Poner el cuerpo

Postales de la pandemia

Jorgelina Sosa, coordinadora del comedor.
Jorgelina Sosa, coordinadora del comedor.

Los comedores están desbordados, me dice Andrea Campos, en una comunicación telefónica, ella le da voz –en esta nota- a cientos de compañeros que ponen el cuerpo en cada territorio donde las necesidades desbordan y el hambre cruje. La situación ha puesto en escena a los olvidados de siempre que permanecen al margen de los beneficios que predica el neoliberalismo y llegan a tan pocos. Ese desborde que menciona Andrea responde a años de olvido, de políticas asistenciales que dejaron de lado a los sujetos como protagonistas de su propio destino, trabajo digno es una expresión cajoneada en el tiempo y el olvido, la pandemia desnudó la realidad.

Sin embargo, ella afirma, el Evita no te abandona, es una construcción colectiva. Esas palabras definen el trabajo que realizan firme y metódico para agruparse primero en la CTEP y recientemente en la UTEP (Unión de Trabajadores de la Economía Popular), un espacio para disputar los derechos de los trabajadores informales, tan invisibles como necesarios.

En medio de esta crisis inédita e inesperada, el nivel de organización y militancia en los barrios pone en funcionamiento una red de comedores que muestran el grado de organización de compañeros, pero en especial de compañeras que se las ingenian para preparar comidas lo más sustanciosas posible en estas circunstancias. Andrea no duda en afirmar que las compañeras que hacen malabares con los alimentos para dar de comer a todos son las verdaderas heroínas desconocidas, y afirma, ellas tienen corazón porque conocieron el hambre.

En este momento, se encuentra ayudando en un comedor cercano a su casa que funciona desde hace cuatro años, está ubicado en Uriburu y el río, allí concurren alrededor de cuarenta familias; es muy fácil hacer cuentas de la cantidad de gente afectada por la situación, entre ellas niños que deberían estar protegidos en sus hogares. Acostumbrada a la organización, colabora junto a sus nuevos compañeros de militancia para que se lleve un registro que permita relevar al núcleo familiar, en especial a los chicos para saber si van a la escuela o tienen el calendario de vacunación completo. Cada responsable que retira su ración debe firmar para llevar un control de la demanda y verificar la cantidad de personas que asisten.

Pero además se incentiva la cultura del trabajo, aunque parezca paradójico en este momento la finalidad no es sólo el asistencialismo porque se pretende que en un futuro no muy lejano todos tengan el derecho a vivir dignamente de un salario fruto del esfuerzo personal, para eso hace falta no sólo ayuda alimentaria, es imprescindible el apoyo, la formación, la organización y la toma de conciencia. Otro de los objetivos es que las mujeres asuman la importancia de las tareas domésticas y de cuidado. Por lo general cuando se les pregunta qué hacen responden “no hago nada”, como si fueran invisibles para el mercado. Son las mujeres quienes –explica Andrea- en esta coyuntura están sufriendo episodios de violencia familiar. El encierro, la ausencia de ferias para comercializar productos, la imposibilidad de las changas provocan frustración por la falta de ingresos y por ende se agudizan los conflictos que las someten a abusos. 

Cuando le pregunto por las medidas sanitarias, dice con rapidez, se hace todo lo posible, con la colaboración de la policía se trata de que se respete el distanciamiento social; cuando van al comedor se les explica qué está sucediendo, por qué es importante la higiene, evitar el contacto corporal, y agrega, hay muchos que no saben leer ni escribir que realmente no llegan a entender qué está pasando, y otros como una familia de doce miembros que viven en una pequeñísima casa precaria, así es muy difícil respetar los protocolos.

Andrea ayuda a acomodar, apila, clasifica mercadería, también a corta y procesa, como sucede en tantísimos comedores donde se multiplican las manos. De repente se acuerda y me cuenta algo: cuando estaba acomodando una nenita muy dulce me miraba y en un momento me dice “quiero ser enfermera”, entonces la alenté, le dije que sí, que si lo deseaba y soñaba tenía que poner toda su voluntad al servicio de ese sueño.

Finaliza esta brevísima charla con una reflexión, menos mal que no está “el que se fue” –en realidad no lo dice así-, por lo menos este gobierno popular pone todo el esfuerzo para enviar alimentos y subsidios para tratar de que no haya hambre, pero parece que nada es suficiente porque la dimensión de lo que está pasando, no sólo acá, escapa a la imaginación. 

Hay muchísimos  compañeros y compañeras  animando sueños en los barrios humildes, esta nota solo recorta un trocito de esa realidad, vaya para todos nuestro reconocimiento. Con seguridad seguiremos subiendo todas las imágenes que nos puedan llegar y los testimonios de los verdaderos protagonistas de esta épica solidaria. Los límites de la cuarentena nos impiden estar junto a ellos.

Para todos, nuestro homenaje.

La pandemia impide los lazos personales, el acercamiento al territorio donde tantos compañeros ponen el cuerpo para asistir a los más desvalidos que en esta situación se ven arrasados por las necesidades más urgentes insatisfechas, entre ellas el hambre.

Andrea Campos

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