Ema Lucero

Ex presa política

Foto
Joana Maldonado

Estamos sentadas en un banco de la Plaza 25 de Mayo, Ema me habla con esa sonrisa dulce que no le pudieron arrebatar; su voz suave denota una ternura que ahonda con firmeza en los vericuetos de la memoria. Charlamos, de improviso se acerca Olga (*) para invitarla a una actividad solidaria de las que participa a menudo; Olga me dice con picardía “estás con la decana de las presas políticas”, no es para menos, en el año 1975, Ema tenía 39 años y es secuestrada de su domicilio y trasladada con destino incierto, en la actualidad con sus ochenta y pico bien acomodados sobre los hombros continúa militando la vida. 

El 3 de abril de 1975, me llevan de Morón, donde vivía, con mi bebé de 11 meses en brazos y mis dos nenas de cinco y siete años quedan solas en la vereda, así comienza el relato de Ema; la precisión de las fechas serán una constante como si hubiesen quedado grabadas para siempre en una historia que no destaca lo miserable del verdugo sino que resalta la grandeza de quienes pudieron sobreponerse apelando a las mejores virtudes del ser humano.  

Me llevan a la Brigada de San Justo, continúa, había más o menos ochenta personas, se escuchaban gritos de quienes no la estaban pasando bien por la tortura, a fines de abril a las mujeres con bebés –éramos siete- nos trasladan a la brigada San Martín y luego a la cárcel de Olmos pero sin los nenes, hasta que el 17 de mayo traen a los chicos, después tuvimos que comenzar una huelga de hambre para exigir que vacunaran a nuestros hijos, algunas terminamos internadas, pero lo logramos.

Quienes teníamos formación política, prosigue, veíamos que el golpe militar era inminente y tratamos de sacar a nuestros hijos de la cárcel, logré que un juez de menores se hiciera cargo y el 5 de noviembre de 1975 fuera entregado mi bebé a mi hermana que vivía en Rosario, ya en ese tiempo el ejército se hacía cargo de los lugares de detención, pero hasta el golpe las condiciones no eran tan extremas. Cosíamos, con la venta de lo que producíamos se compraba ropa, también había talleres de formación política, bailábamos folklore, nos las ingeniábamos hasta que una enfermera del penal nos avisa que se había dado el golpe. Éramos 12 en una celda, quedamos demudadas.

El 25 de mayo de 1976 hay una requisa, nos sacan de la celda, nos colocan contra una iglesia del penal y nos apuntan desde los techos, ahí nos tienen horas. Luego nos llevan adentro pero nos habían sacado las telas y habían puesto fin al taller de costura. El 3 de setiembre, nos sacaron de la cama, guardias con perros, nos sabíamos por qué, nos tomaron las huellas dactilares y luego trasladaron a cuarenta y cinco mujeres a la cárcel de Devoto, entre ellas estaba yo. Recibimos maltrato, por muchas horas no comimos aunque había algunas madres que todavía estaban con sus bebés a quienes le dieron una semana para sacarlos del penal. Comencé a percibir la muerte por dolor o angustia, comencé a deprimirme, dice. Sin embargo, Ema, retoma el hilo no dramático de la historia, cuenta que cuando llegaron a Devoto les dieron unos pesados y horribles uniformes de franela que descosieron y recuerda a un tal Galíndez jefe de seguridad que las conminó a ponerse los uniformes en el término de pocas horas bajo la amenaza de ser sancionadas, Ema ríe dulce y sosegada y dice, no sabés que rápido los volvimos a coser.

El 13 de junio de 1977 -siguen las fechas– sacan a tres compañeras del penal, nos subimos a las cuchetas y por la ventana dimos los nombres para que escucharan los vecinos e informaran a las familias, seguro que las llevaron a campo de concentración, reflexiona, y el tono de voz se oscurece. También reclama para que la memoria recupere la masacre de presos comunes en el año 1978 cuando matan a ochenta por una protesta. Los derechos humanos no son selectivos como piensan algunos.

Ema cuenta con precisión, no olvida pero deja de lado las adherencias que no le hubiesen permitido sobreponerse al dolor, como la separación de sus tres hijos durante seis años. En ese encierro agobiante donde toda esperanza parecía clausurada y donde fue separada de sus cuatro compañeras del PRT con las que compartía celda, su claridad y destreza política le permitió comprender la intención del confinamiento para aniquilar la voluntad. Es así como se ingeniaron para mantener las actividades que las ayudaron a sobrevivir: enviar palomas con noticias, hacer teatro, contar películas, bailar folklore y ensayar un pericón, organizar un economato, ingeniarse para comunicar lo que pasaba, coser y en especial bordar con hilos de las toallas se constituyeron en armas para sobreponerse y poder contar y volver a contar la historia de los que no están, de los que sufrieron, porque celebrar la vida es una obligación ética para los sobrevivientes. 

En el año 1981, ya con libertad vigilada en el domicilio de su hermana en Rosario, escucha unas palmadas que suenan en la puerta, sale, allí estaban Nelma Jalil y Esperanza Labrador. Se preocupa y les dice: «¿Ustedes saben que estoy vigilada?, es peligroso que vengan aquí, ¡váyanse!». ¡Qué se iban a ir!, estaban hechas del mismo palo, mujeres aguerridas, -madres de la plaza- claras y decididas para que la dictadura fuera desnudada en todas sus consecuencias y se conociera la verdad.

Hoy, Ema sigue bordando sueños, Ema borda las letras de la bandera de la ronda, Ema va a la plaza, Ema mueve sus manos y sigue dando puntos para engarzar la vida y hacerla más bella.

(*) Olga Moyano Clúa, ex presa política, participa de la ronda.

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