Murió la señora

Cuento de Jorge Isaías

Nombrar a Jorge Isaías implica una referencia ineludible a la literatura y cultura de Rosario que en su caso, trascendió a nivel nacional e internacional. Hablar de su poesía y de su prosa es abrevar en las raíces de la pampa gringa, de los inmigrantes que habitaron los pueblos santafesinos. Nacido en Los Quirquinchos, su infancia es la fuente  donde nace y madura  su obra. Desde fines de los 60, ya en Rosario, funda en 1971 el sello editorial La Cachimba, desde entonces,  nunca ha dejado de publicar y animar a grupos de escritores, difundir la obra de autores destacados o noveles. Emergente de una época donde los sueños alentaban la pasión por las palabras, difícil es imaginar un bar, una librería donde poder compartir una charla con Jorge.

El cuento que publicamos, rememora de un modo despojado, desde la visión de un niño en un pueblo, la noticia de la muerte de Evita, esa noche fría y de sombras donde la función de cine se detiene y se abre a una historia de despojo para quienes la lloraban.


El pueblo era eso, sin embargo, árboles, veredones altos de ladrillos y veredas de tierra, y las calles anchas como el mismo universo, juntadoras de polvo en los veranos y de grandes huellones invernales. 

Casi ninguna casa tenía su frente revocado, pero sí hondos patios que olían a naranjas y aljibes y jazmines del país —olorosos— y quintas con verdes pimientos y obvias albahacas y romeros. 

Lo más saliente en esos años eran las mariposas que traía el verano, y los pájaros. Miles de pájaros que buscaban el viento enfilando sus piquitos buceadores del aire, moviendo o dejando tiesas las alas intrépidas. 

Los negocios pululaban de gente sudorosa, cansina con sus compras. Trabajaban todos: los talleres, las herrerías con su fragua de ancha boca enrojecida, la pequeña fábrica de arados, los grandes almacenes que llamaban de ramos generales —que, como su nombre lo indica, ofrecían de todo—; y los domingos era la multitud de mujeres en la iglesia y los hombres ociosos en los clubes con el truco, el mus, el chinchón y el infaltable amargo o el aperitivo con aceitunas: Hesperidina, Gancia, vermut. ¿Los temas? El excluyente del tiempo, los animales, las cosechas y tal vez la política. Y en temporada: el fútbol y los caballos. Nunca sabré si aquel tiempo era mejor. Solo sé —como escribió el poeta Raúl González Tuñón— que era distinto. 

Uno remarcaba ancestros en el andar libre, despreocupado, según las viejas, verdaderas memorias vivientes del pueblo, y cuando nos encontraban un gesto o una actitud heredada nos decían: “Igualito a tu padre”, aunque esto se aplicaba más bien a las travesuras. Parece que nuestros padres no habían hecho sino trapacerías por la íntima geografía de la pequeña población. 

Si no nos conocían (si no nos sacaban el parecido) nos preguntaban a boca de jarro: “Che, ¿y vos de quién sos?”. La pregunta imperativa y muchas veces como manera de no darse del todo por vencidas, respondían al enterarse: “¡Ah, ya me parecía!”. (En los pueblos se usa esa forma apocopada para preguntar realmente: “¿Y vos de quién sos hijo o quién es tu padre?”). 

Pequeños vagabundos en ese medio íntimo que para nosotros tenía el tamaño del mismo universo en su entera magnitud y las otras cosas apenas nos llegaban por medio de la radio y toda la fantasía por la magia del cine del pueblo. 

Los domingos por la tarde —según el comportamiento semanal que obraba como perfecto chantaje y la oportuna propina de alguna tía— nos zambullíamos en esa grande para nosotros sala del Cine Huracán y gozábamos de la ansiada matinée. Tres películas de acción que habíamos soñado ver desde el domingo anterior donde la cola (¿el avance le dicen ahora?) nos seducía poniéndonos con tal ansiedad que yo recuerdo mi temor de que al apagarse las luces algún cataclismo no me dejara ver el programa. Respiraba tranquilo recién cuando veía que todo estaba en orden: el muchachito, el villano, la muchacha, los desérticos paisajes que nos regalaba Hollywood detrás del rugido cansino del león de la Metro. 

Las películas se cortaban seguido, no sé si eran copias viejas, malo el celuloide o poco hábil el proyectista de turno. Las luces se encendían rápidamente antes de que tuviéramos tiempo de zapatear como energúmenos en el piso de la gastada madera o proferir  una feroz y generalizada silbatina. 

Era la zozobra de los novios de manos ágiles y nerviosas que ponían rápidamente cara de yeso como diciendo: “¿Qué miran si acá no pasó nada?”. 

Muy de vez en cuando —acontecimiento que traían las de Luis Sandrini— iba con mis viejos. Sábado a la noche. Más gente, más caramelos, más luces, y el extraño mundo de los mayores. Mi viejo acariciaba tal vez la retaceada moneda en los bolsillos durante toda la semana y estudiaba los afiches que se exhibían en lugares estratégicos del pueblo: la puerta del mismo cine, la cooperativa, el paso de las vías que dividían el pueblo y la estación del ferrocarril. 

Después de cavilar y, eso sí, nunca consultar con su consorte, decidía que había que ir. Una noche —un 26 de julio funesto— estábamos sentados cómodamente en los hondos butacones de la sala, yo muy seguramente atascándome de caramelos, mirando las barrocas columnas de los palcos pintados de verde, cuando se nos acercó Juan Barco y en voz baja pero no tanto como para que algunos lo oyeran le dijo a mi viejo: 

– Murió la señora… 

Mi vieja sacó el pañuelo de la manga del vestido y empezó a llorar con esa su manera silenciosa y lenta, sin hacer ningún ruido. Mi padre se puso muy serio, se levantó de inmediato y nos ordenó seguirlo, decidido ya a no ver el programa. Al correrse la voz, muchos nos imitaron. 

Salimos a la noche oscura, fría, llena de árboles concentradores de sombras, con las veredas repletas de costrones secos de la última lluvia. 

Al otro día nos enteramos de que la función finalmente se había suspendido y se reconocía el dinero de la entrada. 

También leí o deletreé —no recuerdo— en grandes titulares de un diario: “Eva Perón entró en la inmortalidad”. 

Medio país suspiraba aliviado o tal vez satisfecho y el otro medio lloraba con la congoja más grande de todos los tiempos. 

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Zeen is a next generation WordPress theme. It’s powerful, beautifully designed and comes with everything you need to engage your visitors and increase conversions.