Sobre mi maestro y amigo

¿Qué se puede decir de Horacio González que ya no se haya dicho? ¿Qué podemos agregar a lo que él mismo no haya escrito?

Cuando se dedican algunas palabras a una persona muy querida es muy difícil no reducir su vida entera (o al menos la parte que se conoce de ella) a más de tres o cuatro escenas, pequeños flashes del inmenso legado que me dejó y del cual me siento deudor.

Tuve la suerte de tratar con Horacio durante más de dos décadas y abundan anécdotas que se me mezclan, y confunden, en la memoria. Exámenes en bares, clases en la cocina, exposiciones tan interminables como fascinantes que solo tenían fin cuando el personal de la Facultad nos avisaba que estaban a punto de cerrar.

Entre tantas anécdotas, recuerdo una (¡cómo no acordarme!) de la cual fui testigo accidental: cuando dejó plantado al mismísimo Néstor Kirchner (sí, cuando era presidente) para asistir, ante mi insoportable e ingenua persistencia, a la última clase de nuestra materia. Testigo parcial, y quizá único, de un diálogo que rozaba la parodia, en la que pude escuchar algunos de los reproches de uno y las excusas sutiles del otro. 

Horacio tiene (y no hablo en pasado porque los hombres y mujeres siguen viviendo en sus obras, en su palabras y en los recuerdos de los demás) un fino y sutil sentido del humor y una generosidad inconmensurable, dos pilares que lo hacen un gran intelectual, quizá el mejor de los últimos años del pensamiento nacional.

El humor es un recurso que siempre usa Horacio, aún en el enojo y en las discusiones más afiebradas. Y la generosidad es su capital y su marca. Sin esta no solo hubiese tenido la infinita cantidad de amigos, sino que hubiesen sido imposibles sus obras. Encontrar en los pliegues del otro, desde taxistas a intelectuales, incluso en aquellos que podríamos situar en sus antípodas, algo positivo, algo a explorar, algo que valorar.

Una dialéctica de la generosidad que nos ayuda a rastrear, a muchas generaciones, los nudos, los puentes y las quebradas entre actores y actos que, a priori, nunca podrían estar relacionados en tiempo y lugar.

Nos vemos Horacio, seguiré escuchándote, en mis recuerdos, en mis lecturas y en tus obras.   

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