López Obrador en su laberinto:

La política exterior mexicana frente a la crisis en Venezuela

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO por sus iniciales) reviste varias particularidades tanto para la historia mexicana como para la coyuntura latinoamericana: representa la primera experiencia de un movimiento de centro izquierda que asume la presidencia del Ejecutivo mexicano, luego de años de dominación del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y de los recientes gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN). También la aparición de un gobierno de las características del de AMLO resalta en el marco de un “giro a la derecha” generalizado en América Latina. A la luz de esto, uno de los temas de mayor envergadura que tuvo que enfrentar el gobierno de AMLO fue la cuestión de la crisis venezolana que lo hizo marcar grandes contrastes no sólo con las demás administraciones de los países latinoamericanos, sino también con la política exterior llevada a cabo por sus predecesores. Aquí se buscará analizar esto y ver qué derrotero ha seguido la postura mexicana con respecto a la crisis en Venezuela.

México, como ya se ha dicho, no siguió la tendencia de varios de los demás países latinoamericanos: a diferencia de otros casos, la victoria de Andrés Manuel López Obrador produjo un cambio de signo político hacia la izquierda en México. Tras su asunción, en diciembre de 2018, se hicieron muchas especulaciones sobre el rumbo que seguiría México en varios puntos importantes de su política exterior. Uno de los que levantó mayores conjeturas fue el que concierne a la postura respecto a la cuestión venezolana.

El siglo XXI inició en México con la ruptura del dominio electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI) con la victoria de Vicente Fox, del Partido Acción Nacional (PAN). La llegada de Fox a la presidencia implicó un cambio en la política exterior mexicana con respecto a los anteriores gobiernos del PRI, ya que el gobierno mexicano buscó entrar de lleno en la agenda internacional de democracia y derechos humanos. Esta sería una línea de acción que, con sus respectivos matices, tratarían de seguir los gobiernos de Calderón (del PAN) y Peña Nieto (del PRI). El gobierno de Peña Nieto, con respecto a la crisis en Venezuela, tuvo un doble papel. Esto se evidencia, según ellos, en la gran participación que tuvo México en el Grupo de Lima, combinada con un fuerte activismo en el seno de la Organización de los Estados Americanos (OEA), pero que no impidió que Peña Nieto sea considerado como un posible mediador entre el gobierno de Maduro y la oposición.

…la Doctrina Estrada. Ésta había colocado los principios de libre autodeterminación de los pueblos y de no injerencia en los asuntos internos de otros países como elementos rectores de la diplomacia de México y había llegado a tener tanta importancia en el accionar mexicano que fue incluida en la Constitución.

La llegada de AMLO al gobierno mexicano cambió la matriz bajo la cual se delineó el accionar externo en lo que iba del siglo. Para esto, AMLO resucitó la que había sido uno de los ejes rectores más importante de los gobiernos del PRI desde 1930: la Doctrina Estrada. Ésta había colocado los principios de libre autodeterminación de los pueblos y de no injerencia en los asuntos internos de otros países como elementos rectores de la diplomacia de México y había llegado a tener tanta importancia en el accionar mexicano que fue incluida en la Constitución. Básicamente establecía que México no se pronunciaría sobre la legitimidad de los gobiernos de otros países ni los calificaría. Este cambio rotundo, realizado por AMLO, se cristalizó en el nuevo accionar que México seguiría de aquí en más. De la política de confrontación y aislamiento contra el gobierno de Maduro, que había propiciado Enrique Peña Nieto, se buscaría llevar a cabo otra más conciliadora, tendiente a generar canales de diálogo entre el gobierno chavista y la oposición. El 6 de febrero de 2019, esto se materializaría en la propuesta inicial de México y Uruguay —con el apoyo de los países de la Comunidad del Caribe— en el Mecanismo de Montevideo. Por medio de cuatro fases de negociación, México y sus socios convocaban a lo que ellos llamaban las partes en conflicto, para encontrar soluciones a sus diferencias.

Sin embargo, este cambio de aires no está exento de problemas y críticas, y todavía está por verse si podrá rendirle frutos a México. Con respecto al uso de la Doctrina Estrada en el caso de Venezuela, los detractores suelen marcar la validez de esta en el siglo XXI. Argumentan que los convenios internacionales, firmados en materia de derechos humanos en años recientes por México, no pueden ser desconocidos por el gobierno de AMLO bajo la excusa de la no intervención al mismo tiempo que se cuestiona la interpretación que se ha llevado a cabo de ella. A su vez, el trabajo que se realizó desde determinadas instancias, como lo han sido el Mecanismo de Montevideo, no estuvo librado de complicaciones y retrocesos. Se ha criticado que el accionar de México y Uruguay restaba contundencia a la posición del Grupo de Lima o a los llamados del Grupo de Contacto Internacional (GCI) de la Unión Europea e incluso se llegó a acusarles de permitir a Maduro dilatar la situación para perpetuarse en el poder. Finalmente, el aislamiento de México se hizo patente cuando Uruguay, su socio en el Mecanismo, optó por firmar la declaración del GCI y abandonar la supuesta neutralidad sin precondiciones.

Como se ve, la postura de México tuvo que enfrentar ante muchos obstáculos y actualmente quedará por ver si la postura del gobierno de AMLO, con una agenda centrada en los problemas de carácter interno, podrá ser decisiva para la búsqueda de soluciones para la crisis venezolana. El retorno del peronismo al gobierno de la Argentina y la caída de Evo Morales en Bolivia agregan a este escenario una gran incertidumbre. El golpe de Estado contra el Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia hizo que López Obrador perdiera un aliado valioso en la solución de la cuestión venezolana. Sin embargo, un posible acercamiento entre Argentina y México puede marcar el comienzo de una nueva etapa en las Políticas Exteriores de ambos países. Estará en las dirigencias de ambos países buscar soluciones constructivas y duraderas. Ese es quizá uno de los grandes interrogantes de la década que comienza en América Latina.

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