Trabajadores

Las calles estarán vacías, nadie podrá participar de un acto ni exhibir con orgullo su capacidad de movilización y convocatoria, será otra jornada no laboral para gran parte de la población encerrada en un tiempo sin tiempo que se vuelve eterno e impredecible. Dicen que el trabajo organiza la vida y dignifica; en estos días la vida se ha desorganizado y la dignidad se escurre a medida que el trabajo se pierde, el dinero escasea y el hambre aumenta; la apariencia de orden devenido de las restricciones tiene una consistencia viscosa, el afuera representa un peligro, “estamos en una guerra”, repiten para alentar la resistencia a un conflicto que propone el encierro como la única actividad bélica que se puede desarrollar. No hay dudas, el 1° de Mayo será singular.

El SARS- 2 –o Covid-19- sucede al SARS-1, sin embargo, a pesar del antecedente y la secuencia temporal, el virus regresó producto de una mutación que la mayoría desconoce como también desconoce las causas y la responsabilidad que les compete a quienes no se ocuparon de prevenir y de tomar decisiones para que no se repita, de la peor manera, una experiencia siniestra. Pero éste es un tema ajeno a las consecuencias de la pandemia sobre la economía, el mercado laboral y la sociedad dado que la paralización de las actividades a escala mundial agudizan las contradicciones del neoliberalismo y la globalización y ponen en jaque al sistema sin que hasta ahora se pueda predecir la magnitud de las transformaciones y tampoco si éstas promoverán un mundo más justo. La única certeza es la incerteza y dentro de este paisaje demoledor los trabajadores soportan la mayor carga de la crisis, mientras, el neoliberalismo intenta someter al pensamiento a una disyuntiva de hierro: salud o economía para disciplinar por el terror. La política no debe pasar por alto esta encerrona impuesta a la clase trabajadora que entre dos imperativos en conflicto no puede elegir uno sin dejar de cumplir el otro. Cuanto antes se apliquen políticas contundentes en defensa de los derechos laborales la sociedad podrá discernir que los intereses de los grandes grupos empresarios y financieros no son los del pueblo y que un sistema que abandona a los más débiles conduce al fracaso colectivo.

¿Transformaciones?

Los flujos migratorios, la libre circulación de los capitales, el relativismo e individualismo tan característicos del paradigma neoliberal se van desintegrando ante la progresión de los contagios que obligan a medidas de repliegue y aislamiento ; la emergencia produce un resurgimiento de conceptos que parecían perimidos, se exalta lo nacional y se cierran fronteras, el cosmopolitismo ha quedado a resguardo por un tiempo y se reclama con vehemencia el regreso al país natal, el término “repatriado” es una marca de época, al Estado ausente lo suplanta otro que interviene con énfasis para atenuar las carencias, dicta normas de prevención, las hace cumplir, organiza los recursos sanitarios y de seguridad; mi cuerpo como propiedad al servicio de mi goce ahora está ubicado en el cuerpo social y comprometido con el cuidado del otro, aunque paradójicamente ese acto de solidaridad proponga la distancia. Así estamos, sorprendidos y huérfanos de categorías de análisis para explicar en medio de la tempestad cuáles serán las secuelas de esta pandemia que, por supuesto, no es igual para todos.

Trabajo

El mercado laboral es la primera víctima de la catástrofe, basta citar que el último informe de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) señala que las medidas tomadas afectan en el mundo a 2700 millones de trabajadores y que en el segundo semestre habrá una reducción del empleo de alrededor de 195 millones de puestos a tiempo completo. Si estas cifras de por sí son escalofriantes, insistimos que la crisis no golpea a todos los países y sectores por igual, y no es un dato menor. El mercado laboral no es abstracto, reúne a trabajadores formales e informales, a trabajadores independientes y monotributistas, a profesionales que no tienen ingresos por la paralización de sus actividades, a docentes que realizan suplencias y no perciben haberes, a pequeños comerciantes de barrio que no ofrecen productos esenciales y a esta lista se agregan infinidad de tareas no sistematizadas que se llevan a cabo dentro de la amplia geografía de nuestro país, como la de “los changarines” que están incluidos en la informalidad, un eufemismo que da nombre a los expulsados del sistema. Para dar cuenta de este fenómeno los datos del Ministerio de Trabajo Empleo y Seguridad Social son elocuentes, a principios de año sólo 12.144.000 de personas tenían empleo registrado lo que representa un 60% de la población económicamente activa estimada en 20 millones.

Los datos sobre el empleo que registran la OIT y el Ministerio de Trabajo no son especulativos, son cifras irrefutables que desnudan las limitaciones del “libre juego del mercado” para regular las actividades productivas y económicas como también las inequidades de un sistema que con sus pretensiones de selección darwiniana ha abandonado a los más débiles y transformado a la sociedad en un campo de batalla donde triunfa el más fuerte.

¿Estamos en guerra?

El concepto de soberanía nacional y alimentaria fue arrasado por el paradigma neoliberal que sin oponentes, debido a la globalización, se ha presentado a lo largo de estos años no como una ideología sino como una realidad donde el sujeto se transforma en individuo convencido de que si un grupo gana en exceso todos serán beneficiados, de este modo no se lucha por los derechos, se compite para ascender y la ética desaparece como si se tratara de una guerra. Por eso, las metáforas que se utilizan para sostener la cuarentena, como “Estamos en guerra” o “hay que combatir al virus” son desafortunadas porque el lenguaje actúa como soporte de una épica militarista y se convierte en la piel que resguarda la colonización económica y cultural, es necesario preguntar con quién/es estamos en conflicto, cuál es la lucha o los dilemas que se instalan y quiénes son los protagonistas. A partir de estos interrogantes los antagonistas comienzan a tener otros nombres: trabajadores, grupos empresarios, capitales financieros, monopolios, hambre, desocupación y otros que el virus desnudó con crudeza, por más que nos quieran convencer de que es el único problema.

En este momento, en la sociedad , conviven emociones encontradas, así como se experimenta angustia surge la esperanza; la mayoría piensa que el mundo va a cambiar, que la pandemia dejará una enseñanza, otros, con justa razón, están ansiosos de volver a la normalidad, sin embargo el distinto impacto de la pandemia, la parálisis económica inaudita y el comportamiento de los distintos actores nos obligan a pensar cómo será esa nueva “normalidad”, quiénes deberán rendir cuentas y quiénes se harán responsables de los daños en un mundo que ya no es igual y que dejará en Latinoamérica, según cálculos de la CEPAL, 30 millones de nuevos pobres. Ya no se trata de poner la olla sino de destaparla para ver; en este sentido el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) con sus 11 millones de inscriptos cuando se esperaba que fueran 3 millones, ha mostrado la situación en que viven muchos trabajadores que de repente se quedaron sin ingresos. Las necesidades y las distorsiones del sistema se cocinan a fuego lento hasta que nos desayunamos con ingratas noticias. La mesa está servida.

Protagonistas

La asistencia alimentaria se ha incrementado y es justo reconocer el esfuerzo del Estado, pero los recursos públicos no alcanzan para llegar a todas las zonas donde las necesidades son más urgentes, esto demuestra que sin una red social organizada que desde hace tiempo milita en el territorio y es la encargada de ordenar, procesar, elaborar y distribuir no se hubiese logrado llegar con rapidez a gran cantidad de personas. En un país que se jacta de tener alimentos para dar de comer a 400 millones descubrimos de repente que hay hambre; esta realidad que se ha agudizado y naturalizado con el transcurso del tiempo hoy nos enfrenta al desafío de reemplazar un modelo de asistencialismo por un proyecto de desarrollo basado en la redistribución de la riqueza, porque no faltan alimentos, falta una decisión política para que se distribuyan con justicia y además para que el proyecto sea sustentable los protagonistas deben ser los trabajadores y un Estado que garantice su inclusión en el mercado laboral con un salario digno y beneficios sociales.

Las situaciones excepcionales merecen una salida fuera de lo común, y esa salida que todavía no se ha implementado encuentra sustento en reflexiones, estudios, teorías y prácticas de la economía popular que desde hace años reclama por sus derechos. Enrique Mario Martínez, que preside el IPP (Instituto para la Producción Popular) hace tiempo que pregona y propone un cambio de paradigma. En su momento, advirtió que el ingreso básico universal iba a ser utilizado por el capitalismo para su beneficio, es así como se logró convencer a gran parte de la sociedad de que con sus impuestos mantenía vagos cuando son esos mismos vagos quienes desde el primer día de la cuarentena trabajan sin descanso en los barrios populares y sostienen la ayuda en la situación de emergencia convirtiendo en realidad el concepto de solidaridad, base de la comunidad organizada. Martínez plantea, en consonancia con el Papa, que se debe introducir el concepto de Trabajo básico universal y que para implementarlo se debe brindar apoyo a cooperativas de vivienda, infraestructura, alimentos, crédito y ahorro, también se tiene que consolidar el desarrollo de la economía popular de alimentos, indumentaria, vivienda social, para lo que se necesitan modelos, protocolos y por supuesto, recursos.
Quebrar la lógica de los grandes monopolios multinacionales y el capital financiero parece una tarea imposible, sin embargo en un mundo donde todo parece trastocado nada es inalcanzable, Perón decía “la política es la política internacional”, si éste no es el momento, cuál es el momento. Si salir de la pandemia es ineludible mantener el statu quo para volver al mismo país es imperdonable. Volcar todos los recursos del Estado para que se desarrolle la fuerza del trabajo es un imperativo.

A pesar del tono asertivo del último párrafo la realidad puede trastocar en deseo lo que parece obvio, tal vez este 1° de mayo que nos encuentra separados físicamente nos una en la oportunidad de buscar soluciones nacionales a problemas nacionales que permitan armonizar los intereses personales y los colectivos. Pedro Saborido dijo con mucha sensatez que los argentinos estamos en el conurbano del mundo ; esa periferia no nos condena al fracaso, por el contrario, es en el arrabal del pensamiento único donde se generó la doctrina que nos conducirá de nuevo a la grandeza, porque si para el neoliberalismo el sujeto es el individuo que se constituye como empresa, para nosotros ese sujeto es la comunidad organizada, donde el hombre desarrolla todas sus potencialidades dado que su suerte está ligada al destino de todos, y dentro de la comunidad el trabajo es un derecho y un deber que dignifica. Repensar las bases del país y su reconstrucción es el trabajo del día.

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