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La epopeya de los humildes

Era el subsuelo de la Patria sublevado. Éramos briznas de multitud y el
Alma de todos nos redimía. Presentía que la historia estaba pasando junto a
nosotros y nos acariciaba suavemente, como la brisa fresca del río. Lo que yo
había soñado e intuido durante muchos años estaba allí presente, corpóreo,
tenso, multifacetado, pero único en el espíritu de conjunto. Eran los hombres
que están solos y esperan que iniciaban sus tareas de reivindicación. El
espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo.
Raúl Scalabrini Ortiz

 

¿Dónde habrán estado ese 17 de octubre del 45? No lo sé, pero los imagino así como eran, anónimos y pobres movidos por el deseo de alcanzar una felicidad esquiva. Y los deseos, a veces se transforman en pasiones; esa noche nacía una pasión, emergía un mito con profundas raíz popular en la historia argentina. La voz del general se escuchaba en la radio. La Historia con mayúscula se encarga de narrar los acontecimientos, pero la intimidad de las pequeñas historias cotidianas desnuda sin velos ni mediaciones ese indestructible lazo de lealtad que estableció el pueblo con su líder.

“No quiero terminar sin enviar un recuerdo cariñoso y fraternal a nuestros hermanos del Interior que se mueven y palpitan al unísono con nuestros corazones en todas las extensiones de la Patria. A ellos, que representan el dolor de la tierra, vaya nuestro cariño, nuestro recuerdo y nuestra promesa de que en el futuro hemos de trabajar a sol y a sombra porque sean menos desgraciados y puedan disfrutar mejor de la vida.” Perón les hablaba.

¿Lo habrán escuchado?, ¿qué habrán pensado los cuatro hermanos que se habían criado solos desde chicos? El dolor de la tierra significaba para ellos ausencias y privaciones. Mis abuelos habían llegado de España a principios del XX, el trabajo duro en las minas de hierro arrasaba la esperanza e incrementaba el hambre en el norte de la península, cruzar el Atlántico desde la aridez de Gallarta hacia la pampa húmeda quizá haya sido la extrema posibilidad de cambiar de vida y de suerte. Me contaron, porque no lo conocí, que el abuelo era anarquista; el tiempo inclina mi presunción de que el socialismo incipiente que organizaba las primeras huelgas en las minas habría tenido influencia en su modo de concebir un mundo más justo. Algo de cierto habrá en esa historia familiar porque lo echaron de una conocida fábrica de pastas y procesamiento de harinas de Rosario luego de participar activamente en una larga huelga. El trabajo de estibador y luego de barrendero iba a ocupar los últimos años de su vida.

 Mientras barría las calles del centro, conoció a un librero que atendía en calle Mitre al 800, algún vínculo habrán establecido porque comenzó a prestarle libros; la inquietud del barrendero y quizá un grado de educación desacostumbrado para ese oficio alentó los préstamos. Imagino que entre lectura y lectura habrá construido esa habitación de chapas que yo conocí; la chatarra del puerto le había servido para ampliar la escasa cantidad de habitaciones de esa casa donde luego continuaron viviendo mis tías y jugué tantas veces cuando era chica. Allí no había bibliotecas, no había confort, las urgencias eran otras, pero los remaches de las chapas registraban con pulcra exactitud la decisión de torcer el destino. El tiempo no le alcanzó, murió muy joven.

 La alegría era un lujo, la dureza de los años 30 castigaba a los trabajadores; la abuela joven y viuda no pudo soportar tantas privaciones y los cuatro hermanos casi adolescentes quedaron solos con su ingenio para poder sobrevivir.

 Mi viejo a quien le decían “el gallego”, aunque no había nacido en España, trocó escuela por trabajo rural. Entre cosecha y cosecha sólo pudo terminar quinto grado. Todavía los privilegiados no eran los niños y el Estatuto del peón Rural no existía ni en la imaginación del más atrevido. El otro hermano se la rebuscaba con changas. Mis tías tampoco la pasaron bien. La mayor que se convirtió con el paso de los años en la tía “solterona” como se decía en la época, trabajaba haciendo limpieza en la casa del dueño de una famosa tienda que quedaba cerca de la estación de ómnibus. Me lo contaron -imagino la situación y se me estruja el alma al evocar la escena- usaba zapatillas Boyero y para su desgracia eran de color negro, y digo para su desgracia porque con el agua desteñían y manchaba los pisos que limpiaba. Con paciencia y humillación infinita debía repasar tantas veces como se lo pidieran hasta no dejar marcas ni imperfecciones. Había que aguantar, no había plata ni para la comida ni para comprar alpargatas de otro color. La otra hermana cosía en la casa los pantalones que luego se iban a vender en esa tienda. Huérfanos de toda orfandad, desposeídos de un bienestar que gozaban otros.

 “Y ahora, como siempre, de vuestro secretario de Trabajo y Previsión, que fue y que seguirá luchando a vuestro lado por ver coronada la obra que es la ambición de mi vida, la expresión de mi anhelo de que todos los trabajadores sean un poquito más felices.” Les decía Perón.

¿Estaban escuchando? Perón prometía un poquito de felicidad, un bien escaso en ese mundo de privaciones, si hasta me contaron que sólo comían manteca cuando otro gallego que trabajaba en un hotel del centro se apropiaba de las sobras que repartía con sus vecinos en el estrecho pasaje donde vivían y habían conformado un mundo de alianzas y solidaridad para que la realidad fuera más amable.

A mediados de los 40, “el gallego”,  comenzó a trabajar como peón de limpieza en el diario La Capital porque lo había recomendado el librero de calle Mitre. Se ve que el quinto grado de la primaria había sido suficiente para que después de un tiempo pudiera llegar a la sección tipografía; leía, corregía y organizaba con fluidez las líneas de plomo en las páginas. Mientras iba construyendo con orgullo su identidad de obrero calificado se cruza en Córdoba y Sarmiento con esa rubia que trabajaba en la tienda más importante de la ciudad.

La rubia, es decir, mi vieja, tampoco la había pasado bien. ¿Acaso el “laburante” la pasaba bien antes de Perón? Ella, a pesar de haber ganado una beca, había tenido que dejar de lado los estudios secundarios. Durante la década del 30 salía junto con su hermano a vender limones casa por casa; los sacaban de una planta que tenían en el jardín. Para estudiar, primero había que comer. Trabajó, desde los doce años, en una panadería con jornadas de doce horas, sin vacaciones ni pago de horas extras. Su voluntad unida a una inteligencia vivaz y los refinados rasgos de alemana incrustada en la pampa se unieron para conseguir su objetivo: entrar en esa tienda tan prestigiosa.

 “Esta es la verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que marcha a pie durante horas para llegar a pedir a sus funcionarios que cumplan con el deber de respetar sus auténticos derechos.” Perón habla de respeto y derechos.

 En 1948, empezaba otra vida, otros tiempos, otra familia, hijos e ilusiones. Mi vieja, como se acostumbraba en la época se retira de la tienda para dedicarse a su casa. “Nunca vi tanta plata junta”, me contaba, “Nunca, nunca en todos los años que trabajé”. Y explicaba, “cuando me hacen la liquidación por retiro me pagan aguinaldo, proporcional de vacaciones, permiso por maternidad” –ella estaba embarazada- «¡Nunca, nunca, vi tanta plata junta!», repetía. La vida es tierna y tiene atajos, en algún momento repara. Perón cumple, se reconocían derechos y trabajar era digno.

Que esa unidad sea indestructible e infinita para que nuestro pueblo no solamente posea la felicidad, sino también sepa defenderla dignamente. Esa unidad la sentimos los verdaderos patriotas, porque amar a la patria no es amar sus campos y sus casas, sino amar a nuestros hermanos. Esa unidad, base de toda felicidad futura, ha de fundarse en un estrato formidable de este pueblo, que al mostrarse hoy en esta plaza, en número que pasa de medio millón, está indicando al mundo su grandeza espiritual y material.” Así los interpelaba el general.

 Y el pueblo no olvida, sostiene en pequeños actos despojados de heroísmo la contundencia de una memoria popular que sedimenta y florece en esa patria sublevada que menciona Scalabrini Ortiz. La fusiladora había impuesto un silencio espeso, la muerte merodeaba, el peronismo había sido proscripto. ¿Por qué tienen que ir esas dos locas al Cristo?, lo escuché decir a mi viejo. Yo no entendía. ¿Tenía temor por lo que les pudiera pasar a sus hermanas? El Cristo se cubría de flores los 26 de julio. Manos curtidas llevaban sus ramitos, el amor a Evita persistía, no hay ausencia donde hubo derechos.

El gallego lo esperó, pero no pudo, dos años antes del regreso del general, se fue, tan joven como sus padres. Mis ojos querían ser los de él pero mi alegría se confundía con la pena de saber que la vida no le había dado la oportunidad de disfrutar de ese tiempo de revancha.

Las historias siguen, se entrecruzan, se construyen desde abajo, se abren paso a los codazos. Algunos años después de la muerte de mi viejo pude entrar a la facultad. Fue un pequeño homenaje para esa familia que tuvo que postergar sueños pero que nunca los abandonó.

De mi primer año de facultad me queda una imagen que tiene la nitidez espectral de un mal presagio. En el aula, somos pocos, atenazados no sólo por el frío apenas hablamos; duele lo evidente: el General se muere, faltan pocas horas para julio y resuenan sus palabras “creo que ha llegado la hora de reflexionar acerca de lo que está pasando en el país y depurar de malezas este proceso porque de lo contrario pueden esperarse horas muy aciagas para el porvenir de la República”. En la calle el peso de la noche y el frío hieren. Se presiente pero no se sospecha la magnitud de la crueldad de los tiempos por venir; tiempos que dejaron un sabor amargo de terror y de ausencia. Pero el pueblo no olvida, y acá estamos todavía de pié.

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