Reflexiones sobre “La peste” de Albert Camus

Este artículo se genera a partir de las citas que se reprodujeron en las redes, atribuidas a Camus, específicamente a su novela “La peste”. Recorre algunas de sus páginas como una pequeña ventana que se abre a una obra que sintetiza belleza y compromiso.

                                   “¿Está seguro que se trata de la peste? No es una cuestión de vocabulario es una cuestión de tiempo”

Detenidos en un tiempo de espera, prisioneros dentro de un paréntesis vaciado de sueños, porque la pandemia suprime el porvenir, nos sentimos ansiosos de despedir un año que pronto se termina pero que parece no haber comenzado. Se necesita una señal, un punto de apoyo, un despertar de la incertidumbre, un comienzo aunque sea simbólico de un devenir que nos devuelva lo cotidiano. Convencidos de que en estos largos meses, no ha pasado nada, la perspectiva histórica nos devolverá a nosotros o a nuestros descendientes el espejo de lo que fue un acontecimiento, es decir un hecho trascendente que para bien o para mal ha repercutido en la vida de quienes fuimos contemporáneos de “la peste”.

La necesidad y la manera de sobrevivir en tiempos difíciles están moldeadas según la condición de cada ser humano, de sus experiencias y sus deseos,  pero en especial de sus posibilidades. El encierro y la distancia nos impulsaron a buscar una llave que nos liberara de la angustia, un espacio donde sentirnos acompañados para tejer una red que mitigara la soledad. En el siglo XXI, la posibilidad de mantener un contacto, aunque sea virtual, ha desbordado las redes sociales; cada uno ha interactuado con otros a su modo y en esa ilimitada posibilidad de reproducir mensajes, algunos fueron intentos fugaces de llegar a un interlocutor mientras otros alcanzaron un destino, desvirtuados, falaces, ciertos o intensos, -poco importa- cuando alguien  lo toma, con seguridad lo trasforma.

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La cita apócrifa goza de una larga tradición, no sólo por errores, también forma parte de la literatura; la utilizaron grandes autores, entre ellos Jorge Luis Borges que tensiona la veracidad de las citas de autoridad o las falsas notas biográficas. Esa tensión entre lo auténtico y lo fingido desenmascara la pretensión de originalidad y nos hace vacilar entre la ficción y lo real, planos que se confunden en un simulacro que los integra, porque en definitiva la vida también es  puesta en escena y representación, tal vez el sueño de otro. Esa utilización acotada de lo apócrifo se ha desarrollado de una manera exponencial en el universo virtual, caemos en la tentación de publicar sin estar seguros de la fuente. La firma robustece el texto y en el afán de  reafirmar una idea logramos que determinados referentes digan lo que nunca dijeron. Esta narrativa superficial es fugaz, la falsificación no es consciente, el concepto de verdad y mentira no es aplicable. A menudo, desestimamos y recordamos muy poco lo que leemos porque el volumen de datos en las redes nos sobrepasa, pero en algunos casos, un autor, unas palabras conectan sentimentalmente con las huellas de lecturas pasadas. Así fue, que en tiempo de pandemia, las citas de frases que supuestamente pertenecían a Camus, y específicamente a su novela La peste, produjeron la reminiscencia de una obra luminosa que aún perdura.

Albert Camus, nació en Argelia en 1913 y falleció en 1960, La peste fue publicada en el año 1947, su obra está atravesada por una concepción ética y una reflexión constante acerca del absurdo y el sentido de la vida en un mundo atravesado por el sinsentido, la fatalidad y la indiferencia.

La acción se desarrolla en la ciudad de Orán, donde sus habitantes son sorprendidos por “la peste”, difícil de aceptar y de nombrar en el comienzo: “la palabra peste acababa de ser pronunciada por primera vez. En este punto de la narración que deja a Bernard Rieux detrás de una ventana se permitirá al narrador que justifique la incertidumbre y la sorpresa del doctor puesto que, con pequeños matices, su reacción fue la misma que la de mayor parte de sus conciudadanos. Las plagas, en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza”.  Rieux se transformará en el médico que sostiene a lo largo de la narración las acciones, su compromiso no obedece a un heroísmo superlativo, por el contrario es inherente a la naturaleza humana, además no está solo, porque la pasión de la vida convoca y el individualismo es estéril; el hombre no se salva solo, es necesaria la acción colectiva. Camus sostiene que las buenas acciones obedecen al amor, no al heroísmo, y agrega que no hay verdadero amor sin toda la clarividencia posible, así lo expresa en la novela: “la intención del cronista no es dar a estas agrupaciones sanitarias más importancia de las que tuvieron (…) Pero el cronista está más bien tentado de creer que dando demasiada importancia a las buenas acciones, se tributa un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones sólo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres. El tono de epopeya no condice con los hechos porque la pasión por la vida crece en las desgracias y a pesar de la confusión y la crueldad de la incertidumbre es “el héroe insignificante, borroso” quien sostiene con sus acciones cotidianas una rebeldía que acepta los límites, que no es revolucionaria ni política, sino metafísica, pero que jamás acepta el fatalismo, se planta ante la realidad y se hace cargo de una ética basada en la simpatía y la justicia.  

Hay una bella imagen, donde se describe el sentimiento de Rieux en esa ciudad que era la misma pero que había sido modificada por las circunstancias; en esas calles “se sentía prisionero del cielo”. Esta sensación ¿quién no la ha experimentado en otra ciudad como la nuestra y muchos años después’, así de simple es el absurdo; ante la fatalidad y el dolor, el silencio del mundo se impone con su belleza inapelable. Quién no recuerda las alusiones esperanzadoras que hubo durante la pandemia, relacionadas con la naturaleza inconmovible y serena que parecía renacer a pesar del sufrimiento, pero siempre hay esperanza, en ese desasimiento, en esa soledad profunda, el hombre encuentra motivos para seguir viviendo a pesar de estar desvalido y carente de certezas.

En la novela se plantean problemas metafísicos y existenciales; ante la muerte, ese corte total de la acción, esa clausura del porvenir, Rieux, plantea que no se acostumbra a “ver morir”, las victorias de sus luchas como médico son provisionales, sin embargo, sostiene que no hay que dejar de luchar a pesar de que la peste es una derrota que disemina la muerte y anula todo esfuerzo. La pregunta es, ¿vale la pena vivir pese a las derrotas cotidianas?; la respuesta es categórica: la vida es sublime, el hombre liberado de “los dioses” asume su destino, es dueño de sus días y se hace cargo con una lucidez voluntaria de su destino. Esta cita a Píndaro que encabeza su libro “El mito de Sísifo”: No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”,  guía el pensamiento de Camus.

A lo largo de sus páginas nos sentiremos identificados con algunos personajes y muchas situaciones de la novela ya que el ser humano, en distintas épocas, en medio de plagas y guerras, se ve sometido a las mismas restricciones y sufrimiento y reacciona con ligeras variantes de la misma forma. No nos deberían sorprender determinadas conductas o acciones del presente, las pasiones humanas se repiten a lo largo del tiempo, la pulsión de vida y de muerte son fuerzas antagónicas que se complementan.

En la novela se alude a la astucia de los periódicos para ocultar o dar información con pretendida objetividad, también se menciona, primero, la negación de la peste y la ilusión de que pronto terminará hasta admitir que algo pasa, que los muertos no son una ficción, a pesar de que los números los muestran en abstracto y nada representan en el imaginario de los ciudadanos. El encierro, “el aislamiento” –término muy familiar en este año-  provocan algunos hechos que nos resultan conocidos: desabastecimiento, suba de precios, especulación que agudiza las diferencias entre ricos y pobres, la miseria que es más fuerte que el miedo obliga a ignorar las restricciones, escenas de violencia, separaciones, el confinamiento de barrios, la muerte en soledad, la cremación sin los rituales ni  la posibilidad de velar a los muertos, “se había sacrificado todo a la eficacia”; el cansancio y la fatiga –en especial de los médicos y los equipos sanitarios-, la esperanza en un nuevo suero que promete una cura para el virus, el uso de placebos para protegerse, la subida y el amesetamiento de la curva, en definitiva: nada nuevo bajo el sol. Orán y la peste son una metáfora de la condición humana, un espejo en el que nos reconocemos.

Hay una frase clave en la novela, la pronuncia Rieux dirigiéndose a su amigo: “… pero, sabe usted, yo me siento más solidario con los vencidos que con los santos. No tengo afición al heroísmo ni a la santidad. Lo que me interesa es ser hombre”, quizá ahí está la clave, buscar el sentido no más allá de la esfera de lo humano para comprometerse con la vida, porque las expectativas ambiciosas o la esperanza desmedida terminan destruyendo el presente y adulterando el futuro. En un tramo de la novela, dos personajes –Cottard y Tarrou- dialogan en el tramo final de la epidemia acerca de la vuelta a la vida “normal”, Cottard le pregunta a Tarrou: “a qué llama usted la vuelta a una vida normal”, Tarrou, le responde: “a nuevas películas en el cine”. Una fina ironía para marcar que sólo dejará huellas en la memoria pero que muy poco va a influir en los hábitos y las costumbres de las personas, “porque la peste puede venir y marcharse sin que cambie el corazón de los hombres”.

En el párrafo final, Rieux reflexiona y concluye: “y puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”, como expresa la cita que encabeza este texto, la peste no es una cuestión de vocabulario, sino de tiempo, “las ratas” –nuestros propios fantasmas o demonios- acechan. La  guerra, la miseria, el hambre, las injusticias son distintas maneras de nombrar a la peste; todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo”

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