De regreso trenes

Si te paras en el andén de la estación de Rufino y cerras los ojos lo veras llegar, lo veras entrar a la estación, oirás primero su galope lento, luego un trote y dos o tres resuellos, un mascar de los frenos, un paso lento y una detención con suspiro. Sin importarte la hora porque sabes que el tiempo es solo ficción, acuerdo comercial, pacto de los patrones para explotar a los obreros, te preguntaras si es el que viene de Retiro hacia Mendoza, o si es el que viene de Mendoza hacia Buenos Aires, se te hará presente entonces el perfume que usa ella cuando viene para casarse contigo en la Iglesia de Villa Saboya, y el abrazo que le das al hijo de ambos cuando se va a estudiar, si es a Mendoza enología para hacer el mejor elixir de la UVA, si es a Buenos Aires en Filo de la UBA para hacer la revolución. Te gusta esa palabra, siempre te gustó. Y ahora es siempre. El Aconcagua pasa como una saeta de plata, a veces viene chorreado de nieve-agua-tierra-pasto, otras veces pulcro de viento sur, siempre impuntual, pero ¿a quién le importa?, si todos sabemos que lo importante, lo único importante es que venga.

Cuando viene trae gente, mercancías, cartas y más gente, trae también la bemba de una huelga ferroviaria. Y la fraternidad decide hacerla. Muere entonces un obrero ferroviario allí en Rufino. Rufino nudo de vías, nodo, enjambre de rieles y durmientes. Rufino ganadero, agricultor.

Sos agricultor hijo de un agricultor de esas pampas semi-secas, semi-húmedas, curtieron tu rostro los vientos libres de los llanos, curtieron tus manos las herramientas de mano y los volantes de hierro de los segundos tractores, los que ya venían con ruedas engomadas y caja sincronizada. Te sentís orgullosos de ello. Celebras la existencia del tren con respeto y veneración. 

Abrís los ojos y vés las vías vacías, ya ni chicos poniéndose en peligro hay, ya ni vacas pastando. Los cerras de nuevo y te ves con tus primos de Rufino en las vacaciones de julio, cruzando de un lado a otro de las vías, por encima y por debajo de los vagones de carga de los trenes que descansan y esperan para ser cargados o descargados o reenganchados por cambio de destino, con tus primos de Rufino jugando a las escondidas o a los cow boys.

Si te paras en Rosario Norte, en Pichincha, a la par del monumento a la locomotora y cerras los ojos, oirás al gentío, la vocinglería de las ofertas de comida, de bebida, de diarios, de revistas, de juguetes para los niños; oirás el paso apresurado de los viajeros, los abrazos saludos, comentarios, llantos, risas de los que despiden y de los que reciben a sus parientes y amigos. Es el Estrella del Norte, viene de Santiago. Va a Buenos Aires. Y eso es siempre.

Sos un estudiante en Rosario, uno a quien le gusta beber ginebra en los bares de pichincha, conversar con amigos de hacer la revolución y decirle a Mirta que estas de regreso[1].

[1] Juan Carlos Baglieto.

Poeta. Historiador agrario.

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