Ángela, 69 años, docente jubilada

Hola, soy jubilada, docente, viuda, después de cuarenta y ocho años de casado mi esposo falleció de súbito hace dos años.

Esta cuarentena alteró totalmente mi vida, no sé por qué pero horarios y costumbres cambiaron, vivo en un edificio donde somos varias personas mayores y solas que nos juntábamos para hacer compras compartir mates y charlas.

En casa, mi esposo me ayudaba muchos, teníamos en común el gusto por la comida así que nos ayudábamos o cada uno preparaba su plato preferido. Éramos un matrimonio normal con sus ratos buenos y otros no tanto, pero siempre estábamos juntos. Al tener que aprender a vivir sola me di cuenta de que quizá hubiera tenido que ser más independiente, pero ya pasó. Tuvimos una linda familia con dos hijos y una nieta, una felicidad casi ideal.

Hoy con más de treinta días de estricta cuarentena, no he salido a la calle, mis vecinos me ayudan con las compras, he pensado y hecho cosas nuevas. He descubierto solidaridad en gente con las que apenas nos saludábamos, no por arrogantes sino porque cada uno vive a ritmos distintos con sus familias y trabajo; nunca hubo tiempo de compartir. Ahora, una mamá que vive sola con su hijita cuando sale a hacer mandados deja a su nena de cinco años en el palier y yo la miro y la cuido desde unos metros; hablamos de sus juguetes y series, es un amor. También, vino a vivir por este momento, un sacerdote voluntario de sanidad, camillero en los hospitales a quien le comencé a hacer comida. Me siento útil, no puedo decir feliz por las circunstancias pero el saber que no soy sólo dependiente, me da esperanza de salir.

También hice barbijos y los regalé a mis vecinos, pero por supuesto, si algo tiene que fallar fallará; en mi casa se quemaron lamparitas, se pinchó un caño de agua, la máquina de coser se trabó, en fin… Mis hijos desde sus casas consiguieron que alguien viniera a arreglar el caño, sino me hubiese quedado sin agua o me inundaba. Todo esto hubiese ocurrido aun estando mi esposo, pero él lo hubiese arreglado. Me lo imaginé en todo momento y lo extrañé más aún.
Mi hijo es docente y trabaja con herramientas tecnológicas para comunicarse con sus alumnos; otros, en circunstancias distintas se las ingenian para repartir tareas y no dejar a sus alumnos sin clases. Creo que esta nueva manera de impartir educación debe valorarse y aplaudir. Basta de tildar a los maestros de vagos con tres meses de vacaciones. Es una sociedad que se frenó en su marcha avasallante, sin respeto, transgrediendo todo y que de a poco debe volver a encarrilarse, como cuando un río desbordado vuelve a su cauce.

Cuando esto acabe, en el mundo habrá un gran cambio, nada volverá a ser igual. Ojalá se rescate todo lo que pudimos sacar adelante; no olvidemos al vecino que armó ollas populares, a los jóvenes comprometidos que ayudaron; a los almacenes y pequeños negocios del barrio que nos venden respetando precios, no te asaltan y te llevan a tu domicilio. Compro en comercios de un listado de la UNR. Una mención especial a nuestros veteranos de Malvinas, a los soldados, gendarmes, policía provincial, federal, guardia civil, bomberos y todas las organizaciones no gubernamentales que donaron comida, ropa y mobiliario para la atención de emergencia. Hay todavía empresarios y mucha gente buena. Creo, merece mención especial el compromiso de los trabajadores de la sanidad.

Conocí a muchos papás que están su casa con sus pequeños mientras su esposa trabaja. Esa actitud debe ser valorada e incorporada a la vida diaria, la familia la forman todos y no hay tareas ni responsabilidades distintas según el género. Después de tanto tiempo, quiero decir que se puede construir una sociedad mejor y más feliz. Reitero, descubrí cuánto extraño a mi esposo al no tenerlo. No esperen extrañar, vivan a pleno, hablen, intercambien opiniones y tareas, así esta cuarentena será un mal recuerdo con una enseñanza positiva el reencuentro familiar.

Mis condolencias a todos los que perdieron a seres queridos en esta situación. Bendecidos sean.

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