Vicentín, vicentón, media vuelta y…

En un país justo, soberano y libre bastaría media vuelta para clavarla al ángulo. O, si se prefiere hablar del boxeo, deporte que apreciaba el General Perón,  bastaría con media vuelta de brazo para derribar al rival de una piña en el mentón.

Pero no se trata de deportes y no vivimos en un país organizado en una República “socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”. Eso nos obliga a buscarle la vuelta al asunto para, en primer lugar, despojarlo de los camuflajes legales y administrativos que, en el marco de un sistema diseñado para el sostenimiento del status quo,  le proveen a toda empresa los poderes del Estado, y, en segundo lugar, correrle a la empresa la careta de nacional: falsa opción en una falsa dicotomía de nuestros tiempos.  

Primero fue la ganadería. Garay fundó Santa Fe en 1573 y entre ese año y 1580 trajo de Asunción 500 vacas que a su vez provenían de la mano portuguesa y eran originarias de Cabo Verde.   En los inicios del modelo agro exportador, es decir, de la designación por la división internacional del trabajo para la flamante Argentina y dada la tradición, se usó a la agricultura cerealera y a los chacareros arrendatarios para mejorar la ganadería, toda vez que al verse obligados por contrato a abandonar las chacras al cabo de tres años debían dejar las parcelas implantadas de alfalfa. Las vacas son semovientes y esa era una ventaja considerable sobre cualquier otro bien de origen agropecuario con destino a exportación. Fue por ejemplo llevando una tropa desde el sur de Córdoba “al lao del Azul” como le gustaba decir a él, que Don Valoy conoció a Martin Fierro. Enseguida y con las primeras redes ferroviarias estiradas hacia la región pampeana se extendió el área sembrada, por colonización privada y por instalación de más chacareros arrendatarios. Así el cultivo de granos (trigo, maíz y lino) alcanzó los primeros límites de su expansión horizontal en 1908 con la fundación de los pueblos de la actual provincia de La Pampa, región triguera por excelencia en conjunto con el suroeste bonaerense.

Así y tal como describe Scobie en “Una revolución en las pampas”  unos años antes y viendo solo la zona núcleo, esa expansión completó, por extensión y por remarcado de los rasgos  el cambio de rostro de la región pampeana. Con la ventaja de la traza ferroviaria y la diseminación de agricultores dispuestos a arar y sembrar las pampas por primera vez vinieron las gaviotas y los acopiadores. La empresa Bunge y Born, por ejemplo, se instaló en Argentina en 1884 como pionera en el mercado internacional de granos, por decirlo de un modo políticamente correcto,  o en la expoliación de los trabajadores rurales que a brazo partido cultivaban, cortaban, trillaban, embolsaban y transportaban los granos hasta las estaciones de ferrocarril y luego en su carácter de estibadores lo bajaban de los trenes y lo subían a los barcos; y la explotación también de actores más ambiguos como los propios agricultores arrendatarios o colonos que resultan los agentes esenciales en el negocio, en tanto trabajadores y, a su vez, patrones de otros trabajadores.

Así empezó. Así fue, lisa y llanamente hasta que Perón intento y, en cierto sentido, logró ponerle el cascabel al gato. Lo hizo con el estatuto del peón rural, con la creación del Instituto Argentino de la Promoción del Intercambio, con la sanción de la ley de arrendamientos y aparcerías rurales que en tándem con una línea de créditos del Banco Nación les posibilito a cientos de chacareros la adquisición en propiedad de la parcela en la que sembraban y cosechaban en carácter de arrendatarios; y con la reforma constitucional que consagro la Constitución de 1949 que subraya la función social de la propiedad.

Pero después de Perón y merced al golpe de estado más definitorio de la historia argentina, el de 1955, vinieron otros gobiernos. Vino, por ejemplo, el que ejecutó  el golpe a Illia en 1966, el de Onganía, que con la ley Raggio expulso de los campos a lo que quedaba de los chacareros arrendatarios e instaló, en nuestro país, definitivamente la revolución verde, un dechado de tecnología que nos trae hasta el campo de nuestros días que, además de constituir  un conjunto de capitales y practicas productivas  determinadas por esos capitales, consiste, siguiendo a Jurgen  Habermass, una ideología.

La ideologización del agro, la constitución de “el campocomo ideología es la madre del borrego.

Esa ideología es reproducida en primer lugar por los medios de comunicación a quienes les pagan para eso.

Esa ideología se produce en las oficinas de los comunicadores y creativos de las empresas.

Esa ideología se reproduce entre los miembros de la cadena de agentes que interviene en el negocio y en la conducción de las tareas de producción, logística y comercialización, es decir del agro-negocio.

Pero lo que es más triste es que se reproduce también entre los trabajadores rurales: estables, contratados, subcontratados, a destajo y en sus pobres familias de pobres que repiten como loros: “-El pueblo vive del campo, ¿No?

Esa ideología, a veces de modo liso y llano, a veces puesta en rebote, o, si se quiere, en reacción, se reproduce entre el público urbano toda vez que se genera un falso debate entre campo y ciudad o entre agro e industria como si fuese entre Ford y Chevrolet.

Pero también, así como existió una vez una idea fuerte de independencia económica y de reforma agraria, existen en  el trasfondo de la historia agropecuaria de nuestro país de modo menos visible y menos formateado por la tecnología de la fama,  tal vez, en gran medida, por sus propios errores, pero mucho más, a consecuencia  de los embates que sufrió en el tiempo del neoliberalismo menemista, dos grandes ideas: una la idea de los trabajadores organizados, la otra  la del cooperativismo. El cooperativismo agrario también fue de la mano de los socialistas una alternativa para el modelo agroexportador desde la primera hora. Y, la Federación Agraria Argentina en toda su historia ha redoblado esa apuesta más de una vez y ha formado entidades y cuadros capaces de impulsar, desarrollar y acompañar proyectos de alta envergadura y voltaje político.

Y entonces?

Entonces:

-He allí Vicentín

-He allí las posibilidades del gobierno del Presidente Alberto Fernández de hacer, en nombre de todos, todas y todes,  una recuperación histórica de, al menos, los fondos que la empresa sustrajo, en forma de préstamos del Banco de la Nación Argentina.

Pero he allí también, y dada la correlación de fuerzas arriba insinuada, las posibilidades de que Alberto Fernández cometa el mismo error garrafal que cometió el segundo gobierno de la era kirchnerista con el sainete de la 125.

-He allí una lección histórica reciente que puede preanunciar un fracaso o servir para garantizar el éxito.

Hay una contienda. Los actores ya se presentaron.

Hay conocimiento acumulado en muchos actores amigos verdaderos de los trabajadores, del desarrollo rural, de una agricultura con agricultores y de una explotación prudente: cuidadosa del suelo y del ambiente y socializada de la tierra. Ellos están dispuestos a colaborar con Alberto en esta cruzada para, sobre el fracaso de Vicentín,  generar una empresa de gestión centralizada por el Estado y de conformación mixta entre trabajadores organizados, capitales cooperativos existentes y nuevas cooperativas de agricultores.    

Poeta. Historiador agrario.

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