América Latina

Inestabilidad regional en un mundo convulsionado

Los sucesos que signaron un año de inestabilidad en América Latina interpela el análisis de quienes consideramos que no podemos pensarnos solos en el mundo. Planteamos la necesidad de encontrar respuestas a una realidad compleja, sobre la cual abundan simplificaciones que se erigen como verdades que intentan reducir nuestras experiencias latinoamericanas al eterno retorno del fracaso. Un destino constante y único, casi maldito, del cual no podemos escapar porque por alguna razón nuestros países no tienen la capacidad para lograr adaptarse a un sistema internacional que les permita alcanzar el desarrollo.

Atraso, pobreza, corrupción, populismo son algunos de estos conceptos que a diario se escuchan marcando las fallas que evitan alcanzar nuestro potencial en el mundo, el cual nos tiene un lugar reservado junto a otras naciones, que deberíamos seguir como ejemplo para alcanzarlas y si no lo hacemos es porque en algo estamos errando.

Pero qué sucede para quienes pensamos que las respuestas son más complejas, que nuestro destino no depende solo de nosotros y se presentan muchos desafíos para los gobiernos latinoamericanos. En este caso intentaremos profundizar en esas respuestas estableciendo ciertos marcos de análisis, que no son los únicos, para poder comprender qué pasó recientemente en nuestra región.

De esta manera para entender sucesos como los de Bolivia, Chile, Ecuador, Colombia, Venezuela, Haití, Puerto Rico que caracterizaron el contexto latinoamericano y pusieron a la región en vilo, podemos comenzar por el punto que tienen en común: la inserción de nuestros países en el Sistema Internacional. Éste se encuentra en crisis, el dominio comercial estadounidense hoy está cuestionado y se manifiesta en una competencia comercial con China que dista mucho de alcanzar una conclusión a pesar de la implementación de la “fase uno” del acuerdo comercial. Donald Trump reconoce esa situación, que, sumada a las exigencias de sus votantes de concentrarse en su política interna, lo obligan a estar en una posición constante entre el mantenimiento de esa hegemonía construida, que no se limita solo a lo económico, o al retiro de ciertas zonas del mundo para priorizar las demandas internas, como suele suceder cada tanto en la historia de Estados Unidos. Sin embargo en un mundo globalizado el retiro determinante no es una opción, por lo que se materializa en el cuestionamiento de las instituciones internacionales que hasta hace poco garantizaban su estructura de poder, desarticulándolas o relativizándolas por no ser lo suficientemente beneficiosas para EEUU.

Esta competencia comercial agravó una crisis global que se remonta al 2008 y que no encontró un salvoconducto. Los niveles de comercio global, que eran el orgullo del sistema, no solo cayeron, sino que se mantienen estancados desde hace una década. Sumado a la falta de reglas claras por la pérdida de control que las instituciones globales como la OMC tenían, el sistema se volvió inestable e impredecible, lo que empuja a los gobiernos al dilema de sostener las reglas de un mundo en crisis o adoptar políticas conservadoras de protección de sus producciones nacionales. Si esto afecta y genera debates al interior de los gobiernos centrales, se presenta con mayor dureza en los gobiernos de la periferia que ante la caída del comercio, el desplome de los precios de las commodities y la inestabilidad internacional encuentran reducidos sus márgenes de acción, en un contexto que les es esquivo, para adoptar políticas de desarrollo sostenidas con perspectivas autonómicas como las que se observaron en la primer década del siglo.

A la vez, la crisis económica a nivel global no solo se manifiesta en esta temática sino que tiene fuertes repercusiones a nivel social. Los frutos del mundo capitalista no alcanzan a todos por igual, lejos de eso, la riqueza se concentra cada vez más y la promesa del derrame no se cumple. Esto se materializa claramente en nuestra región, el territorio con mayor desigualdad, donde el 10% más rico de América Latina y el Caribe posee el 71% de la renta, y tributa solo el 5,4% de su renta según la CEPAL. Esto, sumado a la falta de capacidad de muchos gobiernos para dar respuesta a esta disyuntiva, encuentra a los pueblos en una lucha constante por la igualdad y una mayor distribución de la riqueza, alcanzando niveles altos de conflictividad como el pueblo chileno con sus exigencias para la reforma de un sistema político que mantiene un gobierno de élites desde el fin de la dictadura, o los casos de Ecuador y Colombia, que se encuentran movilizados en contra de las reformas neoliberales de ajuste y violencia implementadas por sus gobiernos que aplican el ajuste sobre los sectores más vulnerables. Situaciones sobre las cuales no se pueden augurar resoluciones, pero que sí permiten pensar que, tomando en cuenta el contexto internacional, nuestra región enfrenta un debate que no puede esquivar en torno a la distribución y los reclamos sociales por mayor igualdad que se manifiestan en todos los países de América Latina. Si los gobiernos de nuestra América, sin importar sus características, no encuentran una respuesta en el mediano plazo, las tensiones sociales en torno a este tema se agravarán alcanzando niveles de conflictividad mayores.

Otro punto a tomar en cuenta, es el rol de los EEUU en la región, que después  de haberse retirado de ciertas zonas del mundo, vuelve a poner el ojo en el continente condicionando directa o indirectamente la política de los gobiernos, y observando que la influencia de China hoy es fuerte en materia de inversión y desarrollo, traslada la disputa al continente entendiendo que no puede descuidar su patio trasero. Lo cual reduce aún más la autonomía que los países de la región poseen para adoptar políticas de desarrollo independientes como las que habían caracterizado la primera década del siglo. El caso del golpe de Estado en Bolivia es emblemático de cómo a través de la presión realizada por la OEA, institución que se había vuelto irrelevante frente a otros procesos regionales y que se alinea directamente a la política del norte, y el reconocimiento posterior del gobierno autoproclamado por parte de Trump, se naturalizó una situación que posee las características clásicas de un golpe para deslegitimar al gobierno popular que mayores transformaciones sociales en materia de distribución, desarrollo y crecimiento había logrado en la historia de Bolivia.

Estas acciones nos alertan sobre el lugar que EEUU está intentando tener nuevamente en la región, y que debe guiar futuros análisis. No es inocente la condena a las acciones llevadas adelante por los gobiernos de Bolivia y Venezuela, tampoco lo es el silencio en el caso de Chile y Colombia que se encuentran en profundas crisis internas. En este sentido, se observa una posición clara para incidir en el destino de los gobiernos latinoamericanos y caribeños, elemento perjudicial para las perspectivas de autonomía. Vale destacar que los períodos en los que se observó mayores niveles de crecimiento en la región coincidieron con los momentos en los que el Departamento de Estado consideró a la misma intrascendente.

Un elemento que profundiza la inestabilidad regional, y que es aprovechada por otras instituciones como la OEA, es la desarticulación de los procesos de Integración regional y de concertación política que permitían la resolución de conflictos entre los gobiernos latinoamericanos. A partir de un nuevo giro neoliberal en la región instancias como la UNASUR o la CELAC quedaron en desuso, y en el caso de la primera perecieron por el abandono de los Estados que la conformaban. Podrá considerarse que se cometieron errores o que no alcanzaron la profundidad necesaria, pero a la luz de la experiencia, no quedan dudas que dichas instancias no solo permitían, por un lado, el acuerdo de una política común que permitió la resolución de conflictos como el intento de golpe de Estado en Bolivia (2008) y en Ecuador (2010), la ruptura de relaciones entre Ecuador y Venezuela (2010), la instalación de bases militares de EEUU en Colombia (2009) o en el golpe que se consumó en Honduras (2009). Sino que, por otro lado, era una construcción propia creada por y desde los países de América Latina, que también permitió la autonomía de la región para pensarse a sí misma.  Hoy en día nos encontramos con un vacío de poder regional, sea por un Estado o por una institución, que efectivamente marque un rumbo a la resolución de conflictos intra e inter Estados, circunstancia que reduce la capacidad de negociación frente a la presión de los intereses externos.

Por último, es necesario tener en cuenta los contextos nacionales que permiten distinguir claramente los procesos, y comprender las particularidades de los mismos. Por algo las movilizaciones contra la implementación de reformas neoliberales no se canalizaron de la misma manera en Ecuador o Colombia, de lo que lo hicieron en Argentina, donde se logró a través de una fórmula presidencial, que ganó el proceso electoral y garantizó un nuevo modelo que busca recuperar las políticas populares de inclusión y redistribución.

En conclusión, fue un año convulsionado y de profunda inestabilidad para América Latina y el Caribe, donde muchos de los sucesos aún no alcanzaron resolución y es difícil augurar resultados. Pero una cosa es clara, es necesario poder comprender los hechos no solo a partir de las lógicas nacionales de los Estados, sino también complejizarlos a través de variables sistémicas internacionales y regionales, para de esta manera, profundizar en las causas de estos procesos y encontrar respuestas o soluciones más certeras, ya que no habrá desarrollo y autonomía de los países latinoamericanos sin el reconocimiento de una identidad y un destino común como región que permitan afrontar los desafíos, es decir, no existirá desarrollo nacional sin conciencia regional.

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