Muere un hombre, nace un héroe: José de San Martín

17 de agosto de 1850

José Francisco de San Martín. ¿Quién fue?, ¿Qué acciones realizó que ha merecido tener aseguradas unas cuantas páginas en cualquier libro de historia Argentina y latinoamericana? ¿A qué se debe la perdurabilidad de su existencia? En los renglones que siguen, expondremos, sólo a modo informativo y como un mero recordatorio, una breve biografía de quien es considerado uno de los más insignes próceres de nuestra patria.  Nació en 1778, en Yapeyú, (actualmente perteneciente a la provincia de Corrientes), uno de los tantos poblados originados como consecuencia de la decisión política de la corona española de delegar la conquista en la iglesia a través de la evangelización misionera, allí donde la espada había fracasado.  Por entonces, Argentina no existía todavía, se llamaba Virreinato del Río de la Plata.  José fue un criollo, hijo de Juan, un funcionario español de segunda línea y de Gregoria,  una española perteneciente a una familia patricia conquistadora. En 1784, su padre regresó a la metrópoli  en compañía de su pareja y sus cinco hijos entre quienes se encontraba José. Allí, hizo sus estudios en el Seminario de Nobles de Madrid e inició su carrera militar. Como soldado al servicio de la Corona, participó activamente en la defensa del territorio español frente a la invasión francesa liderada por Napoleón a principios del siglo XIX.

En la medida que el ejército español fue perdiendo posiciones y los invasores fueron avanzando en dirección Norte-Sur, San Martín fue sintiéndose desilusionado con las decisiones tomadas por las autoridades políticas que decían gobernar en nombre de un rey ausente y comenzó a percibir que un ciclo vital se estaba clausurando. Probablemente estas sensaciones posibilitaron su permeabilidad para atender los debates, las reflexiones y las opiniones que circulaban en distintos grupos de criollos americanos que residían en las principales ciudades de España y que alentaban las posibilidades de la independencia de las colonias americanas debido, sobre todo, a la falta de legitimidad del Consejo de Regencia constituido en enero de 1810, luego de la disolución de la Junta Central.  En ocasión de cumplir servicios como soldado de la Corona en Cádiz, comenzó a relacionarse con integrantes de esos grupos que en aquellos convulsionados tiempos eran miembros de sociedades secretas con una organización análoga a la de las logias masónicas. Así fue como San Martín se incorporó a la filial gaditana de la Sociedad de Caballeros Racionales y en ese ámbito conoció a Carlos de Alvear entre otros. “En este ambiente fiscalizado por el raquítico poder gaditano, y sobre la base del engranaje de la logia, San Martín reunió recursos para llegar a Londres, el centro de operaciones de los americanos embarcados en la carrera de la revolución. Primero entró en contacto con Lord Mcduff  -a través de un conducto de Charles Doyle facilitado posiblemente por su hermano Justo- y con Sir Whittingham (que había estado con Whitelocke en la invasión al Río de la Plata en 1807). Estos contactos le permitieron obtener un pasaporte falso, algunas letras de cambio y cartas de recomendación. El 11 de agosto (1811) presentó su solicitud de retiro –aceptada por la Regencia el 28 de octubre-, en la que argumentó querer pasar a Lima a defender intereses personales imposibles de verificar. Ya en la capital imperial volvió a encontrarse con Carlos de Alvear, y en su casa prestó el juramento que lo comprometía con la independencia americana” ((Beatriz Bragoni, “San Martín. Una biografía política del Libertador”, 2019:39/40). Tiempo después, José y sus amigos de la logia viajaron rumbo a Buenos Aires en una embarcación inglesa  que llevaba el significativo nombre George Canning.

Mientras tanto, en la  caótica ex capital virreinal se desplegaba un complejo pero disruptivo proceso revolucionario y emancipatorio del que va a participar activamente el experimentado militar criollo formado en la península, enarbolando la independencia como bandera de lucha innegociable. “…En marzo de 1812 había desembarcado en Buenos Aires un grupo de oficiales criollos formados en los ejércitos peninsulares, que impulsaron una nueva reforma en la organización militar rioplatense. Dentro de ese grupo se destacaron dos oficiales El teniente coronel José de San Martín y el alférez Carlos de Alvear. Ambos consideraban que el esfuerzo militar debía servir a una causa más americana que local. La confluencia de las miras de la Sociedad patriótica con los recién llegados condujo, a la creación de la Logia Lautaro. El 8 de octubre de 1812, bajo su influjo, el ejército depuso al gobierno y constituyo el segundo triunvirato para retomar la línea impulsada por la Sociedad Patriótica. La iniciativa política más importante de este periodo fue la reunión de la Primera Asamblea General Constituyente rioplatense en enero de 1813(…). Sin embargo la independencia no es declarada y ninguno de los proyectos de constitución presentados por sus diputados fueron aprobados (…)  San Martín quien se mantiene más cerca de los objetivos originarios de la Logia, se aleja de Alvear, que vio en la organización un instrumento político destinado más que a extender la Revolución a consolidar sus posiciones dentro de los límites impuestos por la nueva coyuntura internacional. Alvear desplaza finalmente a su antiguo compañero de armas para convertirse en el jefe de la logia y en director supremo del Estado (…) el ejército del norte se autogobernaba apoyado en los pueblos del noroeste. Cuyo, desde 1814, constituía la base de poder de San Martín, quien había cambiado la jefatura del  ejército´ del Norte por la de gobernador intendente de ese territorio. Desde allí comienza a preparar una fuerza militar para la liberación, primero de Chile y luego de Perú (… ) A la caída de Alvear había seguido una etapa de profunda crisis en el seno de la elite porteña, que parece haber perdido su rumbo. La convocatoria a un nuevo congreso, que sesionaría en la ciudad de Tucumán, marcaba un cambio en su política, que con este gesto se mostraba más atenta a los intereses de los pueblos mientras buscaba afirmarse con nuevas alianzas con figuras locales influyentes. Así, el denominado Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas de Sudamérica comenzó sus sesiones en marzo de 1816 y designó como nuevo director supremos a Juan Martín de Pueyrredón (…) un objetivo de su gobierno: obtener recursos necesarios para una campaña a Chile liderada por San Martín. Lo logró, pero a un costo muy alto…” (Noemí Goldman, “Crisis imperial, revolución y guerra” en Nueva Historia Argentina, Tomo III, 1998:52/55). Después vino el cruce de los Andes por los pasos “Los Patos” y “Uspallata”,  la épica victoria en Chacabuco (1817), la elección como Director Supremo del chileno Bernardo O´Higgings, los intentos de recuperación territorial, provisoriamente exitosos, de los ejércitos realistas en Cancha Rayada (1818) y el triunfo definitivo de las fuerzas militares criollas en Maipú (1818). El siguiente destino fue Perú.  “El 20 de agosto de 1820, la expedición partió de Valparaíso. Eran unos 4.800 hombres, a bordo de 24 buques, que tras 19 días de navegación llegaron a las costas peruanas, a la altura de Pisco en el sur (…) sin poder contener los conflictos, Pezuela fue reemplazado como virrey por José de la Serna, quién aceptó entrar en negociaciones con San Martín, para acordar un armisticio. Sin embargo, al exigir el libertador el reconocimiento de la independencia peruana, el nuevo virrey también se negó a seguir las tratativas. Continuaron los combates, por tierra y por mar, hasta que el 12 de julio de 1821 el Ejército Libertador entró victorioso en Lima. Como muestra de gratitud, el pueblo limeño le entregó a don José el estandarte de Pizarro, símbolo de la dominación colonial de casi tres siglos (…) El 28 de julio, San Martín proclamó la independencia peruana. Se formó un gobierno independiente que le otorgó el título de Protector del Perú, con plena autoridad civil y militar. AL principio, el Libertador no estaba dispuesto a aceptar el nombramiento, pero su amigo Monteagudo y el clamor popular lo convencieron de que, ante el poder realista, que aún no había sido derrotado, era imprescindible su presencia para completar la emancipación” (Felipe Pigna, “Libertadores de América. Vida y obra de nuestros revolucionarios”, 2010: 247/253). La “Aventura militar”, como solían llamar irónicamente los porteños  a la guerra por la Independencia, debía concluir. El jefe militar, ungido por las circunstancias en líder  político,  no contaba con los recursos necesarios para  llevar adelante la conclusión del proceso. En este complicado contexto se desarrolló otro capítulo central de la epopeya independentista que tuvo como principal protagonista a quién, años más tarde será identificado como “EL Santo de la Espada”. El escenario fue la ciudad de Guayaquil y contó con la presencia de su contrafigura, Simón Bolívar. “Las reuniones de la famosa entrevista se realizaron el 26 y 27 de julio de 1822 (…) En el aspecto militar, la polémica estaba en quién tendría el mando superior en el caso de unir en un solo ejército libertador las fuerzas patriotas. San Martín se avino a resolver esta cuestión, proponiendo que fuese Bolívar  el comandante en jefe; pero este respondió que nunca podría tener a un general de la calidad y la capacidad de San Martín como subordinado. Sin capacidad negociadora, al verse abandonado a su suerte por las autoridades porteñas, sin poder respaldarse en O´Higgins y sin tener los medios para encarar solo el resto de la campaña, a San Martín no le quedaba otro camino que ceder ante los planteos de Bolívar y se pusiesen bajo su mando, y regresar a Mendoza…” (Pigna, Op.Cit., 2010:262). Luego vino su renunciamiento y el comienzo de su regreso que, sin dudas, fue doloroso y que agilizó su decisión de exiliarse…no fue ostracismo, fue exilio con intermitentes y fallidos intentos de volver. Permaneció en Francia, específicamente en la ciudad de Boulogne Sur Mer. Allí murió a los 72 años, el 17 de agosto de 1850 en compañía de sus familiares. Tiempo antes, en 1844 escribió un testamento en el que indicó, entre otras cuestiones, que no quería ningún tipo de funerales y que deseaba que sus restos descansaran en Buenos Aires.  

Así sucedió. Fue en 1880. Fue sepultado el 28 de mayo de aquel año en la Catedral metropolitana.

Hasta aquí, una descripción abreviada de la vida de José de San Martín. Sin dudas, fue un soldado que participó en la Guerra de la Independencia latinoamericana y como otros tantos contemporáneos suyos, habrá atravesado angustias, alegrías, pesares, enojos, traiciones, lealtades; habrá tenido utopías, aciertos, desaciertos, habrá sentido felicidad y tristeza. Si se revisa atentamente lo escrito en las páginas precedentes,  se podrá inferir que constituye un relato lineal, predominantemente fáctico, con contundentes aspiraciones de “objetividad académica”. Se percibe una marcada intencionalidad por organizar cronológicamente los acontecimientos protagonizados por quien fuera instituido como el “Padre de la Patria” y no aparece, por lo menos a simple vista, ningún intento por interpretar y/o comprender las acciones narradas ni reflexionar sobre las consecuencias que dichas acciones provocaron en aquellos difíciles tiempos y complejos contextos socio-políticos.   En este sentido, no hay mayores diferencias entre esta narración y las que se  han escuchado, escrito y leído durante años en las instituciones educativas, en los actos públicos oficiales y en las publicaciones tradicionales.  ¿Qué cuestiones no aparecen en lo expresado hasta aquí acerca de San Martín?. No aparece la política en el entramado discursivo de lo expuesto. Esta  ausencia ya es, en sí misma, una acción política. Y esta ha sido la forma elegida para mostrar a San Martín como hacedor de la Patria, como un fundador que, proveniente de las profundidades del pasado, emerge transformado en un héroe necesariamente inmortal: “El libertador”. “Fue Mitre el intelectual que, entre sus contemporáneos, entrevió con más claridad las posibilidades que brindaba  la lectura del pasado, para proveer un fundamento para un destino común…”(Fernando Devoto, “Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna, 2006:5). En consecuencia y a partir de la necesidad de construir un relato mítico organizador del estado y  constitutivo de la identidad nacional, Bartolomé Mitre escribió  primero “Belgrano y la independencia argentina” en  1877 y luego, “San Martín y la emancipación americana” en 1887. Este libro tuvo el propósito de “colocar al conjunto de la gesta americana a la altura de las grandes revoluciones históricas. Se trataba de consagrar tanto, a la revolución norteamericana, vista como causa de la Revolución Francesa, como a la revolución hispanoamericana. Esta última era exaltada hasta el extremo de considerarla el fenómeno político más importante del siglo XIX, que había salvado para la humanidad a la tradición republicana…y sugería Mitre un contraste entre las dos vías de la revolución americana y las soluciones  políticas de ellas emanadas. Por un lado la vía colombiana monocrática y por el otro la argentina, que Mitre imaginaba no sólo la verdaderamente democrática, sino más aún, inauguradora de un nuevo derecho internacional hostil al derecho de conquista, atento a los particularismos, a las tendencias espontáneas y a las leyes naturales. Las dos vías eran encarnadas en el contrapunto de las figuras de Bolívar y San Martín. Contrapunto que contribuía a consagrar la figura de este último, destinándola a ocupar el lugar central en el santoral patriótico argentino y tal vez americano, al proponerlo como moralmente más grande que el primero…” (Devoto, Op.Cit: 11/12).

Desde esta perspectiva no podemos eludir advertir, que la politicidad que atravesaba las acciones de San Martín fueron arbitrariamente invisibilizadas  o revestidas de una heroicidad funcional a los requisitos necesarios para la formación de una adecuada galería de próceres. Sin embargo, simultáneamente la tarea historiográfica llevada adelante por Mitre fue una decisión política, tan política como los usos públicos que se hicieron y continúan haciéndose de la figura de José de San Martín.

Finalmente, no está de más recordar que “lo político es el espacio donde se reproducen relaciones de poder, es decir, relaciones de mando y obediencia. También es el ámbito donde se resuelven los conflictos entre grupos sociales con intereses opuestos. En este sentido, cabe señalar que para que exista la política debe haber aunque sea una mínima posibilidad de expresión y participación de grupos en conflicto en el espacio público. Indefectiblemente, lo político pertenece al espacio público, es decir, al espacio común a todos los integrantes de una sociedad” (Paola De Luca y otros, “Política y ciudadanía, 2010:10). Desde esta perspectiva, se infiere que constituye una falacia continuar legitimando la versión apolítica, romántica y angelada de la vida de San Martín, cuando lo que evidencian cada una de sus decisiones, sus discursos, sus reflexiones, sus acciones, sus elecciones, es un continium devenir político.  Fue política su decisión de regresar de España. Fue política la formación y participación en la Logia Lautaro. Fue política la aceptación de formar un cuerpo de soldados profesionalizados y la selección de quienes integrarían ese ejército. Fue política su disputa con Alvear en tanto cada uno sostuvo un proyecto distinto para pensar la construcción de una futura patria. Fue política su decisión de retirarse a Cuyo. Fueron políticas sus alianzas y sus lealtades. Fue político y no heroico,  su proyecto militar de liberación de Chile y Perú. Fue político el enfrentamiento con sus adversarios en el gobierno liderados por Rivadavia.  Fue política su decisión de retirarse luego de Guayaquil como también lo fue su exilio y sus intentos por regresar. Fue político su casamiento con Remedios de Escalada y hasta fue inteligentemente político su testamento en el que legó su sable a Rosas y pidió ser sepultado en la misma ciudad a la que había decidido arribar para luchar por la independencia y desde donde había partido años después  al exilio. Por estas cuestiones, es que se ha de tener en cuenta que  es político lo que se silencia y lo que se dice, lo que se recuerda y lo que se olvida, simplemente porque la política es un fenómeno típicamente humano y en consecuencia en cada acción como en cada omisión existe siempre, más de una intención. Así, José de San Martín fue un sujeto  que se comprende por su época y su contexto  pero que, investido de héroe fue despojado de su humana condición política para dotarlo de un halo épico, construido a través de una narrativa cuasi-histórica en la que todo aquello que tuviese que ver con su condición humana fue desdibujándose, esfumándose hasta desaparecer. Lo que quedó, luego de este proceso fue sólo lo que era necesario mantener y resguardar para convertirlo en uno de los próceres fundacionales  que “crearon” la Nación Argentina, porque como bien dijo alguna vez, Manuel Cruz, “el futuro no se predice, se produce”.

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