La entrevista de Guayaquil

La entrevista de Guayaquil

José propone y Simón dispone

Escribir sobre José de San Martín es una tarea sumamente difícil. ¿Qué decir que ya no haya sido dicho sobre este sujeto, que fue uno de los principales protagonistas del proceso de revolución de independencia de los territorios coloniales de América del Sur?. ¿Qué temáticas abordar que involucren su accionar, sin caer en los lugares comunes, sostenidos por la ortodoxia historiográfica que lo cubren de oropeles y lo instituyeron como el “Santo de la Espada”?. A los fines de no repetir, y con la intención de no acumular más páginas sobre su vida a las ya existentes, en esta oportunidad nos dedicaremos a revisitar un episodio mínimo de su biografía pero que signó su futuro político y personal. En las líneas que siguen, vamos a tratar de reconstruir, revalorizar y recuperar para este complicado presente que atravesamos, la “Entrevista de Guayaquil”. Así se denomina, en los libros de historia al encuentro que se produjo entre José de San Martín y Simón Bolívar los días 26 y 27 de julio de 1822 en la ciudad de Guayaquil.

Sin entrar en una minuciosa descripción, es pertinente caracterizar el escenario político en el que este encuentro se produjo y la posición que cada uno de los líderes revolucionarios poseía al momento de producirse el evento, que tendría connotaciones impensadas para la causa revolucionaria y para los involucrados.

José de San Martín, arribó a Guayaquil, esperando resolver la complicada situación que enfrentaba en Lima. En el año 1821, había alcanzado la gloria en aquella ciudad. El primer gobierno criollo lo designó “Protector del Perú” con plena autoridad civil y militar, después de proclamar la independencia de España. Sólo un año más tarde, las condiciones habían cambiado. Su autoridad se debilitaba y el ejercicio del poder se complicaba, debido a la creciente oposición del sector liberal peruano que lo consideraba como un obstáculo para concretar sus aspiraciones políticas de marcado perfil republicano, antagónicas al proyecto político con el que se identificaba San Martín, de notoria filiación monárquica. Además, como explica John Lynch (1983), “los peruanos le negaban también la ayuda militar que necesitaba para terminar la guerra. Al ejército patriota le faltaba cohesión. La rivalidad entre argentinos, chilenos y peruanos mellaba su capacidad de combate, y entre muchos de los oficiales locales no estaban nada dispuestos a enrolarse en el servicio activo” (1983: 208).

En este contexto, Simón Bolívar se encontraba en una posición de liderazgo más sólida. El mismo sujeto que había escrito en 1815 una carta, durante su exilio en Jamaica, en la que afirmaba, entre otras cosas, que “la América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado a la victoria”, había sido uno de los hacedores del proyecto de la Gran Colombia y en mayo de 1822, las fuerzas militares americanas bajo su liderazgo, habían logrado en Pichincha, un triunfo decisivo para la causa revolucionaria. En junio, entró victorioso a la ciudad de Quito y poco tiempo después, mostrando una irrenunciable decisión política, incorporó el estratégico puerto de Guayaquil a los espacios liberados de la ocupación española, ganándole la disputa al gobierno del Perú que reclamaba la ciudad como parte del antiguo territorio del virreinato.

Resulta evidente que, frente a estas situaciones, San Martín no se encontraba en igualdad de condiciones para negociar con Bolívar. Ambos sabían las posibilidades y los límites con los que contaban para llevar adelante las negociaciones. Más allá de lo que se haya referido con posterioridad sobre lo conversado en esa entrevista, se infiere por los acontecimientos posteriores que no existió posibilidad alguna de acuerdo. La ciudad de Guayaquil no era un espacio negociable para Bolívar por lo que la idea de su anexión a Perú, que sostenía San Martín era inviable. También eran irreconciliables las posiciones que cada uno tenía respecto de la futura organización política de los estados americanos en formación. Mientras el venezolano era un convencido republicano, el rioplatense creía en las bondades de un gobierno monárquico “temperado”.

“En el aspecto militar, la polémica estaba en quién tendría el mando superior en el caso de unir en un solo ejército libertador las fuerzas patriotas. San Martín se avino a resolver esta cuestión, proponiendo que fuese Bolívar el comandante en jefe; pero este respondió que nunca podría tener a un general de la calidad y la capacidad de San Martín como subordinado. Sin capacidad negociadora, al verse abandonado a su suerte por las autoridades porteñas y sin tener los medios para encarar solo el resto de la campaña, a San Martín no le quedaba otro camino que ceder ante los planteos de Bolívar. Y como lo sabía, tomó la drástica decisión de dejar todos sus cargos. Recomendar a los peruanos que solicitasen la ayuda a Bolívar y se pusiesen bajo su mando…” (Pigna, 2010:262).

El acontecimiento del que nos hemos ocupado y que protagonizaron, sin testigos, José de San Martín y Simón Bolívar los días 26 y 27 de julio de 1822, ha constituido un tema controversial para muchos historiadores durante bastante tiempo. Se han empeñado en reconstruir “lo dicho” y “lo no dicho” en esos encuentros entre los dos líderes. Las fuentes para la reconstrucción de este evento son una serie de cartas redactadas y enviadas, por ellos mismos, relatando lo sucedido a distintos allegados. En consecuencia, los historiadores de la más rancia ortodoxia académica consideran que estas fuentes, a pesar de su autenticidad, pueden no ser veraces puesto que los autores han escrito sobre su experiencia con plena libertad y, en consecuencia, están facultados a ocultar, recortar o tergiversar lo sucedido cuando lo narran en forma escrita. Inclusive, desde esta perspectiva, como la reconstrucción que realizan San Martín y Bolívar de los episodios que protagonizaron está hecha en base a sus propias interpretaciones de lo sucedido, habilita a las dudas respecto de las certezas que sostienen, porque se infiere que predomina la opinión de los protagonistas, más que la descripción objetiva de los acontecimientos.

Además, respecto de este acontecimiento, algunos profesionales de la historia no han podido escapar a la seducción que ofrecen los relatos contrafactuales que hipotetizan respecto de circunstancias, intenciones y hechos que nunca sucedieron. Así, discurren entre plantear ¿qué hubiese sucedido si San Martín no aceptaba ir a la cita con Bolívar en Guayaquil? y si ¿San Martín habría pensado en Bolívar para que le brindase auxilio militar, si hubiese mantenido la legitimidad de su autoridad frente a su ejército y entre la clase política peruana?; o ¿qué hubiese pasado, si San Martín aceptaba la ayuda militar que le ofreció Bolívar para asegurar el éxito de la revolución de independencia en Perú?. También suelen preguntarse acerca de ¿qué consecuencias se podrían haber producido sí Bolívar aceptaba renunciar a la incorporación de Guayaquil al territorio de Colombia y reconocía, en cambio, su pertenencia a Perú?, o bien, ¿qué hubiese sucedido si San Martín hubiese sido un declarado adherente a la forma republicana de gobierno, como Bolívar y no, un encarnizado defensor de la monarquía constitucional? y ¿qué hubiese sucedido si…? Pudiendo reproducirse esta pregunta hasta el infinito. Sin embargo, a pesar de las escasas fuentes disponibles para verificar la existencia del acontecimiento, se puede deducir, por el análisis y la interpretación de los acontecimientos posteriores, que ninguna de esas posibilidades fue posible y que, sólo pensarlas implicaría transformar la historia en literatura fantástica. Se ingresa en el terreno de la ficción y no en el de la reconstrucción de los hechos protagonizados por los sujetos en el pasado a través de las huellas que éstos han dejado y que, constituye, per se, el oficio por excelencia de los y las historiadores/as.

Por si estas cuestiones no fuesen suficientes con relación a la escritura de la historia, la entrevista de Guayaquil constituye también un claro ejemplo de los usos políticos que se hace de los relatos históricos, más allá de la descripción objetiva de lo sucedido. De forma análoga a lo que sucede con el hecho en sí, sobre el que nunca se podrá saber con exactitud qué se dijeron, cuáles fueron los gestos y las miradas que se intercambiaron, ni lo que sucedió exactamente en aquel lugar donde se reunieron, tanto José de San Martín como Simón Bolívar han sido incorporados al panteón de los héroes nacionales de sus respectivos países y son dos de los principales actores de los relatos historiográficos fundantes de los estados nacionales latinoamericanos. Esta intencional conversión de sujetos políticos en héroes ha provocado que cada una de las llamadas “historias oficiales” hayan instituido, no pocas veces, la veneración absoluta de uno en función de la degradación o menosprecio del otro. Esta situación se pone en evidencia, en varias de las “Historias Nacionales” de los actuales estados de América del Sur en los que estos jefes políticos y militares actuaron. Cuando llega el momento de recrear dentro del proceso de independencia latinoamericana, la entrevista de Guayaquil, la historia se transforma en un campo de disputa en el que sólo se intenta resguardar incólume el perfil individual de cada uno, descontextualizado y atemporal, de forma que sólo se argumenta el corrimiento de San Martín de la escena política como otro acto de heroicidad en función del éxito final de la revolución. A modo de ejemplo, este punto de vista, queda claramente explicitado en el texto del historiador argentino A. J. Pérez Amuchástegui (1967: 17) que, seleccionado arbitrariamente entre tantos, plantea que

“Esta declaración supone aseverar que San Martín abandonó la vida pública y la campaña americana, porque estaba convencido de que Bolívar jamás ayudaría al Perú mientras él estuviera allí, pues Bolívar se había negado con subterfugios a aceptarlo como su segundo para terminar juntos la guerra, y omitió, además, la colaboración efectiva del ejército colombiano. De allí que San Martín, en un gesto de plena renunciación, resolviera dejar el campo a su ambicioso rival, pese a que estaba en excelentes condiciones para mantener el status existente tanto en lo militar como en lo político, lo económico, lo social, etc, pero el auxilio de las fuerzas de Bolívar representaba, a la sazón, la posibilidad de una ofensiva inmediata y contundente, que aseguraría el triunfo definitivo de las armas patriotas a breve plazo; sin ese esfuerzo, la guerra se prolongaría por mucho tiempo, con toda la secuela de inconvenientes internos y externos que ello lleva aparejado. De esta manera, la resolución de San Martín representa un sacrificio heroico y exclusivo para asegurar la pronta terminación de la guerra, y un decidido aporte a la paz interna y externa de América: todo esto, en aras de la ambición de Bolívar”

Mientras tanto, la transmisión de este episodio en la historia oficial de Venezuela tiene otro tono y se dedica principalmente a mostrar un Bolívar exitoso y a un San Martín en retirada después de la imposibilidad de reconocer el fracaso de su proyecto político. De manera análoga a la selección realizada para dar cuenta de la versión argentina, se ha elegido a Indalecio Liévano Aguirre, un autor clásico venezolano que publicó su libro “Bolívar” en 1988. El libro es en una edición auspiciada por la presidencia de la República y por la Academia Nacional de la Historia de Venezuela. En sus páginas se afirma que, luego de los resultados adversos obtenidos por San Martín en la conferencia de Guayaquil,

“se produce el derrumbe de la personalidad histórica de San Martín y de su política de hegemonía en la América Meridional. Acostumbrado a tratar con hombres en todo inferiores a él, no supo comprender, en la hora decisiva de su carrera, que el Libertador de Colombia no podía enfrentarse como lo había hecho con los dirigentes de su confianza en las provincias del sur. Se cometería, sin embargo, grande injusticia y evidente error, si se interpretaran los resultados de la conferencia de Guayaquil sólo como desastre personal del General San Martín. Creemos, por el contrario, que allí fracasó ante todo una política: la política del patriciado de Buenos Aires y de su órgano de expresión, la Logia Lautaro, que buscaba darle a la América independiente una organización social encaminada, según las propias palabras de San Martín, a mantener las barreras que separan las diferentes clases de la sociedad, para conservar la preponderancia de la clase instruida (…) por el carácter marcadamente clasista de la misma, ella en ningún momento contó con el apoyo de los pueblos del Sur, circunstancia  que la distinguió de la política democrática desarrollada por Bolívar en el norte, en virtud de la cual, llevó a feliz término en la Nueva Granada y Venezuela la decisiva empresa histórica de organizar pueblos antes de crear ejércitos, de provocar adecuadas soluciones políticas para las colectividades emancipadas por él, antes de dedicarse a expedir rigurosos reglamentos disciplinarios, destinados a formar una oficialidad aristocrática, como lo hizo San Martín…”(1988:331/332).       

Así, la entrevista de Guayaquil, un acontecimiento histórico coyuntural, inscripto en la historia la larga duración del proceso de independencia de los territorios coloniales dominados por España y su diverso tratamiento historiográfico, pone en evidencia la imposibilidad, una vez más, de la objetividad al momento de elaborar un relato histórico, la existencia de un heterogéneo universo de historiadores y los distintos tipos de historia que éstos producen, aunque se parta de un mismo hecho concreto. Entonces, cobra sentido finalizar estas líneas, formulando la clásica pregunta “¿Historia, para qué?” y acordar como respuesta provisoria que la utilidad de la historia “involucra al menos dos cuestiones, estrechamente vinculadas, pero sin embargo discernibles: por un lado, la de los criterios según los cuales el saber histórico prueba su legitimidad teórica; por otro, la de los rasgos en virtud de los cuales ese saber desempeña (o puede eventualmente hacerlo) ciertas funciones que van más allá del plano cognoscitivo”. (Cernadas y Lvovich, 2010: 11).

En definitiva, como afirma Luis Villoro (1980), “la historia es una lucha contra el olvido, forma extrema de la muerte”. De esa lucha, también se han ocupado José de San Martín y Simón Bolívar al dejar sus propios testimonios escritos confirmando la existencia de su encuentro, los han “donado” a la posteridad y los han puesto a la libre disposición de los historiadores.


Bibliografía

Bragoni, Beatriz, (2019). San Martín. Una biografía política del libertador. Edhasa. Buenos Aires. República Argentina. 

Cernadas, Jorge y Lvovich, Daniel, (2010).  Historia, ¿para qué?. Revisitas a una vieja pregunta. Prometeo. Buenos Aires. República Argentina.

Liévano Aguirre, Indalecio, (1988). Bolívar. Ediciones de la Presidencia de la República. Academia Nacional de la Historia. Caracas. Venezuela.

Lynch, John, (1983). Las revoluciones hispanoamericanas. 1808-1826. Ariel. Barcelona. España.

Martínez, Nelson, (1987). Simón Bolívar. Editorial Quorum. Madrid. España.

Moradiellos, Enrique, (1994). El oficio de historiador. Siglo XXI. México.

Pérez Amuchástegui, A. J., (1963). La “Carta Lafond” y la perspectiva historiográfica. Ediciones Siglo Veinte. Buenos Aires. República Argentina.  Pigna, Felipe, (2010). Libertadores de América. Vida y obra de nuestros revolucionarios. Planeta. Buenos Aires. República Argentina.

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