Bien polenta

La pandemia transcurre en el interior, la pantalla de la computadora es el simulacro de una ventana abierta a un mundo que se ha vuelto hostil. Alejados de besos y  abrazos, en especial de la calle que nos unía, carecemos de la síntesis entre el cuerpo y la palabra; gran parte de la militancia debió replegarse del espacio público y discurre por los vericuetos de las redes reafirmando sus ideas con inusitada vehemencia. Las consignas, los cánticos que nacen espontáneos al calor de las fiestas populares han sido despojados de su frescura, la tecnología fomenta la intensidad pero fragmenta; nos hemos convertido en  una multitud de  movilizados sin movilización. La inevitable ruptura entre el mundo real y el virtual representa un abismo insalvable entre el querer y el hacer, la dinámica de la redes ha transformado la polis en tribus desperdigadas en infinidad de grupos que navegan en la vasta geografía de internet constituyendo islas que dialogan entre sí en un intercambio alejado de la acción y de la crudeza que imponen paisajes casi ajenos a la experiencia cotidianas. Nada más alejado de la naturaleza del peronismo.    

Se escribe, no tanto para describir o dar cuenta, más bien para poner cierto orden al caos que genera tanta información repetida que confunde o toca las emociones pero adormece los sentidos. En el medio de esa vorágine, algo nos pega con fuerza, nos conmueve y contradice -parece que no todo es irrelevante-. En un tiempo sin tiempo, tranquilos, con ingresos asegurados y la calidez de la estufa hay muchas ocasiones para husmear en las redes, entonces, en la pantalla, irrumpe un video:

Las mujeres del evita, o de Evita, o de los barrios, cantan. Alguien dijo nada se construye con tristeza, tampoco, agrego, con solemnidad, allí con la escenografía justa, del barrio, cantan con fuerza sus reivindicaciones: “ni una menos”, tienen polenta. ¿Por qué pega?

Comencemos a reflexionar: no hay artificio, es decir hay producción, edición, pero ahí están: el cuerpo y la palabra de las mujeres, las mismas que padecen el despojo  desde hace tanto tiempo, una deuda inapelable de los gobiernos de cualquier signo político. Allí   están, cantan, para exigir por “todas las compañeras”, aún de las que pueden disponer los medios económicos para defenderse, denunciar y trascender en los medios. Ellas acotadas a las redes, dan el golpe, irrumpen con la frescura de lo popular y por unos minutos nos instalan ante la presencia de lo cotidiano.

El rostro de cada una da cuenta de mil batallas, pero también de la sonrisa necesaria para construir dignidad desde la inclemencia del barro, ese barro tan ajeno a la mayoría de nosotros, pero tan real como alejado de la zona de confort; en el territorio se disputa palmo a palmo el presente y el futuro, es el  espacio donde no se puede habitar la comodidad del encierro ni respetar el aislamiento protegido: hay que salir. Ese lugar, no lugar para nosotros, impone urgencias cotidianas y soluciones. En esos pasillos que transitan a diario se dibuja el laberinto del que quieren salir, porque su lucha no se agota en el video, y tejen a diario el hilo que las conducirá a la salida.

Claro, que tienen polenta, tienen fuerza, al margen de ensayos, reflexiones y conclusiones teóricas, necesarias pero que terminan hablando “de”, su polenta surge de la práctica y se cocina a fuego lento en las ollas de los barrios populares, donde el ingenio aportará algo  sustancioso que pueda enriquecer el guiso para los pibes. Claro que “tener polenta”, no resuelve los problemas, una cuestión es el  entusiasmo, la perseverancia y el deseo,  otra es la deuda de un Estado que todavía no ha podido resolver el problema de la pobreza estructural.

Las mujeres se quieren vivas, vivas en todo sentido, la pobreza las somete, no sólo por desigualdad de género, sino de oportunidades, para ellas, sus hijos y parejas; ponen la voz con un canto que tiene ritmo propio, el resultado es contundente, se hunde en la tradición del peronismo: la comunidad y el barrio. También en el plano simbólico un rosario que pende del cuello adhiere a la cohesión del campo popular, porque las creencias y la fe forman parte de la cultura y no hay que desestimarlas, a riesgo de quedar sólo quienes pensamos igual para reconstruir solos la patria, y la patria es pueblo. Por último, acerca del video, en un tramo expresan que luchan con el puño en alto “por todas las madres que buscan sus hijos”, un sustantivo masculino, supuestamente no inclusivo que opera como un garrote en la conciencia, ellas las mujeres no excluyen por una letra, salen, exigen, piden por todos, no desmayan, igual que nuestras madres de la plaza que pidieron por sus hijos. ¡Son mujeres!

En la uniformidad de los cruces cotidianos, algo irrumpe, quiebra la serie, nos hace sentir incómodos en nuestra comodidad discursiva, un grupo de mujeres con polenta se hacen eco de las palabras de Evita, quizá sin haberla leído: “la patria no es una geografía de fronteras más o menos dilatadas, sino que es el pueblo. La patria sufre o es feliz en el pueblo que la forma”, “vender la dignidad del pueblo es vender la dignidad de la patria”.

En la proporción del canto, en su ritmo genuino, en el cuerpo, en las sonrisas está el amor, la denuncia, el ímpetu para avanzar en la conquista de los derechos del pueblo. Que esta vez, todos, estemos a la altura de la circunstancia.

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