Manuel Belgrano, la causa sagrada de la patria

Manuel Belgrano, la causa sagrada de la patria

República Argentina, Rosario, junio de 2020. Hace exactamente doscientos años, el día 20 del mismo mes pero del año 1820, moría Manuel Belgrano. Su muerte paso desapercibida. Por entonces, la ciudad de Buenos Aires, formada por un caserío cuya extensión apenas superaba los seis kilómetros de extensión y en la que residían, aproximadamente, 40.000 personas, atravesaba una profunda crisis política. Su clase dirigente se debatía en una interminable disputa por el poder, se disolvía definitivamente la institución colonial del cabildo, se formaba la junta de representantes con funciones legislativas, se elegía por primera vez un gobernador para la provincia recientemente creada, se intentaba digerir la derrota sufrida frente al ejército federal en febrero, se aceptaba con cierta resignación la disolución de aquel congreso que en Tucumán había declarado la independencia, y que, trasladado a Buenos Aires, había sancionado una constitución unitaria que fue rechazada por las provincias.

Así fue, así de absoluta, así de abrupta, así de irreversible como cualquier muerte, la de aquel revolucionario intelectual, mudado en soldado porque las circunstancias lo habían exigido. Sin dudas, la muerte de aquel hombre que lucho por todo aquello en lo que creía, de apenas 50 años, llamado Manuel, fue un deceso más, de los tantos que hubo en aquellos turbulentos años en los que se le estaba dando forma real a la idea de la independencia de España. Murió exactamente, el día que Buenos Aires tuvo tres gobernadores en simultaneo y cuando ya no existía autoridad alguna con aspiraciones nacionales puesto que el directorio había desaparecido en el preciso instante en el que Rondeau reconoció su derrota en Cepeda, frente a las fuerzas militares de la Liga de los Pueblos Libres lideradas por los caudillos del interior. En estas circunstancias, entonces no resultó extraño para quienes lo acompañaron en sus últimos momentos escucharlo decir, con voz entrecortada, que esperaba “que los buenos ciudadanos de esta tierra trabajarán para remediar sus desgracias”.   

De aquí en más, la vida pública y privada de Belgrano ingreso en el largo y penoso sendero del olvido. No hubo despedidas oficiales, ni discursos de agradecimiento por su activa participación en el proceso revolucionario de independencia, ni siquiera fue recordado en los periódicos locales de mayor relevancia.

La vida de nuestro patriota fue recuperada, cuando en 1857 Bartolomé Mitre, lo introdujo en la historia al publicar su libro titulado, precisamente “Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”.  Este texto, como biografía pretendía “representar, a través de Belgrano, un tipo de virtud republicana con aciertos y errores, debilidades y grandezas; he allí la idea moral del libro, capaz de servir de ejemplo y lección” (Devoto y Pagano, 2009: 24) y como libro de historia, Mitre anunciaba, a través de una narrativa predominantemente descriptiva y cronológica una de las primeras historias de la revolución de independencia de la Argentina. “Probablemente uno de los méritos de la Historia de Belgrano radique en el esfuerzo de su autor por convertir el pasado reciente en historia, en diferenciar la historia vivida de la percepción histórica de lo vivido, en domesticar las memoria espontánea sustituyéndola por otra voluntaria y deliberada” (Op.Cit: 25).

En aquellos años, en tiempos de la formación del Estado Nacional, fue necesario construir el relato mítico del surgimiento de la patria, fundada por un grupo de héroes a quienes, la sociedad argentina en su totalidad debía rendirle periódicamente un justo homenaje en agradecimiento por su accionar. En este sentido, se podría coincidir en afirmar que Mitre fue uno de los encargados de inventar discursivamente “La Nación Argentina”. Para conseguirlo tuvo que recuperar a Belgrano del pasado, tuvo que llenar su ausencia con una atemporal y permanente presencia. Lo logró, porque al escribir sobre él y sobre su vida, aunque no lo sabía, con “la escritura, a la manera de un rito de enterramiento, exorciza la muerte introduciéndola en el discurso…la escritura ejerce una función simbolizadora que permite a la sociedad situarse dándose en el lenguaje un pasado.” (Certeau, 1999: 205). Así, Mitre, un eximio animal político, militar e intelectual, apasionado por el pasado, mudado en historiador, produjo intencionalmente un relato fundador, que aún en la actualidad, tiene plena vigencia performativa de ciudadanía, porque es la función del discurso como lugar de la palabra ofrecer a los muertos del pasado una tierra y una tumba” (Ricœur, 2008: 476).

En cierto modo, La historia de Belgrano y de la Independencia Argentina no hace más que atender a los propios pedidos del protagonista principal, quien en 1814, comenzaba su propia biografía anunciando que “Nada importa saber o no la vida de cierta clase de hombres que todos sus trabajos y afanes los han contraído a sí mismos, y ni un solo instante han concebido a los demás; pero la de los hombres públicos, sea cual fuere, debe siempre presentarse, o para que sirva de ejemplo que se imite, o de una lección que retraiga de incidir en sus defectos. Se ha dicho, y dicho muy bien, que el estudio de lo pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y provenir; porque desengañémonos, la base de nuestras operaciones siempre es la misma, aunque las circunstancias alguna vez la desfiguren…”

Atendiendo a sus deseos, además porque junio es el mes de su cumpleaños. Fue un 3 de junio de hace 250 años. Así, también por este motivo, vamos a intentar esbozar algunos de sus rasgos distintivos, que quizás colaboren para identificar a este sujeto histórico que mereció, desde siempre, ser nombrado. Así ha sucedido, a lo largo del tiempo, a través de la producción de numerosos y diversos relatos historiográficos de disímil procedencia ideológica, porque en definitiva como bien ha dicho Paul Ricœur, el historiador aparece de múltiples maneras, como el que hace hablar a los muertos…”, pero es importante recordar, también que el historiador es el gran articulador “del triple contrato científico, narrativo y político” que constituye la trama de su discurso. Tomaremos ese rumbo. Nos dedicaremos a reescribir, a reinterpretar, a reconstruir, a revivir algunos episodios de la vida de este “hombre público” de quien nunca se dejará de decir algo…porque siempre habrá alguien que lo recuerde.

II

Realizando un entretenido ejercicio retrospectivo, vamos visualizando la figura del criollo Belgrano, hijo de un inmigrante italiano enriquecido en tiempos del monopolio español y de una nativa oriunda de Santiago del Estero. Perteneciente, por origen y por capital cultural, a la incipiente burguesía criolla portuaria, Integrante de una familia numerosa formada por una importante cantidad de hermanos y hermanas (16 en total). Un joven que tuvo la oportunidad de formarse en la Universidad de salamanca, que fue designado, gracias a sus contactos, somo secretario perpetuo del Consulado de la ciudad de Buenos Aires en 1793, un año antes que se publicase la Real Cedula de creación de la institución en 1794, así a los 23 años, el 7 de mayo de 1794, regresaba a su patria para hacerse cargo del flamante consulado. La corona que le daba aquel empleo no podía imaginar que aquel muchachito soñador y prometedor para los intereses reales se transformaría en una de las mayores pesadillas del imperio español en estas tierras” (Pigna, 2019: 61).

Atravesado por la tensión de ser, al mismo tiempo, un funcionario del orden comercial colonial y un profundo crítico del mismo, precisamente por conocerlo desde sus entrañas, no tardó en vincularse con sus pares. Se incorporó al grupo minoritario de los “ilustrados” de la ciudad portuaria. Pertenecían a familias acomodadas económicamente, sabían leer y escribir, habían cursado estudios superiores, traducían al español obras de autores franceses e ingleses y eran asiduos lectores de los autores más renombrados del iluminismo, de la fisiocracia y de la escuela clásica escocesa de economía. “La mayoría son abogados: Juan José Castelli, Juan José Paso, Mariano Moreno, futuros integrantes de la Junta de Mayo, quienes, junto a los demás (Vieytes, Peña, Larrea, Matheu) se reúnen secretamente y entrelazan dos conceptos que los apasionan: el de revolución y el de filosofía. Han leído a Rousseau, conocen a Quesnay, a Condillac, y también a Say y Adam Smith. Sienten que ha llegado el momento de actuar…” (Feinmann,1982:28). En ese fructífero tiempo de intercambio de ideas, de lecturas profundas, de debates, de contradicciones, Belgrano elaboró lo que podría denominarse su proyecto político, económico y social que reconstruyó, en parte, en su autobiografía y que elaboró, casi en su totalidad, cuando ejerció su cargo en el consulado. Sin entrar en detalles, es preciso enunciar los puntos de mayor relevancia, sobre todo por su carácter vanguardista. Elaboró el primer proyecto de una educación estatal, gratuita y obligatoria; propuso estrategias para mejorar la producción agrícola y ganadera, fomento el desarrollo y la expansión de la industria y el comercio.

Cuando la crisis del imperio español fue irrefrenable, y un mediocre hermano del francés usurpador Napoleón, ocupó el trono de la metrópoli, el proceso revolucionario en el Río de la Plata se puso en marcha y la independencia fue un tema que comenzó a ponerse en la agenda política de la capital virreinal. Belgrano percibió claramente la necesidad de concretar alianzas con quienes, a pesar de ciertas diferencias respecto de las estrategias a utilizar, coincidían en la necesidad de desconocer el poder de las autoridades coloniales y tomar el control del territorio. Así lo hizo saber, en su rol de periodista, en un artículo de su autoría publicado en Correo de Comercio, el 19 de mayo de 1810, en donde afirma que “la unión ha sostenido a las naciones contra los ataques más bien meditados del poder, y las ha elevado al grado de mayor engrandecimiento, hallando por su medio cuantos recursos han necesitado en todas las circunstancias o para sobrellevar sus infortunios, o para aprovecharse de las ventajas que el orden de los acontecimientos les ha presentado. Ella es la única capaz de sacar a las naciones del estado de opresión en que las ponen sus enemigos, de volverlas a su esplendor y de contenerlas en las orillas del precipicio…”.

Y llegó mayo de 1810, las últimas malas noticias de lo ocurrido en Madrid, las presiones sobre Cisneros, la convocatoria para la realización de un cabildo abierto, su concreción, el debate, la votación, el escrutinio, la destitución del virrey, el error de entregarle el poder a la institución colonial del cabildo, la formación de la junta apócrifa del 24 de mayo, la furia desencadenada en los revolucionarios por los nombres de quienes la formaban, y la impecable y rápida maniobra política para desmontar la operación y presentar una nueva lista que destruyera la farsa que habían intentado institucionalizar los capitulares. En estas instancias, Belgrano tuvo un papel protagónico. Tomás Guido, lo describe agotado, exaltado, desilusionado, decepcionado, cuando en la casa de Rodríguez Peña se discutían las acciones seguir para evitar el fracaso inminente de la revolución. Recuerda que en ese momento, dijo a los presentes: “¡Juro a la Patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese sido derrocado, a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas!. Profunda sensación causó en los circundantes, tan valiente y sincera resolución. Las palabras del noble Belgrano fueron acogidas con fervoroso aplauso” (Balmaceda, 2019:78). Finalmente, los integrantes del cabildo, reconocieron su derrota y aceptaron la nueva lista de los miembros que formarían la junta provisional de gobierno. Ya no hubo vuelta atrás, pero nada era seguro.  

Lo decidido en Buenos Aires, tuvo que legitimarse en las gobernaciones intendencias que formaban parte, hasta entonces del Virreinato del Río de la Plata. No fue fácil. Córdoba fue la primera zona en organizar un movimiento armado de oposición a la revolución. Fue rápidamente sofocado y sus líderes fusilados. Las primeras consecuencias de los acontecimientos de mayo fue la pérdida territorial y la guerra: la región del Ato Perú desconoció a la junta provisional como autoridad y se transformó en el campo de batalla preferido por el ejército realista, que proveniente de Lima tuvo como objetivo frenar el avance de las milicias criollas e impedir la adhesión de las poblaciones nativas al ideario revolucionario; Paraguay también se escindió del proceso y sus autoridades proclamaron la independencia de manera unilateral; La Banda Oriental, que originariamente se incorporó, aunque con recaudos a la política juntista porteña, liderada por el caudillo Gervasio de Artigas, en 1813 retiró su adhesión  para transformarse en otro frente opositor a la políticas centralizadoras de la dirigencia de Buenos Aires, integrando a la lucha armada a las provincias del litoral, Santa Fe y Entre Ríos.

En estos conflictivos escenarios, Belgrano se transformó en un aguerrido soldado y en un líder militar, al servicio de la revolución aunque nunca dejó de ser un sujeto irritante, para muchos de sus pares, poco afecto a las autoridades políticas de turno, porque en muchas oportunidades percibía que sus intereses no eran los de la patria en su conjunto y si algo tenía claro era que sus enfrentamientos, sus decisiones y sus acciones se explicaban, en función de la construcción de una nación libre. Estas convicciones lo llevaron a aceptar ser el jefe de la Expedición al Paraguay, su primera responsabilidad militar y para ello se le otorgó el grado de general en septiembre de 1810. Regresó derrotado. Fue sometido a un juicio por su dudoso desempeño en la campaña. Finalmente, la causa no prosperó y fue absuelto. Sin embargo, el episodio puso en evidencia la existencia de un plan de los saavedristas para deshacerse de su presencia debido, principalmente a su identificación con el sector más radicalizado de la revolución que había liderado el desaparecido Mariano Moreno. Es posible inferir, que muchos de estos opositores supusieron que Belgrano no iba a regresar vivo de Paraguay. Circulaba en los ambientes políticos revolucionarios que el General tenía escasa experiencia en el campo de batalla y no estaba en condiciones de controlar las tropas, que eran sumamente indisciplinadas.

En este contexto también se explica el episodio denominado por la historiografía oficial como la “Rebelión de las trenzas”. No fue simplemente una protesta de los soldados porque su nuevo jefe les había ordenado, que cortasen sus trenzas que estaban sujetadas con una redecilla sobre la nuca. Consideraban que era el emblema que los identificaba como integrantes de uno de los regimientos fundacionales de las fuerzas armadas patriotas. Esa fue la excusa. El verdadero motivo fue el rechazo por la designación de Belgrano en reemplazo de Saavedra, que había sido destituido de todos sus cargos y se encontraba en San Juan esperando ser sometido a un juicio de residencia. Sin dudas, no fue un acontecimiento romántico y aislado protagonizado por algunos soldados trasnochados que exigían con tono nostálgico el regreso de su líder original. Por el contrario, el motín fue la reacción de los sectores moderados, leales a Saavedra contra sus adversarios políticos, que lejos de desaparecer con la muerte de Moreno, se habían fortalecido y pretendían dar un giro ideológico a la revolución. El plan consistía en dominar a los Patricios y, con el apoyo de los armados, recuperar el poder y por proyección transformar a Belgrano en el chivo expiatorio de modo que perdiese notoriedad y ascendencia entre sus pares. Sin dudas, era un sujeto molesto tanto para propios como para ajenos.

A comienzos de 1812, se le encomendó una nueva misión que, probablemente tenía como objetivo alejarlo de la ciudad. Consistía en controlar el alistamiento de la artillería sobre las riberas del río Paraná con el objetivo de organizar la defensa naval del territorio ante la posibilidad de un ataque de la poderosa flota española. El lugar elegido para el emplazamiento fue la costa de la villa del Rosario. En esta oportunidad, otra vez, Manuel Belgrano protagonizó un excepcional episodio, que en principio no fue relevante sino necesario, pero que la historiografía liberal ha sacralizado y le ha otorgado una centralidad indiscutible para la construcción de la identidad nacional. Este acto político consistió en enarbolar una bandera destinada a identificar las tropas criollas y distinguirlas de las fuerzas realistas. Fue el 27 de febrero. Decidió que la insignia tendría los mismos colores de la escarapela, puesto que el triunvirato había autorizado, unos días antes, su uso como símbolo de identificación de los soldados criollos.  Así lo comunicó oficialmente luego de izarla: “…siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola la mande hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional, espero que sea de la aprobación de V.E”. Cuando llegó esta comunicación a Buenos Aires, y el posterior envío de la respuesta, exigiéndole que la arriara inmediatamente y la reemplazará por la insignia española roja y gualda (oficializada por Carlos III y no la utilizada por los ejércitos borbónicos que era blanca con la cruz de Borgoña), Belgrano ya se había retirado de Rosario y se encontraba marchando hacia el norte para hacerse cargo del ejército. En consecuencia, recibió la orden mucho tiempo después. En esa oportunidad se encargó de realizar su descargo. Lo hizo a través de una carta en la que le comunicaba a Rivadavia que no había sido su intención desobedecer órdenes porque “mi corazón está lleno de sensibilidad, y quiera V. E. no extrañar mis expresiones, cuando veo mi inocencia y mi patriotismo apercibido en el supuesto de haber querido afrontar sus superiores órdenes, cuando no se hallará una sola de que se me pueda acusar, ni en el antiguo sistema de gobierno, y mucho menos en el que estamos, y que V.E. no se le oculta los muchos sacrificios que he hecho por él” .

Por orden del gobierno tuvo que hacerse cargo del Ejercito Auxiliar del Perú. Era una misión inquietante y a la vez desafiante. El panorama que encontró Belgrano al llegar era desolador: de un total de 1500 soldados, casi 500 estaban heridos o enfermos. Apenas contaban con 600 fusiles y 25 balas para cada uno. La moral estaba por el piso y la disciplina no existía.” (Pigna, Op.Cit: 267). Nuevamente le tocó reorganizar, reordenar y disciplinar a esas ruinosas milicias.

Después llegó la decisión épica de liderar el éxodo del pueblo jujeño; conseguir las gloriosas victorias de Tucumán y Salta;  destinar el premio en dinero que le otorgó el gobierno, a la construcción de escuelas públicas; sostener las devastadoras derrotas de Vilcapugio y Ayohuma; mantener y profundizar  su amistad con José de San Martín y con Martín Miguel de Güemes; emprender su regreso a Buenos Aires que no se concretó porque fue detenido en Luján para ser juzgarlo por su actuación en el Alto Perú; enfrentar un nuevo sobreseimiento porque ni siquiera se alcanzó a formar el consejo de guerra; aceptar su designación como diplomático ante Gran Bretaña, junto a Rivadavia, con el objetivo de lograr el apoyo inglés en las negociaciones con España para que se reconociera que lo sucedido en el Río  de la Plata a partir de 1810 no había sido una revolución que pretendía la independencia; participar en el congreso que sesionó en Tucumán a partir de 1816 presentando su proyecto de una monarquía constitucional incaica; reincidir en el cargo de jefe del Ejército del Norte, otra vez destruido por las fuerzas realistas; negar la participación de sus soldados en la guerra civil que enfrentaba a las milicias de las provincias con las fuerzas militares oficialistas funcionales al Director Supremo de turno; asumir su cansancio y su desconsuelo por no contar con el apoyo económico y político suficientes para continuar la campaña de defensa de la frontera norte del territorio recientemente independizado; reconocer sus amores  y sus desamores; honrar sus lealtades; ignorar las injusticias; sostener con valentía el progresivo agravamiento de su estado de salud; decidir la presentación de su renuncia y el regreso definitivo a Buenos Aires.

III

Cuánta vida, cuánta historia, cuánta pasión, cuánta convicción. Qué poco se ha recuperado para nuestro presente. La clase política porteña, ¿confiaba plenamente en la capacidad de Belgrano para liderar un inexperto ejército criollo en campañas militares que tenían el objetivo de defender la revolución frente a las fuerzas españolas experimentadas en el arte de la guerra?; ¿los jefes políticos porteños esperaban, cada vez que lo designaban para una misión, que no volviese, o que volviese derrotado y perdiese popularidad?; ¿Pretendían agobiarlo, cansarlo, desanimarlo y que, finalmente, desilusionado abandonará la causa revolucionaria?; ¿Por qué Belgrano era el indicado para ejecutar acciones que se sabía de antemano  que eran inviables?. Infinitas preguntas. Casi ninguna respuesta absoluta y definitiva.

Sólo nos hemos atrevido a escribir sobre él, pero no cómo él lo pretendió, ni como Mitre lo describió, rodeándolo de un halo romántico, ejemplificador y modélico para las presentes y futuras generaciones de argentinos.

Hemos intentado tomar distancia del discurso historiográfico oficial, todavía vigente, destinado a construir un indiscutible panteón heroico con quienes fueron elegidos intencionalmente como los fundadores de la patria, elaborado durante años por historiadores locales, notables hacedores de producciones académicas y de divulgación enmarcadas en una falaz objetividad, que nos hemos acostumbrado a escuchar y leer sin mayores cuestionamientos.

Consideramos que, sobre todo en este año, el 2020, resulta indispensable limpiar la figura de Belgrano de los oleos que lo esconden y del bronce y del mármol que lo eternizan. Es imprescindible rescatar su silueta de ese oscuro y profundo pasado que lo escondió y presentarlo en su más contundente humanidad, como sujeto histórico y como actor político, militante comprometido y por la patria controvertido, deambulando siempre entre la legitimidad jurídica y la legitimidad moral.

Desde esta perspectiva, esta escueta producción sólo espera constituirse en una invitación a la reflexión y una convocatoria al diálogo porque empeñarse en dialogar es empeñarse en intentar comprender. Y comprender a veces es, como decíamos, correr el riesgo de constatar que tal vez nos encontramos muy cerca de aquellos de quienes creíamos que estábamos más lejos…” (Manuel Cruz, 2016:119).


Bibliografía

Balmaceda, Daniel, (2019). Belgrano. El gran patriota argentino. Buenos Aires: Planeta.

Cattaruzza, Alejandro, (2007). Los usos del pasado. Buenos Aires: Sudamericana.

Certeau, Michael, (1999). La escritura de la Historia. Barcelona: Gallimard

Cruz, Manuel, (2016). Ser sin tiempo. Barcelona: Herder.

Devoto, Fernando y Pagano, Nora, (2009). Historia de la historiografía argentina. Buenos Aires: Sudamericana.

Feinmann, José Pablo, (1982). Filosofía y nación. Buenos Aires: Legasa.

Katra, William, (2000). La generación de 1837. Los hombres que hicieron el país. Buenos Aires: Emecé.

Pigna, Felipe, (2019). Manuel Belgrano. El hombre del bicentenario. Buenos Aires: Planeta.

Ricœur, Paul, (2008). La memoria, la historia, el olvido. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

  1. Excelente! Repensar la escritura y los escritos de y sobre Belgrano como simbolizadora. Las preguntas planteadas son disparadores para seguir pensando. Es un ejemplo de este reencuentro de la historiografía connlos sujetos individuales sin el formato de una biografía sino de historia política y cultural.

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