El amor más allá de las sombras

La indiferencia y el miedo acrecentaban un silencio espeso, las calles eran inhóspitas para preguntas incómodas; mejor callar en ese laberinto de miedo. Más de cuarenta años pasaron desde que comenzó la mayor tragedia del país, por eso es difícil de imaginar –sin haber vivido la dictadura- lo difícil e insensato que resultaba hacer un reclamo en el edificio donde se impartían las órdenes, se decidía el destino de las víctimas y se diseñaba el plan sistemático de terror. Cercada por vallas y custodiada, en la esquina de Moreno y Córdoba, se encontraba la sede del II Cuerpo de Ejército, acercarse implicaba un riesgo, ir a reclamar una locura que muy pocos estaban dispuestos a asumir. Los tiempos no eran propicios para el heroísmo pero el amor y la ternura se transformaron en el motor de una historia que nadie pudo detener.

Ellas obedecieron a su instinto; primero deambularon solas con una pregunta en común: ¿dónde está/n mi/s hijo/s? Antes de llegar hasta el comando habían recorrido iglesias, comisarías, hospitales, juzgados, ministerios y hasta cementerios sin lograr una respuesta que aquietara el alma porque los objetos se pueden extraviar en un descuido pero las personas dejan rastros, excepto que la deliberada complicidad de una estructura pretenda suprimirlas y gozar de impunidad y olvido. Pero, ¿quién puede soportar en soledad un intenso dolor en medio de la incertidumbre? La necesidad dio paso a una conjunción de voluntades que permitió trascender lo contingente para transformarlo en acontecimiento. Desde las entrañas desoladas de las madres se fueron gestando los lazos incipientes de una organización que trascenderá lo privado e individual para transformarse en un acto de rebeldía colectiva que hasta hoy nos distingue como país. Lo biográfico comenzó a tallar la historia, cada evocación o semblanza, cada nombre, cada reclamo de justicia, cada paso macerado durante años en todas las plazas del país a fuerza de voluntad y convicción edificará la memoria que hasta hoy nos interpela: ¿qué hicimos?, ¿dónde estábamos?, ¿por qué llegamos hasta ese punto?, ¿cómo hacer para que la tragedia no se repita?.  

Aproximadamente, trece, catorce personas, en su mayoría mujeres, concurrieron a una iglesia para participar de una misa para pedir por sus familiares “ausentes”; un grupo, no muy numeroso, marchó desde una iglesia hasta el monumento a la Madre en el parque Independencia; algunas personas recorrieron las calles desde Plaza San Martín hasta la Catedral para exigir qué se dé a conocer el paradero de sus seres queridos. Estas noticias apenas esbozadas en los diarios de la época dan cuenta de un tiempo que se ponía en movimiento y se convertía en acción; la desaparición de personas –aunque todavía no se mencionaba como desaparecidos a los ausentes- parecía la intimidación perfecta del terror, pero se subestimaba la capacidad de respuesta de un pueblo acostumbrado a organizarse para resistir los innumerables golpes de Estado que habían cortado de cuajo cualquier proyecto popular o democrático que no representara los intereses de los grandes grupos económicos y tratara de romper las estructuras de dependencia neocoloniales que beneficiaban a unos pocos en detrimento de la mayoría. 

Claro que el 24 de marzo del 76, nadie sospechaba la magnitud de lo que se incubaba; tal vez algunos militantes con experiencia y capacidad para analizar la situación llegaron a tener conciencia de la tragedia que sumiría al país en el período más nefasto de su historia. Los métodos se habían sofisticado, el objetivo era cercenar de una vez y para siempre los sueños de una patria justa. El Plan Cóndor representaba a nivel supranacional el brazo que coordinaba la actividad represiva de los servicios de inteligencia de los países de Latinoamérica, los métodos ilegítimos definieron al terrorismo de Estado; no se sabía –aunque se presentía- qué suerte habían corrido los que faltaban. En medio de tierra arrasada había que sostener la marcha, romper el aislamiento, socializar la búsqueda y reconstruir el rostro de la historia, en el andar, con impensable ternura las madres fueron pariendo los hijos de todas y les devolvieron la identidad personal y política que pretendieron arrebatarles. 

Con el transcurso del tiempo se unieron a las madres otros familiares que buscaban a  hermanos, sobrinos o nietos, también abogados y militantes de derechos humanos que junto a ellas expusieron su vida; en Rosario algunas madres que se fueron conociendo en las distintas reparticiones donde iban para reclamar ofrecieron su casa para las primeras reuniones, luego el local de cortada Ricardone N°58, donde funcionaba la LADH (Liga Argentina por los Derechos del Hombre) fue aglutinando las denuncias. En ese ámbito comenzó a funcionar “Familiares de detenidos y desaparecidos por razones políticas y gremiales” con la participación de algunas de las madres que luego conformarían Madres de Plaza de Mayo que en la década del 90 tomará el nombre de Madres de la Plaza 25 de Mayo.

En la tensión de aquel presente inhumano la carga del recuerdo alimentó la perspectiva del porvenir y sobrevino lo inesperado. No fueron fantasmas dolientes quienes fatigaban las calles con preguntas sino personas movidas por el amor y la sed de justicia, este largo caminar que persevera en su reivindicación de Memoria, Verdad y Justicia ha trazado un itinerario que nos identifica, somos herederos de esa lucha colectiva que ha instalado el Nunca Más no como slogan vacío; esta consigna ha logrado consenso en un amplio sector de la sociedad gracias a la lucha de las Madres, Abuelas, sobrevivientes, familiares, militantes gremiales y políticos que desnudaron la magnitud del genocidio para que con ningún argumento decente se pueda justificar la tortura, la desaparición, la apropiación de bebés y la supresión de la identidad identidad.

Conmueve en las historias orales la dimensión del desamparo que experimentaron no sólo quienes perdieron familiares, también los que sufrieron cárcel de la manera más indigna, sometidos a humillaciones y condiciones infrahumanas; estremece la evocación de un sobreviviente del compañero joven que desaparecieron, de las amistades que quedaron truncas; de las reuniones y festejos que perdieron brillo porque alguien falta; emociona la orfandad de los hijos o de los nietos que no pudieron conocer a padres o abuelos y debieron reinventar los lazos familiares, genera tristeza que padres o abuelos no los hayan podido conocer y ver crecer. Cuántas caricias y abrazos suspendidos para siempre. En medio de este baldío casi yermo nació la voz de los ausentes, porque había que nombrarlos, porque había que hablar de ellos, porque si otros tenían el cuerpo, quienes resistieron tenían los sueños.

Esta introducción es un pequeño homenaje a todas las personas que junto a las madres habitaron la memoria para dar hondura a la existencia y sentido a la historia; hay estudios e investigaciones sobre la época donde se pueden encontrar interesantes datos y documentos y aunque el material periodístico es escaso dado la censura o la connivencia de los medios con la dictadura los historiadores han recuperado información muy valiosa. Nosotros preferimos ahondar en lo personal porque la cercanía, los gestos, el rostro y las narraciones de los afectados nos introducen en lo íntimo de esa morada intransferible donde se gesta el compañerismo, la solidaridad, el amor y la militancia que hasta hoy persigue sueños y concreta acciones en pos de un mundo mejor y una patria justa.      

24 de marzo de 2020 –  44 años del golpe cívico militar

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