La llegada de Bolsonaro al poder:

¿Crónica de un final anunciado?

El 1° de enero de 2019 Jair Messias Bolsonaro asumió su cargo de Presidente de la República Federativa de Brasil. La llegada al poder de este controversial mandatario representó un brusco giro en la política – tanto doméstica como exterior – del país lusoparlante. Sin embargo, al analizar el primer año de gobierno, es posible ver que dicho giro presentó en verdad ciertas características y lineamientos presentes desde el segundo gobierno de Dilma Rousseff. Además, ciertos componentes de la “nueva política” responden a factores sociológicos, políticos y culturales muy anclados en la sociedad de Brasil. A tal fin, buscaremos hacer un breve recorrido de la política de dicho país para comprender si estamos frente a una política completamente nueva o si estamos presenciando un “final anunciado”.

Para comprender la forma de percibir la política por parte del líder de Brasil, podemos remitirnos a una declaración suya respecto a la plataforma de su partido, “Alianza pelo Brasil”, donde sentencia que se trata de un “partido conservador, que respeta todas las religiones, respalda los valores familiares, apoya el derecho a la legítima defensa, el derecho a poseer un arma de fuego, el libre comercio con todo el mundo, sin ninguna agenda ideológica.” Esta afirmación nos permite entrever dos cuestiones centrales: 

  • Política doméstica basada en el conservadurismo: es la piedra fundamental de su partido, la alianza con diversos sectores y la forma de posicionarse ante la sociedad de Brasil. Esto se refleja en la forma de entender los “valores” como la familia y la vida, precisos de ser defendidos ante las constantes amenazas que los ponen en peligro, como por el ejemplo el comunismo, entendido desde la ultra izquierda hasta el Partido dos Trabalhadores (PT). 
  • Política exterior desideologizada: es el principal objetivo para poder vincularse comercialmente sin trabas con todos los países del mundo.

¿Contradictorio, no? Una política doméstica con una ideología tan fuerte, marcada y sesgada, difícilmente pueda ser compatible con una política exterior a la que le sea indiferente el régimen político de los países. Por ello, antes de analizar en mayor detalle la diplomacia de Brasil, es preciso remarcar quienes han sido los “policymakers” de dicho país desde enero del 2019; cuestión que nos permitirá reafirmar que lo doméstico y lo internacional han marchado de la mano. En este sentido, aquellos actores claves han sido tres, sintetizados bajo el lema de la triple “B”: la Biblia (la iglesia evangelista, con todas sus vertientes), la Bala (las Fuerzas Armadas) y el Buey (el sector de los agrobusiness). Este entramado se complementa con el peso de la Justicia; un actor clave tras la detención de Lula Da Silva por parte del ex Juez Moro, actual Ministro de Justicia.

Ante este panorama, el marcado conservadurismo defendido por todos estos sectores reflejado puertas adentro, también determinó la forma de posicionar a Brasil en el escenario global. En este sentido, el principal lineamiento de la política exterior adoptada desde el 1° de enero ha sido el claro y contundente alineamiento con los Estados Unidos, realzado por la afinidad con su mandatario de turno, Donald Trump. De todos modos es preciso remarcar que el alineamiento con el hegemón del norte no es reciente, sino que data del entendimiento de Roosevelt con Getulio Vargas en los ’40, que permitió consolidar una alianza entre ambos países. Décadas más tarde, durante el gobierno de Lula Da Silva, dicha alianza sufrió un cierto deterioro diplomático aunque se conservó una buena relación bilateral; cuestión por la cual Brasil se consolidó como el interlocutor clave con la región hispanoparlante. Sin embargo, más allá de este breve recorrido, lo que pretendemos remarcar es el carácter irrestricto que adoptó dicha alianza durante el gobierno de Bolsonaro; una cuestión sin precedentes en la diplomacia de Itamaraty. 

Una política doméstica con una ideología tan fuerte, marcada y sesgada, difícilmente pueda ser compatible con una política exterior a la que le sea indiferente el régimen político de los países.

En segundo lugar, el gobierno “desideologizado” internacionalmente procuró acercarse a Israel, un país genocida donde no se respetan los Derechos Humanos del pueblo árabe, gobernado por la ultraderecha religiosa. Además, intentó acercarse a sus pares nacionalistas como la Hungría de Viktor Orban o Italia, co-gobernado hasta julio por la Lega Nord. 

Por su parte, Bolsonaro buscó posicionar a Brasil como un país anti-comunista, comprometido a combatir a la amenaza marxista castro – chavista. Para el mandatario, el comunismo es una amenaza al hemisferio occidental, tal como lo definen los Estados Unidos y por ello, buscó por todas las vías posibles hacer frente a su principal “enemigo”: Venezuela. Con una retórica reaganiana de la Guerra Fría, Brasil intenta proteger a América, “infectado” por el accionar de Venezuela, Cuba y en menor medida, Bolivia y Uruguay.

De los países citados previamente, tres de ellos forman parte del bloque MERCOSUR, a saber, Venezuela (actualmente suspendido), Bolivia (en proceso de ingreso) y Uruguay. Nuevamente, la lógica de la ideología estuvo presente al momento de posicionarse frente al bloque, dado que ha sido considerado por el gobierno como “sumamente ideologizado”. Por ello, buscó acercarse a su principal par “no ideologizado”, la Argentina de Mauricio Macri y repensar el sentido de la integración regional: servir de plataforma de libre comercio con las naciones del mundo. A tal fin, Brasil dio su apoyo al ex Canciller argentino, Jorge Faurie, para alcanzar el acuerdo político Unión Europea – Mercosur. Dicho acuerdo no estuvo libre de conflictos, ya que semanas antes Bolsonaro fue partícipe de fuertes cruces por los incendios en la Amazonia con su par francés, el defensor de las causas nobles, François Macron.

Finalmente, dos variables han sido los grandes desafíos de la política exterior del primer año de gobierno de Bolsonaro: la República Popular China y la Argentina, dos de sus principales socios económicos.

Con relación al primero de los actores, la posición de Bolsonaro durante su campaña era de reducir la dependencia del país luso frente al gigante asiático. El gobierno de centro – izquierda de Lula Da Silva le había dado gran peso al agrobusiness, cuestión que a la larga llevó a una cierta reprimarización de la economía, consolidada durante la gestión de Michel Temer. Por esta razón, sumado al alineamiento irrestricto con Estados Unidos, Brasil intentó vincularse de otra manera con China. Y lo hizo: se volvieron socios como nunca antes. Después de una gira presidencial por dicho país, de la que Bolsonaro volvió encantado, se reforzaron los negocios chinos en Brasil.

La otra variable era la República Argentina, país que vivió un proceso electoral durante el 2019. La llegada al poder de Alberto Fernández, hecho prácticamente consumado desde agosto de este año, llevaron a una serie de cruces, roces y provocaciones por parte del presidente de Brasil y su familia generaron un posible enfriamiento de las relaciones bilaterales a partir de diciembre. De todos modos, aunque la relación entre los dos mandatarios sea pésima, el vicepresidente de Brasil, Hamilton Mourao, fue el hábil “diplomático” que permitió que la relación no haya devenido en una escalada de tensiones aún mayor. 

Así los hechos, con todo este recorrido realizado, pasando por Estados Unidos, Israel, el “comunismo” latinoamericano, China y Argentina, podemos distinguir que ciertos factores de la política exterior de Brasil desde 2019 vienen de larga data. A modo de ejemplo, la previamente citada alianza con Estados Unidos es un reflejo de ello. Otro ejemplo para sustentar dicha postura es la reprimarización de la economía desde mediados de la primera década del siglo XXI y el aumento de la dependencia económica frente a China. 

Sin embargo, como conclusión proponemos que la política exterior de la administración Bolsonaro tiene un carácter innovador: el fuerte conservadurismo impreso en la sociedad a nivel doméstico. Esto resulta un condicionante muy fuerte al momento de pensar el mundo por parte de la dirigencia de Brasil, ya que está teniendo una gran repercusión en la percepción del sistema internacional como así también en su autopercepción y en los mecanismos de inserción en ese mundo cada vez más complejo.

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