“La tierra del fuego” de Sylvia Iparraguirre

Un hombre que se pone a recordar –y a escribir- ante la pampa infinita

«La tierra del fuego»

Sylvia Iparraguirre ha creado a John William Guevara, quien viene a contarnos con la única ayuda de su memoria la historia de La tierra del fuego.

Guevara es un hombre que, pluma en mano, se pondrá a recordar la historia de su vida. Delante de su vista, delante de la galería de la casa que ha construido su padre donde se sienta con su tintero, su pluma y un grueso toco de papeles en blanco, está la pampa, la pampa inmensa e imperturbable que hace fundir sus ojos ante el infinito.

La memoria de Guevara será como un ser que comienza a descongelarse y a tomar vida, a desplegarse a medida que los papeles se van llenando con esa tinta de letras, de recuerdos, de sentimiento.

Lo que comenzará como una respuesta a un pedido oficial enviado desde la capital del imperio, terminará siendo la construcción de una memoria de vida. Como una corriente marina más, la memoria de este hijo de la pampa con padre inglés-invasor, nos mostrará el ingreso a su vida de marinero.

Una historia posible entre el fin del mundo y Londres

Su historia, su vida, estará signada por los mares, desde aquella primera travesía, contando con 18 años en que parte desde Montevideo con la expedición que tiene como objetivo navegar e investigar las aguas del Cabo de Hornos.

Su historia, su vida, también quedarán signadas por un hombre que conocerá en esa travesía al sur, un miembro del pueblo yámana que será forzosamente trasladado, junto a tres miembros más de su pueblo, a la capital del imperio para ser “civilizado”. Es decir, los “bárbaros” son cazados para llevarlos desde su terruño a la gran ciudad europea para des-barbarizarlos, catequizándolos en las creencias cristianas, introducirlos en las labores del cultivo racional de la tierra y en el aprendizaje de la lengua inglesa.

Omoy-lume o James Button, como lo rebautizarán los ingleses, es el yámana con el que trabará relación Guevara durante la travesía. Las autoridades le han dado la responsabilidad de ser el nexo entre este hombre “nuevo” y el corazón de la civilización occidental del momento. A partir de ese momento se irá tejiendo una relación entre los dos jóvenes en la que cada uno irá conociendo el universo, las creencias, y las experiencias de vida del otro.

Girar nuestra mirada hacia los mares del sur para conocer al pueblo Yámana

Sylvia Iparraguirre

Sylvia Iparraguirre nos lleva navegando entre la historia y la ficción hacia los mares del fin del mundo.

En el Cabo de Hornos y ante la mirada estupefacta de los marinos europeos recién arribados, arden las fogatas costeras de un pueblo que ha aprendido a soportar el frío, inclusive sus mujeres son extraordinarias buceadoreas que recolectan mariscos en las profundidades de las aguas heladas. Un pueblo que construye sus embarcaciones, una comunidad que ha aprendido a respetar el medio natural en el que vive hace miles de años sintiéndose parte del mismo.

Los Yámanas o Yaganes son uno de los pueblos que habitaban los mares del extremo sur americano.

Por años y años han desarrollado una extraordinaria capacidad para sobreponerse al extremo frío reinante en el lugar. Cazan, pescan con lanzas, se movilizan en canoas, pintan sus cuerpos y se lo untan con grasa de foca que les ayuda a resistir las heladas temperaturas. Construyen sus chozas con ramas y pieles y permanentemente se van moviendo a lo largo de las costas de las islas cercanas al Cabo de Hornos.

Ante la llegada de las grandes embarcaciones impulsadas a velas, deberán acostumbrarse forzosamente al arribo del hombre blanco a sus tierras y a las terribles consecuencias que ello les acarreará. Ya nada será igual.

Los Yámanas –y los otros pueblos originarios del extremo sur patagónico- verán transformarse sustancialmente todo el mundo que los rodea, como por ejemplo las poblaciones de los animales que ellos cazan solo para comer y vestirse, como lobos de mar, focas y ballenas. Ahora, comenzarán a ser diezmadas por los recién llegados que traen consigo nuevas armas, embarcaciones e instrumentos. También traen la lógica destructora, arrasadora, irracionalmente poderosa de un capitalismo en pleno estado de expansión.

Quienes llegan con el discurso de los civilizadores terminan consagrando la barbarie de su accionar.

Pero en esta novela, en este documento, Sylvia Iparraguirre pone en juego las voces, justamente, de quienes han sido tradicionalmente ubicados, condenados, a ocupar los márgenes de la historia: el hombre nacido en el pueblo Yámana –Omoy-lume- y el hombre nacido en la pampa argentina que ha rechazado las invasiones del imperio de comienzos del siglo XIX -John William Guevara-.

Omoy-lume y Guevara han de encontrarse en este recodo de la historia, protagonistas ambos, portadores de sus voces.

Ahora son ellos, los “periféricos”, quienes acusan las intenciones “civilizadoras” de quienes tenían como finalidad suprema el dominio de los pueblos para la depredación de los ricos recursos estratégicos con los que los mismos contaban.

La tierra del fuego es un libro que vuelve a evidenciar una realidad que, en esta primera parte del siglo XXI, continúa lamentablemente vigente en las más diversas latitudes. Nos convoca a hacer un ejercicio histórico que nos brindará valiosas herramientas para seguir pensando, y actuando, sobre nuestra realidad.

Pasar nuestras miradas por los pliegos que va llenando la memoria John William Guevara desde aquel rincón de la pampa infinita, nos invita a releer la historia y a abocarnos al intento de tomar la realidad como una pieza de arcilla a la que podemos darle la forma que nuestra imaginación y nuestro esfuerzo colectivo puedan generar.

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