Ni el último adiós

A partir de conocerse la noticia de los fusilamientos en Trelew, la Juventud Peronista inició dificultosas negociaciones para rendir homenaje a los combatientes caídos. Por un lado, interceder ante las autoridades del PJ nacional para que los compañeros fueron velados en su local central, en la Av. La Plata de la ciudad de Buenos Aires y, por el otro, en medio de tanto dolor y congoja, convencer a los familiares de rendirle ese último tributo en una sede partidaria.

Esa misma noche del 22, se reunieron, por separado, para tratar el tema el Consejo del PJ y el Consejo Superior del partido. En el Consejo partidario la representación juvenil logró imponer la postura pero en el Consejo Superior había más resistencias. “Las relaciones con las FFAA ya eran tensas, no había por qué agudizarlas”, sostenían Romero, Ema Tacta de Romero y el apoderado Benítez temiendo porque se los sancionara con la ilegalidad. Barajaban distintas opciones, desde que fueran velados en otros locales hasta otras maniobras dilatorias como que se presentara un pedido formal por escrito para que sea tratado oficialmente.

Paralelamente, en la Federación de Box se realizaba un acto en homenaje al renunciamiento histórico de Evita. Sin embargo, y muy a pesar de Guardia de Hierro que dominaba el Consejo Metropolitano organizador del acto, los oradores ni los participantes pudieron eludir las noticias de la masacre sucedida en el sur patagónico. Los tibios fueron bajados del palco por estruendosas silbatinas y hasta por una lluvia de monedazos. La bronca e indignación de la multitud aclamaba la vieja consigna del 5 x 1. Al llegar el Tío Cámpora para cerrar la actividad se reunió en una salita con Ernesto Jauretche, quien venía llevando el peso de las negociaciones por la JP. Luego de explicarle la motivación política de rendir el homenaje en la sede partidaria, el joven -recién regresado de Madrid- le hace escuchar un mensaje grabado de Perón en relación al asesinato de Carlos Capuano Martínez, uno de los dirigentes de Montoneros, sucedido unos días antes. Decía el Viejo: “Todos los que luchan por la liberación son nuestros aliados y amigos. No importan las diferencias ideológicas sino el método y la forma de esa lucha contra ese enemigo común”.

El Tío subió al escenario y habló cerca de una hora. Trató de calmar los ánimos de los jóvenes pero no pudo. Entonces, el Tío hizo lo que había aprendido en el peronismo: “En nuestro Movimiento se hace lo que el pueblo quiere. ¡Y aquí no decido yo, deciden ustedes!”. La multitud abandonó el estadio marchando por Rivadavia hacia la sede partidaria al grito de “A la lata, a la lata, a los muertos los velamos en avenida La Plata”.

En esa febril y convulsionada noche, también los muchachos tuvieron una dolorosa reunión con los familiares de algunos de los caídos. Había que lograr el consentimiento para velarlos en el PJ, cosa que no resultaba fácil en medio de tanta conmoción familiar. El padre de María Angélica Sabelli fue el que destrabó el encuentro. “Mi hija no era mía cuando vivía. Se debía a sus compañeras y sus compañeros, al pueblo por el que luchaba. ¿Qué derecho tengo a reclamar su cuerpo si la mataron por los que luchó y junto a los que luchó? El cadáver de María Angélica es de los muchachos porque cuando estaba viva ya era de los muchachos”, alcanzó a decir entrecortado por el llanto.

Con el okey de los familiares y mientras se desarrollaban la reunión del Consejo Superior y el acto en la Federación de Box, los jóvenes de la JP realizaron una nueva apuesta. Llegados a Buenos Aires los cuerpos de María Angélica Sabelli (FAR) y Eduardo Capello (PRT/ERP), los muchachos los introducen en el local de avenida La Plata. Al día siguiente, una muchedumbre irá a despedir a los combatientes en la capilla ardiente instalada en el PJ. Además, la JP había realizado una pericia sobre los cadáveres para demostrar el fusilamiento ante el intento de la dictadura de establecer una falsa versión sobre lo sucedido.

En tanto el pueblo despedía a sus mártires; en las afueras e inmediaciones del local un despliegue infernal de tropas, incluso con policías apostados en los techos vecinos, preanunciaba lo que sucedería. El día 24, el jefe del operativo, el comisario Villar, intima a que los féretros sean inhumados a las tres de la tarde. La JP desacata. Dice que mientras haya gente esperando para despedir a los mártires no se desalojará el local partidario. A las 3 de la tarde, pocos minutos después de llegar al lugar el cuerpo de Ana María Villarreal de Santucho (PRT/ERP), se desata la represión.

Una tanqueta derrumbando la puerta del local nacional del Partido Justicialista será la última imagen de la acción represiva de una dictadura en retirada. Como 17 años atrás, con el cuerpo de Evita, nuevamente el odio y la violencia oligárquica reaparecían y profanaban los ataúdes de los héroes de Trelew, a los que un pueblo había ido a llevarles su último adiós.

LOMJE

Cuando empiezan a disparar, me siento herida, no me doy cuenta dónde, siento como una quemazón, pero ni dolor ni nada. Mi primera reacción es meterme dentro de la celda, y en ese momento la veo a la Sayo (Ana María Villarreal de Santucho), ahí delante de la puerta, aparentemente muerta, ahí me doy cuenta de que realmente es seria la cosa. Porque por un momento, al principio, pensé que nos tiraban a las piernas; es decir, no me daba cuenta de la situación, me costaba creerlo. Apenas entro yo, entra la Petisa (María Angélica Sabelli) agarrándome el brazo y diciendo: “Estos hijos de puta me dieron”. Entonces le digo: “Tirate al piso”, y yo hice lo mismo. Trato de ver qué es lo que me pasa y veo que tengo un agujero acá, en el estómago, me acuerdo que tenía un pantalón oscuro y un pullover rojo, era más serio de lo que yo creía porque no sentía ningún dolor, ni me sangraba, ni nada.

Comienzo a oír como un estertor de la Petisa: empieza a roncar muy fuerte y a dar quejidos al mismo tiempo, esa es la parte más fiera, unos ayes de dolor horribles. Y simultáneamente empiezo a escuchar tiros aislados que empiezan de adelante hacia atrás. Me doy cuenta de que están dando los tiros de gracia. Ahí me pongo a pensar: “Bueno, aquí me llegó la última hora”, y me pongo a pensar en mi familia. En ese momento se piensan muchísimas cosas: me acuerdo que pensé en mi familia, en mi compañero, pensé en mi compañero. En hechos lindos, en mi vida, pero no sé, yo quería pensar mucho en un corto tiempo. Estaba esperando que me mataran de una vez por todas. Porque uno piensa: “Bueno, ya que me matan, que me maten de una vez por todas”.

Veo que llega a la puerta uno vestido de azul, yo también me hacía la muerta. Ahora, a esta altura, era lo único que se me ocurría. No me acuerdo si alcanzó a tirar antes un tiro a la Petisa, lo que si me acuerdo es que levanta la mano y me apunta con bastante cuidado; yo lo miro entre ojos, yo estoy tirada así sobre el hombro, y con cuidado me tira. Siento como un estallido espantoso en la cabeza, como si tuviera una bomba, pero para gran sorpresa no fui muerta. Me cuesta creer que estoy viva. Siento acá un gran hematoma y que estoy sangrando mucho, pero no pierdo el conocimiento. Sigo escuchando balazos basta que, en un determinado momento terminan.

Después escucho que hacen toda una orquestación diciendo: “Bueno, vos tenías una metra y Pujadas intentó quitártela”, haciendo como un armado de la cosa, eso escucho por un lado. Al rato viene un enfermero, viene y entra a la celda y me da vuelta, me mira la cabeza, me toma el pulso y dice: “No, está viva, sólo le interesó la mandíbula, pero se está desangrando”, y se va. Viene dos veces más Bravo a la puerta, con un jadeo totalmente nervioso, y muy preocupado porque no me moría, decía: “Pero esta hija de puta no se muere, cuánto tarda en desangrarse”. Y yo, cada vez que aparecía alguno en la puerta, juntaba sangre en la boca y la escupía para hacer parecer que me estaba desangrando, pese a que ya se me había parado mucho la hemorragia.

Yo me asombraba a mi misma de que estuviera tranquila. Con una bronca muy, muy grande, por la imposibilidad de poder tener aunque sea una mínima reacción. Veía que cualquier reacción no cabía, estaba totalmente en poder de ellos, que estaban matándonos. Eso era lo que más sentía. Pero miedo hacía… es decir, creo que uno siente que se va a morir, pero no es eso, ese temor que uno espera de que se terminó, no, estaba tranquila también por esa sensación… Yo pensaba una cosa que me preocupaba un poco, de que otros compañeros que habían muerto, que habían sido rematados, y que habían estado muy cerca de mí. Yo tenía una sospecha de que aunque muriera, todo seguiría. Tenía la certeza absoluta de que alguien iba a pagar por eso, una confianza total en los compañeros, de que algo iba a pasar después de eso. A mí por lo menos esto me ayudó mucho.

Después, cuando lo vi al enfermero, me di cuenta que por muerta ya no pasaba. No sabía qué hacer. Me daba cuenta de que el agujero que tenía en la mandíbula no era mortal pero con el que tenía en el estómago el peligro era ese de la perforación y las hemorragias internas; hay que operar enseguida. Creo que ni bien no me dan el tiro, ya se ven las ganas de vivir y de hacer un esfuerzo para tratar de sobrevivir sea como sea. Siempre te queda una esperanza y luchás con ese margen. Me acuerdo que después yo decía: “Pero si me muero, quisiera escribir aunque sea en la pared los nombres que sean. Poner: Sosa, Bravo” (Dos de los asesinos). Pero entonces agarro, y con el dedo y con la sangre (me acuerdo que mojo el dedo) empiezo a escribir cosas en las paredes. En seguida se apiolan y viene uno con un tarrito y borra enseguida.

Escribí L.OM.J.E. (Libres o Muertos, Jamás Esclavos)1. Y había escrito: “Papá, mamá”, y no sé qué más. Lo borraron y después volví a escribir de nuevo. Pero mientras estaba escribiendo ya me vieron y lo volvieron a borrar. Escribí lo mismo. Cabeza dura…

Compilado del relato de María Antonia Berger, una de los tres sobrevivientes de la masacre, extraído del libro: “Trelew: La Patria Fusilada”, de Francisco “Paco” Urondo.

1) Libres o Muertos, Jamás Esclavos era una de las consignas que utilizaban las FAR y que había sido extraída de una reinterpretación de la Orden General al Ejército de los Andes escrita por el Libertador General José de San Martín, el 27 de julio de 1819.

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