Manuel Gálvez

Reseña del libro de Eduardo Toniolli

Pocos movimientos de acción e ideas fueron tan discutidos como el nacionalismo argentino. El desconocimiento, cuando no la mala fe, se han ensañado con una corriente de pensamiento que fue (y es aún hoy, aunque en menor medida) de las más ricas, no sólo en nuestro país, sino en toda Hispanoamérica. Un movimiento político cuyo eco no sólo ha llegado a todo el continente americano, sino  que aún hoy tiene sus cultores en la mismísima España, como ocurre con el excelente escritor Juan Manuel de Prada, que considera al santafesino Leonardo Castellani, como el mejor escritor católico en lengua castellana de todo el siglo veinte. Sin embargo, y sobre todo en los ámbitos ligados a la universidad, el nacionalismo argentino, goza de un desprestigio desconcertante. Con lecturas de segunda o tercera mano, como el lamentable libro de David Rock, que lleva como título “La Argentina Autoritaria”, nuestros estudiantes reciben una imagen que bordea el ridículo de uno de los acervos ideológicos más complejos de nuestra intelectualidad. Es difícil dar un comienzo a la historia del nacionalismo en nuestra patria, cuyo embrión se remonta a muchos escritos del siglo 19, como es la obra de Adolfo Saldías sobre la Confederación Argentina, o la brillante reivindicación revisionista del Chacho Peñaloza que realizó José Hernández. Pero es a comienzos del siglo veinte cuando el nacionalismo en sus diferentes vertientes comienza a tomar vuelo. Entre sus expositores más conspicuos, brilla con luz propia el estudiado por el Doctor en Ciencia Política Eduardo Toniolli en su libro: “Manuel Gálvez. Una historia del nacionalismo argentino”, publicado por Editorial Remanso.

Hay que decir, en primer lugar, que este libro es fruto de muchos años de estudio por parte de su autor, investigación que no ha escapado a los avatares de alguien que pasó momentos muy complicados por la defensa de los derechos humanos y los mejores valores de nuestra sociedad. Quien esto escribe, tuvo que leer en un congreso una ponencia de Eduardo titulada “Manuel Gálvez, el incómodo”, porque se encontraba amenazado por los defensores de la tiranía cívico-militar instaurada en 1976. Hay que expresar, también con claridad, que no es sólo un  intelectual de fuste, sino uno de los cuadros políticos más importantes con que cuenta el campo nacional y popular. Reúne, como deseaba Juan Domingo Perón, esa unidad de acción y de concepción tan necesaria para actuar con eficacia en la política, ámbito donde los intereses, si no están guiados por un sentido patriótico, pueden desembocar en el pragmatismo más ramplón.

El  Manuel Gálvez que nos muestra el texto en análisis, es el de un escritor profundamente consustanciado con la realidad nacional, el de un intelectual meticuloso, complejo, pletórico de contradicciones, creador de una revista señera como “Ideas”, que tenía colaboradores del talento de Emilio Becher y Ricardo Rojas. Toda la obra de Gálvez, no sólo sus libros más conocidos, son estudiados con el escalpelo de la inteligencia sin dejar detalle sin observar, profundizando no sólo en la novela realista sino también en las frondosas biografías que merecen una lectura de largo aliento, porque nuestro Benito Pérez Galdós ha escrito una enorme cantidad de libros, hazaña muy difícil de lograr en su tiempo y casi imposible hogaño. Como bien expresó en su libro de poemas “Sendero de humildad”,   aborrecía el ambiente afrancesado de la ciudad de Buenos Aires de su época, donde el desdén por Iberoamérica era casi total, sentimiento que también expresó en “El solar de la raza”, de 1913. Esto hizo que un gran escritor como Ventura de la Vega, abandonara nuestro país, por su amor al idioma de Cervantes, para radicarse en Madrid.

Manuel Gálvez, desde  “El diario de Gabriel Quiroga” de 1910, que lleva el sugestivo título de “Opiniones sobre la vida argentina”, intentó propagar un breviario de redención nacional en lo que era el sexto domino del imperialismo inglés. Dependientes económicamente de Inglaterra, y culturalmente de Paris que era el faro de nuestros intelectuales, intentó desde el primer momento, romper con la colonización pedagógica, a veces no de la mejor manera, pero siempre con un sentido profundamente nacional. Antonio Gramsci afirmaba certeramente que el intelectual muchas veces comprende, pero no siente, el contexto en el que vive. No es el caso de nuestro nacionalista, que siempre sintió la patria en todo su esplendor intentando interpretarla.

Junto a Enrique Osés (un gran olvidado), y otros destacados militantes, preparó el clima que desembocaría en la Revolución del 4 de junio de 1943 y posteriormente en el peronismo. La popularidad de nuestro autor desde que Miguel de Unamuno resaltara el valor de “La Maestra Normal” en el diario “La Nación” en 1915, fue  tal, que casi no había hogar donde no estuviera presente alguna obra de quien nació en Paraná, pero que se decía profundamente santafesino en su sensibilidad y acción. Las notables y polémicas biografías que publicó, como las de Juan Manuel de Rosas, Domingo Faustino Sarmiento Sarmiento o Hipólito Yrigoyen, eran comentadas por los ciudadanos de entonces, con una pasión que hoy nos parece insólita. Sus novelas, sobre todo las de carácter histórico, entre las que descuellan las “Escenas de la Guerra del Paraguay”, eran inmensamente populares entre la población, compitiendo con los libros más vendidos en su momento. Esto hizo que pudiera vivir de lo que escribía, a pesar de ser abogado, recibido con una tesis doctoral sobre la “trata de blancas”, profesión que ejerció tan sólo unos meses y como él mismo ha dicho, no le interesaba en lo más mínimo. Se describía así mismo como un antecedente del “justicialismo”, a pesar de no haber adscripto nunca a la brega política de Perón, con una  preocupación por la cuestión social que fue temprana, y plasmada en una monografía sobre “La inseguridad de la vida obrera”, que fue citada por Juan B Justo y Alfredo Palacios en la Cámara de Representantes de la Nación, como ejemplo de defensa de los “desmunidos”. Describió, también, con mano maestra, a figuras tan desconocidas en nuestro ámbito como el presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno-en la que consideraba una de sus mejores biografías- o al caudillo oriental Aparicio Saravia, entre otros tantos personajes fundamentales para la comprensión de nuestro continente.

Libros de ficción, como “El Mal Metafísico”, “Nacha Regules”, “La Maestra Normal”, “Hombres en Soledad”, para concluir en esa obra maestra que es “La gran familia de los Laris”, conforman unos de los mejores conjuntos de nuestra novelística. La saga de los Laris es el resumen en un microcosmos familiar de nuestras desventuras como sociedad.

Pero el libro de Toniolli no sólo es la historia de un notable escritor nacional, también en sus páginas podemos encontrar, con una erudición que asombra, las raíces teóricas y políticas de aquellos que han reflexionado sobre la tradición y el pensamiento contrarrevolucionario: Joseph de Maistre, Louis de Bonald, Edmund Burke, son analizados en profundidad y con la seriedad que merecen. Esto no es habitual en nuestro medio. Un ejemplo de la desidia con que se analizan las obras nacionalistas es la de un intelectual cipayo, que descalifica a Julio Irazusta por estar influenciado por Edmund Burke, para páginas más adelante, llamarse keynesiano, sin hacer referencia a que el economista inglés era un admirador del autor de las “Reflexiones sobre la Revolución Francesa”, como bien lo refiere Robert Skidelsky en su biografía de Keynes.

Es de destacar la investigación de revistas nacionalistas como “La Nueva República”, “Bandera Argentina” o “Criterio”, tarea acometida con estudiosidad. Una figura tan destacada en el ámbito nacionalista como Juan Carulla es investigada, por vez primera, en toda su complejidad y desarrollo contradictorio, desde sus juveniles simpatías anarquistas, luego maurrasianas y daudetianas, hasta su liberalismo de senectud.

Nos llevaría lejos la enumeración de todos los aciertos de esta obra, y creemos que sólo su lectura puede dar una idea cabal de la riqueza de su contenido. Ha acertado Horacio González al llamar a este libro “decisivo “y “fundamental”. Nos encontramos ante un texto admirablemente escrito, que nos hace viajar con pasión y agudeza por los bifurcados y procelosos senderos del nacionalismo argentino.

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