La luz de la noche

Por qué está y qué dice cada vez que llega a un lugar, sobre todo qué anuncia, son preguntas que se repiten, la muerte en este caso desembarcó promovida, impulsada con toda intención. «Alientan la muerte como si tal cosa», lo decía y se veía el espanto en los ojos del periodista que  contaba lo que había vivido en Bolivia, lo decía  con lágrimas en los ojos , contaba cómo morían delante de él sin que pudiera hacer nada, que los muertos eran muchos más que los que los datos oficiales daban, que a los moribundos no había como socorrerlos y se morían, que había dormido junto a ellos porque no había otro lugar en  El Alto donde se encontraba esa noche que no terminaba nunca, que se había sentido horriblemente mal al subir al avión  que lo devolvía a  Argentina, porque dejaba a los bolivianos abandonados a su suerte, abandonados a la agresión y a la muerte.

Hace siglos quienes querían interpretar la noche lo hacían basándose en la magia, para averiguar algo sobre el porvenir uno de sus métodos favoritos era estudiar el vuelo de los pájaros, el último vuelo antes que se aquietaran para dormir, consideraban que esos vuelos eran señales del futuro.
Hubo quienes estudiaron en la oscuridad de la noche el movimiento de los cuerpos celestes y sus rutas para tratar de entender las diferencias de sus orbitas, y también quienes hablaron de la noche para convertirla en el centro de sus meditaciones más lúgubres. «La noche perdida en el cielo/ la noche perdida en la noche». Por qué durante la noche negra y larga de esta parte del continente la muerte se agarró con uñas y dientes, es una pregunta que se hacen el pueblo de Chile, y el de Bolivia,  todavía resuena en el pueblo de Ecuador, también se hizo la misma pregunta el  pueblo de Colombia. Los datos dicen que la muerte por bala asesina es como un fenómeno que nunca  termina del todo en ninguna parte, y que hoy podría prosperar debido a la desigualdad en todo el continente.

Un pueblo sale a reclamar derechos, a protestar por su postergación, reclama cantando, conversando con el otro que marcha a su lado, mateando, ocupando las calles y las plazas, así lo hizo Chile, y se topó con la muerte. El pueblo la encuentra en el mismo lugar, en la plaza, en la calle, dice que sufre y que quiere vivir mejor, y pierde la vida. Pero no da un paso atrás, no renuncia, nada lo logra demoler.

Se va incubando como una enfermedad; sus signos, aunque inconfundibles, no siempre se advierten enseguida, hasta que el malestar es tan grande que la reacción explota, no se aguanta más; hay como una niebla densa, irrespirable, algo muy duro que crece y se desparrama y se mete en el alma de todos. Salir a buscar un claro es un momento decisivo, salir a la calle a buscar aire, aire respirable, cuando falta el aire y se  sale a buscarlo para evitar la asfixia ya no es posible detenerse.

Cada vez que se averigua cómo se arma lo siniestro enseguida salta el linaje de los actores, y siempre es el mismo, los mentores eternos exhiben el mismo origen. Parecido en todo: iguales pensamientos, iguales armas. Los uniformados y los que los alientan se encargan siempre de provocar lo conocido, levantan la mano asesina, son los que  pudiendo evitar la muerte la azuzan, se aplican a brindar su espectáculo. Esta vez en Chile aportaron novedades, eligieron un blanco, dispararon a los ojos de los manifestantes para cegarlos, una formula literal, si no ven más no protestan.

Revoleando su capa de racistas maléficos de película de terror, en Bolivia mataron para arrebatar el bastón de mando y recuperar privilegios.

Saboreando por anticipado el premio, el beneplácito de ese lugar poderoso del planeta que  conoce tan bien las formas de dominación, que acaricia tesoros de otros sitios, como el litio de Bolivia, como si le perteneciera, y que si hay un líder que  sabe qué hacer con la vida de un pueblo, si hay un líder que encara la empresa de cumplir con sus aspiraciones respondiendo a la confianza que le depositaron, aparecen por sorpresa, moviéndose en las tinieblas como saben hacerlo, para darle un mazazo en la cabeza. Los pueblos de Chile y Bolivia, y  Ecuador y también de Colombia, no quieren tener la guadaña pendiendo sobre sus cabezas, no quieren contar nuevos muertos cada día.

No aceptan la mirada fija del norte sobre estas tierras, el observatorio gigante que tiene sus instrumentos ahora enfocados en Latinoamérica, no aceptan que oscurezca la vida que aspiran, detrás de la cual hoy están encolumnados.

No desisten de sus aspiraciones, ni el pueblo de Chile, ni el de Bolivia, ni tampoco el de Colombia, ni el pueblo de Ecuador, y pueden seguir otros, la postura de  los pueblos hermanados  se va unificando. En los estadios de Chile que lleva meses resistiendo los cantos repudian al presidente aunque la muerte todavía los espere afuera, los autos de los carabineros atropellan a los manifestantes dejando más muertos en la calle; y están los chicos de Chile, de diez, doce años marchando en familia: «Por un Chile más justo, como quieren mi papá y mi mamá».

Chile no se mueve de su posición, de su demanda de una Convención Constituyente para una nueva Constitución. El pueblo sigue en su sitio, mantiene la vigilia, Chile ilumina con resistencia su presente oscuro, es una noche que viene de lejos, y que no se hizo para dormir.

Narradora

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