Bolivia: el golpe en las redes

Mientras la represión continúa y el ejército dispara contra el pueblo nadie en su sano juicio duda de calificar como golpe cívico-militar lo que ha ocurrido en Bolivia. Mientras la masacre se extiende también se multiplican las interpretaciones sobre lo acontecido, asimismo las denuncias, las imágenes y los videos se replican en las redes de una manera vertiginosa como un eco de los enfrentamientos que desangran vidas y marcan un rumbo impredecible para la región. Nunca como en esta época tuvimos la oportunidad de informarnos con tanta rapidez, sin embargo la dinámica de las redes nos aprisiona en lo fugaz y nos ahoga en una indignación estéril. Los interrogantes que plantean los hechos que se suceden, no sólo en el país vecino, requieren de una reflexión profunda. ¿Cuáles fueron las circunstancias que llevaron a este golpe?; hasta el mismo García Linera, vicepresidente de Bolivia, y uno de los intelectuales más lúcidos de Latinoamérica expresa en un reportaje: “No supimos entender las señales”. Quien escribe, admite que no cuenta con los conocimientos teóricos necesarios para abordar con rigor  las complejas cuestiones económicas, sociales, étnicas y geopolíticas que dieron curso a la desestabilización del gobierno democrático de Evo Morales y menos puede conocer o interpretar esas “señales” aludidas y no especificadas por Linera.

En las calles del sur del continente, las revueltas se prolongan; el gobierno de facto en Bolivia se afianza con el uso de la fuerza, la derecha también gana espacio por medio de elecciones; la magnitud de lo que sucede genera incertidumbre, nadie puede predecir a qué encrucijada nos conducirán estos hechos; como espectadores asistimos atónitos a la desarticulación de la primavera progresista que se fue deshojando y quedó circunscrita a nuestro país con la esperanza que imprimió el triunfo del Frente de Todos. Ante el caos y las acechanzas los sentimientos oscilan entre el optimismo y la aflicción, todo parece trastocado de tal modo que el miedo se canaliza en la necesidad apremiante de articular respuestas para interpretar lo que está sucediendo y restituir cierto orden a una realidad caótica e inasible. Las redes ponen en escena un campo de batalla discursivo que en la búsqueda de sentido adhiere a teorías conspirativas encarnadas en enemigos que terminan por enmascarar al verdadero poder. Pero el entrecruzamiento, la velocidad, la repetición fragmentada y lo breve de los mensajes se someten a una de las reglas de juego donde la derecha se siente más cómoda e impone sus estereotipos: la rapidez y la generalización son las condiciones óptimas para sembrar odio. Cautivos del artilugio la arremetida contra algunos grupos sin diferenciar matices no deja ninguna arista a salvo y como un boomerang  la disputa se instala en el campo popular convirtiéndose en la parábola de nuestras derrotas.

En un mundo líquido se borra la política de la narrativa cotidiana y los referentes adquieren nuevos significados desvirtuando las representaciones que cada vez se vuelven menos representativas. En las redes sociales, con el apresuramiento que las caracteriza, “los evangelistas” como categoría o grupo homogéneo han sido responsabilizados de apoyar el golpe en Bolivia; la imagen bizarra de Camacho con la Biblia alentó las acusaciones. Si bien es cierto que un sector de las iglesias evangélicas tiene afinidad con los gobiernos de derecha y es la punta de lanza del imperialismo y la desestabilización -fenómeno que habría que investigar exhaustivamente- otros apoyan, y así lo expresan, a los gobiernos populares. Confundir la parte con el todo roza el infantilismo, pronunciarse en contra de un colectivo religioso que está validado por una numerosa franja de población se parece a nadar contra la corriente. No nos distraigamos con lo accesorio, veamos lo importante: en el conurbano la fórmula del Frente de Todos ganó y la comunidad evangélica fue una de las que engrosó los votos para la victoria. Atizar enfrentamientos sectoriales se convierte en un arma que puede convertir la región en un polvorín.

La iglesia Católica también ha sido objeto de ataques, convengamos que su actuación a lo largo de los siglos ha dejado mucho que desear; invocar la Biblia para justificar cualquier tipo de tropelías fue el modus operandi de quienes llevaron a cabo la expoliación y el saqueo de los pueblos originarios. Para el modelo extractivista del imperio español era necesario justificar la servidumbre y la esclavitud para la explotación de las riquezas, y el Evangelio fue el arma simbólica para llevar adelante la conquista y aniquilar con el uso de la fuerza toda resistencia, pero en la actualidad atacar la fe en su conjunto nos coloca a la vanguardia y nos separa del pueblo. En países con un fuerte sustrato indígena se ha macerado a lo largo de siglos un sincretismo cultural que habilita la convivencia de creencias y cultos, por eso emprender una cruzada agnóstica en contra de toda religión es estéril y peligroso. No se puede señalar y condenar a todos por igual, dentro de la iglesia trabajan los curas de la opción por los pobres y hubo nombres y hombres que todavía recordamos: Mugica, Angelelli, Hasayne, Novak, Puigjané, entre tantos. La interpretación de los hechos propone una complejidad que excede las consignas y el maniqueísmo.

En el activismo de las redes –que por cierto no es militancia- también se ha colado una de las voces representativas del feminismo que ha denostado el machismo de Evo como una de las razones que debilitó su credibilidad, además de afirmar que no es aymará sino sindicalista, como si una condición invalidara la otra. No es casual, el neoliberalismo confunde mezcla y coloniza el pensamiento; el desprestigio de los sindicatos y de la clase obrera que también en medios progresistas es calificada como “blanca y heteronormativa” ha pasado a formar parte de una estrategia y un repertorio que ignora a las mujeres como parte de la clase trabajadora y desprestigia al movimiento obrero. De tal modo se disecciona a las personas, se fractura lo colectivo, se cataloga y ubica en compartimentos y además se les exige a los líderes una coherencia monolítica que casi nadie puede sostener. El sistema produce un mercado de subjetividades por ende se multiplica y se entrevera todo: indigenismo, racismo, machismo, religión, tecnología, feminismo y en esa diversidad somos en apariencia libres de decir y decidir lo que queremos, nos transformamos en aguerridos defensores de derechos civiles (hecho que no se cuestiona) pero terminamos esclavos de las tendencias que señala el sistema y totalmente incapaces de modificar la base material que genera injusticias.

En esta zaga de diversidad y reproducción al infinito de símbolos y significantes se me ocurre plantear una inquietud acerca de la bandera boliviana y la whipala, esta última tomada como emblema de resistencia ancestral. ¿En qué momento una bandera nación pasa a ser el símbolo de la derecha y no representa a todos los habitantes de un país? Se pueden generar discusiones y argumentar sobre lo conveniente o no de reivindicar una sobre otra, pero de nuevo nos sumergimos en una discusión que atomiza y reproduce la sensación de que todo es diferente y singularmente importante. Hasta los referentes se han vaciado y son objeto de infinidad de interpretaciones. Y esta es una apreciación personal: jamás se debería regalar una bandera nacional a los golpistas por más plurinacional que sea el Estado.

El pensamiento binario ha sido relegado al pasado, ahora todo parece posible pero no hay centro ni conceptos claros para aferrarse. Sin promover un regreso acrítico a un tiempo que no fue idílico tal vez nos deberíamos plantear dónde quedó la dicotomía patria sí/colonia no; en qué encrucijada cedimos las palabras patria, nación, pueblo, república, ordena quienes nos las devuelven enajenadas y funcionales a su ideología. Tal vez la necesidad de ser políticamente correctos, quizá la ética que nos identifica con los colectivos más vulnerables nos ha alejado de una situación que poco se ha modificado en los países de América Latina y de los conceptos de soberanía nacional,  independencia económica, justicia social y patria como para que vuelvan a ser el soporte de una realidad más humanista, solidaria y justa para todos los latinoamericanos.

Zeen is a next generation WordPress theme. It’s powerful, beautifully designed and comes with everything you need to engage your visitors and increase conversions.