Los desafíos de las transformaciones sistémicas

Si bien cuando se desarrolló la crisis financiera del 2008 todos los economistas pronosticaron que sería más grave que la crisis económica desde 1930, nadie alcanzó a imaginar las grandes transformaciones políticas a escala mundial que ésta generaría. Probablemente, el éxito en evitar el colapso del sistema opacó la visión acerca de las consecuencias a largo plazo. Superado lo peor de la misma, muchos pensaron que el mundo retornaría a su estado anterior y que, en todo caso, las consecuencias serían mitigadas con el tiempo y todo retornaría a la normalidad, es decir a los tiempos pasados.  

Sin embargo, hoy, fruto de esa crisis y a más de 10 años, el mundo  atraviesa un proceso de transición hacia un nuevo orden global con características económicas, políticas y culturales que muchos, entre ellos nuestro actual gobierno, no alcanzan a comprender.

La idea de que la crisis era solo financiera y resultaba una cuestión de países desarrollados y que la misma no afectaría a los países de la periferia resultó a todas luces ingenua.  El hecho de que paralelamente a su desarrollo surgiera una tendencia al alza del precio de las materias primas (denominado vulgarmente super ciclo de los precios de los commodities), que claramente favoreció a los países en vías de desarrollo, retardó la transferencia de efectos e hizo pensar que estos nunca llegarían o serían menores y pasajeros. Si bien la coincidencia temporal no fue exacta, hubo una correlación que resultó en una paradoja: mientras la crisis se desarrollaba con rigor en los países centrales, en la periferia (particularmente en América Latina) se apreciaba una bonanza económica importante. Esto no solamente motivó un alivio de las cuentas públicas, sino que además permitió un ciclo de crecimiento y bienestar. Sin embargo, cuando los primeros efectos de la caída de precios internacionales y la baja del crecimiento  comenzaron a sentirse, comenzó a quedar en claro que la estrategia económica requería adecuaciones. Los nuevos gobiernos que asumieron en América Latina encararon el recambio montados sobre la crítica del agotamiento de las anteriores políticas económicas e instalaron un escenario de crisis inexistente para justificar el regreso a las viejas políticas neoliberales. Apostaron a un tipo de globalización que ya no existe y en la que nadie cree, en una lectura tardía e inadecuada de la realidad internacional. Una lectura tardía que combinada con una inserción acrítica y condescendiente resultaría insuficiente. La nueva derecha latinoamericana es ideológicamente más de lo mismo que en los noventa con su preferencia ciega en los mercados y su desprecio por el estado .Su fe en la globalización es atrasada.

Intentaron  volver al endeudamiento externo,  no para corregir defectos o insuficiencias de políticas anteriores, sino para financiar fuertes transferencias de renta hacia sectores específicos de la economía que se fugaron del país empobreciendo a la mayoría de la población y al estado. Luego, ante su temprano  agotamiento, propusieron las tradicionales políticas de ajuste fiscal, recesión y deterioro social llevando nuevamente a un nuevo período de estancamiento, inflación y pobreza.

Sin embargo, a esta debacle interna auto producida, en justicia, corresponde agregarle otro grave defecto: la incomprensión de la situación internacional actual. En los tiempos actuales, los cuestionamientos se acumulan hacia los paradigmas del pasado: el orden global de la globalización con la apertura comercial y financiera creciente de las fronteras, el unipolarismo político norteamericano, los gobiernos progresistas en América Latina, la socialdemocracia en Europa, los procesos de integración y el papel de las organizaciones internacionales  está siendo cuestionado y desplazados por nuevos intentos de organización y gobernanza global. Claramente asistimos a una etapa de transición cuyos nuevos lineamientos poco a poco emergen y pueden ser observados. El mundo está cambiando, y hay reconfiguraciones que van desde el terreno político hasta el tecnológico que no avanzan en el sentido en que estos gobiernos imaginaron.

Ya hace algunos años muchos autores nos advierten acerca del “malestar de la globalización” o del agotamiento de un tipo de globalización basada en la apertura comercial iniciada a partir del fin de la segunda guerra mundial y de la apertura financiera iniciada a partir de la década de los setenta.

Dentro de los más significativos, podemos observar como los países centrales están rediseñando sus modelos de desarrollo económico y sus estrategias de inserción en el mundo. Las peleas por las cuotas de poder relativos son más que evidentes entre los principales actores políticos y económicos y el reacomodamiento de las áreas de influencia impacta en las distintas regiones del mundo.  La emergencia hacia un orden tripolar conformado por EEUU, la República Popular de China y Rusia se encuentra en el centro del debate. Cada uno con distintos atributos y magnitudes de poder particulares pero ninguno de ellos pasibles de ser dejado de lado o ignorado. Los esfuerzos de EEUU para mantener la unipolaridad geopolítica, militar y económica ya no son sustentables. Más allá de los discursos grandilocuentes, la brecha a favor que en el pasado gozara en muchos aspectos, ha sido recortada y cuestionada por  los otros dos actores internacionales.

Para EEUU, ésta es una etapa de reformulación de su proyecto tanto en lo interno como internacional. Como en otras ocasiones, enfrenta desafíos a su hegemonía de superpotencia. En lo interno esta reformulación implica la emergencia de un nuevo modelo  económico con alto impacto en el escenario mundial y por supuesto regional. El modelo de acumulación financiera y de endeudamiento interno y externo está en su límite, y la crisis del 2008 lo dejó en claro. La economía norteamericana acumuló tensiones durante las últimas décadas que hoy no son sustentables. En lo internacional el desbalance financiero y comercial entre EEUU y China debe ser corregido a riesgo de llevar a la economía mundial a una nueva crisis internacional de resultado impredecible. El viejo equilibrio de China produciendo bienes industriales baratos que son exportados a EEUU  para ser consumidos con deuda que es emitida por la economía norteamericana tanto pública como privada y es financiada por China a partir de sus grandes superávit comerciales demostró su límite de expansión en el 2008.

Este modelo además implicaba una creciente desindustrialización norteamericana por efecto del proceso de deslocalización geográfica industrial que afectó a la economía norteamericana desde mediados de los setenta con impactos en los niveles de empleo y salario cuestionando la capacidad de pago en el largo plazo y el equilibrio social interno. De la mano de la globalización comercial llegaría el fin del sueño americano como cuna del progreso social. El surgimiento de nuevos espacios geográficos con mano de obra barata incorporables al proceso industrial en condiciones de potenciar rentabilidades le permitió a países asiáticos en distintas proporciones, acaparar sectores industriales y crecer significativamente en detrimento de los tradicionales países industriales occidentales.   A partir de estas tendencias, la geografía mundial industrial de 1945 cambiaría irreversiblemente hacia finales del siglo XX. El mundo es otro de manera irreversible y los paradigmas e institucionalidad de la organización económica deberán acomodarse a las nuevas realidades.

La emergencia de un nuevo modelo de desarrollo en EEUU no era entonces difícil de prever. Frente a la lenta pero sostenida decadencia, el intento de recuperación hegemónica no debe entenderse sólo como una estrategia de negociación comercial sino además como la construcción de nuevas reglas de juego global.  Queda claro hoy que esta reformulación alcanza tanto a los acuerdos comerciales firmados, como al papel de las instituciones internacionales tradicionales tanto políticas como económicas (ONU, OMC, G20, etc.) y, además recuperar el poder del estado norteamericano hacia adentro como regulador monopólico en competencia de las grandes corporaciones. Reescribir las reglas desde el interés nacional, esto es “American first”, implica tomar un descanso en el impulso de la creación de un orden global multilateral supranacional, no para abandonarlo sin hasta tanto este no refleje los actuales intereses hegemónicos norteamericanos.    

Otro acontecimiento importante en la configuración del mapa económico global a partir del siglo XXI resulta de la entrada de algunas economías emergentes apoyadas por los altos precios de sus «commodities» en el mercado internacional. Los países que lideraron la presencia en el escenario global formaron el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y más tarde Sudáfrica) y recibieron importantes recursos externos para impulsar sus economías y operar sus recursos básicos. Sin embargo, la crisis económica y política y las investigaciones por corrupción en dos países líderes del grupo (Brasil y Rusia), motivaron la aparición de dos nuevos actores,  Taiwán y Corea del Sur, que ocupan el lugar dejado por Brasil y Rusia, dando paso al nuevo grupo: TICKS (Taiwán, India, China, Corea del Sur y Sudáfrica). Sin dudas todas estas configuraciones de geometría variable deja al descubierto las complejidades del mundo globalizado que trasciende a los Estados y en donde se mezclan aspectos geopolíticos, geoestratégicos y económicos.

Un aspecto que no es considerado tradicionalmente como asociado a la construcción de poder nacional es el desarrollo tecnológico. Históricamente, se nos han presentado cambios estructurales en el sistema económico mundial que impactaron irreversiblemente  en el destino de nuestros pueblos. La revolución industrial del siglo XVIII, la revolución electrónica e informática del siglo XX son algunos ejemplos de ello. Nuevamente nuestros tiempos está signados por las trasformaciones y el cambio y en donde el ritmo de innovación determina la capacidad de éxito y supervivencia.  Significativamente, la denominada Cuarta Revolución Industrial (4RI) que se está produciendo comprende un conjunto amplio de tecnologías de naturaleza abiertamente disruptiva para los procesos, productos, modelos de negocios de la industria tradicional y por supuesto del empleo y del salario de todos los sectores de la economía. Su implantación, como todo momento de bisagra, ofrece desafíos y oportunidades a la prosperidad de los países, empresas e individuos de una magnitud igualmente disruptiva. De nuestra capacidad de asimilar este proceso en curso resultará el futuro de nuestra economía. Para afrontar los desafíos que nos propone, los gobiernos y empresas, por separado o en cooperación deberían elaborar estrategias, planes, medidas y recursos para adaptar nuestro tejido tecnológico e industrial a las nuevas formas de competencias para aprovechar en términos de crecimiento e inclusión y reducir sus desafíos de empobrecimiento y desigualdad que sin duda se harán presentes.

Justificar la caída de la inversión en desarrollo e Innovación con el objetivo del equilibrio fiscal es no entender la naturaleza del desafío. La reducción sostenida de las partidas y sub ejecuciones presupuestarias restan a los Gobiernos el efecto tractor que precisa la inversión privada. A su vez, la escasez de recursos humanos necesarios para aprovechar las oportunidades laborales de las nuevas tecnologías derivadas de la ausencia de política educativas refleja el poco interés en la educación como herramienta de trasformación social y desarrollo económico. En conjunto, las carencias descriptas anteriores representan un reto sistémico para la viabilidad que,  de no remediarse a tiempo, dañará gravemente la prosperidad y el destino nacional y latinoamericano.

Hasta ahora hemos hecho oídos sordos a estas nuevas tendencias que alterarán la jerarquía de los países y cuestionarán la sustentabilidad del bienestar de nuestros pueblos. No es un problema de acomodación de minorías, que circunstancialmente podrán aprovechar ventajas.  Se trata de las grandes mayorías y de nuestro destino como país. En este sentido, no se observa por parte de los gobiernos de la región el lanzamiento de iniciativas para que los actores implicados tomen conciencia de los retos económicos, tecnológicos y culturales que se avecinan y permitan mejorar nuestras capacidades. En este sentido, se revela un déficit en la lectura de la realidad y la implementación de políticas de adaptación a las  principales tendencias necesarias para afrontar con garantías el nuevo mundo emergente. Un conjunto de procesos, que por otra parte, se encuentra en un avanzado estado de elaboración sin que participemos en su diseño ni implementación. Nuevamente la adaptación acrítica y pasiva a las tendencias de la política y economía mundial elevará el costo nacional en términos de soberanía, independencia y justicia.

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