En camino hacia una historia feminista

La construcción colectiva del 8 de marzo

Durante muchos años, se asoció -aún hoy permanece vigente la tradición patriarcal- el Día de la Mujer con un día de agasajo y celebración excepcional que concretaban los varones hacia las mujeres como una forma de validar, legitimar y afianzar su dominación, premiando simbólicamente a las mujeres con regalos, la sumisión, la obediencia y el disciplinamiento de ellas respecto de los hombres. Así, esos varones solían regalar flores, preferentemente rosas o alguna joya y escribir -los más melosos- tiernos mensajes donde declaraban el amor que sentían por su otra mitad que, por fin, había llegado a sus vidas para completarla. 

Mientras tanto, y esto es importante reconocerlo, muchas mujeres esperaban ansiosas el 8 de marzo para recibir el ansiado reconocimiento por su condición de mujer o bien, como una especie de justa retribución por la incondicionalidad que mostraban hacia el varón con quien se relacionaban y por quien, sin dudarlo demasiado, estaban dispuestas a dejarlo todo. Incluso, en muchas oportunidades aparecía la tristeza, la desilusión y la congoja en aquellas mujeres que no recibían nada en ese día, ni siquiera una caricia o un beso extra. La publicidad, las marcas líderes de productos femeninos y la indestructible alianza entre el patriarcado y el capitalismo hizo el resto. La pérdida del sentido original de la fecha se logró con éxito. Se desdibujó, se romantizó y una vez más la lógica de dominación patriarcal estuvo a resguardo. 

Sin embargo, hace algún tiempo que estas prácticas están retrocediendo por lo que se hace necesario ir recuperando, cada vez que se pueda, el sentido original y fundante de esta fecha que, lejos de ser un día festivo recuerda y mantiene vigente, la lucha de las mujeres para visibilizar las profundas desigualdades de género que padecen, aún en la actualidad, en los diversos escenarios laborales en los que participan como mano de obra.

Desde esta perspectiva intentaremos reconstruir y resignificar la fecha del 8 de marzo. Apelaremos a la historia para recuperar la genealogía política e ideológica de esta fecha significativa que marca un hito en la construcción de los movimientos feministas. Nuestra tarea consistirá en quitarle el barniz romántico y volver a dotarla de su pasión militante y activista, relacionada directamente con el empoderamiento de las mujeres como sujetos de derechos en igualdad de condiciones que los varones. 

La primera cuestión que debe tenerse en cuenta es que la conmemoración del 8 de marzo como el día Internacional de la Mujer fue una decisión política que se tomó en el transcurso de la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en la ciudad de Copenhague en el año 1910. Se concretó a partir de la presentación realizada por Clara Zetkin y Kate Duncker, militantes feministas de origen alemán que participaban de la jornada. En esa ocasión, plantearon la necesidad de pensar un 1 de mayo femenino. En consecuencia, y a modo de gesto solidario con las trabajadoras de la ciudad de Nueva York, que fueron parte de la vanguardia en la lucha por el reconocimiento de los derechos laborales de las mujeres, se instituyó el 8 de marzo como la fecha de referencia fundacional del lento, largo y penoso proceso político de visibilización de las deplorables condiciones de trabajo a las que se veían sistemáticamente sometidas las mujeres, sobre todo, por aquel entonces en la industria textil de aquel país.

Desde esta perspectiva, se puede afirmar que la fecha elegida por las activistas socialistas no fue azarosa ni arbitraria. Se encuentra fuertemente entramada con las consecuencias sociales y políticas del proceso de industrialización capitalista que provocó, entre otras cuestiones, la emergencia y el desarrollo del proletariado como clase social. Funcional a esta lógica, las mujeres, los niños y las niñas participaban como mano de obra más barata que la de los varones, lo que permitía a los dueños aumentar considerablemente su producción y bajar sus costos.  

Sin embargo, a pesar de los escenarios adversos en los que se desempeñaban, la constante reflexión colectiva sobre sus desesperantes condiciones laborales y la construcción progresiva de la conciencia de clase, hicieron posible que el 8 de marzo de 1857 se produjera un acontecimiento que estaría destinado a convertirse en una bisagra en la historia de los movimientos protagonizados por las mujeres obreras. 

Grupos de trabajadoras de la confección (Garment workers) empleadas en distintas fábricas textiles, acordaron organizar una huelga y salir a recorrer las calles del centro de Nueva York.  Denunciaron la explotación laboral que sufrían y la desigualdad que existía entre sus salarios y los que percibían los varones y, al mismo tiempo, reclamaron al gobierno la elaboración de una legislación que las protegiese porque no había leyes que atendieran la presencia específica de mujeres en las fábricas. Varias de las huelguistas fueron detenidas y la mayoría terminó por dispersarse ante la presencia intimidante de la policía. Sin embargo, ya no hubo vuelta atrás. Las mujeres habían ganado las calles para luchar por el reconocimiento de sus derechos. Las políticas feministas se habían echado a andar. 

Para profundizar el simbolismo de esta fecha y legitimar su designación como el día internacional de la mujer trabajadora, se argumentó que, además, a 51 años de este evento, el mismo día, pero en 1908, más de un centenar de trabajadoras murieron calcinadas en el incendio de la fábrica Cotton Textil de Nueva York, en un siniestro probablemente provocado por sus dueños, a quienes se acusó de haberlas encerrado para impedir que se sumaran a una marcha de protesta.

Así, al año siguiente de instituirse, en 1911, se comenzó a conmemorar oficialmente en el continente europeo el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. No fue exactamente el 8 de marzo sino el 19. Se organizaron concentraciones multitudinarias de mujeres en las principales ciudades de Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza. En esas movilizaciones, las mujeres, además de militar por el reconocimiento de sus derechos laborales, también reclamaban por sus derechos políticos y exigían la participación plena en los procesos electorales. 

En ese mismo año, mientras en Europa las agrupaciones de mujeres ganaban las calles y protagonizaban acciones políticas tendientes a deconstruir su ancestral condición de desigualdad de género, instituida históricamente por el poder patriarcal, en Estados Unidos se produjo uno de los acontecimientos más desastrosos y cruentos en el marco de la imparable batalla que libraban las mujeres para lograr mejorar su calidad de vida y afianzar su posición política frente al avasallamiento de sus patrones. 

Nuevamente, el escenario del conflicto fue la ciudad de Nueva York. El sábado 25 de marzo, la fábrica de confección de camisas Triangle Waist, propiedad de Max Blanck e Isaac Harris, situada en el barrio Greenwich Village de Manhattan, se incendió y el fuego causo la muerte de más de cien mujeres y una veintena de varones, dejando gran cantidad de heridos. La mayoría de las víctimas eran mujeres jóvenes inmigrantes de Europa oriental y meridional. Tenían entre 14 y 23 años, trabajaban 10 horas diarias más 7 horas los sábados y ganaban, por aquellos años, por 52 horas de trabajo a la semana, 15 dólares.  Jane Hodges, presidenta de la organización Remember the Triangle Fire, señala que la mayoría de las mujeres quedaron atrapadas detrás de puertas cerradas con llave y fuera del alcance de las escaleras de los bomberos (…), murieron quemadas o, en su desesperado intento por escapar del calor y las llamas, al saltar de las ventanas del noveno piso de la fábrica. La única escalera de emergencia se desplomó bajo el peso de las mujeres que, aterrorizadas, trataban de huir (…) Estas mujeres no podían acercarse a hablar con el propietario; tenían que fumar a escondidas porque no tenían permiso para comer, recibían bajos salarios (…) No tenían derechos, ni protección legislativa o representación laboral. Era la clásica ‘fábrica clandestina’, a un paso de la esclavitud (…) Lo más cruel de la historia es que este incendio, y la muerte de casi 130 mujeres y niñas, sirvió para algo. En los años siguientes, el estado de Nueva York aprobó más de 36 nuevas leyes, que incluyeron mejores controles de seguridad y contra incendios, así como leyes sobre trabajo infantil. Poco después se impulsó la ley de compensación laboral, se constituyó el Departamento de Trabajo, se limitó la jornada laboral a 54 horas semanales y se exigió que las escaleras de bomberos fueran más largas”. (https://www.perfil.com/noticias/50y50/el-incendio-espantoso-que-cambio-la-historia-de-los-derechos-femeninos.phtml).

Otro hito en la lucha colectiva de las mujeres por la reivindicación de sus derechos ocurrió en el año 1912. Fue la denominada “huelga de pan y rosas” que se desarrolló en la ciudad de Lawrence, en el estado de Massachusetts (Estados Unidos). Se prolongó por dos meses (desde el 10 de enero al 12 de marzo) y culminó con la implementación de la jornada reducida de trabajo, el aumento de salarios y el reconocimiento de los sindicatos mixtos, a pesar de la resistencia que habían manifestado los dirigentes varones para incorporar a las mujeres, legitimar su representación y reconocer el liderazgo de muchas de ellas, entre las que se puede mencionar a Elizabeth Flynn que fue una de las figuras más resistidas por la cúpula sindical misógina y patriarcal.

Una de sus banderas principales de esta huelga fue conquistar el pan (simbolizando los derechos laborales) y las rosas (como símbolo de la exigencia de mejores condiciones de vida). Celeste Murillo afirma que “Esta victoria trastocó la idea de cómo pelear para ganar. La historia del movimiento obrero suele tener asociada la cara de un varón aguerrido, sin embargo, las mujeres agotaron días y noches peleando junto a sus compañeros, y huelgas como la de Lawrence lo ponen de manifiesto”. (http://www.laizquierdadiario.com/103-anos-de-la-huelga-de-Pan-y-Rosas).

En otras latitudes y en otras circunstancias, pero en la misma época, otras mujeres colaboraron también en la construcción de esta historia colectiva que las instituye como protagonistas de su presente y hacedoras de su futuro. En 1917, en la ciudad de San Petersburgo, que por entonces ya había cambiado su nombre por el de Petrogrado, el 8 de marzo según el calendario gregoriano y el 23 de febrero según el juliano, las obreras textiles decidieron conmemorar el día Internacional de la Mujer Trabajadora organizando una huelga bajo el lema “Pan, Paz y abajo la autocracia”. Además, exigieron a las autoridades que Rusia se retirase de la guerra y que los soldados regresaran a sus hogares para hacerse cargo de sus trabajos. El paro se extendió y las consignas contra el zarismo, por el fin de la guerra y contra el hambre se intensificaron.  El régimen zarista, sin asumir la profunda crisis que atravesaba, no tardó en reaccionar y respondió con una fuerte represión a cargo de las fuerzas militares. Esta historia mínima, contextualizada en el proceso revolucionario que provocó la institucionalización de una experiencia política, social y económica inédita, cobra relevancia en tanto las mujeres fueron partícipes activas para lograr el desmantelamiento de un imperio gobernado por una monarquía absoluta que no reconocía que se encontraba en los albores de un nuevo tiempo.

Hasta aquí la descripción de algunos hechos, que son mojones en la historia de las mujeres, partes del todo, que nos permiten recuperar el sentido original de la fecha que hoy nos convoca. No son todos. Sólo los considerados arbitrariamente como más significativos en tanto estos acontecimientos pueden, sin mayores inconvenientes, legitimar la conmemoración del Día de la Mujer cada 8 de marzo.  

Muchos años después, se volvió ineludible la institucionalización internacional de la conmemoración. De este acto administrativo se encargaron las Naciones Unidas que en 1977 en la Asamblea general decidió, mediante una resolución, proclamar un único día para conmemorar los derechos de la mujer y la paz internacional. Y ese día fue el 8 de marzo. A medida que fue transcurriendo el tiempo, probablemente por el reconocimiento oficial de la fecha, el 8 de marzo quedo entrampada en las prácticas patriarcales, se romantizó y se vació durante años de su sentido disruptivo, de su contenido combativo, de su dignificación como símbolo de las luchas femeninas.

Ingresando al siglo XXI, corren otros vientos, vientos de emancipación y revalorización de las acciones protagonizadas por tantas mujeres, muchas de ellas anónimas, que siempre merecen recuperarse en el presente. Hoy, se sabe que aquellas luchas no se han clausurado, han cambiado de escenarios, de actores, pero se mantienen vigentes y son posibles porque las militancias femeninas son inclaudicables y las causas que las hacen posible, irrenunciables. 

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