Los ríos subterráneos de la memoria

…Si ésta es bien regada, cuidada y protegida será una planta útil sino no será nada, a lo sumo un árbol fracasado. Este es un país que está creciendo, que siente crecer aún con dolor y la juventud es el destinatario de este proceso que tendrá que tener descendencia para poder tener trascendencia. Todo el estado está empeñado en brindar esas posibilidades, luego de un proceso de madurez que culmine con ese destinatario que es la juventud capacitada para heredar el proceso”.

Palabras de Jorge Rafael Videla a un grupo de estudiantes en 1977

 

Así les hablaba Videla a la juventud representada por un grupo de estudiantes de la UNR. Corría el año 1977. Por supuesto, era un grupo bien seleccionado, un grupo que no tenía vínculos con los “subversivos apátridas” que tanto daño le hacían al país. Así les hablaba el dictador a esos estudiantes; los distinguía: eran los elegidos, los  destinatarios de la cruzada para que el proceso tuviera trascendencia.  Al filo de ese escenario  la persecución, las torturas y desapariciones eran moneda corriente: se había instalado el Terrorismo de Estado ante las narices de una sociedad apática, indiferente o cómplice. Todo bajo control para la normalización del país.

Fueron años oscuros que marcaron  la historia argentina; la violencia de Estado, su metodología siniestra, el control de la palabra  y el temor dieron paso al silencio, un silencio que olía a muerte y que aumentaba la incertidumbre sobre el destino de los ausentes. La realidad se había transformado en una telaraña indescifrable, los lazos sociales se desarticulaban con la misma rapidez y eficacia con que avanzaba la represión. Huérfanos de los mejores referentes, los que se salvaban de la cacería, aunque hubiesen tenido una relativa participación gremial o política se percibían como un blanco móvil y vacilaban entre la culpa y el miedo porque los rumores ensordecían el raciocinio y alimentaban la sospecha. Ya nada era igual, el compañero de ayer no era confiable, el amigo despertaba recelo, cualquiera podía ser un “soplón”  la dimensión de lo que apenas se conjeturaba excedía el límite de lo posible.

A pesar de la barbarie represiva que pretendía desarticular las relaciones sociales para destruir y saquear el país no pudieron enajenar los sueños que permanecen engarzados en la conciencia del pueblo  como ríos subterráneos que   discurren bajo la apariencia de una superficie yerma. Estas aguas invisibles surgen en los momentos más inesperados para limpiar de rémora y fango el cauce de la historia. ¿Quién hubiese pensado que a poco del golpe alguien iba a confrontar con los verdugos? En una sociedad enmudecida, lo imposible comenzó a florecer a borbotones porque lo que parece extraordinario habita en los pliegues más íntimos del ser humano por eso las madres fueron quienes se atrevieron a nombrar lo prohibido: sólo pretendían conocer cuál había sido la suerte de sus hijos –los desaparecidos-  y el amor las encontró en la calle. Sin ningún tipo de protección sólo ellas se animaron a la intemperie pero no  eran seres excepcionales sino emergentes de una situación excepcional. Paulatinamente, algunos familiares, los organismos de derechos humanos y  un reducido grupo que se animó a enfrentar los riesgos  de la época comenzaron a acompañar. Los primeros pasos se robustecieron: la larga marcha contra la impunidad había comenzado.

No fue fácil, la dictadura  había llegado para escarmentar a toda la sociedad, nada era un obstáculo para suprimir  cualquier intento de resistencia y convertirlo en  un propósito estéril, pero en los manuales de la represión no figuraba  lo inesperado: esos hechos  fuera de libreto que tuercen la historia. Los militares, apoyados por los grupos económicos locales y transnacionales ejecutaban la entrega del país y la destrucción de toda fuerza sindical y política que se opusiera a ese nuevo orden; la faena se llevaba a cabo sin obstáculos, hasta que el plan tropezó con la fuerza de lo imprevisto. En ese momento, ni las madres  ni los militares pudieron dimensionar la trascendencia de ese espacio que se había empezado a conformar y se constituiría en un símbolo de resistencia en nuestro país. Ningún método fue adecuado para silenciarlas, “las locas” no se amedrentaron, la desaparición de una se replicó con la presencia de otras, y así sucesivamente hasta que las voces y la acción fueron incontrastables.

Nacieron sobre la marcha y ajustaron los pasos, el primero consistió en transformar la búsqueda  en una construcción colectiva, porque comprendieron que lo personal no construye sino es en relación con otro  y afirmaron: “todos son nuestros hijos”.  A partir de éste consolidaron el segundo paso, más laborioso y fructífero que consistió en aceptar la identidad política de sus hijos y asumir que algunos habían elegido la lucha armada. El recorrido no estuvo exento de dificultades pero a pesar de las diferencias el hecho de no soslayar la actividad guerrillera fue crucial para recobrar los ideales de una generación que luchó por la justicia social y la liberación en un momento en que los sueños eran posibles pero en especial de no justificar bajo ninguna circunstancia el Terrorismo de Estado. De este modo la consigna fue el resultado del objetivo; el objetivo, la condición necesaria para la acción; la acción, una cuña tenaz y empecinada contra el silencio cómplice y las consecuencias políticas y económicas del olvido.

Su larga trayectoria es fuente inagotable de  relatos, algunos caracterizados por un tono épico casi heroico que deja de lado la dimensión amorosa y humana de su militancia, por  otro, se las denigra a tal punto de considerarlas beneficiarias de la desaparición de sus hijos. Las dos miradas  distorsionan el significado de las luchas dentro del campo popular. En el primero, las madres, adquieren una dimensión excepcional,  las convierte en seres superiores para el homenaje, el busto o la estatua, del tal modo la resistencia ante las injusticias se convierte en una quimera, una praxis imposible para el ciudadano común. En el segundo, por medio de la  falacia las pretenden denigrar sin argumentos y  oscurecer su trayectoria. A pesar de estas interpretaciones disímiles, nadie discute la solidez y persistencia  de estas mujeres que aún con los avances del último gobierno popular permanecieron con  firmeza en las distintas plazas del país y jamás cedieron lo público ni bajaron sus banderas.

A pesar de esta constancia, la sucesión de gobiernos  democráticos que aplicaron y profundizaron  las mismas recetas liberales y antipopulares del proceso   parecen desmerecer tanto esfuerzo y plantean  un interrogante ¿fue en vano esa obstinación?  La pregunta es retórica porque implica un “no” rotundo. No cedieron a ninguna tentación. Con la sabiduría macerada durante años sabían  que a pesar del progreso en las políticas de derechos humanos  el poder de la oligarquía no había sido lastimado. ¿Qué hubiese ocurrido si decidían retroceder?, ¿en manos de quién hubiese quedado ese pasado?, ¿dónde, la memoria y el legado de una generación diezmada? Estas últimas preguntas son las que nos interpelan y nos obligan a reflexionar porque la memoria no es un obituario y la muerte no persigue sueños; la memoria resguarda nuestra herencia y la mantiene viva, es el aliento que  impulsa para recobrar el prestigio de nuestros ideales y convicciones.

Aunque el propósito central de este artículo no es abordar todas las circunstancias que postergaron durante tanto tiempo la posibilidad de llevar a la práctica las ideas de justicia social y liberación para construir un país más digno  si proponemos reflexionar sobre algunos hechos que nos condujeron a esta encrucijada que desalienta la esperanza ante un gobierno que encuentra en la desorganización del campo popular el mejor aliado para aplicar de modo sistemático el plan de entrega que comenzó la dictadura.

Para empezar, las estrategias, la militancia, las consignas y los reclamos no se pueden extrapolar de una época a otra, la construcción de un frente opositor depende del contexto. No es igual resistir durante la dictadura que consolidar la organización dentro del panorama laxo de gobiernos democráticos que en nada se pueden equiparar a los años de plomo. Comparar esta etapa con la dictadura fue un error que se debe examinar a riesgo de quedar en la trampa de aplicar las mismas categorías a un período histórico distinto. También, tenemos que tomar conciencia de que el entusiasmo y la participación de grandes sectores de la sociedad durante el anterior gobierno no fueron acompañados por una lectura más compleja y precisa de la situación. ¿Quizá porque una nueva generación le puso fecha de nacimiento al peronismo en el 2003? ¿O tal vez porque los más viejos nos dejamos seducir por un peronismo  del siglo XXI, ajustado al tiempo y las formas? La derrota de 2015 nos encontró huérfanos de propuestas que superaran la evocación de un pasado que se rememoraba con nostalgia pero que a la vez nos sumía en la impotencia y el desconcierto. A pesar de que la capacidad para organizarnos e informarnos es infinita en relación con  la dictadura, que en la calle se manifiestan movimientos sociales, organizaciones gremiales y políticas y que además funcionan las instituciones con todas sus falencias, pero funcionan cabe preguntar: ¿Qué ha  pasado en estos últimos 43 años?

Hasta este punto nos referimos al país pero debemos agregar los cambios estructurales a nivel de la economía mundial y la tecnología que confluyeron para que el control social no necesite de la fuerza. La irrupción y desarrollo exponencial del capital financiero global sobre la producción y el crecimiento acelerado de la interconectividad  conducen a la dispersión de sentido. A través de las redes las palabras se  intercambian  en un  discurrir vertiginoso y hueco  que se parece al silencio;  la comunicación adolece de claridad, mediatizada por infinidad de entrecruzamientos y malentendidos se convierte en un parloteo; la consigna clara que nace de la reflexión es reemplazada por el meme por lo general gracioso y circunstancial. Todo se enmascara, la voz ha sido reemplazada por la pantalla, el rostro por la imagen. Esta descripción abreviada refleja   los cambios  y la fragmentación impuestos por el liberalismo en una sociedad que  se refugia en el individualismo como única salida. No hay vacío sino vaciamiento y apropiación de significados: lo público se vuelve ajeno, la política se reduce a un grupo de corruptos que se disputan el poder en beneficio propio ergo si todos son  iguales, la única excepción soy “yo” atrapado en esa telaraña de desconcierto, que como en el 76, pero sin necesidad de los militares, alguien teje y de la que no soy responsable. De otra manera más sutil el poder maneja los hilos nuestra zozobra.

También la globalización y sus emergentes en el plano del pensamiento como  la posmodernidad y la deconstrucción, que  surgieron luego de la caída del muro de Berlín, han contribuido a desarticular corrientes nacionales de pensamiento y a pulverizar principios y certezas en un amplio espectro de discrepancias controladas. Nada más alejado del concepto de comunidad organizada, nada más distante de nuestra realidad que necesita y debe construirse a diario sobre la base de la solidaridad y el bien común, nada más ajeno a nuestra idiosincrasia, que si bien puede enriquecerse con los aportes del pensamiento universal jamás debe someterse a los designios y modas del poder . Estas dos corrientes son el mascarón de proa de un liberalismo que se posiciona como mirada hegemónica y produce  tanto subjetividades como mercancías para ser consumidas en el mercado. Los cambios han sido tan  rápidos y contundentes que por lo general corremos detrás de los acontecimientos en una marea discursiva que nos atrapa. Todo se reproduce, multiplica y distorsiona: las demandas por la diversidad sin un marco universal que las contenga, las madejas de denuncias que paralizan y dan paso a una melancolía improductiva  similar a la indignación,  los  acercamientos amables  a la política  de una manera emocional y simbólica en torno a ideas sencillas  como la honradez, el esfuerzo, el mérito; en definitiva se pone en el centro de la disputa lo episódico y se genera rechazo o apatía.

Esta enumeración no pretende desacreditar  la palabra, de hecho la estamos utilizando como instrumento de análisis y desarrollo del pensamiento, por el contrario, sostenemos la fuerza de una interlocución que nos interpele de nuevo y mueva a la acción, anhelamos palabras no domesticadas e insípidas, porque  si nos roban las palabras falsifican el pasado.

En este punto advertimos que nos extraviamos en ese discurso con sesgo conciliador que distorsiona el prestigio de nuestra historia y herencia colectiva; bajo la lupa de los amanuenses del sistema nos proponen un revisionismo de prácticas despóticas para que seamos mejores desvirtuando los pilares de nuestro movimiento; así el sindicalismo se transformó en un revoltijo de burócratas –omiten sus luchas sus desaparecidos y reivindicaciones-,  transforman el republicanismo en un valor per se al que debemos aspirar para llegar de nuevo al poder y la Nación en un concepto abstracto  vinculado  a un  nacionalismo autoritario despojado de la  fuerza  que convoca a reafirmar la independencia económica y la soberanía política .

Será  tiempo de reafirmar sin pudor nuestra propia identidad, de volver a las raíces; el peronismo fue perseguido, proscripto, puso sus muertos y desaparecidos, pero nos resulta difícil recuperar  sin eufemismos la potencia de un relato desteñido por el pensamiento colonizado. Lamentablemente, el sistema fagocita nuestros símbolos y vuelve prosaicos nuestros mitos; hoy más que nunca cuando la sociedad se fragmenta y la individualidad se fracciona hay que hurgar en los pliegues de la memoria que como maestras de la verdad sostuvieron las madres. La memoria no está en la escenografía heroica de las plazas, pertenece al pueblo, vive en las contradicciones, las equivocaciones  y las convicciones de los jóvenes de los 70 que lucharon cuando todo era posible. Concretar la justicia social y la liberación nacional es una tarea pendiente, aunque no podamos predecir cuándo esos ríos subterráneos que guardan los sueños del pueblo volverán a surgir en forma de vertiente en una construcción colectiva que ponga en acto las palabras justas. Hay que salir a buscar como hicieron las madres.

  1. Una muy buena reflexión y como dice Aida hay que retomar los ideales de nuestros compañeros de los 70 y de las Madres que sin militancia supieron encontrar el camino y nunca lo abandonaron. Gracias Aida!!!!

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