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¿Quién habrá sido esa mujer?

El barrio es bajo, de casitas humildes. En algunos puntos su geografía se confunde con los ranchitos de la villa. Se fue poblando junto a decenas de talleres que iban naciendo. Pero la sombra del Swift, el puerto y el ferrocarril anidaba a la mayoría de esas familias obreras. Villa Manuelita le llaman porque doña Manuela Rodríguez tenía catorce conventillos que alquilaba a esos trabajadores. Enclavado en el sur de Rosario, en sus márgenes, contra el Paraná.

Una sola calle empedrada por donde llegaba el tranvía. Barrio pobre y de pobres que fue creciendo en dignidad con los derechos sociales ganados en el peronismo. Había plata en los bolsillos, buena pilcha, feriados y vacaciones, jubilaciones y hasta habían formado una biblioteca popular que organizaba concursos infantiles y pasaba cine los fines de semana. Esos laburantes habían pasado a ser alguien, ya no se sentían manoseados por los patrones ni eran el número de una estadística. Como dirá resignado Don Robustiano Patrón Costa: “Lo que yo nunca le voy a perdonar a Perón es que durante su gobierno y luego también, el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos. ¡Ya no pedía. Discutía!”

La radio trajo las primeras noticias. En Córdoba se habían levantado los milicos contra Perón. El bullicio del barrio fue trastocándose en silencio. Miradas desoladas se cruzaban entre los obreros y las obreras, buscando un alivio que no llegaba. Otros grupos militares se mantenían leales y dispuestos a defender a Perón. Fueron dos días de combates hasta que sucedió lo inevitable. La radio del Estado anunció la renuncia del presidente. Poco a poco, a lo largo del país, se va aceptando la nueva y dolorosa realidad. Sólo Rosario resiste.

Hay manifestaciones en el centro. Francotiradores apostados en algunos edificios. Sindicatos llaman a rebelarse contra los golpistas. Desde el Saladillo un millar de trabajadores comienza una larga marcha hacia el centro rosarino, al paso por las distintas barriadas se van sumando y nutriendo la columna. Dos veces tratan de frenarlos, a la altura de 27 de Febrero y de Pellegrini, pero los muchachos desbordan a las fuerzas militares y continúan por San Martín hacia el centro. A la altura de 3 de Febrero hay apostados soldados con ametralladoras; un oficial parlamenta con los que encabezan la manifestación, les advierte que van a disparar si siguen avanzando.

La cabeza de la marcha continúa, empiezan los disparos y la confusión. Curiosamente, El Litoral de Santa Fe dirá que “se tiraba por sobre la cabeza de los manifestantes”: sin embargo, la mala puntería provocó 6 muertos y 11 heridos. Ya el general Lugand había dispuesto el toque de queda y advertido que iban a disparar sobre manifestantes con balas y gases lacrimógenos.

Mientras a sangre y fuego se buscaba calmar a los resistentes, Villa Manuelita desataba su propia guerra. En los piletones del tanque, las mujeres lavaban los uniformes del frigorífico. La angustia de esos días comenzó a contar en sus conversaciones. Sus trabajos, sus derechos, sus vidas eran una gran incertidumbre. ¿Quién habrá sido esa primera mujer? La que las envalentonó incorporándose ante un enemigo imaginario. Comenzó con pasos lentos, firmes, seguros hacia Abanderado Grandoli. Iba desabotonándose la blusa. Su pecho libre, los pechos al viento. “Tiren”, “No les tenemos miedo”, “Viva Perón, carajo”, “Viva la compañera Evita”, le gritaba a nadie todavía, mientras revoleaba su blusa y su coraje.

Las demás, con sororidad, la fueron imitando. Juntaron piedras y bloquearon las vías del tranvía. Una trajo una pila de delantales blancos – seguramente de los uniformes del frigorífico-, los cosieron a las apuradas y con brea pintaron su estandarte: “Todos los países del mundo reconocen a Lonardi, Villa Manuelita No”. La colgaron cuidadosamente del tanque, Se sumaron más vecinos a la pueblada. La insurrección de Villa Manuelita estaba en marcha.

Cuatro veces intentaron los militares ingresar a la villa y descolgar el estandarte de la resistencia. Siempre fueron repelidos con barricadas, piedras y palos. Las obreras en primera fila, mostrando sus pechos y alzando a sus hijos, como aquella primera que comenzó a caminar hacia Grandoli. Villa Manuelita nunca se rindió. Villa Manuelita nunca aceptó al gobierno de la fusiladora. Perón, desde el exilio, reconocerá la resistencia rosarina: “Para mí Rosario tiene la dimensión de un símbolo. Puedo asegurarle que si la cañonera hubiera remontado el Paraná, mi paso por Rosario habría tenido el valor de una chispa ante un barril de pólvora”.

Un año después, la bandera ya no colgaba del tanque pero en una persiana de metal quedaba estampado para siempre: “Los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la libertadora. Villa Manuelita No”.

Hoy, en Villa Manuelita se libra otra guerra. Es un enemigo menos visible pero mucho más presente. Las políticas neoliberales fueron quitando el trabajo, los derechos y la dignidad de esos trabajadores. Los pibes no siempre van a la escuela, las familias rebuscan para comer y en las esquinas habitan las adicciones y la violencia. Narcos y soldaditos disputan territorio con los movimientos populares y curas villeros.

A pesar de la ausencia del Estado, hay quienes nunca se rinden en Villa Manuelita.

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