Pensar la organización comunitaria en tiempos de cuarentena

Podemos fácilmente afirmar que la humanidad está atravesando un momento bisagra, un momento en el cual se sacuden las estructuras de un sistema que ya venía manifestando sus síntomas de enfermedad, y que ahora es un paciente terminal, al borde una falla multiorgánica. Nos encontramos ante la reconfiguración inevitable de las formas y modos de relacionarse entre los actores del mapa social en su conjunto.

En este contexto de pandemia, inédito para nosotros, la única solución posible al problema de la propagación de un virus a escala planetaria es mantenerse aislados, en cuarentena, evitando el contacto con el otro ante la posibilidad de contagio del silencioso y escurridizo enemigo; y es realmente una paradoja que para cuidar al otro tengamos que librarnos al ostracismo.

Una primera cuestión salta a la vista cuando nos encontramos alejados forzosamente de los demás; en soledad, nada es posible. Dependemos absolutamente del otro para sobrevivir, ya que somos seres sociales desde que vemos la luz por vez primera, y, al menos en nuestro suelo, la cultura del encuentro gravita con peso propio. Por lo tanto, el “self-made man” (y permítanme el lenguaje foráneo para remarcar que esta idea viene del norte), el hombre o la mujer que se hacen a sí mismos en medio de la jungla gris, es la síntesis de un discurso absurdo y peligroso, que pondera al individualismo por sobre la comunidad, y que pone a la sociedad en el lugar de mero instrumento para satisfacer la voracidad del individuo ansioso por autorrealizarse, sin mirar no más que su propio ombligo, haciendo del egoísmo luego una ideología.

Cuántas veces hemos escuchado de pibes el consejo de los mayores que para sobrevivir en este mundo competitivo y hostil tenemos que “ser alguien”; ahora bien, hay muchas maneras de interpretar ese “ser alguien”, y elegir entre una acepción u otra supone una toma de postura, un posicionamiento preciso, supone encontrar un punto de apoyo para tomar carrera y lanzarse a la búsqueda de ese “ser alguien”. Podríamos pensar que para alcanzar dicho objetivo debemos enfocarnos pura y exclusivamente en nosotros, y dar entidad únicamente a los problemas que nos aquejan en lo personal, cultivando nuestro ser interior como si este hubiese sido creado de manera espontánea, por ósmosis; pero no nos engañemos, en este razonamiento se esconde una falacia celosamente fogoneada desde las usinas del pensamiento hegemónico, o como quiera llamársele; falacia que por miedo a excederme en palabras no desarrollaré acá, aunque lo que sigue puede ayudar a vislumbrarla en alguno de sus aspectos.

Ya que hablamos de toma de postura, de asumir y hacernos cargo de nuestra elección, opto por realizar una lectura diametralmente opuesta de esta vieja premisa, afirmando que la realización personal solamente es posible en una comunidad que se realiza, en donde su principal axioma vendría a ser algo así: Soy en la medida que los demás pueden ser.

Nada más cierto que la difundida idea de que valoramos algo realmente cuando comenzamos a padecer su ausencia, y es en este preciso momento que esa ausencia no es ni más ni menos que “el otro”. Cuando se suceden los días y no escuchamos más que el eco de nuestra propia voz rebotando en las paredes, la necesidad de tener al otro cerca nos agarra del cuello con ambas manos y amenaza con no soltarnos por el tiempo que la situación se prolongue, asfixiándonos. Cuando nos vemos forzados a estar en soledad por un suceso de causa mayor, y un imperativo social así lo demanda, adquiere otra relevancia algo que realizamos cotidianamente sin, probablemente, detenernos a pensar en ello: el ser y hacer por los demás.

Alguna vez, por mínimo que haya sido el gesto, le hemos hecho “una gauchada” al otro, y eso nos constituye como un ser-para-el-otro, aunque sea por ese instante, ya que hacemos algo movilizados por conseguir el bien del otro y no el nuestro. Y en ese mismo sentido podemos pensar a las formas de organización comunitaria, en donde esa “gauchada” se convierte en una acción planificada, no por alguien en particular, sino por un grupo de personas que llegaron necesariamente a un acuerdo. Podemos decir que organizarse, pensando esto siempre desde la comunidad, las organizaciones libres del pueblo, las asociaciones civiles, es la forma de construir consensos para la práctica concreta entre los actores de la vida civil que comparten el tiempo y el espacio en un proceso de identificación, tanto con la institución que los reúne con su peso histórico y simbólico, como con las personas que la forman, con sus historias de vida, y que por lo general son el vecino y la vecina.

La organización ayuda a concebir la unidad de criterio para realizar acciones de forma mancomunada y con el objetivo puesto siempre en el bien común, en algo que está más allá del “yo»; es mediante la organización que se fusionan entonces las individualidades para dar paso a una instancia superadora y que comprende a la totalidad de las voluntades que le dan forma. Como bien decía el General, la organización vence al tiempo, y vencer al tiempo es casi un milagro que el individuo jamás podría realizar por sus propios medios, es la herramienta indispensable para poder transformar la realidad efectivamente, mejor dicho, para poder transformar las realidades, en plural.

Por último, no creamos que ser parte de una organización coarta nuestro proyecto individual, nuestra búsqueda personal, sino todo lo contrario. El trabajo colectivo nos enriquece también como individuos, como sujetos, mejor dicho, ya que nos familiarizamos con los proyectos de los demás y aprendemos así a conocer y valorar la diversidad a través de los puntos de contacto, de los elementos comunes que nos acercan y reúnen para leer e interpretar en conjunto la realidad, nuestra realidad, y dar forma luego a un proyecto compartido tejiendo lazos indestructibles, lazos que brillarán con luz propia hasta en la más oscura de las noches.

El distanciamiento social nos obliga a dejar latente lo que se venía dando en el terreno de lo material, en la práctica concreta, en ese espacio físico de interacción donde nos encontramos y nos vemos contenidos diariamente, pero, lejos de disolverse, las organizaciones acumulan nuevas ideas gracias a la posibilidad de detener la marcha por un momento y repasar los procesos que nos llevaron a estar hoy en donde estamos; la solidaridad social salió a la superficie y se hizo más visible que nunca, así que aprovechemos este momento para juntar fuerzas y multiplicar esa solidaridad participando activamente en las instituciones del barrio ni bien salgamos de vuelta a la calle, después de dar esos tantos abrazos pendientes a familiares y amigos, abrazos necesarios que nos robó la pandemia y alimentan nuestro espíritu.

La comunidad organizada nos espera, y se muestra en el horizonte como el mejor de los mundos posibles.

Zeen is a next generation WordPress theme. It’s powerful, beautifully designed and comes with everything you need to engage your visitors and increase conversions.