Malvinas. Guerra. Memorias, historias y Conmemoraciones.

2 de abril de 1982. Era viernes. Apenas comenzaba el otoño. La sociedad argentina, de manera inesperada, se encontró protagonizando una inédita experiencia: el país había entrado en guerra con Gran Bretaña. Se disputaba el territorio Insular de Malvinas ocupado desde hacía más de un siglo por los británicos. 

Aquella mañana, los titulares de los periódicos de mayor circulación en la Argentina anunciaban con algarabía: “Argentinazo: ¡Las Malvinas recuperadas!” (diario Crónica). “Hoy es un día glorioso para la patria. Tras un cautiverio de un siglo y medio una hermana se incorpora al territorio nacional. En las Malvinas hay gobierno argentino. En un operativo combinado Fuerzas de Mar, Aire y Tierra Recuperaron las Islas del Archipiélago” (diario La razón). Se había producido el “desembarco argentino en el archipiélago de las Malvinas” (diario La Nación) y “Efectivos de las tres Fuerzas Armadas avanzaban esta madrugada hacía la capital de las islas. Galtieri dirigirá hoy un mensaje al país. Preocupa a EEUU el conflicto” (diario Clarín).

Ese día, desde muy temprano, la Junta Militar comenzó a emitir los comunicados oficiales referidos a la cuestión. Así, en el número 3 se anunció “al pueblo de la Nación Argentina que sus fuerzas Armadas, en una acción conjunta, con el fin de recuperar para el patrimonio nacional los territorios de las islas Malvinas, Gerogias y Sandwich del Sur, se hallan empeñadas en combate para alcanzar el objetivo señalado. Poseídos por el mismo espíritu y valor de aquellos que hicieron nuestra patria grandes, hemos de extremar nuestros sacrificios por la consecución del objetivo que nos hemos propuesto” y en el número 6 se “comunica que siendo las 11.20 horas de este histórico 2 de abril de 1982, el comandante del teatro de operaciones Malvinas informó que el gobernador inglés de las islas Malvinas se rindió incondicionalmente ante las fuerzas armadas de la patria, flamea nuevamente la bandera argentina en las Islas Malvinas”.

Además, en un intento por legitimar políticamente los acontecimientos que se estaban produciendo en las islas, el mismo Galtieri se encargó de leer un discurso que se emitió por Cadena Nacional, en el que afirmó que la declaración de la guerra “se decidió sin tener en cuenta cálculo político alguno. Ha sido pensado en nombre de todos y cada uno de los argentinos, sin distinción de sectores o banderías y con la mente puesta en todos los gobiernos, instituciones y personas que en el pasado, sin excepciones a través de 150 años, han luchado por la reivindicación de nuestros derechos”.

En esos momentos, quizás muchos argentinos y argentinas supusieron que una deuda histórica comenzaba a saldarse, sin embargo, una nueva tragedia acababa de comenzar.

En este sentido, resulta relevante recuperar de aquellos días, las vivencias que transitaron distintos actores sociales, de diversas edades, que residían en diferentes lugares del país y que fueron parte de ese inmenso grupo de protagonistas anónimos que fueron arropados por el inmenso manto del olvido y cuyas voces no suelen llegar, desde aquel pasado, a este presente. Hoy, a 39 años de aquellos sucesos, consideramos que merecen visibilizarse porque sus decires van a colaborar, para esbozar algunas respuestas posibles a dos preguntas políticas por excelencia: ¿Qué hacer con nuestro pasado? y ¿cómo transformar el silencio y el dolor en palabras y en relatos que contribuyan a la construcción de la memoria colectiva?. 

Ana B., que hoy tiene 61 años, rememora que “la mañana del discurso el 2 de abril de ese año se percibía una euforia colectiva que siguió al asombro primero de escuchar el discurso alcohólico y triunfalista de Galtieri arengando a la batalla. Veníamos de unos años implacablemente dolorosos y esto parecía un retorno a ese espíritu patriótico que reclamaba por las “hermanitas perdidas”. Era tal la vileza de la gente que gobernaba que ahora acudía ese sentimiento primero que nos habían inyectado de modo sistemático en la escuela primaria. Los comunicados se pusieron en marcha, con noticias falsas, por supuesto. Pero mucha gente parecía creerle, creer que íbamos ganando la guerra. Recuerdo mi indignación al observar que la televisión de ese momento banalizaba esa tragedia usando el humor muchas veces y otras aludiendo a la supuesta solidaridad desinteresada de los argentinos. Con el malestar de escuchar incansablemente el slogan “Argentinos a vencer” y a la música pegadiza que inundaba el ambiente desde todas las radios es como viví esos pocos meses”. 

Para muchos argentinos y argentinas, por aquellos días todavía no aparecía claramente la relación entre la declaración de la Guerra contra los británicos por la recuperación de las Islas Malvinas con las políticas de la dictadura. Sin embargo, se infiere en lo expresado por Ana B., que hubo quienes infirieron tempranamente este imbricado entramado.

Con el testimonio que reconstruyó Beatriz B., de 60 años de edad, sucede algo análogo. Ella se encontraba cursando el tercer año del profesorado de Matemática, física y Cosmografía en el Instituto que hoy lleva el nombre de Olga Cossettini. En su registro de aquel tiempo se detiene en su trayectoria como estudiante y en el impacto que generó la guerra no sólo en ella, sino también en sus compañeras de estudio. “En mayo de 1982 veníamos transitando una época oscura, silenciosa…con una adolescencia prolongada en dictadura, donde no se hablaba de política en las aulas que me tocaba transitar y las alusiones al cotidiano en las charlas informales eran triviales, en la mayoría de los casos, y en otros implícitas en comentarios, que cada uno escuchaba desde donde podía y sabía. En mi grupo de estudio más cercano nunca se había hablado de política, ¿por desconfianza?, ¿por falta de formación?, ¿Por trayectorias de vida diferentes?. Una mezcla de todo en épocas sin democracia. Pero la recolección de oro y chocolates para los soldados que se encontraban peleando en las islas operó como bisagra, marcó un antes y un después en el grupo: repentinamente algunas compañeras se manifestaron a favor de hacer una colecta y se ofrecieron a realizarla y se disparó la discusión porque otra parte del curso no queríamos participar, a sabiendas del engaño que toda la maniobra representaba (…) y de allí se disparó la discusión sobre los motivos de las acciones en las islas, y de allí las posturas sobre las intenciones de Galtieri y de allí a la legitimidad o no del gobierno (…) y de los personajes que en ese momento enfrentaban de diversas formas la dictadura. Y de pronto, nosotras, que nunca antes habíamos siquiera participado de reuniones políticas ni habíamos expresado en voz alta las opiniones nos encontramos dando razones, explicando hechos, gritando verdades, acompañando la tristeza de las familias que ni siquiera conocíamos, entendiendo que éramos parte de la historia. Se repitieron las conversaciones, intentando convencer/se (…) e inevitablemente llegó el mes de junio, y la rendición y luego la vuelta a casa, la muerte, y enterarse de que todo fue peor de lo que todos imaginábamos, y el silencio del desengaño y la vergüenza de algunos que no logró volver a pegar los pedacitos de confianza en el grupo. No volvimos a ser las mismas (…) se reacomodaron las relaciones (…) se redimensionaron las conversaciones (…) se dijo lo necesario (…) lo posible (…) ya no faltaba mucho para salir de la larga noche (…) en diciembre empezaría a sentirse el aire fresco de la apertura democrática.”

Sin dudas, el grupo etario, que por entonces tenía entre 20 y 22 años, podía reconocer sin mayores dificultades que la Guerra podría ser explicada como otro episodio guionado y protagonizado por las cúpulas militares que gobernaban la Argentina desde 1976. Circulaba la idea que éstos, se habían apropiado de la querella por la nacionalidad que simbolizaba la causa Malvinas con el objetivo de reconstruir su dominación, que se encontraba fuertemente debilitada. En este sentido, es importante recordar que días antes, el 30 de marzo, los grupos de resistencia a la dictadura, compuestos principalmente por los integrantes de pequeños sindicatos que, por su supuesta poca incidencia en el escenario político no habían sido intervenidos por los funcionarios dictatoriales, habían protagonizado una movilización multitudinaria a la plaza de Mayo bajo el lema “Paz, pan y trabajo” con el liderazgo del jefe del gremio cervecero, Saúl Ubaldini quien fue detenido por las fuerzas policiales luego de una fuerte represión ejercida sobre los manifestantes.   

La versión de los acontecimientos, elaborada por Alejandra E., de 56 años de edad,  oriunda de la localidad de Roldán, distante 27 km de la ciudad de Rosario (Provincia de Santa Fe), estudiante en 1982 de la carrera de Licenciatura en Historia en la Facultad de Humanidades y Artes de Universidad Nacional de Rosario, viene a servir como otra muestra  que una importante proporción de la población argentina mantenía su capacidad de ejercicio crítico sobre la realidad, a pesar de la hegemonía del silencio y la institucionalización del miedo con herramienta de dominación.  Alejandra nos narra que, “Venía de una familia peronista donde la dictadura militar se vivía como una tragedia política y social. Padre y cuñado militantes, funcionarios del gobierno comunal hasta 1976, destituidos y perseguidos por los militares”. Atendiendo a esta historia personal, el registro de Alejandra sobre aquel 2 de abril constituye el relato de una experiencia vital que se entrama de forma ineludible con los acontecimientos ocurridos durante los oscuros años de la dictadura. “Había ido a una peluquería de Rosario muy famosa por su peluquero: Dante. Estaba en un local enfrente de la plaza Pringles entonces, en un segundo piso con ventanales y balcones a la calle. En un momento se hace un silencio mortal y se escucha la voz del periodista que anunciaba por la radio o TV (no recuerdo) que estábamos en guerra con Gran Bretaña. Recuerdo mi dolor e indignación, no sólo por esa tremenda barbaridad del gobierno de la dictadura militar, sino porque todas las mujeres que estaban allí salieron al balcón y se asomaban por las ventanas que daban a la calle y gritaban, ¡las Malvinas son argentinas!, ¡Bravo, Galtieri! ¡Qué vengan los ingleses! y aplaudían a los autos que pasaban tocando bocinas. Yo me sentía sapo de otro pozo, de hecho, mi cara de angustia y horror se notaban. Terminé rápido lo que estaba haciendo y me fui, en silencio, mirando el piso, sólo quería escuchar noticias y hablar con mi gente, mi familia, mis amigos que sabía estaban igual de atónitos que yo”.

Perteneciente a la misma generación, Marta C., que en la actualidad tiene 59 años, también rememora ese tiempo disruptivo en el que se inscribió su historia personal, como en la de la mayoría de los argentinos y argentinas, indicando que “el registro que tengo de la guerra de Malvinas es que fue algo inesperado. En un primer momento nos alegró (como a la gran mayoría) porque se habían recuperado: Las Malvinas son argentinas. Aunque en mi casa, se hablaba de que era in manotazo de los militares para quedarse en el poder y que se mandaba sin preparación a los chicos a pelear/morir. Recuerdo la colecta que se hizo y la gente que entregaba cosas muy valiosas; los simulacros que se hacían en los barrios por si se producían ataques; las cartas que le escribían a los soldados…Sin embargo, salvo en las ciudades del sur del país que por cercanía lo vivenciaron mucho más, el resto siguió con su vida como si nada pasara. No se tomó verdadera dimensión de lo que era estar en guerra!”

Mientras tanto, la rosarina Celina P., de 54 años, unos años menor que las autoras de los testimonios precedentes, ya que en 1982 tenía 16, pone el acento en la solidaridad y la empatía que la ciudadanía civil ejercía respecto de los soldados que se encontraban en el frente peleando la guerra. Recuerda que “la información que recibíamos era disímil y a veces contradictoria, pequeñas victorias del lado argentino, pero a la vez y creo que fue lo que más sufríamos, eran las noticias acerca del frío y del hambre que padecían nuestros jóvenes e inexpertos soldados, así como las diferencias de equipos y armamentos de guerra de ambos países. En este sentido grabé en mis recuerdos la solidaridad de mis allegados y de las campañas que se hacían en las escuelas para intentar levantarles el ánimo a los soldados, con cartas, alimentos, chocolates, mi padre donó su anillo de oro con sus iniciales, las chicas de mi escuela que estaban pagando su viaje de egresadas (en ese entonces era una escuela privada sólo de mujeres) donaron el viaje para ayudar a los combatientes(…)”

En otro espacio urbano, equidistante 29 km de la ciudad de Rosario, en la localidad de San Lorenzo ubicada en el denominado cordón industrial de la provincia de Santa Fe, a orillas del río Paraná, vivía Mariela C., En 1982, comenzaba a cursar el 5to año de la escuela secundaria en una institución privada confesional. Sobre aquellos días, también centra su reconstrucción en el escenario escolar y recupera con fuerza el generalizado apoyo altruista a los soldados y trae al presente, los distintos modos en que circulaban en las escuelas del país los discursos nacionalistas de reivindicación territorial, sintetizados en la Marcha de Malvinas, escrita en 1940, que se escuchaba y se tarareaba todos los días, en cada lugar educativo de la Argentina porque había que clamar “¿Quién habla aquí de olvido, de renuncia, de perdón?”, al tiempo que se anhelaba que “(…) ¡brille Ohh patria en tu diadema la perdida perla austral!”.  En este contexto, Mariela recuerda que “declarada la guerra, todo absolutamente todo cambió en nuestra cotidianeidad. El izamiento de la bandera se acompañaba con la Marcha Las Malvinas y se rezaba por los soldados. Se hablaba todo el tiempo de ese acontecimiento con mezclas de emociones: por un lado muchas de mis compañeras sentían miedo y dolor porque tenían hermanos que podían ser llamados para ir a la guerra y por otro el discurso de los profesores que alentaban y auguraban la recuperación de este territorio consiguiendo con esto, garantizar lo que tantos años habíamos dado en historia  y geografía en un temario perfectamente armado para construir la idea de patriotismo, de nacionalismo, de soberanía impuesta por la tenencia y la expansión(…) escuchábamos la radio en los recreos, pensando y festejando posibilidad de la batalla”.

En el mismo tiempo, pero en distintas circunstancias, la experiencia vivida en aquellos días por Stella R. resulta interesante porque la convierte en una testigo excepcional. En el momento en el que se declaró la guerra, se encontraba residiendo en una base militar de la Armada Argentina situada en el sur de la Provincia de Buenos Aires. En febrero de 1982 había partido desde la ciudad de Reconquista, situada en el norte de la provincia de Santa Fe, a 200 Km de distancia del límite con la provincia de Chaco, hacia Punta Alta (Puerto Belgrano) para visitar un pariente. Tenía18 años. Atendiendo a ese particular contexto, afirma que “(…) En mi caso, se suman varias cuestiones imponderables, salir del pueblo, conocer el mar, visitar a un tío que vivía en Punta Alta (Puerto Belgrano). Una tarde calurosa partí de la estación de colectivo de Reconquista a Buenos Aires, desde allí tomaría el Ñandú del Sur, directo a Punta Alta. Llegué a destino en febrero de 1982, allí la guerra estaba declarada, todos/as las vecinas/os, se preparaban, comencé a tomar dimensión de la situación. El 2 de abril me despertó el grito de mi tío, ¡¡Recuperamos nuestras Malvinas!!. Se acercó a mi habitación y me dijo: – ¡¡hoy es un día inolvidable!!-. Las sirenas nos aturdían, los canales de televisión desde Buenos Aires informaban todo el día sobre la guerra. Conocí los simulacros de guerra, comenzaba con una sirena que tenía una duración determinada y cada uno de nosotros tenía que entrar a su domicilio o algún lugar cerrado cercano, sería un toque de queda. Se comenzaron a organizar las compras de alimentos. En secreto se esperaba la posibilidad de que Puerto Belgrano sea atacado y la población comenzó a pensar en la huida, pero la mayoría de sus habitantes pertenecen al ejército y la huida quedaba como un acto de cobardía. A tal punto que muchos jóvenes, incluyéndome, nos anotábamos para colaborar en la guerra, cuestión que a mi tío no le gustó mi idea y trato de alejarme de ella”. 

Otra perspectiva de la época comienza a visibilizarse, complementaria a las ya expresadas en los relatos precedentes, cuando se realiza la lectura de las narrativas elaboradas por quienes fueron niños en 1982. El horizonte adulto, desde donde se recuperan los acontecimientos de ese pasado aún reciente, cobran una dimensión simbólica que evidencia las vivencias propias de las infancias que atraviesan, desconcertadas, todo aquello que se les muestra como extraño, ajeno y distante.

Atendiendo a estas particularidades, es posible inscribir el testimonio de Mauricio C., quien en la actualidad tiene 45 años. En 1982, tenía 7 años y cursaba el segundo grado en la Escuela pública República de México de la ciudad de Rosario. Describe que “la sensación que me quedó es que me generaron un fuerte impacto aquellos acontecimientos, las noticias, los comentarios en el colegio con las maestras y los compañeros. Recuerdo en concreto varias cosas, como que nos hicieron aprender y cantábamos seguido la marcha de las Malvinas en el salón de actos, creería que en las clases de música. También recuerdo la colecta que se hizo, en la que llevé un alimento al colegio, y que luego miré un rato por televisión la transmisión de esa jornada de artistas. También me quedo una idea, en este caso bastante difusa, de una especie de comentario/charla, no recuerdo bien, sobre cómo había que actuar en caso de que la guerra se viniera al continente”.

De la misma generación que Mauricio C., Elian B., que entonces tenía 6 años y residía en un pueblo de la provincia de Santa Fe, a 70 km de distancia de la ciudad de Rosario, llamado Bigand afirma que allí, “ciertas realidades que acontecían en el país transcurrían muy lejos, casi en otro país, o era lo que yo creía (…)”. Respecto de su registro de memoria sobre las Guerra de Malvinas indica que “El recuerdo que tengo de ese momento pasa por lo siguiente: por el pueblo en que vivía pasa el ferrocarril que une el Puerto de Rosario (puntual VVG) con el puerto Belgrano (Bahía Blanca). En un momento del desarrollo de la guerra informan que una noche pasaría un tren con destino final Bahía con cargamento militar y soldados que su destino final eran las islas. Si bien el tren se detuvo poco tiempo, ciertas cosas me quedaron grabadas. Por un lado, los cañones, tanques y demás armas que era la primera vez que veía tan cerca. Por otro lado, en los dos o tres vagones de pasajeros viajaban soldados (seguramente en su momento los vi como señores de mucha edad, luego supe y entendí que era todo lo contrario) pero lo que más me sorprendió fue la alegría y fuerza que demostraban tener, mientras que muchas personas que estaban abajo les entregaban paquetes y lloraban gritándoles suerte o algo así (…) me llevo mucho tiempo entender ese contraste de emociones que vi esa noche (…) Recuerdo también haber llevado a la escuela en diferentes ocasiones, bufandas, ropa de abrigo y chocolates, y siempre escribir pequeñas cartas para los soldados. En mi creer, todo eso pasaba en un lugar muy muy lejos, otro país o casi otro mundo, nunca me cerro y creí que todo eso que llevábamos a la escuela con ese destino podría llegar tan lejos (…) de alguna forma y sin saber la realidad de los acontecimientos, eso en gran medida paso”.

Ana B., Beatriz B., Alejandra E., Marta C., Celina P, Mariela C, Stella R., Mauricio C. y Elian B., constituyen una mínima muestra de los millones de argentinos y argentinas que atravesaron aquel 1982 y que fueron observadores y participantes involuntarios del conflicto y de sus consecuencias porque, de acuerdo con lo que Jacques Hassoun sentencia, “somos todos portadores de un nombre, de una historia singular (biográfica) ubicada en la historia de un país, de una región, de una civilización. Somos sus depositarios y sus transmisores. Somo sus pasadores” (1996:15).

La guerra concluyó el 14 de junio de 1982, con la rendición argentina. “El saldo de las víctimas fue de 649 soldados argentinos muertos, más de 1200 heridos y 250 soldados ingleses muertos. Durante el conflicto, llegó a haber en las islas 14.000 hombres movilizados, la gran mayoría de ellos, jóvenes de 18 años que realizaban el servicio militar obligatorio, que soportaron mal pertrechados, con escaso abrigo y peor alimentación las condiciones extremas del clima de las islas, agravado en el caso de los batallones que pertenecían a provincias del norte del país como Chaco o Corrientes (…)” (Raggio y Salvatori, 2012:125) porque como indica Stella R., “el norte de nuestro país ha sido el gran proveedor de jóvenes para el sacrificio”.

La recuperación constante de estos datos para mantenerlos siempre en el presente es una tarea necesaria pero no suficiente, porque como afirma Federico Lorenz, “una vida segada es un hecho histórico imposible de modificar; no así lo que se diga sobre esa muerte. Pienso sencillamente, que la pelea esta allí”. (2009:15).

Un instrumento que podría permitir continuar la disputa por Malvinas, pero desde el campo político e ideológico, lo constituyó la decisión de instituir una efeméride que aludiera a la guerra y que permitiese mantener vigente el accionar de las Fuerzas Armadas en el conflicto. Además, la conmemoración aparecía como una posibilidad de rendir homenaje a los muertos y a los sobrevivientes de aquella aventura militar que había sido esgrimida, inicialmente, como una la gesta patriótica. La concreción de esta idea estuvo a cargo de los mismos hacedores de la tragedia anunciada. En marzo de 1983, en los estertores finales de la Dictadura, el General Reynaldo Bignone, haciendo uso ilegítimo de funciones legislativas, sancionó y promulgó, sin encontrarse el Poder legislativo sesionando, “la ley” 22.769. En el texto de esa “ley”, se establecía el 2 abril como el “Día de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur” y se declaraba a esa fecha como Feriado Nacional.

Con Posterioridad, en plena reconstrucción del sistema democrático, el 28 de marzo de 1984, el presidente de la Nación, Doctor Raúl Alfonsín, dictó el decreto 901 que buscó complementar y enmendar la ley vigente y transformar el sentido militarista del que estaba investida la fecha.   

Priorizando este objetivo, la nueva normativa estableció el traslado de la fecha al 10 de junio y se lo designó como el “Día de la afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas, Islas y Sector Antártico”. Aquella decisión, tuvo que ver con la necesidad política de visibilizar la construcción histórica de la soberanía Nacional. La elección del 10 de junio puede considerarse una fecha fundacional. En aquel día, pero en el año 1829, el gobernador interino de la provincia de Buenos aires, Martín Rodríguez, designó a Luis Vernet como Comandante Político Militar de las Islas con sede en el Puerto de Nuestra Señora de la Soledad (Ex Port Saint Louis, enclave fundado por los franceses en 1764). En esa ocasión, Vernet asumió el compromiso de hacer cumplir la legislación vigente en la Confederación Argentina. Además, se le otorgó el derecho a la pesca en las costas y a la explotación de ganado vacuno en las islas, con el objetivo de frenar la depredación que llevaban adelante impunemente barcos balleneros y pesqueros de origen inglés y estadounidense en la región desde los tiempos coloniales. 

Finalmente, en el año 2000, luego de derogarse la ley 22.769, sancionada por el último presidente de la dictadura y el decreto 901 de 1984, el Congreso Nacional sancionó la ley N° 25.370 que fue promulgada por el presidente Doctor Fernando de La Rúa. Esa ley, designó el 2 de abril como la fecha para la conmemoración del denominado “día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas”.

La elección de la fecha es, por lo menos, controversial. Los legisladores de entonces, acordaron declarar como hito para recordar a todos aquellos soldados que lucharon y murieron en batalla en aquellas lejanas islas,  la jornada en la que, el entonces Presidente de Facto, Leopoldo Fortunato Galtieri (diciembre1981 – junio 1982), luego de anunciar el desembarco de fuerzas militares argentinas en las Islas Malvinas para disputar la soberanía a Gran Bretaña y  desde el balcón central de la Casa Rosada, con una gran cantidad de argentinos y argentinas  que se habían concentrado en la Plaza de Mayo como testigos, arengó a la multitud y con un tono de voz desafiante y prepotente, se refirió al gobierno británico con la famosa frase «si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla».

Así, desde el año 2000 resultó bastante complicado aceptar el 2 de abril como el mojón histórico, desde donde se habría de partir para recordar la participación de los integrantes de las Fuerzas Armadas en el conflicto. Implicaba, de algún modo, reconocer como legítima una decisión política tomada por un gobierno ilegítimo e inconstitucional que construyó y ejerció el poder mediante la utilización sistemática del Terrorismo de Estado.

Resulta muy difícil, casi una tarea imposible, recortar la Guerra de Malvinas y analizar el conflicto escindido del crítico escenario político, económico y social en el que se inscribe el evento sobre el que intentamos reflexionar.

Argentina, atravesaba un periodo dictatorial cuyos ideólogos designaron con el nombre de Proceso de Reorganización Nacional (1976/1983) pero en realidad, fue la dictadura cívico militar más terrible de todas las que atravesó, en distintos tiempos de su historia, la sociedad argentina. Atendiendo a esta cuestión Ana B., afirma que “sigo pensando que fue una guerra injusta, desigual e incomprensible pero no inútil. Su utilidad es haber podido clausurar ese proceso de horror iniciado en marzo de 1976 y dar lugar a la inminente apertura democrática”.

En consecuencia, es posible inferir que la modificación de la fecha y la enunciación de los motivos de la conmemoración que se efectivizó a partir del año 2000, fue una decisión política que contenía una fuerte impronta ideológica. En perspectiva, la oficialización de esta fecha contribuyó a deshistorizar la causa Malvinas y a provocar la progresiva desmalvinización de Malvinas. No fue un simple cambio de fecha.

De este modo, la dimensión histórica se fue diluyendo a partir de la vigencia de la ley 25.370. Se puso el acento en la guerra que duró 74 días (desde el 2 de abril al 14 de junio) y en sus protagonistas anónimos: los soldados, los que dieron su vida en los campos de batalla y los sobrevivientes, los veteranos con quienes todavía hoy existe una deuda social que, probablemente, nunca será, saldada.

Funcional a esta tradición discursiva predominantemente bélica, no resulta extraño que Marta C. afirme que, “la sociedad argentina es bastante indiferente y desagradecida con los veteranos de Malvinas. No se los valora ni siquiera el 2/4 (…) creo que se los visibiliza cuando los veteranos participan del desfile por el 20 de junio o cuando prestan ayuda en las ciudades cuando sucede algo grave o para la gente en situación de calle, siempre dicen: presente”, y que Celina P., indique que está convencida que “la guerra de Malvinas fue una gran estafa, una estafa para nuestros soldados que dejaron su vida, para los que sobrevivieron y son abandonados, no recordados, para esas tumbas sin nombre, para sus familias y para la solidaridad y el amor del pueblo que hizo lo que pudo en defensa de su país”.

Simultáneamente, el discurso escolar, especialmente el que se transmite en la escolaridad primaria, ha continuado ocupándose de Malvinas. Sin embargo, a partir del evento de la guerra, se ha desdibujado notoriamente la historicidad de la problemática, se ha descontextualizado el conflicto y hasta se lo ha romantizado peligrosamente. En 1997, Arlen tenía 10 años y cursaba el 5to grado. Su maestra, en ocasión de conmemorarse la efeméride del 2 de abril planteó como consigna de trabajo en clase, que los y las estudiantes debían producir un texto breve en el que cada uno pudiese escribir sobre la guerra como si estuvieran viviendo en aquellos días. Arlen, escribió lo siguiente: “un 2 de abril de 1982 yo prendí la radio y escuché que en las Islas Malvinas estaban en batalla los ingleses y prendí la tele y también estaba esa información y lo primero que hice fue avisarle a toda mi familia para que no salgan y después me puse a pensar en lo que podrían estar pasando las mamás de los que estaban peleando la guerra. Duró muchos días. Los ingleses tenían armas más poderosas que las de nosotros y nos vencieron se quedaron con Las islas Malvinas, pero son nuestras y con los recuerdos de la guerra los que quedaron vivos pero enfermos se mataron ellos mismos porque estaban doloridos”.

Estas miradas que heredan el dolor de los protagonistas, también heredan sus silencios y sus zonas oscuras subsumidas en el olvido intencional. Transmiten lo que ha sucedido con Malvinas, desde hace más de un siglo, como si fuese un proceso lineal clausurado y sólo recortan de la cuestión el episodio de la guerra. Suelen transformarse en relatos que narran una epopeya heroica que hace posible, que cada 2 de abril se cumplan distintos rituales de homenajes a los muertos en la guerra y de reconocimiento a los que aún hoy, a casi 40 años, continúan con vida.

Un ejemplo es el testimonio que brinda Mónica V. (64 años), cuando se la consulta respecto de los registros de memoria que guarda sobre aquel tiempo de la guerra. Ella recuerda a su hermano, que murió en batalla. “En lo personal, yo tenía un hermano que era aviador militar de la Fuerza Aérea. Piloteaba aviones de Combate Douglas A4B. Durante la Guerra de Malvinas, a comienzos del mes de abril de 1982 fue desplegado a la ciudad de Río Gallegos. Después de varias incursiones, falleció el 8 de junio de 1982 teniendo apenas 24 años. Fue ascendido al cargo de Teniente (post morten) dada su entrega incondicional a la causa. Mi conmemoración es que desde hace años (39 se cumplen en el corriente año) asisto todos los 2 de abril a colocar una flor en homenaje a los caídos en Malvinas que realiza el Liceo aeronáutico Militar y al que me sumo, como también a los actos conmemorativos llevados adelante por la Municipalidad de Rosario y la Provincia de Santa Fe, quienes me han hecho entrega de diplomas y reconocimientos (…) Destaco en especial, que por iniciativa del Liceo Aeronáutico Militar y la Fuerza Aérea Argentina, desde el año 1986 existe una plazoleta ubicada en Avenida 27 de Febrero y Moreno de la ciudad de Rosario que lleva su  nombre. ”   

Poner el acento en los veteranos y en los caídos en la guerra y abordar de modo tangencial la problemática histórica que involucra a Malvinas y la influencia que esta cuestión posee en la elaboración discursiva de la soberanía nacional, implicó otorgarle al 2 de abril, otros sentidos, que terminan oscilando entre dos extremos:  en uno se sostiene a Malvinas como una causa nacional y sagrada por la que han dado la vida muchos soldados. Se tiende a sacralizar a los combatientes y a la gesta en sí misma sin su contexto, hasta situar a la guerra casi en un tiempo mítico, tiempo de héroes en el que la condición humana termina por desdibujarse y las intencionalidades de los actores políticos quedan encriptadas en un relato mucho más épico que histórico. En el otro extremo, las narrativas tienden a banalizar el conflicto. Se lo analiza de manera descriptiva y cronológica sin demasiada interpretación, para concluir que fue un episodio disparatado y extemporáneo pensado por las cúpulas militares locales que no midieron las consecuencias y mucho menos, imaginaron el impacto que generaría en el escenario político la derrota anunciada, la numerosa cantidad de víctimas que produjo y la orfandad y el olvido a la que se vieron sometidos aquellos que regresaron del campo de batalla.  

Atendiendo a esta lógica sobre la que se sostienen los sentidos que se han construido en torno a la conmemoración de la efeméride del 2 de abril, Federico Lorenz (2009) indica que, de un extremo a otro, Malvinas aparece como un tema histórico que, o tiene dueños exclusivos, que vomitan del coto nacional a los tibios (…) o es un barco con una tripulación progresista y democrática que lo dejó al garete hace tiempo, sólo para ver que, como si fuera el buque fantasma del holandés errante, reaparece de entre la bruma cada tanto para recordarnos nuestros temores (y nuestras deudas). El lugar común de ambas posiciones es que en ellas campean una intolerancia peligrosa y simplificaciones que tienen su origen en un arco de posibilidades que van desde la pereza intelectual, pasando por la ignorancia muchas veces ramplona, para llegar a la mala fe.” (2009: 14)

Sin embargo, se pueden pensar opciones. Existen alternativas, formas de resistencia para desmantelar la sacralización de la historia y reconstruir de forma permanente las memorias sobre una realidad pasada, tan complicada, diversa y amplia como la de aquellos años.

Estas prácticas dependen, de los modos en los que la sociedad se apropia de esas memorias colectivas y de esas historias nacionales. Alejandra E., rememora la organización de los actos escolares para conmemorar el 2 de abril en escuelas secundarias de la ciudad de Rosario. Ella fue vicedirectora en esas instituciones en varias ocasiones. “Recuerdo el esfuerzo y el trabajo con el grupo de docentes para organizar esos actos. Digo en plural, porque en realidad organizamos el 24 de marzo Día de la Memoria y el 2 de abril como dos momentos de una misma historia. Se programaban actividades en todos esos días que culminaban el 2 de abril. De esa manera se podía contextualizar y entender la Guerra de Malvinas pensábamos con un grupo de profes. Y así lo hicimos varios años. El 2 de abril se entendía en toda su dimensión si se articulaba al 24 de marzo y la dictadura militar. En esa lógica de pensamiento sobre estos actos, una de las docentes de música, con mucha buena voluntad, y queriendo compartir su trabajo me muestra un ensayo de la escena que había armado para el acto. Los alumnos y alumnas leyeron poesías sobre las islas, frases y carteles hechos por los alumnos, y como final cantaban la Marcha de Malvinas (Tras un manto de neblina…etc). Para los que vivimos esos años de la Guerra esa marcha tiene una carga simbólica tremenda. Era la que nos pasaban por TV y radio el gobierno militar para alentar a apoyar la guerra cuando estaban matando a nuestros pibes allá. Terminar el acto así, sin más era como no haber entendido nada de la idea de proceso entre el 24 de marzo y el 2 de abril. Recuerdo que mi cara era de decepción y furia calculo, la llamé aparte a la profe y le dije “todo bien, pero la marcha no va”. Me miraba no entendiendo (era alguien que por su edad había vivido esos años también como yo) y “por favor averigua por qué no podemos ponerla y otro día seguimos conversando”. Este episodio con la marcha de Malvinas en el acto del 2 de abril me siguió pasando en otras escuelas más adelante también siendo directiva. Me traían la historia de la letra de la marcha, etc, para argumentarme que no tenía nada que ver con la dictadura militar. Ese no era el tema, su origen etc, sino cómo había sido grabada en la memoria colectiva por la última dictadura militar (…) con ese sentido triunfalista, del nacionalismo manipulador de derecha…”

La decisión de Alejandra E., no fue sólo una decisión pedagógica sino, esencialmente, política. Sin embargo, es necesario aclarar que las escenas que describe no son excepcionales.  Buena parte de la sociedad argentina, actúa como Alejandra en cada uno de los espacios en los que se desarrolla su vida cotidiana.

También ha sido una decisión política la que han tomado, tanto aquellos que han colaborado con sus historias de vida para que se pueda escribir el presente texto, como quienes no han respondido al pedido de reconstruir desde el presente las memorias personales sobre aquel episodio que operó como bisagra en nuestra historia. Los silencios y los olvidos constituyen, “per se” formas discursivas cargadas de una contundente significación que implica reconocer que es tan importante lo que se dice, como lo que se calla. 

En consecuencia, es allí, en el campo de la transmisión, donde hay que dar el combate. Allí, tienen que confrontar las memorias particulares, compararlas, reconstruirlas y restituirlas para redimensionar el pasado colectivo. Allí, hay que debatir, reflexionar y revisitar las diversas versiones de la historia nacional, para construir perspectivas críticas, que permitan pensar la escritura de una historia que no quede entrampada entre el recorte de los acontecimientos y la utilización exclusiva de los testimonios escritos. Esta es la batalla que debe continuar disputándose. Este es el argumento que legitima la necesidad de resignificar la efeméride del 2 abril, de modo que pueda visibilizarse el entramado entre el conflicto armado y la cuestión de la soberanía y entre estas dos dimensiones de la causa Malvinas con el régimen dictatorial que proyectó, alentó y concretó el evento.

Federico Lorenz (2007), en su texto “Combates por la memoria. Huellas de la dictadura en la historia”, realiza una excelente síntesis de las cuestiones que se han intentado explicitar en estas páginas. Sugiere que “debemos discutir con los vivos y los muertos, aun con aquellos de los que más cerca nos sentimos, y encontrar las fuerzas para desde esa tragedia encarar la imaginación de un futuro, aquel por el que lucharon convencidos cientos de argentinos cuya muerte sin duda merece un destino mejor que el mero homenaje. Pero esa discusión debe ser orientada hacia la idea de que también lo merecen los vivos -es decir nosotros- y sobre todo los que aún no nacen” (2007:15).

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