“El cumpleaños de Juan Ángel” de Mario Benedetti

El día de un cumpleaños: 26 de agosto. Un niño que cumple ocho, once años; un adolescente que cumple dieciséis, dieciocho años; un joven que conoce su primer amor, su primer trabajo como empleado bancario; que posteriormente lo vemos formando una familia. Ese mismo hombre que no puede dejar de comenzar a sentir repulsa por el egoísmo de la sociedad que lo incluye y como consecuencia toma el sendero del compromiso político.

Cumpleaños tras cumpleaños la pluma de Mario Benedetti irá despuntando la vida y los pensamientos del protagonista, Osvaldo Puente, un montevideano de clase media sumergido en el contexto de los años sesenta.  La impiadosa pluma del autor de Inventario irá trazando los contornos y exhibiendo las esencias del mundo social de la época.

Comienza hablando la voz del niño Osvaldo en su cumpleaños número ocho:

este veintiséis de agosto

a las siete y cincuenta

yo Osvaldo Puente empiezo por ser un niño

de miedo enterizo y ojos cerrados

y sobre todo de pies fríos

que sueña cuesta abajo con dos tucanes

dos tucanes hermosos y balanceándose

de esos que solo vienen en los almanaques

cuidado que me estoy despertando

yo compatriota de ocho años

comienzo a joderme desde infante

a consolarme como

si vivir mereciera consuelo

cuidado mundo gente cosas cuidadito

que me estoy despertando

los hermosos tucanes se balancean aún

pero en su inminente desequilibrio ya no miran con su ojo lateral y admonitorio

yo compatriota de ocho años

traigo una serie completa de intenciones

que incluye las celestiales y las aviesas

un estuche de intenciones que todavía no he abierto

La niñez de barrio trae aparejada el recuerdo del niño, su universo familiar, las veredas del barrio, la huella dejada por personajes como el zapatero Baldomero a quien visitaba en su taller de remiendos.

a las nueve y veinte papá búho me dice

once años qué bueno sos un hombre qué bueno (…)

este pedazo de la infancia es aproximadamente una caverna

angosta divertida bobamente monstruosa

por su luminosa abertura se ve pasar el mundo

llover el mundo

germinar

madurar

pudrirse el mundo

(…) mis quince años llegaron pronto como un hijo pródigo (…)

o sea tenía que salir

con los bolsillos llenos de lugares comunes

tangos en estado de merecer

por ejemplo un chamuyo misterioso me acorrala el corazón

por ejemplo pensé en no verte y temblé

por ejemplo fuiste papusa del fango

por ejemplo siento angustias en mi pecho

por ejemplo alma otaria que hay en mi

por ejemplo el amor escondido en un portón (…)

 

a mis quince años de las once y cinco

los tangos no se apoyan en mis huesos

sino en la gran claraboya del mundo

y eso

está alto

y sobre todo lejos

Con el asomo de la juventud, un joven Osvaldo Puente comienza su vida laboral como si empezara a subir una escalera social amable, preestablecida, progresiva, aunque muy pronto descubierta y sentida como una jaula o un corset.

 

el futuro no es crónico

por suerte no es crónico

cuando menos se piensa está golpeando

cuando menos se piensa es la una y media y

flagrantemente cumplo mis dieciocho

 

la ciudad de sol está vacía

y no me lo perdono

porque soy yo quien debo llenarla de presencias

yo quien debo desmantelar soledad tras soledad

convertir lo remoto en perentorio

lo poco en mucho

lo desgarrado en continuo

está vacía porque yo estoy vacío (…)

 

a las tres y cuarto ya pasó la crisis

soy tan bancario como de costumbre

contemplo desde fuera mi oficina

mi basílica trivial y confianzuda

la miro desde el ómnibus

la exorciso desde los árboles

la vigilo desde los quioscos

la conjuro desde mí mismo

Osvaldo Puente no aguanta esta receta infalible del ascenso social, el sabor a conformismo y a resignación. Algo en él –y en su generación- se está rebelando, algo que bulle desde sus tripas y que ya se ha manifestado, aunque quizás de forma imperceptible, desde aquella niñez narrada.

hoy me disocio de esa tribu

me predestino a sencillarme el asueto

cumplo mis veinticuatro como quien ve llover

y pienso que allá dentro crepitan mansos desesperados

pobres especialistas en rubros de explotación

mártires de la barbaridad planificada

 

en la plataforma del ciento cuarenta y cuatro

rehago mis huesos inflo mis pulmones

pongo mis sienes a escurrir

a mi flanco un estrangulador frustrado

murmura qué ignominia

pero no hay ambigüedad posible

la ignominia soy yo y no la milicada (…)

yo osvaldo puente

yo compatriota de veintocho vagones

llego con mis nacimientos y mis suicidios

con mis muertes y mis resurrecciones

vengo sonando a martillazos mi estropeada inocencia

para que los míos la sientan la perciban

o perciban lo poco que de ella va quedando (…)

Aquella repulsa que viene sintiendo Osvaldo Puente por un medio social insensible, egoísta, de puertas adentro, ahora encuentra un río ancho, un cauce, un espacio de contención y crecimiento: el compromiso político. En años de dictaduras en América del Sur los movimientos políticos clandestinos comenzaban a construir espacios de resistencia, bocanadas de oxígeno en un ambiente asfixiante. Hacia allí se dirige Puente:

lo grave es que tengo que irme

a los treinta años uno siempre tiene que irse (…)

 

la ciudad que dejé hace dos mujeres

es ahora un paisaje de cordura

comprendo que sorpresivamente he madurado

porque la recorro sin desesperación

y eso que la cordura suele desesperarme

he madurado porque el paisaje no me

convence con sus ventanas entreabiertas

sus sillones de mimbre en la vereda sus

hombres desarmados hablando

clandestinamente de fútbol y

abiertamente de secuestros pero mirando

de reojo las metralletas del poder

en realidad no es exactamente un paisaje de cordura

sino una postal con un paisaje de cordura

 

cuando llego al café son las siete y veinte

y mi cumpleaños toma un tinte violáceo

yo osvaldo puente compatriota

siento por primera vez el peso de mis treinta y un atardeceres (…)

llamémosle gerardo o mejor antonio

antonio pregunta si he decidido algo

y yo que sí que decidí que voy

al decirlo con todas sus pocas letras tengo la

repentina sensación de que en mi mundo

otro tiempo se inaugura

y que mi decisión tan cenicienta tan pobrecosa

tan digna del olvido

funda no obstante un optimismo eléctrico

gracias al cual el riesgo pone a punto su

teología

e incluye los posibles de una muerte imparcial

Y en ese nuevo universo compartido, en ese sueño comunitario, dejará su nombre, dejará de ser Osvaldo Puente y vivirá un nuevo bautismo que lo atrapa, lo sorprende, lo invita a  una resignificación de sus días –de sus cumpleaños- no imaginada poco tiempo antes:

pero a las ocho y cuarenta cuando oprimo por fin

el timbre en la casita con el número 2134

en ese preciso instante sé que me estoy

pasando en limpio (…)

te llamás juan ángel me comunica y este

rápido escalón de tuteo acaba con mis

palpitaciones y sudores

 

después de todo es bueno tener sobre la

espalda treinta y tres años en el instante

de adquirir un nombre

o tal vez mi ser verdadero y esencial sea un

individuo promedio una suerte de osvaldo

más juan ángel sobre dos

yo juan angel compatriota de treinta y cuatro

temporadas no puedo distraerme no tengo ese derecho

noche y día quiero poner atención

clausurar a mi burgués con doble llave

y vichar por el ojo de la cerradura

para ver cómo era cómo fui

verificar cómo mi burgués osvaldo puente

clausura a su vez bajo doble llave su pretérito imperfecto

y vicha por el ojo de la cerradura

para averiguar por fin cómo eran sus miserias

Mario Benedetti redactó El cumpleaños de Juan Ángel en el año 1970. Esta novela, escrita en versos, va surcando el contexto político y social que se vivía a fines de los años sesenta y comienzos de los años setenta en gran parte de América Latina. Soplaban vientos que   ayudaban -y exigían- las definiciones y actitudes que va tomando el protagonista de la obra Osvaldo Puente devenido en Juan Ángel. La cultura se vestía de cultura popular transformadora o revolucionaria y se decidía a enfrentar abiertamente los intereses y los patrones político-culturales consagrados por los sectores dominantes. Así lo decía el autor en un reportaje de aquellos años: “Cuando la cultura empieza a llegar paulatinamente a cada vez más vastos sectores del pueblo, a sensibilizar la opinión pública, a desenmascarar hipocresías, a señalar responsabilidades, a movilizar rebeldías, o sea, cuando la cultura adquiere una vigencia masiva y esclarecedora, entonces las fuerzas represivas arremeten contra ella con la misma ferocidad que contra cualquier otro sector que se oponga a la oligarquía y al poder colonial”.

El cumpleaños de Juan Ángel, un libro sin tiempo que está cumpliendo en esta época su cumpleaños número 50, y que nos sigue desafiando a través de la vida de Osvaldo Puente/Juan Ángel al compromiso colectivo en la construcción de una sociedad más justa.

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