Mientras esperamos el día después del tsunami

Lejos de parecerse a un efecto mariposa como estábamos acostumbrados; la crisis producto del COVID 19 barrió como un tsunami con la economía mundial. El capitalismo ha aprendido que de las crisis se sale con una concentración aún mayor de la riqueza. Un informe de la Unión de Bancos Suizos lo certifica: En plena pandemia las 2189 personas más ricas del mundo habían acrecentado su fortuna a 10,2 billones de dólares. En el otro extremo de la pirámide, cada minuto que transitamos, nuevos contingentes de personas se hunden en la pobreza. Los poderosos pretenden en la nueva normalidad a un “sujeto que acepta, reconoce como justa y se complace en su explotación”, al decir del italiano Sergio Bologna. La disputa por el liderazgo entre una potencia decadente, los EEUU, y una emergente, China, sirve de escenario para los cambios por venir al superar la peste. Nada bueno está por suceder.

El neoliberalismo trajo, entre otras delicatesen, una supremacía del capital financiero, una nueva organización internacional del trabajo y la producción, la concentración de la riqueza en súper multimillonarios y la marginación de importantes sectores de la sociedad condenados a la pobreza. La condición política del neoliberalismo fue generar democracias cada vez más débiles, con sus clases dirigentes alejadas de sus representados, corrompidas por el capital e imposibilitadas de producir ningún tipo de transformaciones y con pueblos constituidos en meros consumidores antes que sujetos políticos y sociales.

Muchas de aquellas “verdades” neoliberales están puestas en discusión. ¿Alcanzará para caminar hacia modelos más equitativos o, por el contrario, tendremos que esperar un mundo más injusto y autoritario?

En nuestra región -países fallidos, diría un amigo- el malhumor social que provoca una democracia que no resuelve los problemas estructurales hace que pendulemos entre gobiernos de una derecha cada vez más totalitaria que profundiza las desigualdades y gobiernos populares que no terminan de consolidarse en un proyecto político.

El triunfo de Alberto, el del MAS en Bolivia, las rebeliones populares en Chile y Perú, la derrota en la municipales brasileñas del bolsonarismo parecen abrir una nueva oportunidad histórica para nuestros pueblos.

Pintada está mi casa del color de las grandes pasiones y desgracias (Miguel Hernández)

El tsunami económico de la pandemia vino a profundizar una crisis que nuestro país arrastraba tras cuatro años de desastrosas políticas del macrismo. El gobierno de Alberto Fernández preparado para enfrentar la catástrofe económica y social de su antecesor, pronto tuvo que virar al toparse con el “peludo” de la pandemia y poner el eje en el cuidado de la vida de los argentinos, habida cuenta que ni Ministerio de Salud nos habían dejado como herencia. Priorizar la vida en el marco de una crisis global, sumada a la nacional, tiene sus consecuencias: las cosas empeoraron para grandes sectores del trabajo y la producción y, dramáticamente, para los sectores más humildes. El gobierno puso el foco en asistir a los sectores más desprotegidos, así surgieron una batería de políticas de asistencia  cuyas abanderadas fueron el IFE y la ATP. Insuficientes ante la gravedad de la crisis pero eficaces para evitar males mayores.

Sobre las múltiples causas de “insatisfacción social” que provoca una crisis de esta magnitud, se montó lo más duro de la oposición con evidente intención de socavar al gobierno nacional para ponerlo al borde de la rendición con los poderes fácticos. La característica de esta nueva derecha retrógrada -si bien minoría intensa aunque amplificado su poder por los medios- es que está movilizada, es profundamente autócrata y, por sobre todo, odiadora. Pero el malhumor social se instaló a ambos lados de la grieta. Entre quienes apoyan al gobierno también apareció un sector que reclama una profundización de las políticas casi como “una guerra santa” contra el poder económico y mediático. Errores forzados o propios del gobierno sirvieron para fortalecer las convicciones de ambos contendientes. Unos deliberadamente buscan debilitar la figura presidencial porque está en la propia genética de su pensamiento aristocrático, mientras que los otros, impregnados de una ingenuidad entre progre y revolú, creen que basta con “soplar y hacer botellas” desistiendo del más mínimo análisis de la relación de fuerza existente para encarar cualquier transformación social.

Acá es tiempo de insertar y recordar (sobre todo para los militantes del FDT) cómo se llegó a las elecciones de 2019. Lejos estaban las fuerzas populares de  una situación de ofensiva política. Apenas alcanzó para conformar un frente defensivo que le pusiera fin al calvario del macrismo. Fue un frente electoral tan amplio como heterogéneo y sin un programa rector que lo unificara, sólo la necesidad de cambiar una dirección política que llevó al país al borde de la hecatombe. No fue poco pero si insuficiente para meter mano en los cambios estructurales que el país necesita. Un gobierno de transición en una situación que, en términos clásicos, podríamos definir como de defensiva estratégica.

Entonces para los sectores populares la primera tarea es la de fortalecer lo que el enemigo quiere debilitar. Darle poder a Alberto Fernández. Permitir el curso de la transición para ir poniendo a Argentina de Pie. Un fracaso lejos de producir un salto hacia adelante nos llevaría a perdernos en el propio abismo. Los dos 17 (el de octubre y el de noviembre), organizados por los trabajadores sindicalizados y de la economía popular, fueron en ese sentido y significaron una bocanada de aire fresco para un gobierno que parece empezar a tomar impulso y configurar el país de la pospandemia.

Esperando la vacuna

Mientras todos esperamos la vacuna como el elixir de la salvación, algunos pícaros (los mismos apellidos de siempre) quieren hacer negocios. Muy buenos negocios a costa de un nuevo sacrificio de nuestro pueblo. Así los explica el economista Pablo Chena: “Con la disparada del dólar ilegal (blue) y de los dólares especulativos en la bolsa de valores (dólar bolsa y dólar contado con liquidación), sumado a la retención especulativa de granos por parte del sector agroexportador, los grupos concentrados (autodenominados: el mercado) volvieron a la carga con la necesidad de devaluar oficialmente la moneda nacional”. Con la devaluación se abre un ciclo: aumento de la inflación, mayor recesión, más pobres y más desigualdad social. Consecuencia económica: El Mercado gana más dinero sin invertir. Consecuencia política: Se debilita la gobernabilidad.

La dependencia y la utilización del Estado como trampolín para sus grandes negocios están en la génesis misma de nuestras grandes fortunas. Construidas a partir de los saqueos de tierra y amasadas con negociados y corruptelas de la más variada especie con su socio bobo: El Estado. Fuerzas vivas, patria contratista, patria financiera, Capitanes de la industria, Círculo rojo y tantas otras denominaciones, según cada coyuntura, tienen el denominador común de los apellidos que lo integran. La restricción a la fuga de capitales (dólares) sigue siendo el norte de cualquier proyecto de desarrollo independiente y la causa de la actual puja con estos sectores concentrados. Una disputa con final abierto.

El acuerdo con los acreedores privados externos y el probable con el FMI, en pleno desarrollo, quitarán por algunos años los desembolsos de la deuda externa. Esto sumado a la vacuna contra el Covid 19 permiten avizorar que el año venidero se irá revirtiendo la depresión económica de este 2020. Habrá recursos para empezar a mover la economía. Sin embargo, la restricción de créditos externos obligará a poner el motor de ese desarrollo en aquellas actividades que fundamentalmente necesitan pesos para su impulso. Dos datos: 1) Argentina produce centralmente para su mercado interno (hoy deprimido), aproximadamente un 70 por ciento de la producción es para consumo interno y  2) la economía popular supo inventarse 4 millones de puestos de trabajo en épocas que el “Mercado” expulsa mano de obra; esta economía necesita pesos y planificación y puede mostrarse no sólo como una alternativa social, sino también económica para la recuperación.

Los Hijos de Fierro

En la magistral película de Pino Solanas cuando “Los Hijos de Fierro” se dividen “a los cuatro vientos” lo único que tienen por delante es la penuria y el sufrimiento, la resistencia es su única defensa; cuando se vuelven a encontrar, esa unidad los fortalece y los lleva a vencer. Una parábola de nuestra historia política reciente.

Como señalamos antes, la unidad que se pudo conseguir para derrotar al neoliberalismo fue amplia y es un bien a cuidar. Eso no implica que en el FDT conjuguen intereses diferentes y que se expresan permanentemente en al ámbito de la propuesta política. Tan ilógico es pensar en el FDT como una maquinita aceitada donde cada uno cumple su rol, como que cada avance o retroceso de acumulación no haga crujir su esqueleto. No tenemos que tener miedo a los ruidos internos pero tampoco tenemos que perder de vista los objetivos principales. Enmarañarnos en discusiones secundarias quita vitalidad para encarar lo que realmente importa.

El 17 de octubre parece el punto de inicio de un proceso de acumulación popular donde el gobierno empieza a poner su agenda. No podemos permitir que nos roben la agenda o que nos la impongan desde los medios de comunicación. En ese sentido, los movimientos populares también debemos ir planteando nuestra agenda hacia el interior del gobierno. Acumular política y socialmente nos dará una correlación de fuerzas que pueda poner la dirección del Estado en el sentido de resolver los problemas más urgentes de nuestro pueblo.

Tanto Cristina – en su carta- como Alberto –durante la campaña electoral- han planteado la necesidad de un “pacto social” que estabilice al país y le de proyección futura en la concreción de un proyecto de Nación. Sin embargo, “del dicho al hecho hay mucho trecho”. No por falta de voluntad política de ambos dirigentes sino porque como hemos planteado (aunque marginalmente) hay una clase que es profundamente anti nacional, que sus intereses no están vinculados al bien común sino al aumento de su patrimonio y a la fuga de esas divisas. Esta clase, además, desde el control de los poderes fácticos suele atraer hacia sus intereses a sectores medios poniendo aún más dificultosa la realización de ese proyecto de desarrollo nacional independiente.

Para producir las transformaciones estructurales que nuestro país necesita hace falta construir poder popular. La dirigencia política del peronismo (como partido vertebrador del frente popular) en general está preparada para ganar elecciones pero no para construir poder. Ganar una elección es un paso sine qua non pero que no resuelve hacer un modelo de país que funcione en el tiempo y que englobe a la gran mayoría de los argentinos.

Fue Juan Domingo Perón el último gobernante que construyó poder popular. Gracias a eso pudo establecer un modelo de país que perduró aún cuando las dictaduras prohibían nombrarlo. Ese poder construido y expresado en un proyecto de país es lo que hoy, 70 años después, permite al peronismo seguir siendo una opción política para los sectores populares que añoran con volver a esa patria con justicia social, independencia económica y soberanía política. Es imperioso construir poder popular para dar las batallas que tenemos que dar si queremos ser un país independiente, con desarrollo armónico y sin las desigualdades sociales existentes. De lo contrario solo estamos ganando tiempo para un nuevo fracaso que, como los hijos de Fierro, nos dispersará nuevamente hacia los cuatro vientos.

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