24 de marzo de 1976

Nunca será suficiente lo que se diga sobre aquel tiempo

“Rosario, siete de la mañana. Quería ir, pero maldecía tener que abandonar un lugar tan acogedor. Luchando contra la pereza, Jorgelina se restregaba los ojos, todavía acurrucada, guarecida bajo las sábanas, cuando su mamá golpeó la puerta, entró en su cuarto y le dijo:

   -Se hizo el Golpe.

Jorgelina hacía días que venía escuchando que si no era hoy, esa mañana, que los militares ya, ya se largaban. ¿Qué se le iba a hacer?, no había otra salida. Estaban condenados a eso. En su casa, en las de sus compañeras de la Misericordia, en el club, todos estaban hartos del gobierno de Isabel. No lo soportaban ni un día más. Su papá, que era del gremio metalúrgico, vivía preocupado. Todo iba mal en el trabajo. Había puteado como loco cuando había sido el Rodrigazo. Aunque ahora también seguía puteando porque todo había quedado hecho un desastre y nadie se dignaba a arreglarlo.

Y su mamá le dijo:

    -No hay clases.

En la tele y en la radio decían que a lo de Isabel había que darle un corte drástico porque era  insostenible; y si no, esa catástrofe se iba a prolongar hasta quién sabía cuándo. Lo peor era que el presidente de la Junta era ese cara de piedra que metía miedo sólo de verlo en los noticieros. Alejandro Lanusse también era militar y no era sí. Era un tipo cordial, de lo más carismático. ¿Jorge Rafael Videla sería tan terrible como se lo veía?. Porque la verdad, parecía muy malo. Tan duro, tan estricto, tan odioso..

 

  • ¿Por?- quiso saber.
  • Porque declararon asueto. No se puede ir a la escuela hasta nuevo aviso.

 

Las palabras de su mamá definían los años por venir. Sería un tiempo lleno de prohibiciones, marcado precisamente por todo lo que no se podía. A Jorgelina no le llevaría más que unos pocos días descubrirlo…” (Testimonio transcripto de Mariana Caviglia, “Vivir a oscuras. Escenas cotidianas durante la dictadura”, Aguilar, Buenos Aires, 2006).

Era el 24 de marzo de 1976, comenzaba el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”. Aquel día, probablemente,  la mayoría de los adolescentes argentinos -y también una gran cantidad de adultos-, sintieron lo mismo que Jorgelina. En principio, y básicamente, podríamos definir como ‘”incertidumbre”, a ese sentimiento  que fue impregnando la cotidianeidad en los días posteriores al 24 de marzo. No había certeza alguna respecto de lo que sucedería en adelante, sólo se conocía que el nuevo gobierno era una Junta Militar integrada por los tres comandantes generales del ejército, la marina y la fuerza área, y que esa Junta designaría “al ciudadano que, con el título de Presidente de la Nación Argentina, desempeñará el Poder Ejecutivo de la Nación”. Para desempeñar ese cargo, fue elegido uno de de los integrantes de la Junta, el General Jorge Rafael Videla, quien ya había sido presentado a la sociedad argentina un año antes, en la revista Extra, dirigida por Bernardo Neustadt  como “…un idóneo militar y un dirigente argentino….” que “…aparece como uno de los más serios pensamientos que se hospedan en el país”. ( Revista Extra, año XI,122, agosto 1975, en “Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso”de Eduardo Blaustein y Martín Zubieta, 1998).

En esos momentos fundacionales del “Proceso”, también circulaba en el imaginario de amplios sectores de la sociedad argentina que los recientes acontecimientos, eran el resultado necesario de haber atravesado una situación caótica que se había descontrolado totalmente en el transcurso de los últimos años del Tercer Gobierno Peronista. En consecuencia, a nadie, de un modo u otro, le sorprendió el desenlace que, además, estuvo trágicamente anunciado por sus apologistas algunos meses antes. Quizá, en diciembre de 1975, pasó desapercibida, entre otras tantas, una nota publicada en el diario Clarín, que auguraba el porvenir. En ella, Álvaro Alzogaray aconsejaba con firmeza que “Las Fuerzas Armadas deben saber esperar hasta el último momento, hasta el instante mismo en que se juegue la supervivencia de la República, antes de intervenir nuevamente en los problemas políticos. Si este instante llega –y ojalá no llegue nunca- deben hacerlo con la máxima decisión y energía”.( Diario Clarín, 12 de diciembre de 1975, en Ibídem) .

Lo cierto fue que, nuevamente, se repitió una escena que ya había sido observada en otras épocas por las generaciones adultas, pero que era nueva para los jóvenes y más ajena aun para los niños, cuya formación –aunque todavía no se percibía claramente-, estaría enmarcada en la lógica autoritaria de una dictadura. Representantes de las Fuerzas Armadas, destituyeron a las autoridades del gobierno que habían sido elegidos por sufragio, se apropiaron de las instituciones del Estado, y convencidos de ser los “salvadores de la patria”, se instituyeron como la máxima autoridad. Otro Golpe de Estado había triunfado.

Este triunfo que, secreta o explícitamente, era esperado por amplios sectores de la sociedad, fue justificado por quienes lo planearon y por quienes lo ejecutaron con el argumento de la ineptitud de los funcionarios constitucionales para frenar la creciente violencia social, el avance de las ideas marxistas que impregnaban el pensamiento y las acciones de un importante y creciente número  de ciudadanos y la imposibilidad de resolver la crisis económica que se estaba atravesando porque “… A falta de sustento político, el Gobierno recurrió a las organizaciones sindicales, única estructura organizada, para cubrir el vacío dejado por el partido político que lo sostenía. Con ello se logró un clima de indisciplina social. Los dirigentes carecieron de representatividad en lo específico y se generó una infiltración con tendencia izquierdizante desde las bases de las propias estructuras sindicales. El aparato productor, si bien intacto por falta de estímulo, estaba detenido e incapacitado de hacer frente a una difícil crisis económica. El desorden generalizado hizo que las instituciones se canalizaran y no fueran capaces de dar respuesta a una coyuntura sumamente grave…Las Fuerzas Armadas no fueron escuchadas. Como consecuencia de ello y previendo la inexorabilidad de la crisis, se prepararon para hacer frente a esta situación, dieron una respuesta institucional a una crisis también institucional.” (Gral. Jorge Rafael Videla en diario Clarín, 26 de mayo de 1976).

Enmascarado en un “supuesto vacío de poder”, que ellos se comprometían a llenar con “sus rectas acciones”, se escondía el convencimiento, luego desembozadamente manifestado, de la ineficacia de la democracia y se culpó “al pueblo” en general de esa situación porque se lo consideró, en su conjunto, como “inmaduro” para elegir sus representantes y para sostener ese tipo de sistema. En este sentido plantearon que “los pueblos que no tienen un adecuado nivel de preparación cívica y carecen de clases dirigentes, aunque tengan individualidades brillantes no están en condiciones de elegir correctamente, inclinándose por aquellos que prometen más con menor esfuerzo. La formación cívica de los ciudadanos no debe limitarse a conocer las divisiones políticas del Estado, o la edad necesaria para ser diputados, sino poner la firme convicción que sólo con la libertad política y económica se logra realizar espiritual y materialmente el hombre. De esta forma estará capacitado para rechazar las ideas marxistas y populistas que atentan contra los intereses nacionales y vulneran al documento básico de la organización del país que es la Constitución Nacional ( Gral Alcides López Aufranc, en revista Mercado, 27 de agosto de 1981).

Sin embargo, no paso mucho tiempo para que la incertidumbre inicial se transformase en certeza. Certeza que otra época estaba en advenimiento y que la anterior, había sido definitivamente clausurada.

“Los atemorizantes comunicados de la Junta Militar acrecentaban esa sensación y definían sobre la marcha, a un ritmo parejo, la absolutización del riesgo.

-Porque todo el tiempo era “se recomienda a la población…”- me dijo imitando aquel tono monocorde-. ¡Pero era continuo!. Entonces daba la impresión de que lo mejor que podía hacer la población era quedarse en su casa y no ir ni a la esquina.

Jorgelina tenía 15 años y una adolescencia suspendida. Me contó que esa etapa fue un plomazo, que se la pasó “encerrada”, sin hacer nada, siempre aburrida. Y que fue como si la hubiesen metido en el freezer.

Su papá se había puesto durísimo. Nunca le había dicho que no a tantas cosas y ella presumía que en gran parte había sido el golpe el que le había allanado el “no”. En otras circunstancias había podido discutir con él, pero ahora su papá tenía el aval del gobierno militar.

-Si están diciendo que “se recomienda a la población”-me dijo, explicando su razonamiento-, entonces, vos no salís.

La dejaba ir a las casas de amigos y a las fiestas de quince porque eran reuniones acotadas, pero ni hablar de salir libremente, ir a bailar y tener planes inciertos. A ella le daba mucha rabia y no podía entender la lógica del temor y el cuidado. Sólo percibía que todo le estaba vedado porque, de un día para el otro, se había tornado peligroso.

Incluso, ahora, hasta las monjas de la Misericordia ponían cuidado. Después del Golpe, todas habían comenzado a atenerse a lo curricular. Ya no “bajaban línea” ni hacían planteos éticos ni alentaban el trabajo social. Jorgelina estaba entusiasmada con el colegio porque había sido pionero en la implementación de un proyecto educativo en el cual, además de cursar las materias tradicionales y obligatorias, las alumnas podían optar entre varías actividades artísticas. Eso a ella le parecía maravilloso. Pero, de pronto, todo se había acabado.

En aquella Rosario chata y asfixiante, de la que habían sido desterrados todos los placeres, la música se convirtió para Jorgelina en el único terreno sin restricciones. Algo así como un pequeño reducto personal de resistencia.

Cada vez que entraba en su cuarto, cerraba la puerta y le subía el volumen a Pink Floyd, se desvanecían todos los límites”. (Testimonio transcripto de Mariana Caviglia, “Vivir a oscuras. Escenas cotidianas durante la dictadura”, Aguilar, Buenos Aires, 2006).

Este tiempo ha sido designado, por sus características específicas con el nombre “Dictadura”, en tanto es posible definirla como una época caracterizada por una marcada concentración del poder y por la transmisión de la autoridad de arriba hacia abajo.

Esta Dictadura estuvo encarnada en un gobierno que supo traducir en ley su propia voluntad, que se presentó a sí mismo como la expresión de los intereses y las necesidades del pueblo y como “el salvador” de los principios de la nacionalidad puesto que “el cauce de la democracia en el país se hallaba obturado, obstaculizado. Había crecido la maleza y de ahí que el estilo nacional se hallaba desbordado…” (Jorge Rafael Videla, Diario “La razón”, 13/4/76, en “Decíamos ayer…). La mayoría de los integrantes de la sociedad argentina se vio  obligada por las circunstancias, a generar modos de comportamiento que, aunque variaron de acuerdo a la clase social de pertenencia, dieron cuenta, la mayoría de las veces, de una aceptación temerosa, callada y resignada del accionar impune de ese gobierno dictatorial. Probablemente fue una de las formas posibles, sino la única, de supervivencia en el contexto de esta nueva lógica societal que se instituyó a partir de la militarización de los espacios cotidianos, de la naturalización del miedo, de la represión sistemática, de la legitimación de la censura, y en fin, de la utilización de la violencia estatal como recurso para lograr recuperar, el supuestamente perdido, disciplinamiento, sin el cual era imposible pensar en un país que creciese económicamente y que, luego de estar totalmente “pacificado”, finalmente pudiese volver a un sistema democrático pensado al mismo tiempo como sistema político y como estilo de vida. Mientras tanto, como anunciaba por aquellos días el periodista Bernardo Neustadt “…El service se esta haciendo: limpieza de la guerrilla, ordenamiento prolijo de la economía, gravitación de la moral en la vida argentina para acabar con las nostalgias pecaminosas…” (Revista Extra, nº 147, setiembre de 1977 en Ibídem, 1978)

Así, los objetivos que se habían propuesto llevar adelante los integrantes del nuevo gobierno dictatorial, no tardaron en concretarse.

Han pasado décadas, desde aquel marzo, sin embargo nunca será suficiente lo que se diga sobre aquel oscuro tiempo. André Gide afirmó en alguna parte que ya todo ha sido dicho, pero como nadie escucha hay que volver a empezar. Por eso, aunque lo que sigue ha sido dicho y repetido en comentarios, cables, estudios y entrevistas, ocurre que el índice de sordera voluntaria es muy alto en materias políticas y sólo la insistencia más obstinada consigue a veces abrirse paso en los canales auditivos…”. De esta manera, hemos decidido incorporarnos a las filas de los insistentes obstinados en reconstruir cada vez que se pueda, uno de los períodos  más nefastos de nuestra historia, con la intención que aquello que se dice, se constituya en un aporte más de los tantos que existen. Durante casi ocho años el terrorismo de estado imprimió su huella de muerte, silencio, exilio e intolerancia. En la sociedad argentina quedaron cicatrices imborrables: obreros, docentes, intelectuales, artistas, profesionales de la salud y de la justicia, dirigentes sindicales y barriales, ciudadanos y ciudadanas comunes, fueron exonerados, encarcelados, torturados, desaparecidos, exiliados o silenciados por el miedo; Cientos de miles de jóvenes vieron clausurado su futuro por una universidad restrictiva, por claustros empobrecidos y por la persecución lisa y llana. A su modo, los dictadores no se equivocaban. El saber, la democratización del conocimiento, la reflexión crítica, la militancia política  y la dignidad son siempre una usina de libertad incompatible con los regímenes dictatoriales.

Hoy, en 2019 estamos escribiendo algunas cosas acerca de una época terrible, pero no las escribimos simplemente porque hay que conmemorar el 24 de marzo…hoy escribimos porque deseamos que este texto sea leído, interpretado, criticado, debatido, releído, divulgado, porque nos mueve el convencimiento que la única manera de evitar que se repita en la Argentina la barbarie que instaló la última dictadura militar, es recordar y reflexionar permanentemente sobre nuestro pasado. La toma de conciencia acerca de los crímenes de lesa humanidad cometidos en la Argentina debe estar acompañada por la decisión política de construir una sociedad más justa y solidaria, que nos permita formar sujetos más autónomos y críticos. Las dictaduras, aquí y en cualquier otro lugar, no sólo destruyen vidas y bienes materiales, sino que instalan hábitos y conductas autoritarias que trascienden los límites temporales de su vigencia y necesitan de una educación y una práctica democrática para desterrarlos de las sociedades que las padecieron.

Recordar no es anclarnos en el pasado, es la condición para poder pensar el futuro y para sostener que el “Nunca Más” sea puro presente y no una compleja utopía.

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