De imposibles

Cuando Severino Di Giovanni es capturado, se le aplica la Ley Marcial. Por lo tanto, es juzgado en Consejo de Guerra por un tribunal militar, y militar es también el abogado defensor que se le asigna de oficio. Por esas cosas de la Providencia el boga en cuestión era un teniente que se llamaba Juan Carlos Franco Páez.

Tucumano jodón, soldado obediente y superior capaz, Franco Páez también era músico. Unos años atrás, como para despuntar el vicio, había formado un grupo folklórico con un amigo recién llegado a Buenos Aires. Se presentaban como el dúo Chavero-Páez. El militar usaba el apellido materno porque el reglamento castrense le prohibía presentarse en escenarios con su nombre completo. El amigo, un pergaminense parco, usaba el apellido de su padre porque todavía no había encontrado el suyo propio: años después sería conocido como Atahualpa Yupanqui.
La cosa es que Franco Páez, el soldado guitarrista, no es extranjero ni anarca. Pero es criollo y es patriota. Y sobre todo es hombre y es honrado. Decide defender con toda pasión y razón a Di Giovanni.

Lo imagino en los bares bohemios de calle Corrientes armando el alegato de la defensa. El cuerpo inclinado sobre la mesa, como cuando afinaba su guitarra. Los ojos en algún punto indefinido del techo, la voz masticando argumentos. El puño apretado sobre el papel. Lo imagino en la cárcel, que estaba donde hoy están Plaza Las Heras y el Shopping Alto Palermo, visitando al tano anarquista.

El suyo es un encuentro entre quijotes. Una entrevista de Guayaquil hablada en rioplatense y cocoliche. Nadie sabrá exactamente qué es lo que charlan. Tal vez cambian impresiones, buscan motivos. Tal vez se putean. También se ríen. Me lo imagino a Páez riendo con amargura de la resignación de Di Giovanni, me imagino a Di Giovanni contando historias con una voz parecida a la de Luca Prodan, me imagino la esperanza que ninguno de los dos se atreve a pronunciar, por miedo a que se espante y se vaya lejos. Me imagino los reproches mutuos que callan para no quedarse solos. Uno en la celda, otro en la ciudad.

A partir de que termine el juicio: uno al cajón, otro al cuartel. Solos.

Al fusilamiento no me lo imagino. No hace falta.

Roberto Arlt ya lo vivió por nosotros, ya lo escribió para la eternidad. Tampoco puedo figurarme qué hizo Franco Paéz esa mañana. Sí lo veo la tarde anterior, golpeando despachos de soldados gordos, que nunca habían guerreado contra el verdadero Enemigo. Lo veo contemplar con asco las manos blanditas de un general, que le dice que la apelación es imposible, que la decisión estaba tomada de antemano. Lo veo a Franco Paéz verse sus propias manos, que habían conocido la aspereza del machete contra la caña y que ahora estaban pulcras y grasosas. Lo veo arrancándose con los dientes los cayos de los dedos, gajes de la guitarra, haciendo un esfuerzo para no retar a duelo a todos sus superiores.

Lo veo cuando lo degradan y le hacen sumario, y tiene que exiliarse en Paraguay. Lo veo una tarde de calor venenoso en Asunción, componiendo. Lo escucho responder sí, no y no sé, a las preguntas que le hacen los parroquianos del boliche, hasta que los cansa y lo dejan como quiere estar. Solo.

También me gusta imaginarme al oficial Franco Paéz, reincorporado al Ejército por falta de pruebas en su contra, la noche que volvió al país. Se viste con lentitud y orgullosamente se cuelga las insignias de teniente. Llega al banquete que sus camaradas ofrecen en su honor, come asado y toma vino. Ya sabe lo que va a pasar. Me lo imagino cerrando los ojos, sentado en el centro de la mesa. De pronto deja de escuchar los vozarrones castrenses. Recuerda esa tonada que nombró “Imposible”, y que escribió estando asignado en la frontera jujeña, cuando era joven y su única pena era una morena esquiva. La canción terminaba diciendo así:

para qué quiero mis ojos
mis ojos para qué sirven
mis ojos, si se enamoran
y se apasionan, vidita
ay, de imposibles

Lo tararea. Siente dolores en la panza pero sigue pidiendo que le llenen la copa. Siente fiebre. El veneno con el que sus colegas van a matarlo está empezando a hacer efecto. Por suerte, es rápido. Siente mareos. Siente que se le duermen las manos. Le gustaría gritar con furia, como hizo el tano en el paredón. En cambio, Franco Páez tararea su propio réquiem. Siente tristeza. Compuso su propio epitafio, años antes de siquiera imaginar su muerte.

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