“El discurso vacío” de Mario Levrero

El escritor en su laberinto

El discurso vacío

Montevideano, nacido en enero de 1940, Mario Levrero es un escritor distinto, “raro”, un buscador de la esencia de lo humano a través del ejercicio mismo de sus escritos. Mario Levrero posee la capacidad de envolverte en sus historias e invitarte a mirar para adentro.

El discurso vacío es una novela que se nos ofrece en formato de diario personal, el diario de un hombre que se dedica a escribir como oficio, un escritor que se ha propuesto como tarea, como objetivo, escribir sin pensar.

En un cuaderno de caligrafía, en el que que va fechando los días que realiza los ejercicios, el escritor tratará de concentrarse solo en la forma de sus letras, de sus palabras, de sus oraciones, para de esa manera despojar de cualquier contenido su discurso. Dirá Levrero en ese diario caligráfico: “… quiero entrar en contacto conmigo mismo, con el maravilloso ser que me habita y que es capaz, entre muchos otros prodigios, de fabular historias o historietas interesantes. Ese es el punto. Esa es la clave. Recuperar el contacto con el ser íntimo, con el ser que participa de algún modo secreto de la chispa divina que recorre infatigablemente el Universo y lo anima, lo sostiene, le presta realidad bajo su aspecto de cáscara vacía.”

De esta manera, el escritor-personaje (en gran parte los sucesos que se van narrando en el libro son autobiográficos) se nos muestra intentando concentrarse en los ejercicios caligráficos “vacíos de contenido” que le permitirán conectarse con su ser esencial.

La cotidianeidad, torva, se lo suele impedir: los ruidos y los juegos de su pequeño hijo, la atención de los animales de la casa, la ausencia de su mujer que lo obliga a realizar la mayoría de las tareas del hogar, las mudanzas, etc. Todo el universo cotidiano suele chocar contra las necesidades y los deseos del hombre que quiere escribir. En este punto, Levrero llama la atención sobre la importancia de esta conexión personal con lo que cada uno, cada una, quiere o busca ser, sin dejarse arrastrar por ese enorme trajín que construye la vida cotidiana, por esos ruidos que dominan el día a día imponiendo un escenario no elegido. Nos dice: “Porque hace mucho tiempo que no me conecto con la eternidad. Esto quiere decir que percibo las cosas superficialmente, que no tengo vivencias, que estoy apartado del Ser Interior; demasiado apartado y sin tener la menor noción de los caminos posibles para acercarme. No importa qué es lo que se está viviendo cuando uno está apartado de Si Mismo; todo carece igualmente de peso, todo transcurre sin dejar ninguna huella memorable.”

Los ejercicios de caligrafía como un trampolín que permite el salto hacia el interior del escritor-hombre

El escritor que le da cuerpo a El discurso vacío se ha sentado a escribir en su escritorio. Lo vemos buscando alejarse de los ruidos diarios, de las demandas y las actividades que dispone el reloj.

Abre su cuaderno, pone la fecha y comienza  dibujar sus letras pacientemente, espantando los atisbos de pensamientos que inmediatamente saltan en su cabeza y buscan coptar su atención: el discurso se dispara desde lugares desconocidos sin que el hombre-escritor pueda impedirlo. Pero el escritor, la persona de Mario Levrero, empieza nuevamente el intento de vaciarse de estorbos y lanzarse a la aventura que lo fascina, escribir.

Transformar ese tiempo solo en el cauce de un río de tinta que fluye en la expresión.

Si le preguntamos ¿por qué quiere escribir? tendrá pronta su respuesta: “Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones. El alma tiene su propia percepción y en ella viven cosas de nuestra vigilia pero también cosas particulares y exclusivas de ella, pues participa de un conocimiento universal de orden superior, al cual nuestra conciencia no tiene acceso en forma directa. De modo que la visión del alma, de las cosas que suceden dentro y fuera de nosotros, es mucho más completa que lo que puede percibir el yo, tan estrecho y limitado”.

Mario Levrero es un escritor-minero, un eterno picador de las paredes propias, un hombre que lleva en su mochila el cuaderno y la birome, y en sus manos porta un pico y una pala. Abridor de los caminos del alma sus historias nos invitan a que no dejemos de hacer el intento de encontrarnos con nosotros mismos.

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