“Memoria en la fragua” de Gilda Bona

Mujeres y hombres de carne y hueso que construían todos los días un país distinto

La escritora, dramaturga y directora de teatro Gilda Bona construye, a partir de micro historias cotidianas, cincuenta pinceladas sobre la vida de un puñado de militantes, mujeres y hombres, que habían decidido que lo más importantes de sus vidas era la transformación social del injusto mundo en el que les había tocado vivir.

El Archivo Biográfico Familiar de Abuelas de Plaza de Mayo constituye la fuente de información de este libro en el que logramos dialogar y volver a pasar por los días “en movimiento” de aquellos militantes.

Así, veremos en estas páginas desfilar los nombres, los apodos, los estudios que cursaban, las profesiones o actividades que realizaban, los recuerdos de sus familiares y amigos que, un día amargo y obscuro, dejaron de verlos para siempre.

En estos textos especialmente escritos para llevarse a la escena, resurgen sus sonrisas, los peinados, las chanzas, las peleas, las vestimentas. Y cada una de estas historias, cada una de estas escenas, pierden o le escapan al anonimato para inscribirse en una historia de la identidad y el compromiso.

Gilda Bona

Solo para citar un puñado de ejemplos, tomados al azar, dentro de todo este universo latiente que recorre las páginas del libro de Gilda Bona hallamos a Silvia, la hija del tano, quien la recuerda bailando de pequeña la tarantela con sus ojos de gata (Silvia Mabel Isabella Valenzi); a Bernardo, “el Pájaro”, militante de la UES de La Plata, que trabajaba de albañil en el barrio y repartía todo lo que tenía entre las personas de la villa (Bernardo Raimundo Ignace); a Juan Carlos que se volvía loco por ir a comer los ñoquis y el bizcochuelo de ananá que le hacía su mamá, a la que le decía que él soñaba con ser médico para atender y no cobrarle a los pobres (Juan Carlos Mora).

Como dice Patricia Zangaro en la introducción del libro, “… a partir de la evocación de los detalles que entraman el devenir cotidiano –como los zapatos con olor a pata de Aníbal, el gato de Diana, los ñoquis que no llegó a comer Coco o las botitas de Juana-, la figura de los desaparecidos parece rasgar la foto en blanco y negro en la que quedaron congelados para reconstruir el fluir de la vida. Algunos dialogan entre sí, y entrecruzan las horas de mate, guitarra, libros y amores juveniles con los días urgente de la militancia”.

Memoria de la fragua logra eso que apunta Patricia Zangaro: “reconstruir el fluir de la vida”; y encarna un libro que nos traslada sin ningún tipo de esfuerzos, ni con invitaciones presuntuosas, sino con naturalidad y contagio inmediato, a caminar por la vida de los militantes de los años setenta, a “pasar a ver” aquellos días en los que el cielo estuvo a tiro de mano.

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