacidas después de la invasión napoleónica de 1808, sino contra la España despótica que quería volver a imponer el absolutismo en la península y a nuestra América hollarla como colonia.

Organizador extraordinario, crea el Regimiento de Granaderos a Caballo en marzo de 1812, que lleva a cabo su bautismo de fuego en San Lorenzo. Si nos detenemos en los 14 patriotas fallecidos en el Campo de la Gloria, podemos observar que el histórico batallón estaba formado por provincianos, lo que demuestra el origen plebeyo de nuestro ejército. Más tarde organiza en Mendoza el Ejercito de los Andes que libera medio continente sudamericano. Como bien lo ha estudiado Eduardo Astesano en su libro “La movilización económica en los ejércitos sanmartinianos”, administra la provincia de Cuyo con una eficacia que la hace próspera y poderosa en un lapso de tiempo muy breve. Impone, además, un tributo extraordinario sobre las grandes riquezas para financiar la campaña continental. 

Su lucha en Chile con la coronación en la batalla de Chacabuco lo coloca entre los grandes generales de la historia, llevando la independencia a la hermana república. Por si esto fuera poco, insufla la llama de la libertad en el Perú, cumpliéndose este 28 de julio, los doscientos años de la independencia del Estado peruano.

El libro de Busaniche, escrito para conmemorar el centenario de la muerte de San Martín, y que por suerte cuenta con reediciones, articula un riguroso relato histórico con una prosa diáfana y accesible que divulga sin caer en la ramplonería a la que nos tienen acostumbrados algunos exponentes de este género. Las anécdotas son tratadas con la misma rigurosidad documental que las batallas y hechos más destacables en los que participó el Libertador.

El encuentro de Guayaquil con Simón Bolívar y la traición porteña de la mano de Rivadavia que impidió la continuación de la gesta emancipadora, están narradas con mano maestra. Inciso aparte es la relación del Gran Capitán con los Caudillos, en particular con Estanislao López, que le ofreció a San Martín trescientos hombres de caballería para luchar por la libertad de América.

Un aspecto poco conocido era su afición por la lectura. Su biblioteca personal compuesta por 700 libros la donó al Perú y fue la base de la actual Biblioteca Nacional de ese país. El intelectual chileno Vicuña Mackenna que lo visitó en 1842, anota: “La gran ocupación de San Martín era, empero, la lectura y sus libros favoritos pertenecían a la escuela filosófica del siglo XVIII, en cuyas ideas se había formado, o los escritores militares de la época de Napoleón”.

Hay que recordar, por último, su apoyo a la Confederación Argentina en su enfrentamiento contra los ingleses y los franceses, lo que le hizo ofrendar su glorioso sable a Juan Manuel de Rosas. Inmarcesible, su legado es esencial para mirar el futuro con optimismo y confianza. 

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