Esa mañana del 16 de junio de 1955

Esa mañana del 16 de junio de 1955 me desperté muy temprano. Mi mamá Liliana entró a mi habitación y me dijo que me levantara porque ya había llegado mi amiga Amalia. Con ella nos conocimos en el primer año de la secundaria y desde ese momento somos inseparables. Ambas militamos en la UES (Unión de estudiantes secundarios).

Luego de desayunar, mi mamá nos acompañó a la Estación de Trenes en donde tomamos uno que nos depositó en el andén 3 de la estación de Constitución, desde aquí nos subimos a un subte y llegamos a Plaza de Mayo,donde al medio día iba haber un desfile de aviones en homenaje a nuestro amado General Perón. Estaba muy emocionada y ansiosa porque era la primera vez que mi mamá me daba permiso para ir a Capital, para presenciar el desfile y por representar a la UES. Sentía una mezcla hermosa de emociones.

En mi familia admiramos y respetamos mucho a Perón porque gracias a todos sus logros, mi papá consiguió trabajar en blanco y mi mamá pudo ingresar a una fábrica textil y tener un trabajo remunerado. Nuestra situación económica había mejorado por las políticas de Perón, y por eso estaba muy agradecida y satisfecha.

La mañana era muy fría y el cielo estaba cubierto por una espesa neblina, entonces decidimos refugiarnos debajo de los aleros del cabildo. Como la cerrazón seguía demorando el desfile, decidimos quitarnos el frío e ir hasta la confitería El Molino que se encontraba frente a El Congreso. Cuando ingresamos nos encontramos con la profe de Historia, quien nos invitó asentarnos en su mesa. Alta, morena, de ojos verdes, simpática y muy linda era objeto de miradas. Nos invitó con un chocolate caliente que nos hizo muy bien. Al rato, cerca de las 12:30 el cielo se había abierto y sentimos el rugir de los motores de los aviones. Nos apresuramos porque creímos que había comenzado el desfile. De inmediato al llegar a Callao y Avenida de Mayo, sentimos grandes explosiones y observamos grandes columnas de humo que subían desde la Casa de Gobierno y la Plaza. La aviación naval había comenzado su ataque con la finalidad de matar a Perón. Asustadas, comenzamos a caminar rápidamente hacia la Estación de trenes, que por cierto estaba lejos. La gente corría desesperada buscando refugio para alejarse de esa zona. Mientras los aviones sembraban cadáveres y heridos sobre La Plaza, se sentía de lejos el tableteo de las ametralladoras, los disparos de los cañones, las sirenas de las ambulancias, el paso de los camiones con manifestantes que iban a la plaza a defender al General Perón.

A las 15:30 hs llegamos a Constitución para tomar el tren de regreso. Asustadas, cansadas, sin entender nada de nada, nos sentamos en un banco de madera, frente a un viejo y enorme reloj, cuyo minutero avanzaba lentamente. Por fin a las 16:00 hs tomamos el tren con la profe y Amalia. Quince minutos tardó la formación en llegar a Avellaneda, y al llegar me encontré con mi mamá, mi papá y mis 2 hermanos; y también estaba la familia de Amalia. Al bajarnos del tren corrí y en un mar de lágrimas y con una emoción me fundí en un abrazo interminable con mis padres. Allí con mi amiga, antes de despedirnos nos dimos cuenta que la niebla, el frío y el chocolate caliente en El Molino nos habían salvado la vida.

La pesadilla del 16 de junio de 1955 quedaría por siempre en mi memoria.

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