O presidente eleito, Jair Bolsonaro, conversa com jornalistas após visita ao Comando da Aeronáutica,em Brasília

Un año de gobierno Bolsonaro en Brasil

El gobierno de Bolsonaro se inició el 1 de enero de 2019 en un ambiente de opinión pública donde su popularidad entraba en declino.  En octubre de 2018, después de haber recibido una dudosa cuchillada en medio de una multitud de seguidores, que le permitió no participar de ningún debate electoral, Bolsonaro ganó las elecciones en segundo turno por amplia mayoría.  Con 57.797.847 de votos a su favor, que representan 55,13% del electorado, contra 47.040.976 a favor del candidato del Partido de los Trabajadores (PT)  (44,87% del electorado) la derecha se instaló confortable en el poder político, tanto en el ejecutivo como en el legislativo.

La campaña electoral fue determinada por (1) un excelente manejo de las redes sociales que diseminaban noticias e informaciones falsas y con clara motivación de odio que era fogoneado por las grandes empresas de comunicación como Globo, Folha de São Paulo e Estadão, (2) una operación judicial del juez Moro que posibilitó la prisión de Lula y su prohibición de ser candidato, (3) la militancia de base de las iglesias evangélicas que en cada culto de cada villa, de cada barrio y de cada aldea promovían el odio al Partido de los Trabajadores y el apoyo a las ideas homofóbicas, racistas, sexistas, xenófobas y proponiendo resolver el problema de la inseguridad con el lema “bandido bueno es bandido muerto”, (4) el apoyo de las milicias (organizaciones paramilitares que detentan el control de grandes sectores de la periferia urbana, especialmente en las favelas) e, (5) el apoyo de las declaraciones del comando del ejército. Bolsonaro prometía acabar con el comunismo en Brasil (sic), acabar con la ideología de género, acabar con los privilegios de las minorías (se refiere a los derechos de los negros, las mujeres, el movimiento lgbtq+ etc) y es exactamente eso lo que está haciendo. Por ese motivo, comenzó con una popularidad del 70% inmediatamente después de las elecciones, cayó para 49% en enero del 2019, volvió a caer a 34% en marzo del mismo año y hoy está afuera de las encuestas. Su lugar es sustituido por el exjuez y ahora Ministro Sergio Moro.

La gestión de Bolsonaro está marcada por (1) el nombramiento de ministros notablemente incapaces de llevar adelante cualquier proyecto sustentable (de derecha o izquierda) en el área indicada, (2) decisiones de gobierno que más tarde (a veces en pocas horas) son anuladas o modificadas significativamente en sus contenidos, (3) casos de corrupción que comprometen su partido, su esposa, sus amigos y sus hijos, (4) un drástico ajuste en políticas sociales de inclusión, el área de la salud, la educación y la investigación, (5) la obstaculización de todos los proyectos culturales, inclusive aquellos que son financiados por sectores privados, (6) la privatización de buena parte de la matriz energética del país (electricidad, minería y petróleo), (7) el perdón de deudas impositivas millonarias a los bancos, los grandes terratenientes y las empresas multinacionales, (8) la reforma del sistema jubilatorio a favor de las empresas, (9) la profundización de la precarización laboral, (10) la represión, que muchas veces acaba en el asesinato, de la militancia de todos los sectores, especialmente contra los sin techo, sin tierra y ambientalistas.

Las medidas de gestión de Bolsonaro dieron como resultado la reducción del poder de compra de los trabajadores y consecuentemente el enfriamiento del mercado interno que llevó al cierre de fábricas. Solo en el Estado de São Paulo, en el primer semestre de 2019, cerraron 2535 empresas, lo que aumentó el desempleo y el empleo no registrado. Aumentó el número de personas en situación de calle en las grandes ciudades, especialmente en Rio de Janeiro y São Paulo. Las universidades públicas y privadas están en crisis financiera, lo que las imposibilita llevar adelante las investigaciones científicas, los grandes proyectos científicos estratégicos fueron prácticamente congelados, especialmente el aeroespacial, el nuclear y el satelital. Eso atenta directamente a la soberanía nacional pero está en sintonía con la entrega a los Estados Unidos de la base de lanzamiento de satélites y cohetes de Alcântara. En el ámbito de la política internacional Bolsonaro buscó un alineamiento incondicional a Trump, pero, a pesar de todas las muestras de sometimiento, solo consiguió ser humillado públicamente.

La situación actual de Bolsonaro, después de tantos casos de corrupción, tantas medidas antipopulares y claro aislamiento internacional, es bastante precaria, inestable y delicada. Hay un caso en particular que es escandaloso. Se trata del asesinato de la concejala de Rio de Janeiro Marielle Franco y su chofer. Todas las investigaciones policiales y judiciales indican que los asesinos de Marielle se reunieron en la casa de Bolsonaro momentos antes del atentado.

Algunos indicios nos permiten pensar que Bolsonaro permanece en el cargo de presidente porque (1) el segundo y tercer escalón de gobierno está controlado por cuadros de las fuerzas armadas que garantizan el funcionamiento y la gobernabilidad, (2) garantiza la ampliación del negocio y del poder de los pastores de las iglesias evangélicas, inclusive desde el ministerio de relaciones exteriores en relación con África, (3) da libertad al accionar de las milicias en las grandes ciudades, (4) posibilita el negocio fácil de los grupos financieros que lucran con las privatizaciones. Todo eso contiene un límite y un conjunto de contradicciones internas insalvables. Por ejemplo, en algún momento, las fuerzas armadas se sentirán amenazadas por el avance de las milicias y por el control privado de la matriz energética. Además del frente interno Bolsonaro deberá enfrentar el frente externo, los trabajadores formales e informales, la oposición política y la burguesía industrial. Esto comenzará a ocurrir durante 2020.

Brasil tendrá un 2020 muy complicado. Se sentirán en el bolsillo y en la heladera de los brasileños las consecuencias de las decisiones de 2019. El año ya comenzó con recesión, lo que indica que no habrá inversiones privadas para reactivar la economía interna o una política de Estado que propicie la creación de empleo por medio de la realización de infraestructura. Sin políticas públicas de inclusión social no existe reactivación del mercado interno y la política monetarista de desvalorizar la moneda nacional frente al dólar solo beneficia a los grandes exportadores de productos primarios que no generan empleo ni invierten en el país, al contrario, acaban aumentando la grieta entre los trabajadores y los que más tienen.

La oposición a Bolsonaro vive su peor momento. A pesar de la situación desfavorable de Bolsonaro, la dirigencia política de oposición es incapaz de mostrar a la sociedad un proyecto alternativo desde la unidad. En algunos momentos consiguen juntarse para oponerse a cuestiones puntuales pero la mayor parte del tiempo la dedican a discutir el sexo de los ángeles y la lengua de Dios. Lula es el único referente popular significativo, pero eso no lo entiende la dirigencia política tradicional. Los que entienden eso son los operadores de inteligencia articulados con miembros del poder judicial que no cesan de perseguir al único líder espontaneo del pueblo. También lo entienden las grandes empresas de informaciones que no dan tregua en su tarea de crear una imagen diabólica y perversa de Lula. Esa situación está dando buenos resultados, para la derecha, al punto en que Moro (el exjuez y ministro de justicia que encarceló Lula) es el personaje más popular y si las elecciones fuesen hoy él sería presidente. No sé si conseguiría gobernar, pero sería electo.

Un año de gobierno que representa el retroceso de 30. Esperemos que el 2020 la contingencia nos favorezca.

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