Querido Oscar:

No eras la persona más conocida de la política argentina. Pero eras tal vez una de las más importantes. No buscaste el reconocimiento abstracto y volátil de la opinión pública. Tampoco abrazabas los oportunismos como si fueran el único respiro de la vida. No, era otro el sentido de tu existencia. Navegar en conversaciones con vos implicaba siempre ir del timón a la vigía, inquirir los mares y escrutar nuevas tierras. Vaya forma que tenías de resolver la praxis. Hacías tuyo el sentido táctico, y disfrutabas tanto pensar la estrategia y el largo plazo que hablar con vos era un antídoto a la mediocridad que distrae tanto de los horizontes.

Te sobraba envergadura para recorrer todos los caminos que quisieras. Tus historias con el Che, tu experiencia política y sindical, la fundación del grupo Calafate que fuera tan importante para Néstor y para Alberto, tu relación con toda la política, las hubieras podido usar para tantas otras cosas. O tal vez era excesiva tu talla para ofrecer tanta visibilidad. No lo sabremos. Pero decidiste usar tus manos y tu mente para defender a los trabajadores, a los más humildes de ellos. Tal vez por eso en tus últimos años te dedicaste a la conducción del Movimiento Evita, a fundar la Usina del Pensamiento Nacional y Popular, a pensar la economía popular, a luchar por los últimos de la fila. Ahí debajo de la jerarquía social no se temen las alturas que proponías. Ahí en el pueblo todavía se sabe soñar. Perdón, todavía es necesario soñar. Ahí no se temía tu brillo, se disfrutaba. Cómo en aquel congreso nacional del Evita. Te recordamos cómo te escuchaban las compañeras y los compañeros. Estábamos todos sentados en un roble mirando la luz a través de tus hojas, en esa intermitencia que permite disfrutar el sol de frente, su calor y la aguda claridad.

No solamente tenías un aprendizaje, lograste alcanzar una enseñanza. La transmitías como las narraciones del viajero: en familia, entre amigos, con compañeros, de noche, olla en fuego, copa en mano y destino por delante. Tu generosidad estaba a la altura de tu exigencia. O al revés. En cualquier sentido era una forma del amor por nosotros.

En tiempos de tanta irracionalidad, de desconcierto, de sin sentido, fuiste un creador de posibles, un luchador que piensa y siente y exige no quedarnos en las respuestas evidentes que llevan a la derrota. Pudiste asumir la transformación financiera del capitalismo, la heterogeneidad estructural del trabajo, la necesidad de inventar nuevas institucionalidades para una sociedad donde no hay fin del trabajo sino su radical transformación en su lucha contra el capital, y que bien orientada, hace posible una patria nacional, popular y socialista.

Ibas sin duda a contratiempo y por eso te adelantaste a todos. Veías cuando actuabas, mirabas, leías o escuchabas. Ver no acepta simulacros. Ver implica abrazar un principio de realidad para poder superarlo, estar siempre en su tiempo en concordancia con la relación de fuerza y por eso mismo, ver implica saber. Saber que se puede cambiar el mundo.

Y si te hablamos ahora, y si lo seguiremos haciendo, no es para perturbar el descanso que merecías, aunque no lo quisieras. Has hecho tanto para tantos. Si te hablamos es porqué nos toca a nosotros seguir sin tu cuerpo presente. Dejaste una huella y eso no es solo recordar. Es asumir una herencia, una promesa de la continuidad de la lucha que sabemos no caben en una sola vida.

Esta carta no es una despedida, querido amigo, es un testamento al revés. El reconocimiento de que te debemos todo lo que nos queda por construir.

Hasta la victoria siempre

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