Quién fija la agenda

Apuntes sobre comunicación

Inestabilidad es la palabra que caracteriza el momento, una inestabilidad que se traduce en una sensación de desamparo, se proyecta a futuro y se sufre en el presente; frente a esta situación la avidez por encontrar explicaciones y la necesidad de anticipar una salida genera una cantidad de mensajes que se reproducen e intercambian a través de medios visuales y escritos a una velocidad que impide medir sus efectos. Nunca estuvimos más informados y desinformados que en la actualidad –confundidos- como si los efectos de la pandemia hubiesen terminado de derrumbar como un castillo de naipes ese mundo “normal” donde nos mirábamos y se hubiese astillado de una manera irreversible.

Para aliviar el peso de la incertidumbre se trata de entender, de encontrar una explicación, un responsable, una salida que trascienda el peligro invisible de la muerte que amenaza. Nada es suficiente, ninguna respuesta, ninguna ceremonia alcanza para quitar el miedo; todas las medidas que toma el gobierno son devoradas por la crisis y se convierten en paliativos, así es complicado pensar el futuro. Encerrados, nos conectamos para superar el aislamiento que a su vez se convierte en distanciamiento que desorganiza los vínculos y las costumbres, en la búsqueda de certidumbre caemos en la trampa y nos sumergimos en un picoteo de ideas que se encadenan con la velocidad de un rayo y desaparecen con la misma rapidez, el caos de noticias se acumula como el fango en un pantano de donde es difícil salir. La supuesta información deriva en las redes y en los medios televisivos y gráficos donde se prioriza lo espectacular; a su vez las búsquedas virtuales subrayan afinidades y dejan la huella de lo que deseamos confirmar, internet nos somete a esa libertad fantasmagórica que nos hace esclavos de un holograma donde nos vemos reflejados pero nos usurpa la calle, la tribuna, la disputa cara a cara, la construcción comunitaria.

Por otro lado, los periódicos no permanecen al margen de esta nueva dinámica, su versión digital “a la carta” acerca información que se ofrece sin restricciones a suscriptores o se restringe al público en general; la aprobación y trascendencia de los contenidos están a un solo click del lector que navega por sus páginas y deja los rastros de sus entradas, incluso puede adherir o rechazar las noticias al instante generando una falsa sensación de proximidad y participación. Los periodistas no disparan en el vacío sino que responden a una demanda, conocen a su público. Quienes siguen a determinados medios conforman una base de “consumidores” que se fideliza con el tiempo y de la que es muy difícil prescindir. Recientemente, en una nota se analiza este hecho con respecto al Grupo Clarín: “Sin embargo detrás de la indignación permanente y la presentación diaria del cristinismo, socio de Fernández, como una fuerza sencillamente chavista, corrupta, expropiadora y autoritaria parece haber razones que exceden el rencor por el enfrentamiento pasado. Según dicen en el grupo, todo lo que sea ejercitar la rabia antikirchnerista rinde sus buenos dividendos en el ranking y las suscripciones” (…) No puede salir del lugar al que lo empujó la confrontación con el kirchnerismo, no le conviene. Ya es la tribuna de doctrina de los indignados, ante cualquier forma de estatismo por más  difusa que sea” (1). El mercado de las comunicaciones está atento a la preferencia de los lectores, por eso no es tan simple discernir cuál es la influencia que ejercen los contenidos sobre la población o si los mismos responden a la demanda de un público afín a una línea editorial. En un mundo mercantilizado cada medio sostiene su cartera de clientes, esto se sintetiza en una frase: leo lo que pienso, que se aplica a todos, sin distinción de ideología.

Además, la concentración mediática vinculada a empresas oligopólicas y transnacionales que a veces facturan más que el PBI de un país constituyen un poder paralelo que puede debilitar a los gobiernos que se oponen a sus intereses, basta alentar la crispación y el sectarismo. La propagación infinita de información falsa, la difamación que provoca beligerancia omite de una manera deliberada discutir la política para derivar las opiniones a un enfrentamiento entre buenos y malos, entre corruptos y honestos que exacerba la esterilidad del debate. De este modo, fijan agenda y no se discute lo importante.

Ante este panorama, por cierto desolador, parece que la suerte está echada, manejan nuestras propias contradicciones y las exponen acicateados por la necesidad de romper el frente que nos gobierna que a su vez tiene que lidiar con la pandemia y una situación económica desesperante. Sin embargo, no debemos olvidar lo que justamente puso al descubierto la pandemia y en especial la educación: gran parte de la  población no tiene acceso a internet; muchos jóvenes y niños no pueden seguir sus clases virtuales por falta de conexión, entonces, ¿no serán estas preocupaciones algo que desvela a un sector de la sociedad que tiene tiempo y posibilidades económicas para reflexionar sobre temas que no son prioritarios para la mayoría? Es probable. En una época donde el pensamiento políticamente correcto privilegia el lenguaje y la comunicación como herramientas casi determinantes en la percepción de la realidad, tendríamos que centrarnos en la construcción de un nuevo concepto de lo que es políticamente correcto que es transformar la realidad en base a hechos y no palabras. Implica una práctica que convoque a la base de sustentación del peronismo. Replegarnos al espacio de las palabras nos aleja de aquellos que sin ser peronistas depositaron su voto y su confianza,  ya sea por hastío, desencanto o necesidad; quizás éste sea el punto donde podamos apalancarnos para revivir la mística y poner en práctica las acciones que demanda una sociedad agobiada por el desencanto y por una situación excepcional. Terminar con una búsqueda ilustrada de las causas que nos llevan una y otra vez a la derrota puede transformarse en el primer paso para empezar a hacer. La carga emocional, el victimismo, la rabia, la queja, esa respuesta que supuestamente representa lo que piensa “la gente” sólo nos libera por un rato del enfado, pero no construye ni constituye una salida, la épica se termina con los bolsillos vacíos.

¿Un paseo civilizado?

“Se quiere imponer una Plaza de Mayo como paseo civilizado”, decía Rodolfo Kusch, para referirse a la contradicción entre la barbarie reprimida y la civilización. Ese largo desencuentro entre el interior y la ciudad puerto nos ha guiado por el camino de una Argentina frustrada que todavía persiste. La plaza sigue configurándose como el lugar donde se representa el país, es el escenario de lo que se considera trascendente; con el transcurso del tiempo y el desarrollo de los medios se ha transformado en la imagen recortada y grosera de “la realidad”, de “lo que pasa en Argentina”. La plaza que fue habitada en el 45 por quienes entendieron al líder sin estudiar la doctrina, la plaza bombardeada del 55, la plaza de las madres ha sido despojada de épica para derivar en espectáculo que se transmite en directo a todo el país.

Mientras que durante el gobierno anterior, la pantalla recortaba y replicaba las imágenes de las manifestaciones de los que siempre consideró un “aluvión zoológico” caracterizado por la violencia y el desprecio a la instituciones, ahora cualquier convocatoria por más bizarra que sea se convierte en el  pretexto para el circo de los indignados , un escenario perfecto para la actuación de periodistas que como vedettes provocan e irritan con histeria y sobreactuación, con una impostura propia de algunos sectores de clase media, que por supuesto, no representan a todos. Los “opinadores locuaces” abundan, la plaza se va destiñendo con la verborragia y el parloteo de periodistas que anhelan ser protagonistas e intérpretes  de las noticias. Paradójicamente el “paseo civilizado” sigue consolidándose en pleno siglo XXI como el punto de vista del centro a la periferia pero de un modo degradado. La realidad mediatizada produce un efecto de sentido pero desconoce el lenguaje del pueblo que termina silenciado y ausente. La historia de las luchas se reduce a una función circense que interpela a pocos pero que los medios replican y  transforman en acontecimiento.

La trampa de la crispación y algunos olvidos

Esa es la dinámica de mucho periodismo propio y ajeno que propone con sus recortes la reacción inmediata, la indignación o el victimismo que paraliza, presos de la reiteración exagerada del escándalo terminamos adheridos a lo contingente y perdemos de vista lo urgente. Pero, ¿qué es lo urgente? Se puede elaborar una hipótesis: reforzar las decisiones políticas del espacio que nos representa que implican beneficios para la población y difundir de la manera más clara posible cuáles son esas medidas y por qué se toman. Volvemos al punto de partida, ¿si los medios están concentrados cómo se divulgan?: con hechos que mejoren la vida de la comunidad que está presa de otras necesidades ajenas a quienes se colocan del lado correcto de la historia y son referentes de la virtud y la pureza discursiva. Si se promete  trabajo, salario, vivienda, seguridad y salud pero no se concretan dichas promesas, durante un largo período, la desilusión es tierra fértil donde se siembra y germina el discurso de la antipolítica con las consecuencias políticas y económicas que padecimos.

No es casual, desde hace décadas los políticos y por ende la política provoca rechazo en un sector para nada despreciable de la sociedad, culpabilizar sólo a los medios es una salida rápida a un tema complejo que engloba situaciones que no se pueden obviar. Si durante décadas creció la pobreza, las villas crecieron al mismo ritmo -aunque esta crisis se haya agudizado en los últimos cuatro años- y además no se implementaron programas de urbanización a nivel nacional con la participación de quienes reclaman trabajo, si la inseguridad agobia a los ciudadanos, si cualquier ahorro o esfuerzo para consolidar un comercio o una pequeña empresa pueden ser pulverizados por una crisis, resulta difícil establecer una relación de confianza entre la política y la ciudadanía. No basta con denunciar al verdadero poder que es económico y financiero por más que condicione cada medida para el bienestar del pueblo con su artillería mediática; para gobernar hay que apoyarse en quienes legitimaron con su voto esas promesas y desarticular de a poco los tentáculos que asfixian cualquier intento de desarrollo soberano. Ningún gobierno puede transformar la situación sin el apoyo de la comunidad aglutinada detrás de una meta previsible y alentadora que se vaya cumpliendo por etapas.

Recordemos que el peronismo nunca se identificó como un movimiento que representa a los pobres, su doctrina señala el objetivo: la felicidad y el bienestar del pueblo; un pueblo que es partícipe necesario del  camino para obtener la justicia social. Sin embargo, hace décadas que el sujeto de la historia del peronismo ha sido corrido de escena como artífice de su destino, se transfiguró en carencia (en este punto entran a significar las palabras), se dice des-empleado, des-poseído, des-amparado, des-ocupado, así, definido por negatividad, despojado se transformó en objeto de estudio o destinatario de promesas inconclusas, en ese quiebre se produjo un  vacío entre la palabra y la acción y en ese vacío anidó el huevo de la serpiente. Las palabras construyen climas favorables o no, promueven emociones pero no determinan la realidad, si entendemos la realidad como los espacios donde se construye dignidad de una manera comunitaria. Los antagonismos, las victorias y las derrotas no sólo se resuelven en el campo de sentido del lenguaje, una premisa que perdimos de vista en tiempos posmodernos. ¿El pueblo escucha o es protagonista?

Prohibido odiar

Los censores éticos, los dueños del poder, actúan como dique de contención ante toda discrepancia, han monopolizado el odio en beneficio propio, y a menudo salen a la calle ciudadanos estimulados por demandas ajenas a sus intereses, pero no debemos batallar con ellos, simples voceros del odio de los poderosos, la puja de intensidades es estéril. Antiperonistas hubo y habrá siempre, probar que somos buenos, honestos y civilizados es ceder a sus pretensiones porque además y como si lo anterior fuera poco, nos exigen demostrar que somos republicanos, moderados, respetuosos y respetables, que no somos violentos, que honramos las instituciones y al final terminamos cautivos de un discurso pulcro y políticamente correcto. Se apropiaron del odio para sus fines, una buena manera de callar de amonestar los sentimientos y finalmente de adecuar las acciones a los buenos modales. Ninguna concesión los va a saciar porque se trata de una lucha ideológica irreconciliable.

El odio no es un sentimiento patógeno en una sociedad enferma y desigual, lo han monopolizado quienes no tienen la más mínima empatía por los que menos tienen y lo exponen de manera desvergonzada; quizá  recordar a Evita nos aclare cuál es el enemigo y nos refresque la memoria, ella escribió: “Lo digo todos los días con mi vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuándo alumbra y cuando quema. Como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar la desolación en su camino. No entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas. Sólo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor. Nunca sé cuándo odio ni cuando estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía de mi tierra -y frente a todas las oligarquías del mundo- no he podido encontrar el equilibrio que me reconcilie con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores”. Y en otro de sus escritos expresa: “me rebelo con todo el veneno de mi odio o con todo el incendio de mi amor”.Evita estalla el lenguaje, su potencia no sólo interpela, pone en escena a los descamisados, los cabecitas negras que son los verdaderos protagonistas y la cimiente de su retórica, juntos constituyen la metáfora de un movimiento que no se somete a los designios de la pobreza y exige reparación, su palabra despliega el problema y también la solución, Eva trastoca la dirección del odio para hablar de amor, pero sabe a quién ama, su elección no es neutra elige a quienes decidieron arder con ella, esos que con las patas en la fuente aligeraron el peso de tanta injusticia y comenzaron a caminar juntos para construir un país más justo y soberano. Ya nada fue igual.

Puede resultar anacrónico, casi imposible de reeditar una pasión tan trascendente por las causas populares pero lo cierto es que nos han expropiado ese diálogo con el pasado a pesar de que los mismos intereses siguen en pugna: no hay patria sin pueblo porque si no la patria es propiedad de pocos. El gran desafío es unir palabra y acción, quitar todo sentimentalismo al discurso de la pobreza y recuperar el bienestar y la felicidad del pueblo. En conclusión, no es la legitimidad de un discurso lo que concreta el sueño colectivo, por el contrario, la concreción del sueño colectivo es lo que legitima el discurso.


  1. “Por qué el periodismo de guerra no afloja” Diego Genoud, publicado en La letra P

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