Un acuerdo que sólo la política puede explicar

Mercosur - Unión Europea

El 15 de julio el Mercosur cerró un Acuerdo de Asociación Estratégica con la Unión Europea para conformar una zona de libre comercio después de 20 años de negociación. ¿Qué significa este acuerdo para nuestro país? ¿Por qué se llegó a un acuerdo en estos momentos? ¿Qué sectores ganan y cuáles pierden a primera vista?
Este tipo de acuerdos, ¿son la respuesta a los problemas económicos comerciales de nuestro país? Son algunas de las preguntas que guían este artículo. Lejos se está de tener las respuestas definitivas porque no podemos hacer futurología, pero parece interesante poder alcanzar algunas certezas a través de interrogantes que nos inviten a poner en cuestión determinadas afirmaciones que se dan por sentadas como verdades.

Cuando el presidente afirma que el acuerdo “es una hoja de ruta que debemos seguir para profundizar los cambios que venimos desarrollando”, la primer pregunta que uno se puede hacer es ¿cuál es el destino de esa hoja? Y las respuestas que el oficialismo esgrime están cargadas de conceptos grandilocuentes, pero que brillan por la ausencia de contenido, que consideran al acuerdo como un hecho histórico que va a permitir a nuestro país “alcanzar el desarrollo y el crecimiento”, rompiendo con el aislamiento e insertándose en el comercio internacional con las grandes naciones. Pero al hacer dicha afirmación ¿de qué tipo de desarrollo, crecimiento e inserción se está hablando? Porque claramente los acuerdos de libre comercio no son la garantía de la concreción de estos objetivos, como lo muestran los casos de Chile y México, que, desde que firmaron un acuerdo de este tipo con la UE, el
comercio bilateral aumentó pero la balanza comercial se volvió altamente deficitaria desde la firma de los TLC a la actualidad según la COMTRADE.

Sería un error poner demasiada expectativa en lo que es una herramienta más de política internacional y comercial. La verdadera discusión debe ser sobre cómo se piensa el desarrollo y el crecimiento, a través de qué políticas públicas se pueden gestionar dichos procesos, y de esta forma, cuál es la mejor manera de insertar el modelo en el sistema internacional, siempre comprendiendo el contexto que suele imponer condiciones, pero que no quita que se puedan aprovechar los márgenes de maniobra que el mismo también genera.

Así, los acuerdos de libre comercio deben ser entendidos como un medio para un fin, y no un fin en sí mismo, como parece entenderlo el gobierno de Cambiemos al mostrar mayor preocupación por querer balancear políticamente este acuerdo de cara a las elecciones que por el sentido del mismo. Al mismo tiempo, intenta concretar, con igual secreto, ausencia de diálogo y participación de la sociedad, nuevos acuerdos con la EFTA (Austria, Dinamarca, Reino Unido, Noruega, Portugal, Suecia y Suiza) y Canadá; y si no avanzaron las negociaciones con EEUU es solo por el claro cambio en la política comercial desarrollada a partir de la administración Trump. Esto muestra la ceguera por parte del gobierno por este tipo de acuerdos, como si la apertura de nuevos mercados fuera suficiente para alcanzar esos grandes objetivos que se propusieron.

Y si bien los de defensores de este acuerdo se escudan de las críticas afirmando que el proceso de negociación recién comienza y que muchos de los puntos del acuerdo que son criticados pueden ser modificados, no está mal abrir el paraguas previamente teniendo en cuenta la falta de apertura hacia la sociedad (comunidad científica, sindicatos, PyMEs, etc.) de la negociación y varios de los puntos que ya se dieron a conocer, para discutir cómo se verán afectados los distintos sectores productivos de nuestro país de concretarse el acuerdo. Un análisis rápido nos permite observar que claramente hay sectores ganadores y perdedores más allá de cómo se finalice la negociación. Por un lado, tanto en Argentina como en Brasil, la apertura del 99% del mercado, la reducción de aranceles y la ampliación de cuotas de los productos agrícolas por parte de la UE son un claro beneficio para el sector agroindustrial, así lo muestran las declaraciones de Daniel Pelegrina, presidente de la Sociedad Rural, y de Gustavo Grobocopatel. Estos actores reconocen las asimetrías existentes entre ambos bloques, pero al mismo tiempo consideran que el sector agrícola argentino está listo para competir. A la vez, las principales voces de alerta en lo que refiere al sector agroindustrial parten de los productores franceses, quienes se niegan a dicho acuerdo por la pérdida de competitividad de sus productos de liberalizarse el comercio.

Por otro lado, la liberalización comercial entre ambos bloques pone en jaque a la industria argentina, que se caracteriza por un fuerte entramado industrial, pero que está en su mayor medida compuesta por PyMEs que no tienen la capacidad para competir de igual a igual con los productos importados sin aranceles. Si bien se establecen plazos de liberalización de hasta 15 años para dar tiempo a que los distintos sectores industriales se adapten, punto importante es el caso de la industria de autopartes que se elabora como política común con Brasil al interior delMercosur y que peligraría por este acuerdo. Es interesante poder salir un poco de los fríos cálculos de la competitividad y reflexionar sobre la premisa, enfatizada hoy por los sectores a favor del acuerdo, ligada a que la industria argentina debe modernizarse y volverse competitiva, y que si hay empresas que no pueden dar el salto por ser improductivas deben desaparecer. ¿Qué significa eso para el empleo y la industria argentina? Un país con 40 millones de habitantes, el cual, según las últimas mediciones , alcanza el 10,1% de desempleo (siendo el más alto en 13 años) y el 49,3% de los trabajadores lo hace desde la informalidad o bajo condiciones precarias, ¿se puede pensar bajo un modelo agroexportador, que no solo expulsa mano de obra desde el campo a las ciudades por la tecnificación de la producción intensiva, sino que se concentra en la zona pampeana principalmente la provincia de Bs As y beneficia a pequeños sectores de la sociedad, relegando a la industria a volverse competitiva o desaparecer? Es necesario llevar adelante un proceso de reconversión productiva que se adapte al comercio internacional y a las cadenas globales de valor, pero esto no se logra poniendo plazos, sino adoptando políticas públicas bajo proyectos de desarrollo que contengan al conjunto de la sociedad.

Nadie niega los beneficios que puede traer la facilitación de comercio, pero es necesario mirar detrás de los números para observar que se encuentran actores sociales con proyectos, afectados por las políticas públicas que el gobierno adopta en torno a cómo se concibe el crecimiento y el desarrollo, sean grandes empresarios, PyMEs, productores, trabajadores que buscan mejores condiciones de vida. Si se parte de la perspectiva de los distintos actores sociales y se los involucra en la discusión de este tipo de acuerdos, que generan grandes cambios en las estructuras productivas, por sobre el beneficio de pequeños sectores o la intención de obtener réditos políticos al corto plazo, podemos discutir de qué manera nos podemos insertar en el sistema internacional, definir con qué Estados es más beneficioso alcanzar acuerdos estratégicos, determinar qué sectores productivos serán priorizados y construir políticas públicas para compensar y acompañar a los sectores más sensibles y perjudicados.

Si bien este artículo se limita a reflexionar sobre el acuerdo entre el Mercosur y la UE y cómo afecta la facilitación de comercio a nuestro país, aún queda mucha tela para cortar sobre otros puntos como las indicaciones geográficas, compras nacionales, propiedad intelectual, certificación de origen, inversiones. Todos estos de igual relevancia para discutir cómo pensar el desarrollo, el crecimiento y la inserción internacional.

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