Memoria para construir presente

“…cepillar la historia a contrapelo”
Walter Benjamin

¿Qué hechos selecciona la memoria para evocar los 70?, una narrativa de aquellos años  tropieza con la dimensión de los recuerdos que no se ajustan a ese período sino que desbordan hacia el pasado y el presente. Décadas que marcaron etapas de esperanza y barbarie, de utopía y terror, una trama descarnada de la historia argentina con sus secuelas de destrucción pero también, y en especial, que se destaca por las acciones de aquellos que pudieron vencer al horror para echar de nuevo a rodar  los sueños. Varias generaciones fueron atravesadas por la ausencia, madres que buscaron y buscan justicia para sus hijos, jóvenes que no conocieron a sus padres y tampoco su destino, nietos que escucharon la historia del despojo de sus abuelos y familiares, sin embargo, el álbum familiar trunco en plena juventud dio lugar a una lucha que obstinadamente vigorizó la herencia colectiva y le otorgó sentido a lo acontecido.

La década del 70 remite de una manera inexorable al golpe del 76, un punto de inflexión de una serie de hechos que se encadenan hacia una tragedia que jamás deberá ser olvidada por los argentinos. Especialistas, militantes y protagonistas han desarrollado exhaustivos análisis políticos y económicos sobre las causas y las consecuencias apelando a una sólida formación, nuestro objetivo es otro: evocar aquellos años en los que se fue sedimentando el último golpe de militar, que se convertiría en la mayor infamia del siglo pasado y reflexionar sobre el presente.

Convengamos que la mayor parte del pueblo no tiene formación política, habita en comunidad y se nutre de la experiencia cotidiana, quienes no vivieron antes del triunfo de Perón, en el año 46  y eran pequeños en la década del 50, escucharon  historias familiares y se nutrieron sin manual de la mitología peronista. El hecho maldito para gran parte de la élite intelectual y económica se trasformaba en el hogar en reconocimiento y afecto para el general y Evita que habían reivindicado al pueblo trabajador. La narrativa doméstica estaba anclada de modo indisoluble a la realidad. El lenguaje se desvanece cuando está relegado al mundo de la representación, por eso no se pudo doblegar la voluntad popular a pesar de todos los esfuerzos para prohibir y borrar los símbolos y palabras referidas al peronismo además de la represión y la proscripción del movimiento.

El General Perón fue el presidente más votado en toda la historia; en 1946 había ganado con el 54,4 % y en 1951 con el 62,49 %, sin embargo luego del 55, después del bombardeo a Plaza de Mayo, la “Revolución Libertadora”, los fusilamientos y la proscripción, el pueblo fue silenciado; todo lo referido al peronismo fue restringido al ámbito privado bajo la amenaza de cárcel u otro tipo de punición, mientras, la resistencia comenzaba a organizarse desde las bases para lograr el regreso del líder. Se iniciaba una época oscura y contradictoria, ¿por qué “el dictador” o “el tirano prófugo”, tal como se lo llamaba, había ganado de forma tan contundente en las urnas? Eran difíciles de digerir a principios de los 60, esos manuales de “instrucción cívica”, donde se referían a Perón como el dictador; más cuando no se podía disentir ante el miedo de quedar al descubierto y sufrir el agravio de profesor y compañeros. La censura y el adoctrinamiento atribuidos al justicialismo son las prácticas habituales de la oligarquía y el poder económico que promueven gobiernos que defiendan sus intereses.

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La década del 60 afianza la aplicación de mecanismos restrictivos al peronismo, las pseudo democracias de Frondizi e Illia sufren las consecuencias de su debilidad por el escaso apoyo popular, el peronismo no podía participar en elecciones;  es así como el peso  de los militares en el poder se manifiesta en  los sucesivos golpes de Estado que  continúan la línea represiva de los gobiernos depuestos, de tal modo se interpreta toda huelga, manifestación o reclamo como actividades sediciosas. Argentina desde el golpe del 55, había abandonado la tercera posición y  enfatizaba su alianza con “el mundo libre”, una manera de mencionar su alineamiento con una de las potencias: Estados Unidos. Esta situación se agudizó a partir de esa década cuando se readapta la participación militar al contexto de la Guerra Fría; la Doctrina de la Seguridad Nacional dio pie para que las Fuerzas Armadas comenzaran a intervenir en la represión interna con el objetivo de frenar el avance del “comunismo” en el país.

Sin embargo, el comunismo como amenaza principal, no sólo era un pretexto para vedar la participación política peronista sino también para hacer desaparecer todo vestigio del movimiento nacional. Había comenzado el lento e inexorable quiebre de la economía del país en beneficio de la clase dominante y se afianzaba la relación de dependencia con Estados Unidos. El clima no era de optimismo, sí de rebeldía, cuando el camino de las urnas se cierra, cuando no es posible la representación política, la insurrección es legítima. Los jóvenes reclamaban su lugar en la historia y se exacerbaba el clamor de los primeros años de la Resistencia: ¡Perón vuelve!

Los jóvenes, algunos involucrados en la militancia directa o en la lucha armada, otros al margen de la participación directa pero enamorados de esa narrativa familiar que antes mencionamos, adherían con una inclinación natural a  las causas justas enarboladas por el peronismo. El mundo estaba cambiando, se creyó o creímos que la liberación nacional y la justicia social estaban al alcance de la mano, mientras, se anidaba el huevo de la serpiente.

Cuando se evoca esos años quién no siente nostalgia al recordar sucesos y personajes que nos marcaron para siempre. El triunfo de la Revolución cubana, la figura señera del Che y Fidel combatiendo en la Sierra Maestra, la descolonización de África, y los nombres que aún resuenan de Patrice Lubumba, Jomo Kenyatta, Amílcar Cabral; el mundo árabe proponía el panarabismo encarnado en Abdel Nasser y Muamar Gadafy, con un sesgo popular y socialista en sus gobiernos; Mao Tse Tung en China sostenía con mano férrea el comunismo, más cerca en Brasil, Joao Goulart había sido derrocado en el 64, por sus medidas populares, entre ellas una reforma agraria pero sus ideas tenían vigencia, finalmente, en el 70 Salvador Allende se impone en Chile. Todos sufrieron el escarnio por parte del poder económico y las intervenciones militares.

Además, el Mayo francés, en 1968, pone en escena en un país central la rebeldía de los estudiantes contra las instituciones jerárquicas. Claro que sus demandas, graficadas en slogans que pasaron a la historia, como “prohibido prohibir”, “pidamos lo imposible”, “la imaginación al poder” se caracterizaban por estar destinadas a satisfacer subjetividades y a la autorrealización individual y carecían de sujeto político. Aunque las reivindicaciones del Mayo francés eran diferentes a las que planteaban los movimientos de insurrección en los países del tercer mundo, no se puede desestimar su influencia en ese clima de libertad que se respiraba en la época. Este somero repaso no da cuenta la compleja trama histórica que nos llevaría al 76.

Entre tantos acontecimientos promisorios que alentaban esperanzas, en el 66,  toma el poder la llamada “Revolución Argentina”, pomposo nombre para designar otro golpe de Estado;  el período militar se extiende desde 1966 hasta 1973, con los mismos argumentos: la necesidad de restablecer el orden en un clima favorable a los desbordes extremistas. La voluntad de perpetuarse en el poder del primer presidente -Onganía- se vio frustrada por el enfrentamiento entre distintos sectores del ejército pero en especial por la resistencia peronista que con la irrupción de nuevos sectores de la juventud universitaria y obrera había optado por enfrentarse a la dictadura y  en algunos casos, por la lucha armada. Al mismo tiempo, la economía argentina continuaba deteriorándose y se intensificaba la transferencia de ingresos de las clases populares a los grupos más concentrados. Por supuesto que el pueblo no era dócil, el Cordobazo, el Rosariazo y el Viborazo marcaron hitos en la lucha por recuperar la democracia plena con la participación del peronismo en las urnas.

En 1970, Montoneros secuestra y ejecuta al Gral. Aramburu, este hecho unido a otros desencadena la salida de Onganía que es reemplazado por Livingston y finalmente por Lanusse. Durante su gobierno un conjunto de partidos políticos acuerdan un documento conocido como  la Hora del Pueblo, donde se plantea una salida electoral a la dictadura.

La memoria nos acerca al inolvidable 11 de marzo de 1973  y a la victoria del Frejuli, bajo el lema “Cámpora al gobierno Perón al poder” ya que al general le fue vedado postularse para esas elecciones. La esperanza y el júbilo dejó una marca indeleble en el alma de los peronistas, una sensación de alegría y a su vez de tristeza porque muchos de los viejos, que esperaron tantos años y tanto hicieron para el regreso, ya no estaban. Se respiraba un aire de libertad pero también de desconcierto.

El peronismo parecía haber dejado de ser ese movimiento sin fisuras del 46 al 55, muchos sectores se aglutinaban dentro del mismo espacio y se producían tensiones relacionadas con el modo de leer la coyuntura. Cámpora renuncia y se convoca a nuevas elecciones, Perón arrasa en las urnas pero su rápida partida deja huérfanos a quienes lucharon con valentía para su retorno.

El gobierno de Isabel Perón, debilitado por las disputas entre  facciones, el accionar paraestatal y criminal de la Triple A, el plan económico de ajuste, conocido como el “rodrigazo” con su secuela de inflación y deterioro de los salarios que jamás volvieron a recuperarse; la orden de aniquilar a la subversión, terminó en una tragedia. El golpe del 76 fue el epílogo de una etapa violenta que comenzó en 1955 con el bombardeo a Plaza de Mayo, la ruptura del orden constitucional y la persecución al pueblo peronista. A pocos meses de un nuevo llamado a elecciones, las Fuerzas Armadas derrocaron a Isabel Perón. Los dirigentes políticos, los empresarios, los grupos económicos que apoyaron por acción u omisión fueron, son responsables de la masacre y el horror padecido por tantos compatriotas. Pero si la historia recorta, sesga y acomoda, la memoria ilumina y rescata la épica del pueblo.

Los jóvenes de los 70 tenían la certeza de que la transformación del orden injusto era posible,  que la lucha por la liberación y la justicia social estaba respaldada por los acontecimientos internacionales, sin embargo de una manera incipiente se iniciaba un cambio radical,  la entrada a la globalización con sus pilares económicos: flexibilización, liberación total de la economía, desindustrialización de los países periféricos y predominio del capital financiero. La suspensión, en 1971, de la paridad del dólar con el oro, la sujeción de las otras monedas a la flotación del dólar y la crisis del petróleo de 1973 que produce excedentes financieros que se colocan como deuda en los países en desarrollo modificarán para siempre los parámetros económicos y culturales. Nada más elocuente que la frase de Margaret Thatcher en 1979 “la economía es el método; el objetivo es cambiar el alma y el corazón de la gente”. Lo conocido se esfumaba a la vez que los sueños se transformaron en pesadilla.

Nos ha quedado un sabor amargo de esa etapa que se llevó puesta a la patria. Sólo la desaparición, tortura, asesinato o cárcel de miles de compañeros que nos arrebató lo mejor de una generación, sólo el terror instaurado de un modo metódico para silenciar durante años toda disidencia pudo afianzar la dependencia y la destrucción del país en beneficio de unos pocos. El vaciamiento cultural y político lo padecemos hasta ahora.

Después del 83, a pesar de recuperar la democracia, nada era igual, el mundo era otro, el neoliberalismo que de un manera inadvertida había comenzado a despuntar en los 70 arrasó con sangre las utopías de la región e impuso de un modo inexorable cambios estructurales que se fueron acentuando con el transcurso de los años. La dicotomía” patria sí colonia no” fue relegada por un proceso de vaciamiento ideológico, el concepto de patria, empalidecido por la ilusión de ser ciudadanos del mundo; el de explotación económica, reemplazado por el de libertad -la libertad de elegir del individuo- de tal modo que los mecanismos disciplinarios colonizaron la psiquis de los sujetos convertidos en “emprendedores” y artífices de su prosperidad o su miseria. La libertad, como un valor sin límite corresponde a los moldes neoliberales porque la flexibilización de las nuevas formas de producción y la nula regulación del Estado obligó a la reinvención continua para poder subsistir. Todo modelo ético, religioso cultural, comunitario se empezó a considerar un arcaísmo; quienes “resisten” –acción memorable en el peronismo- a estas premisas son acusados de populistas, en los países periféricos y de conservadores en los centrales.

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La historia nunca se detiene, no es sumisa ni obedece al desencanto, cuando la conciencia y la memoria colectiva se vinculan con la práctica nada es imposible. Allá por los 90, el  neoliberalismo pretendió instalar que había llegado el fin de la historia y de las ideologías, nada más alejado de nuestra realidad. El peronismo no sólo disputó el sentido, también, el poder; luego de la debacle de 2001, la política puso de pie a un país devastado, y tras doce años de gobierno de los Kirchner, la derrota del 2015, y un nefasto período de cuatro año, volvimos. No es casual, a 76 años de ese 17 de octubre de 1945, hito fundacional del peronismo, las palabras proféticas del general: unidos venceremos, dieran cauce al frente que hoy nos representa. El pueblo tiene memoria por eso acá estamos; reconstruyendo desde abajo, no se puede disciplinar la felicidad de un pueblo ni a un movimiento cuyo horizonte es la justicia social.   

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