Aquellos días de mayo

“Por decreto del Poder Ejecutivo, en el día de hoy se ha determinado como zona de emergencia a la ciudad de Rosario”, rezaba el comunicado Nº 4 del II Cuerpo de Ejército firmado por el general Roberto Aníbal Fonseca y fechado el 22 de mayo. Sendos comunicados posteriores también instaurarían los Consejos de Guerra y las penas de reclusión perpetua o de muerte. Así estaban las cosas en la ciudad en esos días nerviosos de 1969. En emergencia, bajo el fuego de las barricadas y de los policías.

Unos días antes, sábado para ser más preciso, la fisonomía del centro rosarino cambiaría abruptamente. Unos centenares de estudiantes tomaron las instalaciones del comedor universitario y salieron a la calle a protestar por el asesinato de otro estudiante, Juan José Cabral, en Corrientes. Marcharon hacia calle Córdoba y desbordaron a un pequeño retén policial. Al doblar por esa arteria se toparon con los refuerzos represivos. Gases, piedras y dos tiros al aire que iniciaron el desbande.

Numerosos transeúntes y estudiantes buscan refugio en la galería Melipal. Sin salida. Trampa mortal para el joven Adolfo Bello. Un oficial corpulento, canoso, al que un fino bigote le surca el labio superior, entra desaforado detrás de los manifestantes. En su mano izquierda empuña una pistola, con la derecha se abre paso a golpes de machete. Entre el inspector Juan Agustín Lezcano y el estudiante, hay una pelirroja que es apartada de un cachiporrazo. Ella ve cómo lo inmoviliza a Bello y lo ejecuta de un balazo en la cabeza. Hay más testigos que refrendan el asesinato. “Le pegué. ¿Dónde le pegué?”, dice Lezcano mientras dos camaradas de armas lo sacan del lugar.

El comunicado oficial de la policía dirá: “…y en esas circunstancias, fue que en el momento que un oficial mantenía inmóvil a un grupo de estudiantes para que no se fugasen, esgrimiendo en su mano izquierda el arma de la repartición desde atrás fue atacado por otro grupo de revoltosos que lo golpeó en la cabeza, mientras apretándolo intentaron arrebatarle el arma, incidencia que provocó un disparo de la misma que fue a herir en la cabeza al estudiante Adolfo Ramón Bello”. La mentira al servicio del encubrimiento.

El oficial de policía tenía un largo historial de antecedentes violentos. Era un conocido represor de las manifestaciones estudiantiles de Filosofía y Letras. También un año antes había propinado “un brutal castigo al reportero gráfico del diario La Capital, Ricardo Lomazzi, durante incidentes entre estudiantes y la policía”, contará El Litoral en su edición del 19 de mayo. No fue difícil que los testigos enseguida lo reconocieran.

La indignación ganó la ciudad. La bronca se hizo rebelión. Mientras el ministro del Interior, Guillermo Borda, bravuconaba que “todo lo que altere la vida de las aulas será enérgicamente reprimido”; el movimiento estudiantil llamaba para una marcha de repudio y de silencio para el día miércoles 21 y las dos CGT se unían para decretar un paro nacional unos días después. Ese 21, Rosario parecía una ciudad ocupada. La dictadura se preparaba para el combate, los muchachos también.

Innumerables refriegas se producen a lo largo de las calles céntricas. Avances y repliegues. De un lado, gases, machetazos y balazos. Del otro, piedras, bolitas y muchos ingenio popular. Alambres tendidos para encerrar a la caballería y hacerla retroceder, barricadas que cortaban el paso de la infantería. Hacia la noche, los estudiantes habían desbordado a las fuerzas del orden y prácticamente dominaban unas 20 manzanas. “Los vecinos desde edificios altos comenzaron a arrojar diarios y otros elementos para reavivar el fuego” y los gritos de “Asesinos” fueron “acompañados por momentos con la entonación de la Marcha los Muchachos Peronistas”, según consigna el diario La Razón.

Al atardecer, frente a las puertas de LT8, cae herido de muerte de un balazo en la espalda el aprendiz de metalúrgico y estudiante secundario, Luis Norberto Blanco, de 15 años. Contará el doctor Aníbal Reinaldo que llevaba al herido para su atención al sanatorio Palace, ubicado a unos 50 metros del lugar, cuando frente al nosocomio, la policía cargó contra ellos “teniendo que dejar al herido sobre un umbral y recibiendo un golpe de sable en sus brazos”. Asegura también que a Blanco lo golpearon estando absolutamente indefenso y herido de gravedad.

“La lucha callejera que se entabló por momentos entre estudiantes y la policía parecía encuadrada dentro de una estrategia desacostumbrada. El enfrentamiento, durante la refriega, parecía amoldado a un sistema de guerrilla”, afirmó – con alarma- el diario La Nación, del jueves 22 de mayo. El humo y las cenizas de esa semana brava del primer Rosariazo, preanunciaban un año de convulsiones que tendrá un segundo Rosariazo, en setiembre, y de características más obrera. Una generación de jóvenes se abrazaba a las luchas populares. El sueño de la Revolución era posible.

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