Por otros primeros de mayo

2019. 1 de mayo. Feriado Nacional inamovible de acuerdo a la grilla oficial de feriados de la República Argentina.

Este año fue miércoles. Mitad de semana. Como indican los ritos, cuya característica más relevante es su repetición periódica, esta fecha se relaciona estrechamente con la posibilidad del encuentro con otros. Esos otros, amigos y amigas, compañeros y compañeras de trabajo, colegas de profesión y en ciertas oportunidades, hasta está permitido que se filtre algún pariente que acuerde con el festejo por la conmemoración. Generalmente, la convocatoria es para almorzar en un club, en una vecinal, en un bodegón del barrio o en la casa particular de alguien que tiene espacio para hospedar a una buena cantidad de comensales. Y así sucedió, seguramente, en muchos y diversos lugares de nuestro país y una buena cantidad de trabajadores y trabajadoras, este año, disfrutó de su día de descanso y compartió una mesa en la que, seguramente, hubo empanadas, locro, un buen vino y algún postre casero para degustar. Sin embargo, este año como en otros anteriores a éste, para miles de trabajadores/as no ha sido un día de alegría, ha sido un día de tristeza y de angustias silenciosas porque son trabajadores/as que no tienen trabajo, que han perdido su trabajo, que han sido suspendidos/as en sus trabajos o que han buscado incasablemente algún tipo de trabajo y no lo han conseguido. .. Pero como bien dice Eduardo Galeano que “…está visto que no hay desgracia sin gracia, ni cara que no tenga su contracara, ni desaliento que no busque su aliento…” (Patas Arriba, 2000:8), a pesar de todo el encuentro con los otros se produjo. Fue en el Paro Nacional concretado el día anterior (31 de abril) y la movilización nacional a Buenos Aires. Fue en las calles alrededor de las ollas populares, en los acampes de protesta frente a las empresas que suspendieron o despidieron a sus operarios… y allí, el 1° de mayo quizás recuperó su significación fundacional. Incluso, el Paro Nacional de transportes decidido para ese mismo día emerge, en este contexto de exterminio planificado de la clase obrera, como una metáfora: un silencio sepulcral inundó las calles de las ciudades y las rutas del país como si fuese un escenario de posguerra donde no hay sobrevivientes.
Y entonces, resulta inevitable recuperar la historia del 1° de mayo. Recordar que es una jornada de lucha y resistencia en la que se han enarbolado las reivindicaciones de los derechos de los trabajadores y las trabajadoras. La fecha fue instaurada por el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional celebrado en París en 1889 en homenaje a los llamados “Mártires de Chicago”. Sobre los acontecimientos que dieron lugar a la institucionalización de la fecha, en los libros de historia se puede leer que “Los hechos que dieron lugar a esta celebración están contextualizados en los albores de la Revolución Industrial en los Estados Unidos. A fines del siglo XIX Chicago era la segunda ciudad en número de habitantes de EE. UU. Del oeste y del sudeste llegaban cada año por ferrocarril miles de ganaderos desocupados, creando las primeras villas humildes que albergaban a cientos de miles de trabajadores. Además, estos centros urbanos acogieron a emigrantes llegados de todo el mundo a lo largo del siglo XIX. Una de las reivindicaciones básicas de los trabajadores era la jornada de ocho horas. Uno de los objetivos prioritarios era hacer valer la máxima de: «ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho horas de descanso». La mayoría de los obreros estaban afiliados a la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, pero tenía más preponderancia la American Federation of Labor (Federación Estadounidense del Trabajo), inicialmente socialista (aunque algunas fuentes señalan su origen anarquista). En su cuarto congreso, realizado el 17 de octubre de 1884, ésta había resuelto que desde el 1 de mayo de 1886 la duración legal de la jornada de trabajo debería ser de ocho horas, yéndose a la huelga si no se obtenía esta reivindicación y recomendándose a todas las uniones sindicales que tratasen de hacer leyes en ese sentido en sus jurisdicciones. Esta resolución despertó el interés de las organizaciones, que veían la posibilidad de obtener mayor cantidad de puestos de trabajo con la jornada de ocho horas, reduciendo el paro. En 1868, el presidente Andrew Johnson promulgó la llamada ley Ingersoll, estableciendo la jornada de ocho horas. Al poco tiempo, diecinueve estados sancionaron leyes con jornadas máximas de ocho y diez horas, aunque siempre con cláusulas que permitían aumentarlas a entre 14 y 18 horas. Aun así, debido a la falta de cumplimiento de la ley Ingersoll, las organizaciones laborales y sindicales de EE. UU. se movilizaron. La prensa de Estados Unidos, reaccionaria y alineándose con las tesis empresariales, calificaba el movimiento como «indignante e irrespetuoso», «delirio de lunáticos poco patriotas», y manifestó que era «lo mismo que pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna hora de trabajo». El 1 de mayo de 1886, 200 000 trabajadores iniciaron la huelga mientras que otros 200 000 obtenían esa conquista con la simple amenaza de paro. En Chicago, donde las condiciones de los trabajadores eran mucho peores que en otras ciudades del país, las movilizaciones siguieron los días 2 y 3 de mayo. La única fábrica que trabajaba era la fábrica de maquinaria agrícola McCormick que estaba en huelga desde el 16 de febrero porque querían descontar a los obreros una cantidad de sus salarios para la construcción de una iglesia. La producción se mantenía a base de esquiroles (carneros). El día 2, la policía había disuelto violentamente una manifestación de más de 50 000 personas y el día 3 se celebraba una concentración en frente de sus puertas; en un momento sonó la sirena de salida de un turno de los rompehuelgas. Se produjo un atroz enfrentamiento entre ambos grupos. Una compañía de policías, sin aviso alguno, procedió a disparar a quemarropa sobre la gente produciendo seis muertos y varias decenas de heridos. A raíz de los acontecimientos, casi inmediatamente, un periodista, llamado Adolf Fischer, elaboró una proclama convocando un acto de protesta para el día siguiente, por la tarde, en la plaza Haymarket. Los hechos que allí sucedieron son conocidos como la revuelta de Haymarket. Se concentraron en la plaza más de 20 000 personas que fueron reprimidas por más de un centenar de policías uniformados. Un artefacto explosivo estalló entre los policías produciendo un muerto y varios heridos. La policía abrió fuego contra la multitud matando e hiriendo a un número desconocido de obreros. Se declaró el estado de sitio y el toque de queda deteniendo a centenares de trabajadores que fueron golpeados y torturados, acusados del asesinato del policía. Estos hechos represivos fueron apoyados por una campaña de prensa que reclamaba un juicio sumario por parte de la Corte Suprema, responsabilizando a ocho anarquistas y a todas las figuras prominentes del movimiento obrero. El 21 de junio de 1886, se inició la causa contra 31 responsables, que luego quedaron en ocho. Las irregularidades en el juicio fueron muchas, violándose todas las normas procesales en su forma y fondo, tanto que ha llegado a ser calificado de juicio farsa. Los juzgados fueron declarados culpables. Tres de ellos fueron condenados a prisión y cinco a muerte, los cuales serían ejecutados en la horca. El detalle de las condenas es el siguiente: A prisión: Samuel Fielden, inglés, 39 años, pastor metodista y obrero textil, condenado a cadena perpetua, Oscar Neebe, estadounidense, 36 años, vendedor, condenado a 15 años de trabajos forzados y Michael Schwab, alemán, 33 años, tipógrafo, condenado a cadena perpetua. Condenados a muerte: George Engel, alemán, 50 años, tipógrafo, Adolf Fischer, alemán, 30 años, periodista, Albert Parsons, estadounidense, 39 años, periodista, August Vincent Theo dore Spies, alemán, 31 años, periodista y Louis Lingg, alemán, 22 años, carpintero quien para no ser ejecutado se suicidó en su propia celda. Las condenas fueron ejecutadas el 11 de noviembre de 1887. “(Historia del mundo contemporáneo, 1998: 200/201).


Así, descriptos se pueden encontrar los hechos que recuperan en la efeméride internacional del 1° de mayo. Acontecimientos sacralizados, cristalizados por la historia clásica, cuyos émulos han intentado, muchas veces con éxito, invisibilizar las luchas, las resistencias, los sufrimientos, los triunfos, las derrotas y hasta las traiciones de los sujetos históricos, aquellos de carne y hueso que de un u otro modo han posibilitado la existencia de nuestro pasado y de nuestro presente y porque no, de nuestro futuro. No fueron mártires, no fueron héroes, fueron militantes, políticos, intelectuales, obreros, a quienes asesinaron legitimando ese acto montando una farsa de aplicación de justicia.
La recuperación del sentido originario de la celebración del 1 de mayo constituye entonces una acción política insoslayable, especialmente para la clase trabajadora de la República Argentina en estos especiales y cruciales tiempos en la que su existencia corre peligro, o peor, se corre el riesgo de mudar de obreros y obreras en emprendedores, incluso sin diferenciación de género. Constituye una necesidad, y como alguien dijo alguna vez “donde hay una necesidad surge un derecho”, el historizar permanentemente y reconstruir desde nuestros múltiples presentes, nuestros tortuosos pasados para resignificarlos.
En nuestras tierras, hubo otros 1° de mayo. Muchos 1° de mayo, desde aquel de 1890 en el que “…En plena zona de la Recoleta se celebró por primera vez el Día de los Trabajadores en la Argentina. En la sede del Prado Español, ubicado en lo que hoy es uno de los barrios exclusivos de Buenos Aires, la reunión se inició a las 3 de la tarde y juntó a 2.000 personas, una concurrencia numerosa para la época. Al día siguiente, los asistentes se enteraron de que habían perdido su jornal por faltar al trabajo” (Troncoso, revista Panorama, mayo 1970), pasando por aquel de 1952 en donde miles de personas escucharon atentamente a Eva Duarte decir “…Otra vez estamos aquí reunidos los trabajadores y las mujeres del pueblo; otra vez estamos los descamisados en esta plaza histórica del 17 de octubre de 1945 para dar la respuesta al líder del pueblo, que esta mañana, al concluir su mensaje dijo: “Quienes quieran oír, que oigan, quienes quieran seguir, que sigan”. Aquí está la respuesta mi general. Es el pueblo trabajador, es el pueblo humilde de la patria, que aquí y en todo el país está de pie y lo seguirá a Perón, el líder del pueblo, el líder de la humanidad, porque ha levantado la bandera de redención y de justicia de las masas trabajadoras; lo seguirá contra la opresión de los traidores de adentro y de afuera, que en la oscuridad de la noche quieren dejar el veneno de sus víboras en el alma y en el cuerpo de Perón, que es el alma y el cuerpo de la patria. Pero no lo conseguirán como no han conseguido jamás la envidia de los sapos acallar el canto de los ruiseñores, ni las víboras detener el vuelo de los cóndores. No lo conseguirán, porque aquí estamos los hombres y las mujeres del pueblo, mi general, para custodiar vuestros sueños y para vigilar vuestra vida, porque es la vida de la patria, porque es la vida de las futuras generaciones, que no nos perdonarían jamás que no hubiéramos cuidado a un hombre de los quilates del general Perón, que acunó los sueños de todos los argentinos, en especial del pueblo trabajador…”; y también fue un 1° de mayo, el de 1974, cuando Perón dio su último discurso ante una multitud enfervorizada y antagónica. La dureza de sus palabras, terminó por concretar la anunciada división del movimiento: “Compañeros, hace hoy veinte años que en este mismo balcón y con un día luminosos como éste, hablé por última vez a los trabajadores argentinos. Fue entonces cuando les recomendé que ajustasen sus organizaciones., porque venían tiempos difíciles. No me equivoqué ni en la apreciación de los días que venían ni en la calidad de la organización sindical, que se mantuvo a través de veinte años, pese a estos estúpidos que gritan… Decía que a través de estos veinte años, las organizaciones sindicales se han mantenido inconmovibles, y hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más méritos que los que lucharon durante veinte años…Por eso compañeros, quiero que esta primera reunión del Día del Trabajador sea para rendir homenaje a esas organizaciones y a esos dirigentes sabios y prudentes que han mantenido su fuerza orgánica, y han visto caer a sus dirigentes asesinados, sin que todavía haya sonado el escarmiento…” (Sigal y Verón, Perón o muerte, 1988: 212/213); o en los oscuros años de la dictadura cuando el General Liendo, para el 1 de mayo de 1977 comunicó a los argentinos y argentinas para disciplinarlos que
“Hemos partido de una intolerable situación de desorden y desequilibrio en las relaciones laborales y debemos llegar a una nueva situación de armonía con entidades representativas y sólidas, para luego llamar al “diálogo”, al pronunciar que “el gobierno ha llamado al diálogo y a la participación y esa convocatoria es, en el ámbito laboral, el medio idóneo para efectuar la tarea preparatoria de la normalización gremial. (…)”. Y así entre altos y bajos, entre silencios y gritos, entre emociones y angustias, se llegó al 1 de mayo de 2017 cuando CFK escribió en Twitter “…Nada para festejar pero si mucho para entender y sobre todo COMPRENDER”. Recupero algunos párrafos de su discurso de 2014 y repitió “…No tengan miedo, porque ustedes son el legado más importante. Algunos creen que puedo constituir alguna amenaza para el futuro o para algunos. No, que no se equivoquen… Si traicionan las banderas, si vuelven a querer restaurar un orden conservador, no voy a ser yo el problema. El problema van a ser ustedes porque crecieron en un país distinto. Se equivocan, no voy a ser yo el problema, el problema van a ser los millones de trabajadores que consiguieron trabajo, el problema van a ser los millones de jóvenes que por primera vez tuvieron un empleo, una computadora o pudieron ir a la universidad a pocas cuadras de su casa. El problema van a ser millones de jubilados incorporados a sus derechos y que dos veces al año le reajustan sus jubilaciones. El problema van a ser los miles de científicos y científicas que por primera vez sienten que la patria, que su país los tiene en cuenta y les da los instrumentos y los elementos para llevar a cabo sus ilusiones, sus estudios y devolverle al país lo que el país le ha dado a ellos a través de la universidad nacional, pública y gratuita…” (Fuente www.perfil.com).
Entonces, para concluir o mejor, para sólo interrumpir esta reescritura apresurada, irregular y discontinua sobre el 1° de mayo, se impone una invitación en clave Galeano, Podríamos intentar cambiar la realidad en lugar de padecerla, escuchar nuestro pasado en lugar de olvidarlo y aceptar el futuro en lugar de imaginarlo.

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