Pueblo en armas

Cuando el 16 de junio de 1955, la Aviación Naval descerrajó una lluvia de bombas y metrallas sobre la Casa Rosada y la Plaza de Mayo, masacrando a mas de 300 civiles; el adormilado ciclo de la violencia oligárquica despertaba con su más atroz y sangrienta cara. Apenas unos meses después, el golpe cívico militar de la Fusiladora culminaría la obra iniciada en tan funesto día. El revanchismo, la persecución y el odio de la oligarquía en el gobierno usurpador darían lugar a uno de los capítulos más heroicos del pueblo argentino: la Resistencia peronista.

Ante la agresión oligárquica, la tarea defensiva de las fuerzas populares desplegó un amplio abanico de acciones, entre ellas la violencia organizada por los de abajo como respuesta a la institucional de la dictadura de Aramburu y Rojas. Perón definirá esta lucha resistente como una “Guerra integral, porque se hace por todos los medios, en todo momento y en todo lugar. Es decir, buscando dañar siempre al enemigo cualquiera sea la situación en que él se encuentre”[i].

Desde el mismísimo golpe gorila del ‘55 y toda la década de los ’60, la violencia popular estuvo marcada por dos tendencias. Por un lado, hechos vinculados a las reivindicaciones y las luchas de los trabajadores (sabotajes, caños y hasta atentados a burócratas, por mencionar algunos ejemplos) y, por otro, la idea del foco revolucionario (Uturuncos y Taco Ralo). Sin embargo, esas experiencias, la mayoría de las veces aisladas unas de otras y con la única estrategia del regreso de Perón[ii], fueron dejando un saldo organizativo y un cúmulo de prácticas que decantarían en “la juventud maravillosa”.

Los jóvenes, fundamentalmente de las capas medias estudiantiles, (niños de aquel ’55) comenzaron a incorporar un núcleo de concepciones que serán constitutivos de la Juventud Peronista y de las organizaciones armadas.

En primer lugar, reconocer al peronismo como identidad política del pueblo y los trabajadores. El peronismo sintetizó la mayor experiencia de lucha y organización de nuestro pueblo. Rescataba de la historia los proyectos federales de un desarrollo nacional independiente truncos por las políticas liberales del siglo XIX  que degeneraron en “Argentina, la joya más preciada de la corona británica”, al decir de don Julito Roca. También incorporó muchas de las demandas enarboladas por las luchas obreras anarquistas y socialistas de principios de siglo XX y hasta cuestiones nacionales del viejo ideario radical, traicionado por su “alvearización”. Ese proyecto de una Argentina libre se expresaba claramente en sus tres banderas: Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política.

En segundo, la idea de una sociedad igualitaria, formulada en el socialismo marxista, era abonada con una serie de valores morales extraídos del cristianismo, enmarcados en la teología de la liberación que planteaba la opción preferencial por los pobres de la iglesia católica y cuyos antecedentes inmediatos serán el Concilio Vaticano II y el nacimiento del Movimientos de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Así, las ideas del desinterés por lo material, la “hermandad” del grupo, el hombre nuevo y el dar la vida por una causa justa serán incorporadas a la práctica militante de vastos sectores juveniles para la consecución de esa sociedad ideal.

Un tercer elemento será la lucha armada. En un período signado por una gran fragilidad e inestabilidad democrática, producto de la proscripción política de las grandes mayorías nacionales, y donde el poder oligárquico, a través de golpes de Estado, hacía aún más endeble esos breves interregnos democráticos; para importantes sectores juveniles la única salida viable era a través de las armas. Los ejemplos cercanos de la Revolución Cubana y el Che Guevara significaban un camino posible para lograr el objetivo de una sociedad más justa.

Estas ideas centrales que ocupaban y preocupaban a los jóvenes militantes y a sus organizaciones y que, a veces, aparecían de manera desordenada en los discursos o en las que predominaban una sobre otras, tendrán un salto de calidad con el Aramburazo. Una verdadera acción político-militar claramente interpretada por el pueblo peronista y que no necesitaba de ninguna otra explicación. No había que revelar que eran los supermercados de Rockefeller, ni hablar de un imperialismo tan opresor como abstracto, mucho menos de algún burócrata traidor o de una vanguardia lejana instalada en los montes; Aramburu representaba las penurias de nuestro pueblo. Era la cara oligarca que había terminado con la felicidad de millones.

Será a partir de los años ’70 – y fundamentalmente al impulso de las puebladas del año anterior (Cordobazo, Rosariazo, etc) – que las organizaciones político militares ganarán en organización, funcionamiento y, también, comenzarán a diseñar una estrategia de poder propia. En otras palabras, aquella resistencia casi artesanal o instintiva ante la persecución oligárquica dará paso a una planificada, organizada y cuyo objetivo final será la toma del poder.

Por ese entonces, las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) mencionarán “una triple coincidencia de un valor estratégico inmenso que tenemos con todas las organizaciones hermanas. Con ellas compartimos el enemigo principal, que no es solamente el ejército, las fuerzas armadas, sino aquellas clases que necesitan explotar para satisfacer sus intereses. Compartimos también el método, este método de la lucha armada que se expresa en combates ciertos y no meramente en combates proyectados, y compartimos el objetivo final, la construcción de una sociedad sin explotación y la construcción de un hombre nuevo”[iii]

Esta lucha de las organizaciones revolucionarias, muchas de las cuáles se reivindicaban peronistas, coincidirán con la estrategia del propio Perón: golpear al régimen en todos los frentes y por todos los medios para debilitarlo y finalmente vencerlo. Pocos meses después del ajusticiamiento de Aramburu, los Montoneros le escribirán a Perón sobre algunos rumores de que la acción entorpecía los planes del General. La respuesta en febrero de 1971, será tajante: «Estoy completamente de acuerdo y encomio todo lo actuado. Nada puede ser más falso que la afirmación de que con ello ustedes estropearon mis planes tácticos porque nada puede haber en la conducción peronista que pudiera ser interferido por una acción deseada por todos los peronistas«[iv]. Son innumerables – en esos años- las referencias del líder al método de la lucha armada; quizás la más recordada sea: “La violencia en manos del pueblo no es violencia, es justicia”.

Al tiempo que se insertaban en el marco de una estrategia integral para derrocar a la dictadura, las organizaciones político militares irán ganando la simpatía de las capas juveniles, fundamentalmente estudiantiles. Desde las páginas de la revista Panorama, el padre Benítez, confesor de Eva Perón, explicará este fenómeno: “Nacieron y crecieron oyendo vomitar pestes contra el peronismo. ¿Qué los lleva a reaccionar violentamente contra el medio social en que acunaron? A mi entender, dos causas: Primera, la convicción de que sólo la violencia barrerá con la injusticia social y Segunda, todavía les hiere más la injusticia moral o jurídica impuesta en la sociedad individualista”[v].

Esta coyuntura de una gran riqueza en la lucha política y social, acompañada por la lucha armada, tendrá un momento que volcará definitivamente a la juventud a comprometerse con un proyecto revolucionario: La masacre de Trelew. El 16 de agosto de 1972, un grupo de guerrilleros detenidos en el penal de Rawson producen una fuga masiva. Solo un puñado alcanza subir al avión secuestrado que los llevará a Chile. El resto, 19 jóvenes pertenecientes a las organizaciones FAR, ERP y Montoneros, quedan varados en el aeropuerto y deben deponer su actitud. Son llevados a la base naval Almirante Zar de Trelew, donde en la madrugada del 22 son asesinados a mansalva 16 de ellos, salvando su vida sólo tres.

Estos fusilamientos aberrantes de la dictadura de Lanusse provocaron un repudio general de la sociedad y, particularmente, de una juventud que ya traía su empuje militante. Sobre esa sangre derramada, se construirá el aluvión de muchachos y muchachas que despertarán a la vida política y engrosarán las filas de las organizaciones político militares, desde los frentes de masa que les daban la cobertura o desde la propia estructura de la organización.

Múltiples han sido las causas que empujaron a una generación a tomar las armas para terminar con un estado de cosas que proscribía la voluntad de la mayoría del pueblo. Algunas hemos tratado de mencionar en esta escueta nota pero quizás queden mejor reflejadas en el artículo publicado bajo el título Hablan los Montoneros: “Por ser conscientes de esta encrucijada histórica es que hemos elegido el camino de la Resistencia Armada para abrir paso al acceso de los trabajadores al Poder. No nos guía ninguna intención de jugar a la guerra y si tomamos las armas es a pesar nuestro. No somos nosotros los que inventamos la violencia, sino que la violencia es cotidiana, propia del Sistema. Violencia es el hambre, la pobreza, el analfabetismo, la mortalidad infantil, la explotación, la represión. Violencia es cerrar todas las vías pacíficas de cambio.
Violencia es el fraude, los golpes palaciegos, la proscripción. Por eso nuestra decisión no es gratuita, sino profundamente responsable, honesta y coherente con nosotros mismos y el pueblo”[vi].  


[i] – Juan D. Perón. “Actualización Política y Doctrinaria para la Toma del Poder”. 1971

[ii] – “Pero en el monte, en la calle o la prisión, nuestro espíritu y fortaleza sigue en pie, y se multiplica en cada Descamisado, en cada «grasita», en cada Trabajador, que se apresta a librar la GUERRA TOTAL por el RETORNO DE PERON AL PODER y el establecimiento definitivo de una NUEVA ARGENTINA JUSTA, LIBRE Y SOBERANA”. Fragmento de Carta enviada desde la cárcel por los integrantes del Destacamento Guerrillero 17 de Octubre de las Fuerzas Armadas Peronistas, detenidos en Taco Ralo.

[iii] – Reportaje a las Fuerzas Armadas Revolucionarias publicado en el Granma, en diciembre de 1970. Es reproducido en el Nº 28 de la Revista Cristianismo y Revolución, de abril de 1971.

[iv] – Roberto Baschetti, Documentos 1970 – 1973.

[v] – Reportaje al Padre Benítez realizado por la revista Panorama y reproducido en el Nº 25 de la revista Cristianismo y Revolución, de setiembre de 1970.

[vi] – Publicado en el Nº 26 de la revistas Cristianismo y Revolución, noviembre – diciembre de 1970.

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