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Manuel Ugarte: El Profeta Maldito de La Patria Grande

No hemos tenido vida propia. (…) ¿Cuándo se transmutará en arte la vida latinoamericana?…
Aprender a ver. Aprender a sentir. En estas palabras está acaso el
programa del futuro. Aprender a ver con ojos propios, aprender
a sentir directamente no a través de otras sensibilidades.
Manuel Ugarte.  El dolor de escribir, 1932.

«Las cosas se cuentan solas, sólo hay que saber mirar…»
Piero de Benedictis, Coplas de mi país, 1972.

En la actual coyuntura de un nuevo avance del neoliberalismo sobre nuestro continente, no nos sorprende leer este texto como análisis de lo que ocurre:

INDUSTRIAS NACIONALES.

Alguien ha venido hoy a verme y me ha dicho: —Juzgue usted mismo, señor. Yo había fundado con mis ahorros y algunos pequeños capitales amigos una fábrica; pero fueron tales los impuestos y las trabas, que me arruiné, y tuve que renunciar a ser fabricante. Ahora vendo el mismo producto importado, y gano el dinero que quiero. ¿Qué criterio económico es este? Un argentino fracasa cuando elabora productos nacionales, cuando aumenta la riqueza común, cuando da ocupación a los obreros del país; y ese mismo argentino prospera cuando se pone al servicio de una fuerza económica extraña, cuando contribuye a que su país sea tributario, cuando alimenta a los obreros de Londres o de Nueva York. Confieso, señor, que no comprendo una palabra. Los programas financieros, ¿se harán en el manicomio? La protesta no puede ser más justificada. Lo que ocurre entre nosotros con las industrias nacionales es algo paradojal.”  (Ugarte, 2010)

Tal vez el estilo en sí mismo nos genera una sospecha: no suena contemporáneo, pero sí su contenido. Sorprende entonces descubrir que estas palabras no fueron escritas hoy sino en 1916 por Manuel Baldomero Ugarte, el escritor maldito (al decir de Norberto Galasso), el escritor nómade que sin dejar de ser un intelectual devorador de libros no esperó que sólo éstos le contaran lo que ocurría ahí fuera, el escritor silenciado porque sus palabras marcaban con claridad verdades molestas  que muchos no querían ver.

Descubrir y leer a Ugarte hoy es no solo afirmar la necesaria reivindicación de quien injustamente pero adrede fue silenciado sino retomar líneas del pensamiento nacional válidas para una reflexión de los tiempos que corren. El presente trabajo se propone recuperar no solo la vida militante del escritor sino su proyecto político desdeñado en vida y después. Dentro de su rica contribución, tomaremos en particular su firme posición anti-imperialista, su rescate del proyecto sanmartiniano-bolivariano de la Patria Grande y su visión social de la organización puertas adentro de nuestro país. Es nuestra intención demostrar que la lectura de Ugarte de la situación continental y nacional a comienzos del siglo XX no ha perdido vigencia, más aún, nos ofrece pistas seguras para iluminar desde el presente nuestra propia historia. Como el Angelus Novus benjaminiano, Ugarte no veía los acontecimientos solo  como una secuencia de hechos sino como elementos fundamentales que iluminando el presente desde el pasado cobran relevancia para comprender cabalmente su peso histórico.

Reseñar brevemente la biografía de Ugarte no es un recurso retórico de introducción a este trabajo. La coherencia entre su vida y sus ideas es más que notable: estuvo allí donde ocurrían los hechos sobre los que reflexionaba y escribía, vivió de acuerdo a lo que sus convicciones le indicaban. Sin aspirar a originalidad alguna, esta postura lo llevará a un ocaso inevitable para quien nada contracorriente en tiempos complejos.

Manuel Baldomero Ugarte nace en el barrio de Flores, Buenos Aires, el 27 de febrero de 1875 en el seno de una familia tradicional y adinerada. Estudia en el Colegio Nacional de Buenos Aires, asiste al Jockey Club… datos menores que hacen prever parte del sentido que más tarde daría a su vida este joven que viaja tempranamente a París donde lleva una vida holgada, de bohemia reuniéndose con figuras destacadas de la cultura, la ciencia  y la política: Gabriela Mistral, Enrique Rodó, Rubén Darío, Miguel de Unamuno, Jean Jaurés, Máximo Gorki, Albert Einstein. Escribe poesía, ensayos y artículos periodísticos. La mayoría de las obras de Ugarte no son publicadas en Argentina, salvo después de su muerte.

Ugarte podría definirse como un socialista nacionalista, miembro de la generación del 900, que desde muy joven denuncia el imperialismo norteamericano, en particular por las intervenciones de este país en América Central y el Caribe. Se queja de que el periodismo argentino dedica largos artículos a describir eventos en Europa pero que rara vez se ocupa de las cuestiones nacionales o latinoamericanas.

Participa activamente como congresal en la Internacional Socialista de 1907 donde comparte el encuentro con figuras como Vladimir Ilich Lenin, Rosa Luxembugo, Jean Jaurés, Karl Kautsky y Gueorgui Plejánov. Sin embargo, como veremos más adelante, se alejará de la institucionalidad socialista, no así de muchos de sus ideales, por considerarla alejada de la realidad nacional.

Ugarte es un gran lector, lo que le permite estar bien informado acerca de la realidad. Sin embargo, y en virtud de su buen pasar económico, decide conocer esa realidad de primera mano y recorre la América hispana entre 1910 y 1913: las veinte patrias fragmentadas que constituían el sueño bolivariano de una patria unificada reciben con entusiasmo la visita de este argentino peculiar. Llama la atención su particular visión socialista que se niega a trasplantar ideas europeas y que insta a recuperar las raíces históricas del continente: un proyecto asuntivo que lo lleva a alejarse más temprano que tarde a romper con el partido socialista. El 13 de octubre de 1911 en Caracas, Ugarte define este proyecto con claridad: «Bajo ningún pretexto podemos aceptar la hipótesis de quedar en nuestros propios lares en calidad de raza sometida. ¡Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa!» (citado en Morales, C., 2013).

En 1915 funda en Buenos Aires, y con su propio aporte, el diario La Patria. Desde esa tribuna, comenzará una de sus campañas más comprometidas: denunciar sistemáticamente al imperialismo inglés: el argumento de Ugarte es que nuestro país es una semi-colonia británica sin que se note ya que la estrategia colonial se da a partir de la penetración económica. Dice Ugarte en el diario mencionado:

«Uno de los problemas que más nos interesa, fuera de toda duda, es el de la explotación de nuestros ferrocarriles por empresas de capital foráneo, cuyos intereses, de conveniencias motivadas por su misma falta de arraigo y su origen, son fundamentalmente opuestos a los intereses de la república […] Las empresas ferroviarias son todas extranjeras: capital inglés, sindicatos ingleses, empleados ingleses […]. Lleva la empresa noventa y ocho probabilidades de obtener pingües ganancias contra dos de obtenerlas… regulares; de perder, ninguna. […] Y este dato merece ser tenido en cuenta al ocuparse de los ferrocarriles como origen de nuestra atrofia industrial». (citado en Morales, C. 2013)

Fue a partir de la expresión de sus ideas políticas que finalmente es expulsado del Partido Socialista. En palabras de Víctor Ramos (2010) en su prólogo a La Patria Grande:

“Al avanzar con sus estudios sobre la naturaleza del imperialismo y su experiencia en el Partido Socialista, el joven Ugarte advirtió que ese internacionalismo partidario no cuestionaba al imperialismo. Por el contrario, lo creía beneficioso para liquidar a los bárbaros y traer la civilización. La izquierda oficial no hacía diferencia entre países opresores y países oprimidos; imperios y colonias entraban en la misma categoría.

Para Juan B. Justo, Ugarte era una pesadilla. Demostrando su independencia de criterio fundó en 1915 un diario al que llamó: La Patria. Allí dio rienda suelta a su claro nacionalismo económico y a su compromiso iberoamericano que resultó escandaloso a los socialistas argentinos admiradores de Theodore Roosevelt”.

La presión que el país del norte ejercerá sobre Ugarte de allí en más fue in crescendo pero directamente proporcional a ella se daba el apoyo al escritor en los países latinoamericanos que visitaba. Por razones económicas, La Patria debe cerrar sus puertas en 1916.  En 1918, vuelve a Argentina para participar con pasión de la Reforma Universitaria que se estaba dando en Córdoba. Paralelamente, recibe los elogios incondicionales de los revolucionarios mexicanos y de los dirigentes peruanos de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), en especial de Víctor Raúl Haya de la Torre. Salvo entre los reformistas cordobeses, Ugarte seguía siendo ignorado en su propio país.

Siguen viajes, conferencias, aclamaciones y regresos sin gloria a su patria. Su fortuna personal, invertida mayormente en sus actividades intelectuales y políticas va llegando a su extinción. Sufre privaciones personales, pero no ceja en su campaña militante de difusión de los verdaderos problemas que aquejaban a su país y al continente todo.

Cuando en 1946 triunfa en las elecciones el Coronel Juan Domingo Perón, Ugarte regresa a la Argentina: se siente íntimamente identificado con la propuesta del nuevo gobierno y se pone a su servicio. El 15 de mayo de ese mismo año declara en el diario Democracia:

«Más democracia que la que ha traído Perón, nunca la vimos en nuestra tierra. Con él estamos los demócratas que no tenemos tendencia a preservar a los grandes capitalistas y a los restos de la oligarquía», declara. Y luego escribe: «Todos los presentimientos y las esperanzas dispersas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo, que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero» (citado en Barrios, 2007: 183).

A los setenta y un años, cuando ya está pobre y desencantado, es nombrado embajador en México. Sin embargo, por presiones diplomáticas debe renunciar y es más tarde trasladado a Nicaragua donde tampoco se siente cómodo. Finalmente, será embajador en Cuba. Deteriorado en su salud y enredado en intrigas de funcionarios de la embajada, el incansable escritor latinoamericano decide regresar a Francia, donde todavía conservaba una propiedad en alquiler en la ciudad de Niza. Regresará a Argentina para poder votar a Perón en las elecciones de 1951. Sin embargo, el Ugarte que regresa es solo una sombra del joven apasionado que recorría sin cesar la patria latinoamericana para concretar el sueño de unificarla definitivamente. Luego de las elecciones, regresa de inmediato a Francia donde el 2 de diciembre de ese mismo año es hallado muerto en su casa por un escape de gas. El informe oficial indica que fue un accidente, pero no faltan versiones como la que sostiene la historiadora Liliana Barela (citada en Morales,  2013) que sugieren que, sumado a su abrumado estado de ánimo,  la negación sistemática de su persona y de su figura, y los suicidios de queridos amigos como Alfonsina Storni, Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Lisandro de la Torre colaboraron en minar lo que quedaba de su voluntad y podría haberse suicidado él mismo.

Como cierre de esta biografía, rescatamos las palabras de Abelardo Ramos (1968) en su Historia de la Nación Latinoamericana que resumen dramáticamente la figura de nuestro escritor comprometido:

“El irritado silencio que ha rodeado siempre a la figura de Ugarte no sólo es necesario atribuirlo al papel de «emigrado interior» del intelectual del 900 en las semicolonias, sino al «leprosario político» en el que la oligarquía, las Academias conservadoras, tanto como las «Academias Marxistas» o los «Científicos Sociales» empollados por las generosas becas del Imperio, recluyen a los hombres de pensamiento nacional independiente”. (320)

El fin del siglo XIX está marcado por la cristalización de los estados-nación latinoamericanos. Superadas las etapas independentistas primero, las guerras civiles que le siguieron y delineados tenuemente los contornos de facciones políticas, América Latina emprende el camino de la modernización a partir de la creación de una “estatalidad” necesaria: los modelos son los de los países europeos pero sobre todo el de los Estados Unidos de Norteamérica con quien los unía un desarrollo histórico similar. En la América del Sur, los sueños de una unidad política unificada se diluyen profundamente dando lugar a veinte patrias con una historia compartida que no parece ser suficiente razón para mantenerlas cohesionadas. El modelo capitalista se presenta como un valor fundante del desarrollo económico y la idea de progreso asociada a las teorías evolucionistas imperantes en el mainstream intelectual auguran que lo mejor siempre estaba al llegar. Entre los nuevos actores políticos surge un nuevo sujeto: la multitud que llega a las ciudades más desarrolladas y otorga un nuevo impulso a la sociedad: por un lado deseadas en tanto constituían la mano de obra necesaria para el desarrollo económico; por otro lado temidas, por fungir de fuerza incontenible que reclama su lugar en el mundo, disputando aquél espacio habitado por otros más privilegiados por su posición social. Se arguye que este nuevo actor social precisa de límites porque no puede entender el juego democrático.

El colonialismo europeo vencido en América da paso al imperialismo que Vladimir Lenin definiera como “fase superior del capitalismo” en 1916. Quien lleva a cabo la arremetida imperial es el país del norte, Estados Unidos, quien interviene política y económicamente en todo el continente y contribuye así a la fragmentación antes mencionada. Un punto de inflexión es la colaboración activa de ese país en la independencia cubana en 1898, colaboración ésta que no fue gratuita por cierto. A cambio de desterrar para siempre los resabios conquistadores del imperio español, se troca el antiguo por uno más moderno, que se cree incluso tiene una fuerza civilizatoria. La movida política se acrisola con la Enmienda Platt que deja a Cuba formalmente libre pero bajo el dominio político-económico del imperialismo norteamericano, situación que se resolverá a favor de la isla recién en la exitosa revolución cubana del 1 de enero de 1959.

La modernidad surge entonces como una respuesta al imperialismo nuevo, como intento de poner valores culturales y espirituales que deben rescatarse y renovarse por sobre la primacía de lo útil. Será entonces que Martí propondrá una versión integrativa, no dicotómica: asumir lo que fuimos para ser lo que somos, el proyecto asuntivo para conocer y transformar la realidad. Renace el proyecto de un destino común que debe rastrearse y afirmarse.

En la Argentina, el fin de siglo nos encuentra festejando el Centenario de la epopeya de Mayo. Sin embargo, las clases políticas argentinas están muy alejadas del proyecto integrador: ni para afuera, ni para adentro. Las oligarquías agrarias, cómplices y socias de otro imperialismo, el británico, no están preocupadas por el otro imperialismo, el norteamericano, que lenta y silenciosamente teje los hilos de una nueva dominación. Construyen un país propio para su propio provecho. Es por eso que aquí también las masas, la multitud se ven como una amenaza. El momento menos deseado llega con las elecciones presidenciales de 1916 cuando gana, contra los deseos y pronósticos, el radical Hipólito Irigoyen. De ahí en más, la oligarquía argentina no ahorrará esfuerzos ni sangre del pueblo para intentar reestablecer el orden que creían natural: el propio.

Es este el contexto histórico-político con el cual lidiará con sus ideas y con su cuerpo el joven Manuel Ugarte. Es ésta la realidad que intentará cambiar sin ahorrar su fortuna ni su prestigio. Es esta la pared contra la que chocará repetidas veces hasta caer derrotado en su departamento de Niza en 1951.

Como apuntáramos en la presentación de este trabajo, indagaremos acerca de tres ejes relativos a los temas a los que Ugarte dedicó toda su vida, a saber su lucha contra el imperialismo, la recuperación del proyecto de Patria Grande como instrumento de lucha contra el imperialismo y finalmente resumiremos algunos aportes del escritor maldito con respecto a su proyecto político interno.

Si bien las  categorías de la ciencia política definen al imperialismo como una relación entre estados donde uno domina al otro en diversos ámbitos (económico, cultural, por ejemplo) sobre todo, en el territorial, sabemos que aún antes de constituirse los estados-nación como los conocemos hoy, esta práctica política ya existía desde mucho tiempo atrás.

Hablar de imperialismo en el momento en que Ugarte realiza su producción intelectual es describir el nacimiento de un nuevo “imperio”, el del estado norteamericano, que por su situación geográfica y política venía desarrollando una política expansionista, primero al interior del propio país y más tarde avanzando sobre otros. La intromisión y el atropello del país del norte empiezan naturalmente en territorios vecinos. Un ejemplo paradigmático de este avance fue la Enmienda Platt, impuesta extorsivamente al pueblo cubano, a cambio de apoyo militar norteamericano que le permitió a la isla caribeña lograr su independencia luego de vencer a las tropas españolas en 1898. Esta victoria no fue solamente militar sino fuertemente política ya que determinó la pérdida de la última colonia española en América. La enmienda mencionada más arriba obligaba a Cuba a aceptar la intervención militar norteamericana en su territorio, la instalación de bases en la isla y una serie de condicionamientos económicos de sujeción que todavía, a pesar de la revolución comunista del 1 de enero de 1959, sigue teniendo su mojón en el territorio de Guantánamo. Es este el escenario sobre el que Ugarte no solo va a hacer sus reflexiones antiimperialistas sino que son las que lo llevarán finalmente a alejarse definitivamente del Partido Socialista.

El escritor argentino viaja a Estados Unidos para hacer observaciones de primera mano del fenómeno imperial norteamericano. Allí Ugarte dirá: “En Estados Unidos comprendí el peligro de la expansión imperialista. . .” (citado por Galasso). En su célebre carta enviada al Presidente de los Estados Unidos, Tomás Wilson en 1903, Ugarte dice:

“Ha llegado, señor, la hora de hacer justicia en el Nuevo Mundo; justicia para ciertas repúblicas hispanoamericanas, que desde hace muchos años sufren un odioso tratamiento; y justicia para los Estados Unidos, cuyas tradiciones están palideciendo al contacto de una política que no puede representar las aspiraciones de los descendientes de Lincoln y de Washington.” (La Patria Grande)

Ugarte intenta ser conciliador con el pueblo norteamericano invocando sus próceres gloriosos pero no deja de advertir más adelante en la misma carta que ese país ha ido ganando un rechazo a partir de las medidas adoptadas. Habla luego de las empresas que inundan con productos a otros países, deteriorando sus industrias locales, de los abusos de los contratistas, del destrato contra los obreros que trabajan en ellas. Habla también del “censurable expansionismo político” y aquí tenemos una pista importante en el análisis que Ugarte hace de los mecanismos utilizados por el imperio del norte para lograr sus propósitos.

«La expansión va perdiendo su viejo carácter militar. Las naciones que quieren superar a otras envían hoy a la comarca codiciada sus soldados en forma de mercaderías. Conquistan por la exportación. Subyugan por los capitales. Y la pólvora más eficaz parecen ser los productos de toda especie que los pueblos en pleno progreso desparraman sobre los otros imponiendo el vasallaje del consumo.» (citado por Galasso).

Quienes preferían no ver la realidad de este modo planteaban la imposibilidad de una amenaza invasora norteamericana en virtud de la distancia que nos separaba, no veían forma alguna de que fuera un peligro. Sin embargo, ya entonces, Ugarte ofrece un diagnóstico impecable que, leído cabalmente, no ha perdido vigencia:

“Bien sé que en el Sur nada es más imposible que la conquista directa, dada la falta de comunicaciones, la extensión de nuestros territorios y la distancia a que se hallan algunos de ellos de la nación absorbente. Pero una constante preeminencia moral, una infiltración económica progresiva, una inútil protección acordada a la independencia, la difusión del idioma y la especie de paternidad ostentada ante los europeos, ¿no pueden ser acaso los agentes de una invasión espiritual, comercial y política que la prosperidad portentosa de aquel país y la habilidad de un ministro como Mr. Root logre empujar al fin hasta los límites? Recordemos que la gran república del Norte ha asumido ante varios congresos internacionales la representación del conjunto, que el nombre de «americanos» se aplica por antonomasia a los habitantes de los Estados Unidos, como si éstos lo sintetizarán todo, y que la doctrina de Monroe, invocada tan a menudo, sólo implica en resumen una protección innegable.” (El porvenir de América Latina. Las bastardillas son nuestras).

Como vemos nuestro escritor percibe una forma moderna de imperialismo que ya no limita a la apropiación de territorios sino que actúa de modos más sutiles, hoy diríamos más “políticamente correctos” pero no por eso menos efectivos. Agrega por si quedan dudas:

“«Admitiendo que el peligro exista—declaran—, para llegar hasta nosotros el coloso tendría que atravesar toda la América.» Olvidan que si la situación geográfica logra ponernos, según la región, parcialmente al abrigo, que si la prosperidad económica puede quizá anular o detener el primer ataque, cada vez que una nueva comarca sucumbe, el conquistador está más cerca.” (op.cit.).

Esta posición radical antiimperialista va a mellar la relación que Ugarte tiene con el Partido Socialista, en especial en la particular visión que este último adoptará con respecto a la influencia “civilizatoria” que pueden tener los avances coloniales e imperiales. Al respecto, el órgano del Partido (La Vanguardia), critica duramente la posición de Ugarte expresada en su obra El porvenir de la América Española, a quien tilda de “alarmista”. Para apoyar su tesis, llegan a decir que:

“No siendo posible la conquista por la guerra, no debe inquietarnos la conquista comercial…Tenemos motivos para creer que la intervención o conquista de las repúblicas de Centro América por los Estados Unidos puede ser de beneficios positivos para el adelanto de las mismas. Cuba, dice Justo en ‘Teoría y Práctica de la Historia’, está ahora más cerca de España porque la correspondencia entre ambos países cuesta tanto como entre dos estados de la Unión. El valor de la tierra en Cuba y en Puerto Rico ha subido. Y la inmigración ha aumentado. El gremialismo obrero ha tomado impulso en Cuba después de la guerra, gracias a la influencia norteamericana. En Puerto Rico se araba con arado de palo. La injerencia de Estados Unidos ha comportado el progreso técnico en todos los órdenes de las actividades. Es que en el contacto de razas tienen que predominar los elementos mejores de la raza más civilizada». (citado por Galasso).

Nada conmoverá la convicción ugarteana y decide entonces recorrer las veinte patrias latinoamericanas para conocer a fondo sus realidades, para predicar la necesidad de una unión de las naciones contra el peligro que claramente vislumbraba.

“El buen sentido más elemental nos dice que las grandes naciones  sudamericanas, como las pequeñas, sólo pueden mantenerse de pie apoyándose las unas sobre las otras. La única defensa de los veinte hermanos contra las asechanzas de los hombres es la solidaridad.” (El porvenir de América Latina).

Para Ugarte, la vulnerabilidad de los países latinoamericanos está claramente en su desunión, en la actitud “ombliguista” de las veinte naciones que alguna vez fueron pensadas y soñadas como una unidad cultural, política y económica que él veía como invencible. Ugarte hubiera acordado con las palabras de Bolívar Espinoza y Cuellar Saavedra (2012) cuando aseguran que:

“Las diferentes prácticas de resistencia y sumisión que los habitantes originarios de América opusieron a las campañas de conquistas emprendidas por los imperios europeos desde el siglo XV se acompañaron de complejas formas ideológicas justificativas que, después de múltiples metamorfosis, culminaron con la utopía de una ‘Patria Grande’, antesala de la liberación.”

Utopía en tanto resistencia al y destrucción del poder constituido, utopía como subversión, utopía como herramienta constructora de lo posible.

Una Patria Grande que cobije la diversidad de comunidades en términos raciales y étnicos que Ugarte va a describir con detalle en El Porvenir de América Latina dando lugar a cada cual, apuntando sus fortalezas y debilidades y sus aportes a la construcción de ese ideal: habla de los españoles, los negros, los indios, los mestizos, los mulatos, los criollos, los inmigrantes, todos antecedentes necesarios para un proyecto integrador:

“Nuestras divisiones son puramente políticas y por tanto convencionales. Los antagonismos, si los hay, datan apenas de algunos años y más que entre los pueblos, son entre los gobiernos. De modo que no habría obstáculo serio para la fraternidad y la coordinación de países que marchan por el mismo camino hacia el mismo ideal. Sólo los Estados Unidos del Sur pueden contrabalancear en fuerza a los del Norte. Y así unificación no es un sueño imposible». (citado por Galasso).

La opción para la América Latina está en el afianzamiento de una identidad común, de una historia compartida, del abandono de las diferencias coyunturales que la disgregan. Para Ugarte es posible pensar un ethos latinoamericano que ha sido silenciado por las circunstancias históricas: las batallas por la independencia, las guerras civiles posteriores, las intromisiones de los países coloniales e imperiales. Es preciso buscar los ejes comunes y avanzar, como lo plantearon San Martín y Bolívar, en un proyecto común. “Los pueblos necesitan razones de vivir y razones de morir; Las razones de morir son las pasiones, las razones de vivir son los ideales” (La Patria Grande).

Viaja incansablemente por casi todos los países proclamando su mensaje integrador pero ensalzando las diferencias. Es aclamado allí donde va, se reúne con políticos, estudiantes, comerciantes. No se cansa de opinar de los conflictos existentes con una actitud militante y comprometida:

“Los destinos de los países hispanoamericanos fueron siempre paralelos y son hoy más que nunca concordantes; de suerte que como los ciudadanos de todas las repúblicas están interesados en los asuntos que se refieren a cada una de ellas, ninguna región puede juzgar inoportuno el interés que despierta entre sus hermanas.”(La Patria Grande)

Lejos quedaba el dandy argentino que disfrutaba de la buena vida en Europa y que tenía más aspiraciones literarias que políticas. Su corazón socialista lo ha tornado una persona sensible en un sentido mucho más profundo que el estético. Pero como ya indicamos anteriormente, no acuerda con el internacionalismo proletario que desconocía la realidad latinoamericana, que intentaba importar experiencias europeas: su ideal es americanista, indigenista, proletario y emancipador. Su compromiso con esta causa aumenta cada vez más en forma directamente proporcional a la pérdida de sus ingresos, pero esto no lo detendrá nunca. Tampoco cejará ante la cruel indiferencia que encuentra en su propio país. Un país para el que Ugarte también tenía un proyecto progresista y superador.

De mismo modo en que enumera minuciosamente las comunidades humanas que habían hecho posible pensar el sueño sanmartiniano-bolivariano, Manuel también hace un repaso pormenorizado de lo que tendría que contar al momento de hacer grande a la Argentina. Como expresaría en 1946 ante la victoria electoral del Coronel Juan Domingo Perón: “Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero” (citado por Morales, 2013). Esta no es una mera declaración ya que él mismo se encargó de ponerle ideas y palabras a ese derrotero.

En una semi-colonia como Argentina, Ugarte supo articular la cuestión nacional con la cuestión social. Podríamos ubicarlo en el estante de los nacionalismos populares o de izquierda. Es menester, dirá Ugarte, contar con un “nacionalismo inteligente”.  En La Patria Grande ofrece un “programa” que incluirá una serie de cuestiones de indudable vigencia aún en el siglo XXI.

En la faz económica, Ugarte propone la creación de industrias para poder contar con productos manufacturados como alternativa al modelo agro-exportador oligarca que seguía concentrando la riqueza en pocas manos. Insiste en desarrollar las propias fuerzas productivas que puedan sustituir las fuerzas económicas extranjeras: “Los pueblos que solo exportan materias primas son pueblos coloniales” (La Patria Grande), dirá convencido. Esto llevará a una independencia económica necesaria para lograr la independencia política. Se planta frente al librecambio. Ante la disyuntiva de abaratar precios por la importación en detrimento de la industria nacional, será lapidario: carece de sentido pagar más barato a costa de la desocupación de los obreros: “Conviene más la vida cara en un país próspero que la vida barata en una nación en ruinas. “Bregará por recuperar los ferrocarriles de las manos extranjeras ya que estos obtienen sus ganancias con sangre nacional”.

La cuestión obrera también será causa de los desvelos del escritor olvidado: rechaza la lucha de clases y las reivindicaciones extremistas y está a favor de respetar los derechos individuales que defiendan la dignidad del obrero. Apoya las huelgas que se realizan en favor de las ocho horas de labor.

Defenderá la propiedad nacional de los recursos naturales como el petróleo, el hierro o el carbón como “elementos de vida y de lucha”. Criticará fuertemente la intromisión de compañías extranjeras para la explotación de esos recursos, no solo en nuestro país sino en otros países latinoamericanos. Es notable la cantidad y precisión de datos que el autor utiliza para sus argumentaciones, seguramente fruto de los contactos construidos en su gira latinoamericana. Tampoco faltan datos acerca de nuestro país. Se permitirá incluso hacer predicciones:

“En ese mismo documento encontramos la información de que si la Argentina produjera al año dos millones de toneladas de petróleo, se emanciparía de toda importación de carbón. Ello exigiría naturalmente una instalación especial de maquinarias, puertos, cabeceras de ferrocarril, tanques, depósitos y barcos construidos especialmente. El Estado, propietario de los yacimientos, no ha hecho en favor de su explotación un esfuerzo proporcionado a la importancia del asunto. Aun dejando de lado el alcance que podría tener en nuestro siglo una empresa de este género dirigida por los propios nacionales, hubiera sido desde los comienzos un negocio de resultados seguros.” (La Patria Grande)

Tampoco le es ajena la producción agrícola y ganadera que asegura el abastecimiento necesario para el crecimiento del pueblo. Destaca que esta cuestión toma una importancia más relevante frente al estallido de la guerra mundial, momento que nuestro país casi duplica sus exportaciones. Su premisa es ilustrativa:

“Entre las más claras enseñanzas de la guerra se destaca un nuevo axioma: la importancia ofensiva de los factores económicos, la eficacia guerrera de las actividades pacíficas de los pueblos, la labor que se traduce en producción abundante de artículos de primera necesidad” (op.cit.).

Además de los temas económicos, Ugarte también sienta su posición con respecto a las relaciones diplomáticas. En tiempos de guerra, es partidario de la neutralidad, lo que agrietó aún más su ya averiada relación con sus camaradas socialistas.

«[…] fui hispanoamericano ante todo… No me dejé desviar por un drama dentro del cual nuestro continente sólo podía hacer papel subordinado o de víctima y lejos de creer, como muchos, que con la victoria de uno de los bandos se acabaría la injusticia en el mundo, me enclaustré en la neutralidad» (citado en Galasso).

Todo lo expuesto más arriba con respecto a la unidad latinoamericana sería también pertinente en esta última sección.

Un dicho popular reza “Nadie es profeta en su tierra”. Desafortunadamente fue también el caso de nuestro Manuel Ugarte. Uno de los latinoamericanos más valiosos de finales del siglo XIX y gran parte del siglo veinte fue un muerto civil que con amargura comentó en su momento que en otros países a alguien como él al menos se lo fusilaba. Abelardo Ramos nos dice que en la Universidad de Guayaquil la cabeza de Ugarte está pintada junto a las de Bolívar y San Martín. En nuestras tierras, nos sorprendería que siquiera sonara familiar su nombre. A menudo se escuchan quejas con respecto a la escasez de una filosofía latinoamericana pero quienes la cultivan tampoco son atendidos. Junto a Vasconcelos, Ugarte se permitió soñar con una “raza cósmica” plural y latinoamericana que derrotara la impronta positivista que marcaba el darwinismo social proclamado por hombres mismos de nuestra tierra. El mensaje de Ugarte es esperanzador, profético y realista. Mirando nuestra historia, recordando quienes nos antecedieron, rescatando la diversidad cultural de etnias y razas, no podía haber para Ugarte una pura contingencia: había un proyecto pensado y soñado y todavía posible. Ugarte fue revolucionario y fue nacionalista: no hay liberación popular alguna sin una patria liberada; no hay un continente liberado sin patrias libres. De allí que su prédica se movió por los ejes analizados en el presente trabajo: anti-imperialismo para evitar el avance de los realmente poderosos, latino-americanismo para mancomunar historias y proyecto políticos, nacionalismo para el buen vivir.

Si los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla, se nos hace imperativo volver a la lectura de Manuel Baldomero Ugarte para contar con una caja de herramientas imprescindible para escapar a ese destino.

 

BIBLIOGRAFÍA

BARRIOS, M.A.(2007), El latinoamericanismo en el pensamiento político de Manuel Ugarte, Biblos, Buenos Aires.

BOLIVAR ESPINOZA, G.- CUELLAR SAAVEDRA, O. Hacia la idea de la “Patria Grande”. Un ensayo para el análisis de las representaciones políticas », Polis [En línea], 18 | 2007, Publicado el 23 julio 2012, consultado el 22 septiembre 2018. URL : http://polis.revues.org/4028.html

GALASSO, N. Manuel Ugarte: un argentino maldito. Ediciones del pensamiento nacional, sin mención de fecha ni lugar de publicación.

JARA, C.J. Manuel Ugarte. Precursor del nacionalismo popular, en  http://www.elforjista.com/Ugarteprecursor.htm , consultado el  24/8/2018.

MAIZ, C. Jorge Abelardo Ramos, el “inventor” de Ugarte: Marginalidad, canon y nación. Estud. filos. práct. hist. ideas [online]. 2013, vol.15, n.1, pp.75-88. consultado el  20/8/2018.

MORALES, C. (2013), Manuel Ugarte: el profeta olvidado de la unidad latinoamericana, en  http://www.laopinionpopular.com.ar/noticia/28203-manuel-ugarte-el-profeta-olvidado-de-la-unidad-latinoamericana.html, Consultado el 29/8/2018.

RAMOS, J.A. (1968), Historia de la Nación Latinoamericana, Peña Lillo Editores , Buenos Aires

RAMOS, J.A., Manuel Ugarte (1878-1951) En un nuevo aniversario de su muerte (2 de diciembre de 1951), en elortiba.org, fecha de acceso 1/9/2018.

UGARTE, M. (2010), La Patria Grande, Capital Intelectual, Buenos Aires.

UGARTE, M. El porvenir de la América Latina. La raza, la integridad territorial y moral. La organización interior, Sempre y Cia. Editores, Valencia. sin fecha de publicación.

 

 

N.B. Las ediciones de las obras La Patria Grande, El porvenir de la América Latina y Manuel Ugarte: un argentino maldito consultadas carecen de paginación.

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