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Dispositivo La Grieta

Luego del conflicto con las patronales rurales de la pampa húmeda en 2008, se construyó uno de los principales y más rendidores instrumentos ideológicos desde la recuperación republicana, sólo comparable en poder con la Teoría de los dos demonios. Me refiero a La Grieta. Ese instrumento sirvió para erosionar en el terreno de lo imaginario lo hecho por el Kirchnerismo y para coaligar al conjunto de intereses dispersos que llevaron a Cambiemos al gobierno. A pocas semanas de ocurridas las PASO y a pocas de la elección general, pareciera que ese dispositivo ha entrado en su fase de obsolescencia. Digo pareciera porque en razón de su éxito, es esperable que lo mantengan activo hasta el último día. Como sea, es indispensable hacer un análisis de este dispositivo que ha hecho correr ríos de tinta y mares de saliva.

Grieta versus grietas

La famosa Grieta que desde tiempos de CFK viene propalando la coalición hoy gobernante merece una consideración respetuosa. No es otro de los brulotes contra el proyecto reformista-distributivo,  sino el más exitoso dispositivo de poder [i] desde la restauración democrática. Es obvio que no remite a una realidad ya que toda sociedad compleja está atravesada por muchas «grietas». Lo genial es que reduce esa multiplicidad de escisiones a sólo una y por tanto divide a la sociedad en dos: el kirchnerismo y el antikirchnerismo. Como todo dispositivo de poder no explica ni analiza el «objeto» al que dirige las miradas sino que lo trata como indiscutiblemente real. Procede desde el nivel performativo [ii] y reclama de manera implícita una adhesión sin peros; la interiorización sin la previa digestión analítica. Dos paradojas: 1- crea esa realidad a la que simula denunciar y 2-consigue agrietar un modelo que hizo de la integración social su oficio[iii].

¿Qué hay de nuevo viejo?

Apliquemos un poco de lupa. Lo primero a decir es que el dispositivo La Grieta se constituyó como una síntesis nueva de elementos viejos, dormidos pero no muertos. No puedo ser exhaustivo pero destaco los principales:

1- El viejo antiperonismo, gestualmente desarticulado por la amistad postrera de Balbín y Perón (1973).

2- Los temores de las clases medias por el ascenso social de las «bajas», resorte clave del antiperonismo histórico (del 45 al 55). Al igual que en aquellos años, las clases medias se encargaron de vocear el odio de clase que las élites le subrogaron.

3- El tópico obligado de la corrupción, concepto nunca explicitado por sus predicadores y que raramente supera las exigencias judiciales. Latiguillo con que las fuerzas conservadoras consiguieron minar gobiernos como los de Irigoyen, Perón, incluso al diáfano Illia. En los tres casos «acción psicológica» previa a la militar.

4- Un machismo que capturó como objeto a una mujer con dos facultades que al prejuicio le vienen de perlas: ser inteligente y bella. Es posible tolerar una mujer inteligente y fea (o inteligente y viriloide) o una linda pero boba, pero una bella e inteligente es mucho. Aspecto tan bien disimulado en una sociedad como la argentina, muy moderna, muy progre, muy a la europea, quedó al descubierto. Como motivador tuvo la ventaja cuantitativa de prender tanto en hombres como en mujeres. El apelativo «yegua» que en específicas ocasiones puede ser un clamor amoroso, sobre la figura de la ex presidenta fue un insulto. El hecho de que nunca fue aplicado a mujeres como Carrió, Stolbitzer, Bullrich o Vidal nos puede dar una pauta de su naturaleza.

5-Subir las expectativas (imaginarias) a los sectores de clase media laboralmente formales (como se estila decir, «la corrida por izquierda»). Convencer a la clase media baja que su vida podría ser mucho mejor si «su dinero no se lo dieran a los planeros vagos». Convencer a los jubilados que los fondos para pensiones no contributivas se los sacaban a ellos. Convencer al sector rural medio de la llanura fértil (arrendatarios y propietarios) que le robaban las retenciones. Convencer a la clase media cosmopolita que los estaban privando de «sus» dólares. El ardid es muy inteligente, generar justamente en el conjunto de los beneficiados por el modelo no el reconocimiento y la fidelidad sino la disconformidad y el desapego. El sentimiento que podría expresarse en «gracias Cristina», fue magistralmente conmutado por el «yo merecía mucho más». Desde los inicios de la gestión Cambiemos estos sectores han sufrido un claro deterioro de sus ingresos. Las políticas redistributivas del gobierno anterior se sustentaban en el superávit fiscal, principalmente engordado por retenciones a exportaciones primarias (minería y soja), es decir que sus fuentes estaban en los sectores propietarios, no en los asalariados. En cuanto al sector de chacareros, hoy día libre de las retenciones, ha reducido su rentabilidad por el aumento de los insumos tecnológicos y el combustible, ambos fijados por un dólar que no ha dejado de subir. Quizá este 5to sea el único componente nuevo ya que en coyunturas anteriores aún no estaba completo ese sujeto formateado por la publicidad. CFK los interpeló como agentes con memoria histórica y ellos le respondieron como consumidores, «el pasado ya fue, dame más, quiero más».

Si observamos los cinco elementos, veremos que tienen en común la irracionalidad y el poco apego por el cotejo fáctico; es por ello que interpelan con éxito a sujetos muy distantes de esos ejercicios.

La discreta politicidad del apolítico

Desde el albor institucional del 83, políticos y politólogos se desayunaron que el grueso de los votantes (los que decidían las votaciones) no eran los «politizados» sino ese agregado que define su voto en el momento y que lo hace por motivos muchas veces tan banales como el aspecto exterior de un candidato o un conjunto de promesas absurdas. Las fidelidades políticas eran cosa del pasado y no porque soplara un ventarrón secularizador y desdogmatizador, sino por motivos menos encomiables. Se urdieron categorías como «los indecisos», «migrantes electorales» y otros eufemismos. La corrección política en coyuntura tan delicada como aquella impidió llamar las cosas por su nombre. Esa masa se dice «apolítica» con la frescura que sólo puede la ignorancia, dejando al desnudo el grado extremo de despolitización en el que han caído. Porque decirse apolítico, con ser la afirmación de un imposible, pone de manifiesto una posición política en la que la ciudadanía ha sido cedida y lo que le queda al apolitizado es esa borra de asistir a una elección y votar en una acción sonámbula de la que no podrá hacerse responsable. Aclaremos que «responsabilidad» significa «poder dar respuestas», es decir la capacidad de responder a los requerimientos de un rol. Esa irresponsabilidad es la razón por la que los apolitizados a la postre no hacen mea culpa de los desastres cometidos por sus elegidos, ni pueden reconocerse en el mérito de sus aciertos. Y es natural, el hecho de votar ha sido para ellos tan exterior que ni antes ni ahora pueden reconocerlo como propio. Es como si dijeran «fui yo el que puso una boleta en un sobre y luego el sobre en una urna, pero ¿yo qué tengo que ver?» Entre el acto y su consecuencia hay un hiato insalvable.

Dejemos algo claro: esta «despolitización» de los apolíticos es sólo una apariencia: por las mismas razones que es imposible ser apolítico lo es ser despolitizado. El apolítico no ha dejado de ser político, lo que ha dejado es de tener la capacidad y la voluntad de hacer electivo su voto. Para elegir esto o lo otro en cualquier aspecto de la vida es menester antes saber y querer hacerlo. De otra manera, no se trata de elección sino de un suceso heterónomo.

En una conferencia a la que asistí en la década del 90, Nicolás Casullo decía que de la tan cacareada «crisis de representación de los políticos y sindicalistas» sólo se estaba viendo una parte. La otra (la que estaba elidida) era si los ciudadanos tenían la capacidad de ser representados, es decir si podían ser agentes efectivos de sus derechos[iv]. Con lo que el problema derivaba a la siguiente pregunta ¿los políticos están en crisis porque no saben ejercer la representación o porque no saben a qué o quién representar? Dijo esto en tono casi de confidencia, como una nota a pié de página y dio por terminada su exposición. En los veinte años que siguieron, esa pregunta no ha dejado de escocerme.

Desde el 83 ha quedado claro que los que definen elecciones son los «apolíticos». Y lo hacen por motivos surgidos de la insignificancia[v], y que si bien provocan efectos políticos, en sí mismos siempre conectan con algo (real o imaginario, la dicotomía es baladí) del orden PRIVADO. Desde el post Vietnam en adelante y a lo largo de todas estas décadas se ha formado sujetos en los que la dimensión de lo público ha sido abolida y siendo interpelados por ésta sólo tienen respuestas privadas. Ulrich Beck dice al respecto que se asignan razones privadas a males sistémicos[vi].

El hecho político capital

El hecho político capital de nuestra época es la transformación en las subjetividades[vii], fenómeno que a pesar de estar bastante estudiado raramente integra el análisis politológico y nunca la agenda de los partidos de izquierda o centro-izquierda. En cambio la derecha neoliberal parece surfear con gran ductilidad esa ola. El estupor que en el 83 significó descubrir a los «apolíticos» fue negado o se cubrió la angustia con interpretaciones triunfalistas o el recurso obstinado a un sujeto anacrónico. Desde entonces y sin solución de continuidad, cada triunfo electoral, cada movilización de apoyo, cada concentración henchida de amor por un líder se ha interpretado como muestra de solidez republicana y de fervor democrático. Triunfalismo bobo que se levanta como verdadero obstáculo epistemológico a la hora de calar la democracia «verdaderamente existente». ¿Qué le quedó a Alfonsín de aquellas concentraciones de cientos de miles cuando tuvo que enfrentar el golpe de mercado del 89? ¿Dónde están las multitudes que miraban a CFK con ojos húmedos de devoción? A poco de que terminara su gobierno, la «fortaleza» levantada a lo largo de doce años ha sido desbaratada en un blitz krieg del ejecutivo actual[viii].

Tampoco Macri sale indemne. Luego de su primer año de gobierno cantidad de gente en canchas, teatros, marchas, etc. le corea cosas poco edificantes referidas a su progenitora. No hay dudas de que buena parte de ese coro está integrado por los apolíticos que le votaron. Esa masa inestable que hoy va por ti y mañana por mí no es buena noticia para nadie, no al menos en el ideal de una democracia-representativa-no-corporativa.

Éxitos

Luego de este indispensable recorrido histórico volvamos al dispositivo La Grieta. El núcleo duro del electorado kirchnerista era incólume a sus llamados, ergo la colina a conquistar era esa masa de «analfabetos políticos»[ix]. Dividida en dos la opinión pública, era obvio que tal masa aculturada en las lógicas de la publicidad y el mercado caería en la parte que no le ofrecía racionalidad ni «relato de los hechos», sino fantasía, prejuicio y pensamiento mágico. Estoy queriendo expresar que la virtud del dispositivo Grieta, su meollo, consiste en la dicotomización, porque hace deslizar hacia el lado conservador una masa que de otra manera habría que ir a disputarla individuo por individuo. Una maniobra rápida, eficiente y limpia que permitió en poco tiempo revertir los innegables triunfos del populismo en el terreno de las realidades materiales. Es claro que la ideología de los «que no tienen ideología» es, por defecto, la conservadora. En todas las coyunturas revolucionarias de la historia contemporánea buena parte de la reacción estuvo integrada por éstos (la revuelta de la Vendée durante la Rev. Francesa es un buen ejemplo). La apoliticidad puede ser traducida sin riesgos como heteronomía. El apolítico es un heterónomo que fija su pensamiento y conducta a cada momento según la interpelación más poderosa y que mayor simplicidad le ofrece. Su quejumbre y su disconformismo endémico no cuestionan sino refuerzan el statu quo. Lo notable de su heteronomía es que no garantiza fijezas. Hoy está acá y mañana acullá.

Dicotomizando la opinión pública, ese agregado caería entero en la mitad anti-k; aún aquellos que parcialmente aprobaban la gestión. De otro modo seguirían las distintas alternativas naturales en una sociedad compleja. Esta apelación binaria encontró eco también en los partidos de la oposición, que no supieron, no quisieron o no pudieron eludir el maniqueísmo, sujetos al yugo de una inmediatez e imposibilitados de prever los efectos sistémicos.

Los logros del dispositivo La Grieta son innegables. En tiempo de CFK: la merma de buena parte del consenso, los problemas para ampliar alianzas y sobre todo la difusión de un humor desautoritativo cuyos efectos más temibles sobre la institucionalidad no se vieron por el hecho de la finalización (just in time) del mandato. El ballotage que llevó al gobierno a Cambiemos fue un perfecto correlato del binarismo instalado por el dispositivo desde el 2008. Juntó en un agregado coyuntural a esa masa inestable  y propensa a la dispersión y la hizo verter electoralmente en Cambiemos. El triunfo obtenido fue por escaso margen sí, pero hizo realidad lo que de no haber sido por el dispositivo de marras era inconcebible.

 

Véase:

[i] Foucault (varios)- Giorgio Agamben, ¿Qué es un dispositivo?, CABA, Adriana Hidalgo,2016.

[ii] John Austin, Cómo hacer cosas con palabras: Palabras y acciones, Barcelona, Paidós, 1988.

[iii] Alfredo Pucciarelli-Ana Castellani, Los años del kirchnerismo, BS. AS, S.XXI, 2017.

[iv] Guillermo O’Donnell, clase pública UBA 1999, https://www.youtube.com/watch?v=xtQz5QLtdpQ&t=29s

[v] Cornelius Castoriadis, La institución imaginaria de la sociedad, Sarandí, Tusquets, 2003.

[vi] Ulrich Beck, La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad, Barcelona, Paidós, 1998.

[vii] Zigmunt Bauman (varios)-  Gilles Lipovetsky (varios)

[viii] José Natanson, ¿Por qué?, CABA, SXXI, 2018 y  Ezequiel Adamovsky, El cambio y la impostura, CABA, Planeta, 2017

[ix] Bertolt Brecht, poema El analfabeto político.

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