Hablemos de poder

Este escrito pretende ser un disparador para reflexionar sobre algunos temas que necesitamos plantearnos si queremos abordar nuestra realidad de manera “sistemática” o, como quien dice, guiándonos por las teorías, y dándoles un sentido racional en nuestras vidas para, al fin de cuentas, intentar “cambiar el mundo”.

Con la convicción de que ninguna revolución es posible en soledad, decidimos charlar, intercambiar y reflexionar, en nuestro espacio colectivo llamado “Historia y Política”, acerca de los diversos factores de poder que operan en nuestro mundo, buscándoles siempre una explicación más allá de “lo ya-dicho”. Porque para nosotras y nosotros, es fundamental rascar o escarbar en lo que todavía no se dijo para desentrañar esas ideas que, a pesar de estar ocultas, nos moldean y estructuran tan fuertemente como para someter nuestras vidas en una u otra dirección.

A modo de introito, podemos pensar que el poder se presenta en diferentes variantes, siempre con la característica de ser energía transversal en nuestra sociedad, una energía que todo lo atraviesa, que a todo lo “marca”. Esa energía se evidencia en sus actores, en quienes lo ejercen con toda su potencia y casi siempre se benefician de usarlo. Estamos hablando de Instituciones como el Estado (en su complejo y variado entramado), estamos hablando de la Iglesia, o incluso de la Escuela: dispositivo de reproducción de las normas de la vida. También podemos estar hablando del propio hogar, de nuestro club o hasta de una asociación, en su amplitud más grande.

Estas Instituciones tienen la función básica y privilegiada de constituir el orden social como lo conocemos. Son el espacio en que se desenvuelve nuestra vida cotidiana, en el que seguimos normas con la finalidad de permanecer y, por lo tanto, hacer evidente nuestra presencia ante los demás, en un plano efectivo-material, en este mundo.

Además, podemos definir como evidencias del poder a los parámetros culturales de una comunidad, serie de lineamientos o prerrogativas de acción a partir de los que se construye la pertenencia a un lugar. Para no catalogarlos en el ámbito de la violencia tan rápido, podemos definirlos como los mecanismos o unos procedimientos educativos, a través de los que una comunidad centra sus definiciones de lo prohibido o lo permitido.

Dentro de esta comunidad, vemos que existen diferentes mecanismos de sanción a las personas como forma distintiva de resolver los problemas o las situaciones cotidianas indeseables. A través de estos mecanismos se compone una especie de matriz, como una convención general para demarcar los límites que estaremos dispuestos a tolerar: dentro de los límites, la existencia de un mundo común para quienes lo habitan; fuera de ellos la “exclusión” a quienes se “pasen de la raya”. Estos límites, con la propuesta de diferenciar un “dentro” y un “fuera”, demarcan lo permitido y lo prohibido, lo tolerable y lo intolerable: lo conveniente o adecuado y lo “distinto”, raro o diferente, insoportable.

Y aquí uno de las asuntos focales en esta cuestión: a partir de la creación de la Ley como límite, “valla” entre lo tolerable y lo intolerable, no hacemos más que demarcar los campos de lo contenido y de lo expulsable, de lo propio y de lo ajeno; o peor, del “amigo” y el “enemigo a exterminar”. Es en este punto que la humanidad transita un camino de desintegración que con mucho esfuerzo tratamos de sanar todas y todos, día a día.

Es que, a través de los diversos medios de poder disponibles, los actores siempre tratarán de reproducir las estrategias que los hacen poderosos. A partir del mecanismo del lenguaje, del uso de recursos (económicos, humanos, entre otros) o simplemente recurriendo a la fuerza, los actores bajo el ala de la “Institución” a la que representan no hacen más que aplicar las estrategias ya usadas en el pasado para reproducir y ordenar lo social.

Pero debemos aclarar que las Instituciones no funcionan por sí solas: en cambio, son nada menos que personas quienes las constituyen en su interior y quienes direccionan la acción dentro de ellas. Ahora, ¿por qué un cura querría reproducir las estrategias de poder que la Iglesia viene implementando hace ya siglos? ¿Por qué un género masculino querría reproducir un sistema que, oprimiendo a las mujeres y las disidencias, lo ponga en un lugar de superioridad en la sociedad?

Estos actores, personas que hacen carne a la Institución a la que pertenecen, sostienen diariamente el sistema que los vio nacer y que les da legitimidad como dominadores. A través de la ideología se encargan de reproducir las normas de conducta ya aceptadas, fusionando a los diversos sectores sociales dentro de los lugares que la dominación ya les hubiera asignado años atrás: los ricos con los ricos, los pobres con los pobres; los poderosos dando órdenes, los débiles acatándolas.

Y es que, con un discurso envolvente, los actores que siempre tuvieron el poder también siempre se encargaron de reproducirlo y construirlo de nuevo día tras día, estabilizando un orden social que no tiene más fundamentación que su esfuerzo por eternizarlo, por y para siempre.

Porque la única prerrogativa del poder, en la filosofía política que nos dio forma como sociedad, está en la capacidad de imponer la dominación sobre la otredad, torciéndola a nuestro favor y a favor del proyecto propio.

“Someter”, tristemente es la única acción que nos propone el poder. Someter la voluntad ajena hacia un horizonte deseado por nosotros, planificado por los que estamos de este lado de la “Ley” (de la valla, del muro) y con miras a expandirlo indefinidamente hacia quienes no estén bajo nuestro control. Fundamento del “imperialismo”, que no ve límites geográficos ni intelectuales para dominar por completo la voluntad humana en el mundo, para hacer triunfar a un sistema capitalista que, como máxima fundamental nos propone y sugiere materializar el “deseo humano” que esté en cada uno de nosotros.

En un mundo globalizado, en que esta forma de poder capitalista se cuela hasta en los espacios más imperceptibles, tenemos la responsabilidad de motorizar y divulgar otra forma de construir poder, registrando los límites que se nos presentan y permitiéndonos imaginar otros horizontes, posibilitando nuevas estrategias y vínculos más sanos para propios y extraños, que incluyan a los poderosos sin necesidad de excluir a los débiles, y soñando con un entramado más igualitario que recupere la dignidad humana.

Podemos considerar al nuestro un Proyecto de “Reconquista de la Utopía”. Un proyecto histórico que, poniéndose a disposición de nuestra gente, deje de buscar culpables y empiece a pensar en conservar la vida sin extinguir a toda la humanidad en el intento. Es urgente que empecemos a construir nuevas formas de organización social, como respuesta a las antiguas formas de concebir lo social, formas que ya nos muestran una carga real y efectivamente insostenible, insoportable.

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